jueves, 17 de marzo de 2016

Perdón, hemos pecado


Spotlight, la película ganadora del Oscar, trata de un grupo de periodistas que hacen investigaciones profundas, polémicas y de interés público. A raíz de cambios estructurales en el periódico, el director los anima para que lleguen al fondo de un asunto trascendente: el abuso sexual de menores por parte de sacerdotes en Boston. La película se centra en todos los altibajos, triunfos, derrotas, problemas, desafíos, dificultades, dolores, decepciones y turbulencias que significa este proyecto. Y parte de la complejidad radica en la cantidad inaudita de energía y recursos que invierte la Iglesia, como institución, para encubrir esta clase de ignominias.
Una de las palabras que casi salta a la vista a lo largo de la película es decepción. Sin importar si son creyentes o ateos, toda esta basura termina por generar una profunda decepción en cada periodista. Claro, están felices porque dieron un primer paso en búsqueda de la justicia, pero sienten un profundo desasosiego por darse cuenta que sacerdotes estaban abusando de menores, y además lo justificaban con explicaciones sinsentido que ponían a Dios como aparente respaldo para hacer semejante daño.
Surge una pregunta natural: ¿por qué existe ese sentido de decepción? Porque se supone que las personas que siguen a Dios no deberían estar perpetuando ese tipo de perversidades; deberían esparcir bien, no expeler mal; no deberían traer el infierno a la tierra. Naturalmente dentro de cada uno de nosotros se dispara una expectativa–que en realidad es una esperanza–cuando oímos que alguien está siguiendo a Dios: esperamos que esa persona le dé más gracia a este mundo, no menos; anhelamos que sean luz, no que hagan más densa la oscuridad.
Un dato: Spotlight está basada en hechos reales.
Tengo la impresión que muchos cristianos evangélicos toman este tipo de casos y se ufanan, haciendo creer a la gente que ese tipo de cosas no pasan entre nosotros. Sin embargo, la verdad es otra. Basta con hacer una pequeña investigación en periódicos y noticieros de distintas partes del mundo para darnos cuenta que muchas personas cristianas también han perpetuado este tipo de males, o han robado el dinero de la gente, o usan su influencia para tener relaciones sexuales inmorales, o manipulan emocionalmente a su congregación, o golpean a su cónyuge pero le obligan a quedarse callada para no sufrir la vergüenza pública, o hacen campañas que apoyan la violencia de género, o usan la Biblia a su antojo para emprender proyectos egoístas y malsanos. Algunos señalamientos son calumnias, pero otros son ciertos.
Porque el pecado humano no distingue afiliación religiosa.
Tanto sacerdotes como pastores somos pecadores.
Quizás no todos pecamos igual, pero igual todos pecamos.
La verdad es que la Iglesia es culpable de muchos daños a muchas personas. Podemos tratar de ocultarlo pensando que es algo institucional y etéreo, pero las instituciones están constituidas por personas. Así que si te sientes lastimado por la Iglesia, en realidad fuiste lastimado por gente. La Iglesia no violó a esos niños, fue un sacerdote aprovechado; la Iglesia no se aprovechó económicamente, fue aquel pastor inescrupuloso. Una Iglesia que daña son personas defraudando a personas.
En nuestro entorno hay una frase que usamos con frecuencia: “la Iglesia no es un museo de santos, sino un hospital para pecadores”. ¡Es cierto…en cierta medida! No existe ninguna iglesia perfecta, porque no hay personas perfectas. Los seres humanos seguimos siendo capaces de infringir dolor en el corazón de la gente, y pertenecer a una iglesia no cambia completamente esa realidad. Por supuesto, hay vidas restauradas, transformadas milagrosamente, pero seguimos luchando con la crudeza del pecado día a día. Tal vez él fue restaurado de su adicción a las drogas, pero sigue luchando con la baja autoestima; quizás ella ha implementado tendencias sexuales más sanas, pero sigue molestándose desaforadamente por trivialidades.
Nunca dejamos de luchar contra la maldad.
Y, como en toda lucha, tenemos victorias y derrotas.
Pero el peligro de esa frase es que olvida una verdad bíblica: somos santos. Lean las cartas de Pablo y se van a dar cuenta que vez tras vez él se refiere a los cristianos como “los santos que están en…”. Para Pablo ambas realidades conviven, no son una o la otra, son las dos al mismo tiempo. Somos santos y pecadores. Estamos en un proceso de rehabilitación, aprendiendo a vivir cada día más de acuerdo a lo que somos. No es un motivo de orgullo sino de identidad, porque la santidad no se trata fundamentalmente del comportamiento que tienes sino de la persona que eres. Un santo no es un religioso orgulloso por sus capacidades morales, es un hijo adoptado que sigue aprendiendo a sentirse cómodo en casa. (Aunque hay muchos que dicen ser hijos, cuando en realidad solo usan el nombre de Dios para justificar sus deseos egoístas).
Como iglesia hemos fallado. No somos un ejemplo todo el tiempo. Tenemos que reconocer que hay gente que no está dispuesta a creer en Jesús porque la iglesia le ha hecho mucho daño. Atrevidamente, en nombre de mi familia, la Iglesia, quiero pedirles que nos perdonen, porque hemos pecado. Con frecuencia hemos sido torpes mostrando que Nuestro Padre es extraordinariamente bueno, amoroso y que está dispuesto a recibir más hermanos en casa. Los hijos adoptados lastimamos a otros en nuestro proceso de adaptación. Sin importar si eres cristiano o no, pido que encuentres una pizca de misericordia en tu alma y nos des una nueva oportunidad.
No tengo el derecho de juzgar tus heridas ni decirte que está mal que te fijaras en la gente en lugar de Dios. Te entiendo, uno no quiere estar en un lugar donde no se siente amado, donde siente que lo van a lastimar.
Pero te tengo una buena noticia: somos los hijos, no somos el Padre.
Jesús es El Camino, no la Iglesia.
Por favor, no permitas que los errores de algunos te lleven a cometer el error de alejarte de casa.

Y ojalá encuentres personas que, con amor, te digan: “Aquí siempre hay lugar para uno más”.

©MiguelPulido