miércoles, 19 de julio de 2017

SOBRE SAMPER OSPINA Y URIBE VELEZ


Soy cristiano. Aunque no me considero perseguido (término con una carga histórica que involucraba la muerte), sí veo cómo hay personas que ridiculizan lo que creo. Algunos lo hacen porque siguen un estereotipo que no corresponde a la realidad, otros por rencor, otros por ganar popularidad, y otros porque consideran que la religión es un cáncer social.
Una de las personas que ridiculizó la fe cristiana en Twitter fue Daniel Samper Ospina. En medio del debate por la adopción de parejas del mismo sexo aseguró, haciendo alusión al nacimiento virginal, que debíamos considerar una familia normal la que constituía una niña que quedaba embarazada de una paloma.
Sarcasmo mordaz en su máxima expresión.
Pero humor, al fin y al cabo.
Si Samper hubiera leído la Biblia, descubriría que solamente se hace mención del Espíritu Santo como paloma dos veces, ni la anunciación ni el nacimiento de Jesús hacen parte de ello. Y, de hecho, uno de los propósitos del Evangelio es mostrarnos que no existe ninguna familia perfecta, que incluso aquella a la que perteneció el Señor tenía un historial marcado por la falibilidad humana. Por supuesto, no creo que esto respalde la adopción homoparental, pero tampoco se puede argumentar que la Biblia es un libro religioso idealista, porque ella describe la complejidad de la experiencia humana con total sinceridad.
Las redes sociales están cargadas de personas que usan el humor para burlarse de la fe. Podemos estar en desacuerdo, pero deberíamos entenderlos como expresiones de humor (aunque en algunos casos sí son ataques despiadados). Si una fe es sólida, puede resistir los ataques que vengan. Por eso, lejos de hacerla tambalear o dudar, creo que este tipo de situaciones permiten apreciar su profundidad y su riqueza, siempre y cuando se tomen desde una perspectiva analítica.
Digo todo esto porque considero importante establecer que difiero con Daniel Samper en un asunto fundamental. No puedo negar que comparto algunas de sus posturas, me parece que tiene la capacidad de escribir con humor (lo cual es muy complicado), pero también discrepo en algunas de sus afirmaciones. Por eso lo ocurrido en estos días me ha causado estupor y asombro.
Como un personaje público que critica a personajes públicos, Samper se expone constantemente a que lo ofendan y señalen en las redes sociales. Sin embargo, pocos se esperaban que el expresidente Uribe lo catalogara de violador de niños, subiendo así los decibeles de cualquier conversación a niveles peligrosos, delicados y que exacerban los sentimientos de entusiastas férreos de múltiples bandos políticos.
Una acusación así no debe hacerse en las redes sociales.
Si lo que sostiene Uribe es mentira, estaría calumniando; si lo que dice es verdad, pues debería mostrar pruebas a las autoridades competentes para que tomen cartas en el asunto. ¿Qué puede hacer un usuario de Twitter con semejante información? Solamente una cosa: opinar. Y con una conversación establecida en esas bases, normalmente las opiniones son más ofensivas, denigrantes, cargadas de fanatismo y maldad. Las redes sociales dan una sensación de omnipotencia ilusoria que alimenta la espiral de maldad que alguien detonó. Como no hay un editor más allá de nosotros mismos, creemos tener el derecho de poder decir lo que queramos.
No soy nadie para tomar lugar en esta discusión y no creo que importe mucho, pero solamente quisiera invitar a que pensemos sobre el hecho que estamos metidos en una vorágine de violencia verbal que sí afecta a las personas en su diario vivir. Hay personas que son amenazas, extorsionadas, denigradas, avergonzadas u ofendidas por redes sociales. No tiene sentido que nuestro argumento para defender esta postura siga siendo un infantil y arcaico: “él lo hizo primero”.
Porque no tienes que disparar un arma para herir a alguien.
La violencia también se expresa con palabras.

De la abundancia del corazón hablan las redes sociales, entonces ¿qué me muestran ellas de ti? Ojalá tomemos la decisión de frenar el acelerado curso de agresividad que se respira en nuestro ambiente. Ojalá aprendamos a argumentar sin denigrar. Ojalá nuestros corazones rehúsen alimentar la falsa ilusión de poder que nos da un teclado detrás de una pantalla, y aprendamos que hay vidas reales detrás de los usuarios virtuales.