jueves, 5 de marzo de 2015

Ahora se escucha diferente



Llegué al programa por recomendación de mis papás. Había escuchado de él, pero no imaginé que fuera a llamar tanto mi atención. En otros países hay mejores cocineros, con más experiencia; las pruebas que se presentan en otros lugares son mucho más complejas; sin embargo, confieso que Master Chef Colombia me capturó. No tengo una razón clara, pero es la verdad.
En uno de mis primeros contactos con la producción, escuché a los participantes. Sus entrevistas se intercalaban con imágenes del concurso. Nada del otro mundo: formato típico de realities.
Pero fue allí donde escuché algo que me sobresaltó.
Una de las concursantes, Evelyn, tenía serios problemas de comunicación. No se le entendía bien lo que decía. Su respiración se cruzaba inesperadamente con sus intentos de gesticulación, de tal forma que muchas de sus palabras quedaban entrecortadas. Pensé que tenía un problema genético o de salud.
Leí algunos comentarios crueles que se burlaban de su situación. Como Evelyn es modelo, decían que era una persona tan hueca (por ser modelo) que ni siquiera podía hablar bien. Otros pedían que nunca más la entrevistaran para no tener que atravesar por suplicio de escucharla. Palabras feas. Descalificaciones.
¿Por qué los seres humanos actuamos así?
¿Por qué nos sentimos cómodos con la crueldad?
¿Qué sacamos con burlarnos de los otros?
Juzgar es más cobarde que amar.
Por eso es más fácil.
Si soy completamente honesto, tengo que aceptar que también me molestaba la voz de Evelyn. No era cómodo escucharla. No se atravesó por mi cabeza hacer comentarios crueles respecto a su situación, pero igual la incomodidad persistía. Además, tenía una duda: ¿por qué hablaba así? No parecía tener problemas cognitivos ni deficiencias genéticas, así que ¿qué le ocurría?
Buscando en internet llegué a la página web del concurso, donde tienen en una sección parte de la biografía de los concursantes.
Por supuesto, estaba la historia de Evelyn.
Cuando era pequeña, Evelyn llegó a su casa, como normalmente solía ocurrir. Seguramente entró saludando a su querida hermana, quien debía estar esperándola. Pero su terrible sorpresa fue que no escuchó nunca una respuesta, sino que vio a su hermana tendida en el suelo. Estaba muerta. Alguien la había asesinado.
El impacto fue tan nefasto para Evelyn que quedó sin habla. Sus palabras permanecieron clausuradas como consecuencia del trauma. El dolor tan inexplicablemente profundo que sintió al ver a una persona que amaba asesinada se manifestó en su comunicación.
Suele ser así. Cuando nos enfrentamos a situaciones traumáticas—porque todos hemos tenido traumas (en mayor o menor medida)—, se disparan reacciones intuitivas dentro de nosotros, mecanismos de supervivencia. Algunas personas se quedan petrificadas cuando tienen que presentar sus ideas, porque cuando pequeños se burlaron de ellos; otros intoxican su cuerpo con sustancias dañinas, porque nunca fueron amados en su hogar; otros se convierten en perfeccionistas compulsivos, porque siguen esperando ansiosos que algún día alguien les diga que se siente orgullosos de ellos.
Nuestras reacciones ante el dolor son diversamente extrañas.
En el caso de Evelyn, su alma rasgada se manifestó en su habla.
Pero no se detuvo allí.
Según entiendo, por tiempo se enfrentó a terapias para mejorar esta condición. Su alma iba sanando poco a poco, pero su comunicación seguía estancada. Y, en algún momento, se presentó la oportunidad de ser parte de Master Chef. Decidió dar el paso de mostrar su talento y su pasión por la cocina. Dentro de miles de aspirantes, salió elegida para ser parte del grupo que estaría en el programa.
Para la mayoría se puede tratar de un reto de talento, pero para Evelyn era algo más: significaba una aventura en la recuperación de su comunicación. Si han tenido la oportunidad de conocer un poco del mundo de la TV, sabrán de qué hablo. Luces. Cámaras. Cientos de personas haciendo labores de producción, maquillaje, escenografía, entre muchas otras. Entrevistas que tienen que ser repetidas una y otra vez para que salgan de la mejor forma posible. Y, en el caso del programa, jueces implacables que tienen que ser algo más que exigentes.
Un escenario retador, por decir lo menos.
Este tipo de momentos en la vida son los que te pueden sacar adelante o hundir por completo. Siempre están latentes las dos opciones. Evelyn hace parte del grupo que escogió la primera. Hace poco ganó uno de los retos, y los que la rodearon reconocieron que había dado pasos agigantados no solo en su forma de cocinar, sino en su capacidad de comunicarse.
Cuando escucho a Evelyn, todavía me cuesta entenderla en algunos momentos. Hay palabras que se me escapan. Sin duda he visto su progreso, pero aún falta camino por recorrer. Sin embargo, desde que conozco su historia, su voz ahora se escucha diferente. Ya no me fastidia; ahora me inspira. Ya no me molesta; me reta. Ya no me quejo; admiro.
Conocer lo que le había ocurrido me conectó con la compasión, no con la lástima.
¿Cuánto de nuestro entorno cambiaría si tomáramos el tiempo para escuchar la historia que se oculta detrás del dolor de las personas?
¿Será que mucho de lo que fácilmente etiquetamos como "defectos" pueden ser manifestaciones de un dolor más profundo?
¿Qué pasaría si fuéramos más abiertos a la compasión que al juzgar?
¿Por qué contentarnos con señalar, si tenemos la oportunidad de entender?
¿Cómo cambiaría nuestra visión de esa persona que nos cae mal (sí, ese que se te vino a la mente) si por un segundo pensáramos que hace lo que hace por alguna razón?
Ojalá puedas tomar el tiempo para escuchar la historia de las personas que te rodean. Entrena más tus oídos para escuchar que tu dedo para señalar. Oír a otros es una ventana hacia la compasión. La encarnación se trata del hecho que Dios se tomó el tiempo para ser parte de nuestra historia, para escuchar nuestras miserias...y desde allí, restaurarlas.
Porque lo que puede calificarse como un problema siempre tiene el potencial para convertirse en inspiración. 

©MiguelPulido