jueves, 23 de febrero de 2017

¿Y SI HAY VIDA EN OTRAS PLANETAS?


La emoción se podía ver en el rostro de las personas que informaron el extraordinario descubrimiento de la NASA. Uno de sus telescopios más potentes, el Splitzer, pudo divisar planetas similares a la Tierra, que orbitan alrededor de la estrella denominada Trappist-1. Tres de ellos se encuentran en una zona habitable, lo cual implica que están a la distancia adecuada de la estrella como para que la vida subsista. Con absoluta certeza dijeron que en la superficie de estos planetas había agua.
Por lo pronto, sólo se ha podido divisar, y ahora comenzarán estudios a partir de las nuevas tecnologías telescópicas que van surgiendo. Este sistema estelar se encuentra a 40 años luz de distancia nuestro. Para que nos hagamos una idea, tendría que construirse una máquina que pudiera viajar a 300.000 kms/seg (1 billón en una hora) y que esta viajara por 40 años constantes, para poder llegar hasta ese lugar. Es decir, si te embarcaras en esa máquina a tus 20 años, estarías llegando allí a los 60 (eso sin contar que te encuentres con un hoyo negro o que el tiempo en el espacio, como algunos proponen, sea relativo).
Sin lugar a dudas, este ha sido uno de los hallazgos espaciales más importantes del siglo.
Lamentablemente, para algunas personas esto les pudo haber hecho caer en una crisis de fe. Recuerdo que muchos programas cristianos del pasado hacían creer que la posibilidad de vida fuera de la tierra negaría la existencia de Dios o que iba en contra de verdades fundamentales de lo que creemos. Hoy miro esas ideas en retrospectiva y me doy cuenta lo infundadas que eran, pero no puedo negar que marcaron la cosmovisión de muchos. Por lo tanto, la pregunta que se levantaba bajo esa perspectiva era esta: y si hay vida en otros planetas, ¿qué pasa con la fe cristiana?
Hubo un momento donde llegué a pensar que colapsaría.
Sin embargo, mi respuesta hoy es diferente.
Algunos astrónomos dan por sentado que encontraremos vida en otros planetas pronto. Para ellos, la cuestión no es si hay, sino cuándo tendremos contacto con ella. Independientemente de si nos afiliamos a esa visión o no, considero que la fe cristiana no debería derrumbarse si ello llegara a ocurrir. La Creación no se limita a lo que está dentro de este planeta. A medida que observamos la bastedad del Universo no estamos más cerca de menguar el poder de Dios, sino más lejos. Cada descubrimiento astronómico es un revelador de nuestra pequeñez, no de nuestra grandeza. Es que el simple hecho de pensar en una distancia de 40 años luz no cabe en mi finita cabeza.
Por eso estoy convencido que este hallazgo no le quita ni una pizca de gloria a Dios ni le resta un gramo de valor a la obra de Cristo. Por el contrario, ¡manifiesta su inconmensurable grandeza! La cruz tiene dimensiones cósmicas. En un principio, Dios colocó al ser humano en un jardín, pero su Creación fue siempre más basta, imponente y amplia que lo que hubiéramos previsto desde el comienzo. En Cristo, toda la Creación es redimida.
Esto no debería ser motivo de temor, sino de adoración.
Bueno, sí hay algo que me aterroriza…
Cuando veo lo que los seres humanos le hemos hecho a nuestro planeta, me da temor que pudiéramos encontrar un lugar similar en el Universo. Si así hemos “cuidado” la Tierra, pensando que era la única que podía sostener la vida, no me quiero imaginar qué ocurriría si supiéramos que tenemos una reserva. Probablemente justificaríamos nuestra evidente irresponsabilidad, tranquilizando la conciencia con un posible plan B ¡Eso sí sería trágico!


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©MiguelPulido

jueves, 16 de febrero de 2017

SINCERAMENTE, PERDÓN


Una madre destrozada denunció al sacerdote católico William Mazo por haber abusado sexualmente de sus pequeños quienes, años atrás, cayeron en las fauces de este depredador inmoral. Para esa época, los niños alcanzaban las tiernas edades de 9 y 12 años[1]. Infamia en su máxima expresión.
Sin embargo, como si semejante aberración no fuera suficientemente indignante, la respuesta de la Arquidiócesis de Cali traslada la culpa a los familiares de los niños, a quienes denomina “víctimas indirectas”. Un aparte del comunicado dice “se determina… que la causa del daño es atribuible de manera exclusiva a las víctimas indirectas, quienes faltaron a su deber de cuidado, vigilancia, comunicación, protección, etc.”[2] ¿Esa es su defensa? ¿Inculpar a la familia, revictimizando a los que sufren?
No soy católico, pero tengo la certeza que debo expresarme frente a este hecho. Podría simplemente decir que pertenezco a una corriente de pensamiento distinta, lavarme las manos y dar la sensación que ese tipo de atrocidades jamás tocarán a la verdadera iglesia. No obstante, el problema es que este acto de pederastia fue defendido, indirectamente, por personas que llevan un nombre sagrado: iglesia.
Los seguidores de Jesús asumieron ese nombre para referirse a la comunidad que se reunía alrededor de lo enseñado por el Maestro. Con el pasar de los años, tristemente, se le dio al término un sentido puramente institucional, perdiendo así su sabor de seres humanos que procuraban el bienestar común por amor a Dios. Y estamos en medio de esa confusión, tratando de definir lo que verdaderamente hace honor a ese nombre sagrado.
Coincido con Oswaldo Ortiz, quien sostiene en su más reciente video[3] que la iglesia es un Cuerpo. Bíblicamente, esa es la metáfora más usada para referirse a este movimiento orgánico que pretende revelar en su paso por esta tierra la realidad de Cristo. Por eso es que las personas, creyentes o no, la miran con un aire de esperanza, anhelando que sea coherente con aquello en lo que dice creer. Tal y como lo hizo nuestro Señor, deberíamos procurar la protección, el bienestar y el consuelo de los más vulnerables, los más débiles, los más frágiles.
Pederastia nunca debería compartir la misma frase con Iglesia.
La iglesia no debería ser victimaria de ninguna atrocidad.
Somos llamados a propagar esperanza, no a esparcir dolor.
Sin embargo, difiero con Oswaldo Ortiz en que lo que hizo ese hombre solamente lo hizo una persona, pero no toda la iglesia. Es cierto, no quiere decir que todos los sacerdotes sean violadores; sería una generalización sin sentido. Pero cuando hablamos de la iglesia como un Cuerpo, debemos entender que el concepto miembro no se refiere a un ente aislado, sino que está conectado a un entramado complejo al cual afecta con sus acciones. Si a mí me duele la mano, eso afecta a todo mi cuerpo. La interconexión es una realidad al hablar de la iglesia.
La salida no es escudarnos detrás de la persecución de cierto sector de la sociedad a la iglesia. Podemos elegir otro camino...
La palabra metanoia, de donde obtenemos el concepto de arrepentimiento, significa “cambio de mente”. Se ha querido justificar, esquivar o culpar a otros de acciones atroces como las que ocurrieron en Cali. No existen excusas. Mi propuesta, mi cambio de paradigma, quizás un poco arriesgado, no es entrar en más polémicas y argumentaciones vacías, sino en arrepentirnos.
Así que, como miembro de este Cuerpo llamado iglesia, quiero pedir perdón:
Perdón, porque hemos sido más buenos juzgando que amando.
Perdón, porque nos hemos convertido en seres tan individualistas que nos olvidamos que somos una comunidad.
Perdón, porque dejamos que la gracia de la cruz se diluyera en la burocracia de la institución.
Perdón, porque no hemos seguido los pasos de Jesús.
Perdón, porque seguramente también te hemos lastimado a ti de alguna manera.
Sinceramente, perdón.

©MiguelPulido

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jueves, 9 de febrero de 2017

SI HAY ANIMALES HOMOSEXUALES, ¿CUÁL ES EL PROBLEMA?


En días recientes he escuchado la misma pregunta y visto publicaciones compartiendo similar afirmación. Muchos piensan que es el argumento irrefutable a favor del homosexualismo como un comportamiento completamente natural. En términos simples la cuestión se resume así: si hay animales homosexuales, ¿cuál es el problema?
No soy biólogo ni científico, así que mis observaciones surgen de la experiencia y algunas lecturas al respecto. Evidentemente, estos comportamientos no son comunes en toda especie animal, pero sí hay tendencias instintivas en ciertos grupos que lo manifiestan. Es imposible describir en detalle cuáles son, pero se habla de ciertos peces, aves e incluso mamíferos que tienen este comportamiento. Sin ir tan lejos, en esta semana que estaba sacando a mi perrita al parque vi cómo un perro trató de montar a otro perro.
¿Qué podemos decir al respecto?
Hasta donde sabemos, los animales se guían por instintos. Oleadas químicas visitan su cuerpo cada cierto tiempo, de tal manera que generan la necesidad de mantener relaciones sexuales con fines idealmente procreativos. La única forma de responder a esos instintos es consumando el acto o, de lo contrario, canalizarán ese ímpetu con agresividad, frustración o, en el mejor de los casos, tendrán que esperar hasta que llegue una nueva temporada de apareamiento.
Todo instinto, cero sentimientos.
No hay testimonios de una pantera que se haya sentido ultrajada porque quien mantuvo relaciones con ella convive con otras hembras. Tampoco sabemos que los elefantes tengan que reconciliar sus diferencias antes del acto sexual, porque no quieren herir los sentimientos del otro. Ningún chimpancé ha denunciado por maltrato o discriminación a los machos alfa de la manada que se pelean por ella como si fuera un trofeo. No hemos vistos que los toros protesten porque hay peleas de gallos.
Los animales no tienen consciencia.
No pueden decidir. Sólo obedecen a sus instintos.
Si quisiéramos aplicar esta forma de argumentos para defender una posición, nos llevarían a extremos fácilmente. Hay testimonios de ciertos animales que engullen a su pareja tras el acto sexual, o de algunas especies en la que las crías matan a sus padres después de un tiempo. Los humanos, en un movimiento contrario al curso normal de la teoría evolutiva propuesta por Darwin, procuramos defender a los más débiles, los resguardamos, hacemos lo posible para protegerlos, aun cuando la ley del reino animal sostiene la supervivencia del más fuerte. Nadie aceptaría que un violador argumentara que cometió una atrocidad porque sus instintos lo obligaron.
Descansar en el simple hecho de lo instintivo y lo animal como un argumento a favor de una elección sexual no tiene sentido. Viola la naturaleza misma de lo que somos como personas. Sí, tenemos instintos, tendencias químicas, pero también capacidad de elección. Parte de lo que nos hace humanos es la posibilidad de racionalizar y tomar elecciones morales.
El mismo punto que trata de enfatizar este argumento termina por denigrar el potencial de decisión que tenemos cada uno de nosotros. Acudir a “lo natural” como un argumento se convierte, con una facilidad pasmosa, en una forma de autoritarismo. Si alguien lastima a un homosexual porque no es “lo natural”, está denigrando el respeto por el otro. De la misma forma, si una persona homosexual argumenta su elección como “lo natural” (aunque, hasta donde sabemos, no hay un estudio científico serio que así lo demuestre), está cercenando una dimensión fundamental de la sexualidad humana: la consciencia, la elección, la posibilidad de ser más que animales. Imponer a otros una visión del mundo a partir de lo instintivo es atentar contra nuestra naturaleza.
No somos animales, somos humanos.
Y esa es una gran diferencia.


©MiguelPulido