jueves, 14 de diciembre de 2017

LA ESCLAVITUD EN LIBIA Y LA ESCLAVITUD EN LA BIBLIA



Venta de esclavos.
Tres palabras que producen escozor, repugnancia y, en el mejor de los casos, un pequeño respiro de alivio porque, suponíamos, las habíamos superado. Pero entonces llegó el informe de CNN la semana pasada.
El video denuncia escueta y directamente la realidad que están atravesando decenas de inmigrantes en Libia. Por unos cientos de dólares son vendidos a inescrupulosos que aprovechan la situación de desamparo, la desesperación por el desplazamiento y la ceguera voluntaria del mundo a los conflictos de Oriente, para hacer de las personas una posesión. Los horrores que experimentan las víctimas de estas diabólicas transacciones son indecibles. No es extraño que a la periodista se le quebrara la voz cuando describía cómo, arriesgando su vida, había sido testigo presencial de los hechos.
Sobre el papel se ha abolido, pero la esclavitud sigue existiendo.
¿Y qué dice la Biblia al respecto?
La esclavitud era una realidad en medio del Imperio Romano durante el primer siglo. Sin embargo, en contra de toda intuición, el apóstol Pablo hace un llamado directo a que los esclavos “obedezcan a sus amos terrenales” ¡como parte de su relación con Cristo! (Efesios 6:5). Podríamos pensar que se supera el problema diciendo que la palabra también significa “siervo”, pero funcionalmente las labores, responsabilidades y realidades siguen siendo las mismas.
La cuestión se complejiza cuando miramos la Historia y descubrimos que fueron cristianos quienes respaldaron la esclavitud apelando a textos bíblicos o en nombre de Dios se esclavizaron a los nativos conquistados por pueblos europeos, pero también fueron cristianos comprometidos con la Palabra de Dios quienes apelaron a ella para decir que la esclavitud debía ser abolida, rechazada y extirpada de la humanidad.
Así que al menos tenemos que hacer una pregunta:
¿Cómo entendemos lo que dice Pablo sobre la esclavitud?
Una palabra clave es diacronía, que fundamentalmente significa que hay ciertos conceptos que pueden cambiar a lo largo del tiempo. Cuando leemos sobre esclavos pensamos en personas de raza negra (en su mayoría) que son tratadas peor que animales de carga, lastimadas por amos ególatras. No obstante, en el siglo I, la situación era distinta. Tim Keller dice que: “no había gran diferencia entre los esclavos y las personas libres de condición común”[1]. Un ejemplo fehaciente de ello es que pudieran leer y se les escribieran recomendaciones directas, como las de Pablo. Recibían salarios que les permitían comprar su libertad en el trascurso de unos años, y era una decisión de independencia porque eran tratados básicamente como miembros de la familia. Un amo tenía que responder por el bienestar de su esclavo. Esto significó, lastimosamente, que muchos esclavos usaron su posición de bienestar ante el estado para aprovecharse de sus benefactores. Al saber que no podían lastimarlos sin responder ante la implacable justicia romana, fracturaron relaciones positivas que se habían establecido por este medio.
Lo que ocurre en Libia es absolutamente diferente.                             
Allí, los seres humanos no tienen derechos, ni voz, ni voto. Son una simple mercancía. Pablo hizo llamados a esclavos porque estos podían ejercer su voluntad, que es parte esencial de la humanidad, pero lo que experimentan estas personas es deshumanizante. Nos duele por esa razón. Su experiencia está en contra de la igualdad y el respeto que todo merecemos por el hecho de haber sido creados a imagen de Dios.
Si alguien dice que la Biblia respalda la esclavitud, deberíamos preguntar: ¿cuál esclavitud? Ciertamente, no se refiere ni de cerca de lo que estas personas están viviendo en el día de hoy.
Definitivamente, la Biblia está en contra de la esclavitud en Libia.  

©MiguelPulido

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[1] Timothy Keller. ¿Es razonable creer en Dios? USA: B&H, 2017. Pág, 124.

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