miércoles, 24 de agosto de 2016

Verdadera Valentía


(Reflexiones sobre la violencia en la Biblia-Parte V)


A propósito de las incesantes olas de violencia que estamos experimentando en nuestro país y el mundo, pensé compartir una serie de reflexiones al respecto durante las próximas semanas. Como cristianos, tenemos que aceptar que la Biblia tiene escenas de violencia que son difíciles de interpretar. No pretendo dar una respuesta completa ni la solución última a esta realidad, pero creo que es necesario reflexionar sobre este tema, ya que de allí, estoy convencido, podremos asumir la violencia desde nuevas perspectivas. Así que aquí va la última parte: "Verdadera Valentía".
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La noche era oscura, más de lo normal. Pero no porque la luna estuviera oculta o las antorchas estuvieran apagadas; de hecho, hacía tiempo no se veía tanto movimiento en la casa del sumo sacerdote a esa hora. Quizás nunca había ocurrido ni ocurriría algo similar. La oscuridad no provenía de la ausencia de luz en el ambiente, sino de las profundidades del corazón humano.
El infierno latía expectante, como esperando ser desatado.
La injusticia se frotaba las manos frente al banquete que se servía en su honor.
Y allí, en medio de la crueldad, se encontraba Jesús. Lo que había sufrido hasta el momento había sido terriblemente doloroso: uno de sus discípulos lo había vendido a los poderes de turno, y ¿el resto? La mayoría huyeron, otro lo negó. En cualquier caso, el resultado era el mismo: Jesús estaba solo.
Lo que vendría tampoco era más esperanzador. Anticipando la agonía inaudita de la cruz, el absorber sobre sí mismo la violencia desenfrenada del pecado, hizo que Jesús sudara gotas de sangre, mientras indagaba por una salida diferente. Pero fue inútil. Esa era la única manera de redimir la terrible rebeldía humana.
Sin embargo, estando frente al sumo sacerdote, Jesús tuvo la oportunidad de contestar a las acusaciones que se le hacían. Puso en duda la integridad del que le acusaba, ya que recurrió a trucos retorcidos para inculparlo. El juicio estaba evidentemente arreglado, al punto que los testigos se contradijeron, pero esta escena de aquella horrible noche nos permite vislumbrar una forma de responder a la violencia:
Entonces uno de los guardias del templo que estaba cerca le dio una bofetada a Jesús.
—¿Es esa la forma de responder al sumo sacerdote? —preguntó.
Jesús contestó:
—Si dije algo indebido, debes demostrarlo; pero si digo la verdad, ¿por qué me pegas?
(Juan 18:22-23)
Para la cultura en la que está situada esta historia, golpear con una bofetada a una persona era una forma de humillarla. No sólo es un llamado de atención, sino un intento por recordarle a Jesús su posición. “Tú eres inferior aquí, ¡un poco de respeto!” es lo que está manifestando este soldado con sus actos.
¡Qué imagen!
Un ser humano humillando al Creador del Universo…
Si alguien necesitaba recordar su posición, definitivamente era este soldado, no el Señor. La fuerza que empleó para ese acto de violencia humillante le fue dado por el mismo que golpeó. El aliento que gastó para impulsar su cuerpo a lastimar a otro le había sido dado por aquel a quien miraba con desdén. Este sería un momento perfecto para que Jesús demostrara su poder, que humillara a este soldado con ínfulas de grandeza, que cortara de raíz las pretensiones irrisorias de aquel acto violento.
Sin embargo, Jesús hizo algo mucho más profundo: una pregunta. El Señor cuestionó la maldad. No respondió a la violencia con más violencia, ni se quedó ahogado en la pasividad que desea en silencio el mal del otro. Contrario a cualquiera de esas dos respuestas, Jesús enfrentó la maldad, el odio, la humillación y la violencia cuestionándolas.
Porque, en el fondo, todo acto de violencia es irracional.
Al preguntarle a alguien que te maltrata porqué lo hace, no hay nunca respuesta satisfactoria. La violencia va contra el sentido de la vida. La violencia es un engendro del pecado, no parte del propósito inicial de Dios.
Se requiere fortaleza divina para resistir de esa forma a la maldad. Así que aprendamos y pidamos ayuda del Señor, quien nos invita a no resistir a la violencia con violencia ni con pasividad malsana, sino cuestionándola directamente.
Eso sí es verdadera valentía.  

@MiguelPulido

sábado, 20 de agosto de 2016

Conexión inesperada

A propósito de las incesantes olas de violencia que estamos experimentando en nuestro país y el mundo, pensé compartir una serie de reflexiones al respecto durante las próximas semanas. Como cristianos, tenemos que aceptar que la Biblia tiene escenas de violencia que son difíciles de interpretar. No pretendo dar una respuesta completa ni la solución última a esta realidad, pero creo que es necesario reflexionar sobre este tema, ya que de allí, estoy convencido, podremos asumir la violencia desde nuevas perspectivas. Así que aquí va la penúltima parte: "Conexión inesperada".
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Llegamos al tema más complejo cuando hablamos de la violencia en la Biblia: aquellas ocasiones en las que, por orden de Dios, el pueblo de Israel aniquiló a otros. Sería imposible en este corto escrito dar la respuesta al tema (si es que existe una). Simplemente, plantearé  una perspectiva de acercamiento que, espero, puede ser de ayuda. Para ello quiero hacer mención usar Jonás 3:9-10. El contexto es este: Jonás veía con rabia cómo Nínive se había arrepentido y Dios los había perdonado. Se fue a las afueras de la ciudad, y allí creció una planta que le dio sombra y descanso. Sin embargo, un gusano dañó la planta inesperadamente, y esto airó al profeta. De ahí se desprende este diálogo:
Pero Dios le dijo a Jonás:
-¿Tienes razón de enfurecerte tanto por la planta?
-¡Claro que la tengo!-le respondió-. ¡Me muero de rabia!
El SEÑOR le dijo:
-Tú te compadeces de una planta que, sin ningún esfuerzo de tu parte, creció en una noche y en la otra pereció.
Solamente quiero hacerte unas preguntas:
¿Notas la relación entre la ira y la compasión?
¿Viste cómo se intercambian las palabras 'ira/rabia' con 'compadecerse'?
¿Por qué Dios equipara la reacción colérica de Jonás con un comportamiento noble?
¿Cuál es la conexión entre estos aparentes polos opuestos?

Todos conocemos personas que tienen oportunidades extraordinarias a lo largo de su vida, pero las desperdician intencionalmente. Son gente talentosa, con recursos y posibilidades, y aún así se quedan cómodos en la mediocridad. Duele ver cómo la vida de ellos se desperdicia en la intrascendencia. Pero si indagáramos más en ese sentimiento que nos produce esa escena, muy probablemente encontraremos que tenemos una profunda ira.
No puedo contar las veces que he escuchado esta frase: "¡Me da ira que desperdicie su vida de esa manera!".
Esas no son las palabras de una persona indiferente, son de un ser que ama.
Cuando amamos a alguien, queremos lo mejor, anhelamos que alcance todo su potencial. Es precisamente esa identificación verdadera, esa compasión genuina, ese amor real, el que nos lleva a airarnos cuando vemos que un joven con un futuro brillante se queda estancado en el fango de los vicios, o que un deportista extraordinario se limita voluntariamente a una vida de ocio, o que una jovencita hermosa en todo el sentido de la palabra sigue sacrificando su vida en el altar de las relaciones tóxicas. La compasión y la ira están más conectadas de lo que parecería a simple vista.
De hecho, todos nos incomodamos cuando alguien no reacciona con ira e indignación si le hacen daño a un ser amado. Algo dentro de nosotros nos dice que lo más natural cuando vemos que un ser amado lo están dañando o se está haciendo daño es, precisamente, la ira.
Si Dios no respondiera con ira frente a las injusticias que se producen a nuestro alrededor, preguntaríamos qué tan amoroso de verdad es Dios. Querer la compasión de Dios pero molestarnos con la ira es pedir un dios indiferente, no uno amoroso. Contradictorio es pedir justicia y escandalizarse cuando ésta se ejecuta.
Porque la justicia, en muchas ocasiones, es sumamente dura.
La historia de Jonás nos muestra que Dios siempre da oportunidades para que los seres humanos se arrepientan de su mal camino, porque Él es lento para la ira y grande en amor (Jonás 4:2). Una cosa no quita la otra. Todo acto de justicia que encontramos descrito en la Biblia, lo cual implica a veces medios violentos, no son el capricho de un ser insensible, sino las acciones de un Ser compasivo, que siempre da oportunidades, y que no se va a quedar en silencio cuando los seres que ama dañan a otros o se están echando a perder.
La justicia es la mesa donde la compasión y la ira comparten un bocado.


No, esa no es una respuesta definitiva, pero puede ser de ayuda para ver esas historias con otros lentes...

©MiguelPulido