miércoles, 30 de agosto de 2017

ESA FOTO EN BLANCO Y NEGRO...



Nunca había entendido las ecografías. No sé si por ignorancia, por desinterés o por una combinación de ambas, pero lo único que atinaba a ver era una serie de bultos aleatorios y sin sentido en una especie de sonar médico que proveía ciertas imágenes que sólo los profesionales podían comprender. Para mí no era claro porqué los papás se emocionaban o decían cosas como “¡qué belleza!”. ¿Cuál belleza? —pensaba yo—, ¡eso no la entiende nadie!
Y entonces, me tocó a mí.
Tengo el próximo turno en la fila de paternidad.
Antes de ver su rostro o sus facciones, cuando apenas su cuerpito está empezando a producir sus extremidades, ya está ahí, como un testimonio constante del poder divino, un corazoncito que le da vida, fuerza e impulso a ese precioso ser que está siendo tejido por Dios. Escuchar ese latido me emocionó. En ese punto tampoco entendí nada de lo que vi, pero cuando amplificaron el sonido de su pequeño mundo, lloré. Las lágrimas también son una forma de adoración. Mientras escuchaba a mi hijo en el vientre de mi esposa solamente pensaba: “Dios, no merezco tanta bondad”. Su ritmo trepidante, constante y furioso se convirtió en un recordatorio de la gracia de Dios con nosotros.
Sin embargo, hasta ese punto su cuerpo era demasiado pequeño como para tener facciones definidas. Esa primera ecografía fue para escuchar su corazón, observar su entorno, tomarle medidas y determinar que todo iba a por buen camino. Un mes después tendríamos que volver para una segunda experiencia de este tipo.
La verdad, suponía que en 4 semanas no habría grandes cambios con relación a lo que habíamos visto. ¡Qué equivocado estaba! Si una persona necesita una prueba de que la vida es un milagro, lo invito a que espere la diferencia entre una ecografía de la 8ª y la 12ª semana de gestación. La formación de ese ser está más allá de las explicaciones racionales y científicas, porque estamos frente a realidades que trascienden nuestro control o predicciones. Podemos cuidar a una persona, alimentarnos adecuadamente, hacer lo que nos corresponde, pero nada de lo que vemos en ese monitor lo pudimos realizar nosotros.
Ahora los rasgos estaban precisamente definidos. Tan pronto como el doctor pasó el ecógrafo por el vientre de mi esposa, pude ver esa foto en blanco y negro…tan simple y tan compleja, tan evidente y tan misteriosa, tan frágil y tan fuerte, tan terrenal y tan divina. Cuando la vi, entendí la emoción que antes me era desconocida. Al ver el rostro de mi hijo por primera vez, algo me dijo que la vida como la conocí hasta ese punto había terminado.
Esa foto en blanco y negro fue el comienzo de un nuevo capítulo.
Hasta ese momento, yo afirmaba con toda convicción que una tenía que conocer a alguien para amarlo. Pero ahora me doy cuenta que no es así. Yo ya amo a mi hijo. No lo he visto cara a cara, no nos hemos estrechado la mano, no nos hemos abrazado por primera vez, no he besado sus mejillas, no he visto sus ojitos, pero ya está en mi corazón. No hemos tenido ninguna discusión, no lo he tenido que disciplinar, ni siquiera ha llegado a casa o mucho menos ha llegado el día en que se irá del hogar para hacer su propio camino, pero el latido de su corazón ya alteró el mío para siempre. Lo amo por quien es más que por lo que pueda o no hacer. Es mi hijo, y nada de lo que pase en su historia va a cambiar eso.
Ahora entiendo por qué dicen que uno entiende más el amor de Dios cuando es padre.
¡Y eso que apenas te estamos esperando, hijo!

©MiguelPulido