martes, 24 de enero de 2017

Jesús, Trump y las corridas de toros


Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?
(Juan 18:23)

En medio de la madrugada, Jesús está siendo sometido a un juicio ilegal, viciado, claramente inclinado a favor de los que lo querían inculpar. Su respuesta contundente frente a los interrogantes del sumo sacerdote disparó la acción violenta de un soldado, quien lo golpeó. Ante esto, contestó con un interrogante.
Jesús cuestionó la violencia.
Le preguntó al hombre sobre la razón por la cual lo golpeaba. Pero no encontramos ninguna repercusión del soldado. No tuvo nada que decir.
Porque todo acto violento es irracional.
Si rastreas la palabra “bofetada” en los evangelios, verás que aparece en otro lugar. En el Sermón del Monte (Mateo 5-7), Jesús dijo que, si alguien te daba una bofetada en tu mejilla, debías volverle la otra. Algunos piensan que esta es una acción estúpida, donde se apoya silenciosamente al agresor, quien sigue perpetuando su maldad a costillas de la incapacidad de la víctima de responder. Pero cuando vemos la respuesta de Jesús una noche antes de morir, nuestra perspectiva se transforma.
Sí, la violencia es irracional. Sí, no sirve de nada responder a la violencia con violencia, porque entonces la espiral nunca desacelerará su incesante ritmo. Pero eso no significa quedarse en silencio. El mayor acto de protesta puede ser una simple y profunda pregunta: “¿por qué?”. De esa manera se está desnudando que ninguna violencia puede ser justificada, explicada o respaldada. La forma de quebrar el status quo que ha escrito la violencia es cuestionándola. Eso es poner la otra mejilla.

Hace unos días, Donald Trump se posesionó como presidente de los Estados Unidos. Independientemente de las preferencias políticas, no podemos negar que es un personaje polémico. Sus declaraciones crean mella en temas sensibles como la mujer, el trato a los inmigrantes, las acciones frente a algunas minorías, entre otras. Algunas veces, los medios de comunicación descontextualizan sus declaraciones para tener más audiencia, pero en otras, sus palabras destilan el característico hedor de la violencia verbal.
No se tiene que golpear a alguien para herirlo.
Meryl Streep, en su conocido discurso en contra de Trump, mencionó una ocasión en la que se burló de personas con problemas físico-cognitivos. Allí se evidenció el dolor que pueden causar las palabras, el daño que le podemos hacer a otros con simples discursos.
Una ola de posiciones en contra de Trump se ha levantado. Muchos de esos pronunciamientos se burlan, lo ridiculizan, lo denigran. No son formas de poner la otra mejilla, porque se está respondiendo al mal con mal. No se está deteniendo la espiral de violencia que sus palabras desencadenaron.

El domingo pasado cientos de personas se pararon en la plaza Santamaría para protestar por la reactivación de las corridas de toros. Los manifestantes reclamaban el respeto a la vida de estos seres creados, rechazando el espectáculo grotesco que significa el asesinato en un ruedo. Cuestionaban el criterio y moralidad de los que asistían a dichos eventos.
Pero también usaron la violencia.
En el calor de momento, algunos se abalanzaron para agredirlos. Otros disparaban dichos contra esos seres humanos, no contra los hechos que perpetuaban. Por defender a los animales, lastimaron a personas.
Si defender a unos nos lleva a lastimar a otros, no es una defensa válida.
Porque estamos permaneciendo en la violencia.
Por eso poner la otra mejilla, cuestionar la maldad para desnudar su irracional, sigue siendo tan inteligente y verdaderamente revolucionario. La mayor resistencia contra un sistema de violencia es pararse frente a los victimarios y cuestionarlos. Así mostraremos que el amor es firme, y es la respuesta más poderosa contra cualquier clase de mal. Miremos a los ojos a todos los violentos y sigamos haciendo esta sencilla pero poderosa pregunta:
“¿Por qué hacen eso?”.


©MiguelPulido

jueves, 19 de enero de 2017

Un Año Con Luna



El 17 de enero del 2016 ahora está marcado en nuestros corazones. Una jornada más del comienzo de año ahora nos recuerda el día en que Luna llegó a nuestro hogar. Ella, una preciosa Golden Retriever de 6 años, se ha convertido en parte de nuestras vidas, y la experiencia de ser sus dueños nos ha dejado memorias preciosas.
Hace unos meses salí con ella en la mañana. Como tenía que hacer un envío en una oficina que está a unas cuadras de mi casa, decidí llevarla conmigo después de jugar en el parque. No permitían el ingreso de mascotas, así que habían dispuesto un pequeño postecito de metal acomodado en una endeble base de lata. No estaba empotrado en el suelo, pero era apenas suficiente para amarrar la correa y que Luna me esperara.
El local no era muy grande, de tal manera que la mayoría del tiempo tuve contacto visual con ella. El único momento donde dejé de mirarla fue cuando tuve que llenar el formato de envío y pagar. En ese proceso, escuché el ruido de un camión grande que pasaba por la calle, el cual inundó todo el ambiente con el sonido de su estridente pito; justo un instante después, medio aturdido, oí un golpe seco y constante, como si un pequeño postecito de metal se hubiera caído. Rápidamente miré hacia donde se encontraba mi mascota, pero solo vi el postecito…
¡Luna no estaba!
Aterrorizado, salí disparado para buscarla. La vi atravesando la calle, corriendo asustada. Le gritaba con desespero y fuerza, mientras la perseguía, pero ella no se detenía. En estado frenético se dirigía hacia la Boyacá. Mi temor es que no se detuviera, intentara cruzar esa avenida y un carro la atropellara. Una vez más, cruzó la calle. Ahora se encontraba en la acera donde encuentra nuestro conjunto.
Entonces, ocurrió lo inesperado.
Luna cambió de rumbo.
Ya no era hacia una avenida peligrosa sino a nuestro conjunto.
Viendo esto, me tranquilicé un poco, pero seguí a paso rápido porque, obviamente, me había tomado mucha ventaja. Cuando llegué a la puerta del edificio, allí estaba. Cansada. Asustada. Respiraba agitada. El miedo todavía bombeaba con ímpetu por su cuerpo. Me miraba con sus enormes ojos negros, paralizada en la puerta, diciéndome con su miraba que ya quería llegar a casa.
Esta experiencia, aunque difícil, extraña e inesperada, me mostró que el vínculo que teníamos con Luna era mucho más profundo que lo que hubiéramos podido pensar. Porque en semejante estado de pánico, lo más natural es que siguiera corriendo hacia la Boyacá o que, como ocurre con tanta frecuencia, se escapara sin un rumbo definido, se perdiera y, probablemente, nunca más la volviéramos a ver.
Pero eso no ocurrió.
Porque Luna sabe regresar a casa.
La tendencia que todos tenemos cuando hay experiencias que nos asustan, que nos generan miedo, es buscar refugio. Quizás te ha ocurrido, pero te has resguardado en los endebles cambuches que se ofrecen en el mercado de la vida: adicciones, cosas, personas tóxicas, entre otras. Tarde o temprano, terminan por derrumbarse. Entonces te sientes a la intemperie, a merced del furioso oleaje de la vida, y la sensación de soledad asoma su gélida sonrisa mientras te da su frío abrazo. Es normal que te hayas sentido extraviado, que el miedo te haya hecho correr sin rumbo fijo.
Sin embargo, tienes un compás interno que te recuerda que hay un lugar seguro cerca. Puede ser Dios, tu familia o tus amigos.
Siempre hay un lugar adonde ir.
Todos podemos escoger regresar a casa.
¡Corre! Pero hacia donde puedas estar seguro.


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©MiguelPulido

miércoles, 4 de enero de 2017

UN AÑO NO PUEDE SER FELIZ


Los deseos nos invaden cuando el calendario comienza de ceros. Casi como un reflejo, le comunicamos a todas las personas anhelos positivos que hay en nuestra alma para el año que comienza. Las redes sociales nos han facilitado mucho el asunto, ya que solamente pones un estado, montas un video, colocas una foto con una frase célebre debajo o envías una lista de difusión, y salvas la responsabilidad de contactar individualmente a las personas para expresarte. Así que, aprovechando los recursos que nos provee la tecnología, quisiera expresarte mi deseo para ti en este 2017.
Parto de una realidad: un año no puede ser feliz.
Los seres humanos tenemos la tendencia de medir el tiempo, tratando siempre de organizarlo y proyectarnos dentro del mismo. Por eso es normal que hagamos planes, propósitos y establezcamos metas que esperamos que se realicen en fechas determinadas. Es bueno tener proyectos y esforzarnos para que se lleven a cabo en momentos concretos. No se trata de rigidez sino de realismo.
Sin embargo, el tiempo no tiene capacidad de decisión, ni mucho menos la posibilidad de sentir. No hay días tristes. No hay meses felices. Diciembre no escogió ser festivo, ni enero perezoso. El tiempo sencillamente ocurre, pasa, está ahí, pero no tiene ningún estado de ánimo determinado.
Nosotros, por el contrario, sí podemos elegir y sí tenemos sentimientos. Hay días lluviosos en los que fuimos realmente felices, y tardes de sol que hubiéramos preferido desaparecer. Quizás para ti el 2016 fue, mirado en retrospectiva, un año de aprendizaje extraordinario y crecimiento inigualable; o de pronto, ahora que lo recuerdas, una nube de dolor se levanta, y sabes que no se va a ir tan fácilmente como pasar la página del calendario.
El tiempo no puede sentir, tú sí.
Por lo tanto, un año no puede ser feliz o triste, pero tú sí.
La vida está constituida por momentos infinitamente más puntuales que un día, una semana, un mes o un año. Hay días donde recibimos noticias devastadoras, pero en ese mismo período de 24 horas conocemos amigos verdaderos que están dispuestos a prestarnos sus hombros para llorar en ellos. En el mismo año pudiste atravesar la tragedia de la enfermedad y la alegría de la sanidad, o viceversa. La existencia humana tiene tantas variables que es imposible predecir lo que va a pasar en el siguiente momento.
No puedes controlar tus momentos, pero puedes tomar una decisión de ser una mejor persona. Porque allí se encuentra la verdadera felicidad. No sé qué va a pasar en tu nuevo año, no tengo idea si la tragedia tocará a tu puerta o la enfermedad mostrará su sórdida sonrisa en la vida de alguien que amas, o si vendrán oportunidades inesperadas que le darán un nuevo impulso a tu alma y encenderán una chispa de alegría difícil de apagar.
Las mejores personas que conozco son aquellas que han tomado la decisión previa de hacer lo correcto, de ser íntegros, aún si las situaciones las impulsan en sentido opuesto. Su bondad no es circunstancial. Ellas decidieron no rendirse aun cuando la vida los lanzara a la lona, ni embriagarse con el elixir de los triunfos pasajeros. Sus momentos no gobiernan su corazón; ellos son los capitanes de sus elecciones. Entendieron que un año no puede ser bueno, pero ellos sí.
No puedo desearte un buen año, porque el tiempo no decide.
Pero deseo que escojas la bondad…en los buenos y los malos momentos.
Elije ser feliz, escoge hacer lo correcto, decide ser la clase de persona que vale la pena. Este y todos los años.


©MiguelPulido