jueves, 21 de diciembre de 2017

DIOS NO HABRÍA EXISTIDO


Quizás son las épocas, la cercanía del nacimiento de mi primer hijo, las emociones encontradas por un irrepetible año que está por llegar a su fin, o quizás es todo el mismo tiempo, pero quería escribirte así, en primera persona, para expresarte lo que hay en mi alma. Estas fechas me llevan ineludiblemente a pensar en la historia de aquel pesebre, que se convierte en un relato de incesante riqueza para mi vida.
Sin embargo, no quiero pensar en el lugar.
Pienso en ti.
Tú, el Dios que creó todo lo que existe sufrió la pena de ver a los seres humanos darle la espalda (en mi opinión, una pena absolutamente innecesaria, porque no habrías perdido nunca un miligramo de tu magnificencia si no nos hubieras creado; crearnos fue una elección de amor). Somos tan tercos, tan ciegos y tan tontos, que en lugar de regresar a tus brazos para pedir auxilio escogimos escondernos. Y lo seguimos haciendo. Expertos en evadirte y en blindarnos a tu amor, nos volvimos sordos voluntarios a la pregunta que siempre sigues haciendo: “¿Dónde estás?” (Génesis 3:9).
¿Qué excusa dar? Te hemos dicho con nuestros actos que otras cosas nos importan más que tú. Si nos hubieras querido fulminar con un chasquido de tus dedos, lo podrías haber hecho sin ninguna clase de reparo. Pero no, no lo has hecho. Más bien, quisiste ponerle carne a tu amoroso cuestionamiento.
Podrías haber escogido un espectáculo universal que quitara aliento o pomposos palacios o poderosos ejércitos, pero tu elección fue un pesebre. Como toda historia humana, la tuya comenzó con un nacimiento. No llegaste a este mundo siendo un hombre, sino siendo un bebé. ¿Puede haber un mayor misterio que este? ¿Milagros? Se podían esperar, ¡eres Todopoderoso! ¿Sanidades? Tu misericordia es mejor que la vida ¿Prodigios? Creaste al Universo, lo demás sería pan comido.
Pero ¿volverte un ser bebé?
¡La más inesperada de las afirmaciones!
Es que eres Dios. Tu sola palabra inauguró la vida como la conocemos. Tratar de encerrarte en mi infinita y torpe mente termina siempre por ser un ejercicio quijotesco. Las leyes del tiempo no se te aplican, nuestra concepción del espacio no te afecta. Algo tan simple como la existencia ni siquiera puede definirte. Tú no existes…o, al menos, no ocurrió hasta que lo hiciste en aquel pesebre.
Cuando te presentaste a Moisés lo hiciste con dos palabras: YO SOY. ¡Porque es verdad! Existir es ocupar un período de tiempo y espacio, pero tú eres anterior al tiempo y eres superior a cualquier lugar al que queramos encerrarte. Usamos las palabras Eternidad y Omnipresencia por nuestro bien, pero quien diga que puede entenderlas y explicarlas a ciencia cierta no es más que un pretencioso irrealita. Tú no existes, tú eres.
Para mí, ese el misterio de la navidad: que el Dios que es, existió. De no ser por ese evento supremo, nunca hubieras existido. Seguirías eternamente siendo. Sin embargo, decidiste tomar una pausa en la eternidad para existir, para ser como uno de nosotros, para atravesar los dinteles del tiempo y limitarte por amor a nosotros. Te hiciste un bebé, tomaste biberón, te tuvieron que cambiar pañales, experimentaste hambre, sueño, dolor, corriste por las polvorosas calles de este mundo y esperaste que un día se convirtiera en otro para dejar de ser niño y volverte en hombre. Creciste. Si no hubiera sido por ese día, esa palabra nunca habría aparecido en un párrafo en el que hablaba de ti.
Jamás podré entenderlo.
Pero desde lo más profundo de mi corazón te agradezco.
Gracias por el día en el que exististe, mi Dios.

©MiguelPulido


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