jueves, 15 de diciembre de 2016

Yuliana


Tristemente, todos sabemos lo que ocurrió. La perversidad de un ser humano atravesó los límites de cualquier parámetro ético, cegando cruelmente el destino de una pequeñita cuyo nombre está marcado ahora en nuestro corazón. Yuliana fue víctima inocente de la atrocidad a la que puede llegar alguien incapaz de frenar sus deseos más oscuros. La maldad no discrimina estratos sociales ni posiciones económicas.
Obviamente, las reacciones en las redes sociales no se hicieron esperar. Como una válvula de escape, la sociedad descargó allí su indignación contra Uribe Noguera y su familia. Muy pronto se empezaron a propagar conjeturas respecto a las relaciones que ellos tenían con altos mandos políticos, algunas de ellas falsas, otras manifestaban una genuina preocupación porque hubiera una pizca de justicia en esta tragedia.  También hubo personas que aprovecharon la desdicha para sacar rédito político del trato que se le debía dar a la guerrilla, a lo cual otros respondieron recordando que Yuliana y su familia llegaron a Bogotá como desplazados por la violencia. Unos más, cristianos o no, reclamaron que los movimientos evangélicos realizaran alguna marcha o hicieran una pronunciación por esta causa.
Rápidamente, Yuliana pasó a ser un tema de conversación.
Y eso puede ser muy tóxico.
Por ejemplo, respecto a porqué los cristianos no organizaron una marcha por esta situación, algunas personas usaron este reclamo como una plataforma para descargar su resentimiento y rencor, permitiendo entrever un reclamo por congruencia entre el discurso y la práctica. Una pregunta recurrente, expresada de varias maneras, fue esta: “¿dónde están las marchas que los cristianos organizarán por Yuliana?” Así que Yuliana se convirtió, rápida y tristemente, en un medio para un fin mayor. Ya la cuestión no era tanto ella sino lo que giraba alrededor de ella. La lucha política entre el cristianismo y otros sectores, que se ha venido agudizando en los últimos meses, encontró una munición más para su descarga.
Creo que los cristianos no deberíamos haber organizado ninguna marcha ni protestas.
Porque muchas otras personas ya lo hicieron.
Sacar algún beneficio político o social de una tragedia como esta es, de alguna forma, re-victimizar a Yuliana. No es este un evento que nos impulse a generar un movimiento que nos permita inflar el pecho para mostrar lo buenos que somos. Este es un momento de lamento. Nuestra sociedad está quebrada, y lo que menos necesita es profundizar una polarización que crece aún a costa de un dolor tan punzante.
La deplorable experiencia de Yuliana nos debería recordar que nuestra humanidad es un punto de unión. Ni a mí ni a nadie le importó la religión, el partido político o la procedencia económica de esta pequeñita para sentirse indignado. Fue una persona que sufrió algo que no merecía. Y eso nos dolió a todos. Porque cada vida es sagrada. Las voces de indignación surgen del hecho de que somos personas.
No permitamos que discusiones secundarias nos hagan olvidar que la maldad de una persona tiene alcances inimaginables, que el infierno que padeció Yuliana y ha atravesado su familia no debería repetirse nunca más, que podemos encontrar puntos de unión en lugar de seguir promoviendo la división, que está bien que lloremos juntos, que nos lamentemos, que hagamos duelo por un mundo que está clamando por transformación.
¿Qué importa quién organice las marchas o quien levanta una voz de protesta?
¿Tiene que ser hecho por cristianos para que valga o para que los cristianos participen?
¿Puede Yuliana dejar de convertirse en un medio y ser el terreno común en el empezamos a tratar de reconstruir los vestigios de una sociedad que sigue desmoronándose?


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©MiguelPulido

viernes, 11 de noviembre de 2016

Principiolatría



“¿Por qué ganó Donald Trump? Por incluir la defensa de principios, vida, familia, libertad religiosa y buenas costumbres… La gente vota por sus principios”[1]
Oswaldo Ortiz

Creo que ninguno de nosotros hubiera podido prever (salvo Los Simpsons) un clima político tan vertiginoso como el que nos ha dejado este año. No soy letrado en la política, así que mis análisis desde esa perspectiva son someros; pero como miembro de la iglesia, seguidor de Jesús y estudiante de la Biblia, noto que la iglesia se encuentra en un momento coyuntural. Y el peligro es que la cantidad de voces que se levantan pueden generar confusiones que, desde mi punto de vista, pueden ser bastante tóxicas.
Algo positivo que nos ha dejado toda esta vorágine en Colombia  es que se han levantado voces para defender principios y valores. Dios, en su gracia, ha permitido que hermanos y hermanas tengan influencia social, mediática y política para sentar desacuerdos con manejos que se dan al país. Hay un aspecto del llamado de la Iglesia que es la preservación de la sociedad. Cuando la niebla del sinsentido se vuelve espesa, los discípulos de Jesús estamos llamados a ser un faro, no una luz que se esconde debajo de la mesa.
Sin embargo, la línea de confusión puede ser muy delgada.
Y creo que se evidenció esta semana.
Tras conocer los resultados de las elecciones en los Estados Unidos, noté el estado de mi hermano Oswaldo Ortiz que cité arriba. Seguí con cierta atención la carrera presidencial norteamericana y escuché los debates entre Trump y Clinton, por eso me llamó la atención que se celebrara el triunfo del primero. Porque aunque podemos estar de acuerdo en algunos principios, no lo estamos en todos. Solo unos principios de Trump, no los  principios de Trump, están de acuerdo con la perspectiva bíblica. Sí, puede ser cierto que en el discurso esté en desacuerdo con el aborto y rechace las políticas del lobby LGBTI, pero también ha tenido propuestas que menoscaban la identidad humana y el respeto que estamos llamados a tener por aquellos que están en mayor necesidad, que son más vulnerables, que están buscando una pizca de gracia en un mundo inundado por las injusticia; su campaña no tenía como slogan la familia, sino que apelaba a la egolatría mesiánica de algunos americanos que quieren seguir aferrados a los vestigios de un imperio que se desmoronó.
Porque Trump, como todos nosotros, sufre de inconsistencias.
Está bien que defendamos principios y valores, pero ese no es nuestro llamado en esta Tierra. Jesús no murió para que tengamos una mejor ética. Jesús murió porque necesitamos una transformación de nuestra esencia, de nuestro corazón, del centro de nuestra alma. Estamos maltrechos. Es un error de grandes proporciones pensar que el cristianismo es simplemente la profesión de un estilo de vida. ¡Es mucho más que eso! La esencia del cristianismo es que todos necesitamos ser rescatados, restaurados, redimidos, transformados.
Por eso es muy peligroso pensar que una sociedad va a ser rescatada si profesa unos determinados valores. También hay ateos que se portan bien. La fe que profesamos sostiene que todos necesitamos no un cambio de valores (principalmente) sino una transformación del corazón. Y eso solo lo puede hacer Dios. Porque todos los seres humanos somos disfuncionales, contradictorios, inconsistentes, predicamos ciertos principios y rechazamos otros, decimos algunas cosas y hacemos otras. Y personas disfuncionales crean familias disfuncionales, y familias disfuncionales crean sociedades disfuncionales, y sociedades disfuncionales crean países disfuncionales…
¡Nuestro mundo no funciona bien!
Toda familia (así esté constituida por padre y madre) necesita ajustes y cambios. Toda jovencita (haya abortado o no) tiene algo quebrantado en su sexualidad que necesita ser sanado. Todo político (republicano o demócrata, liberal o conservador) actúa, al menos en algunos puntos, en contra de los parámetros éticos. La respuesta no está en los principios que profesamos sino en el Dios a quien nos aferramos. No permitamos que lo bueno (los principios) nos cieguen de lo mejor (Jesús); que los síntomas (los valores) no nos hagan olvidar la verdadera enfermedad (el corazón humano). Si permitimos que eso pase, haremos de los principios nuestro dios funcional, y eso es una forma de idolatría: estaríamos desplazando a Dios del lugar que le corresponde. Pensaremos que los principios son la respuesta, y nos estaríamos equivocando terriblemente…como lo hicieron los fariseos en el primer siglo: profesaban una ética impecable, pero aún así terminaron orquestando la injustica más grande la historia humana.
Los principios no podrán hacer lo que sólo Jesús puede realizar.
¡Huyamos de la principiolatría!

©MiguelPulido