viernes, 6 de noviembre de 2015

Viviendo en medio del quizás


La sociedad se estaba desintegrando moralmente, los mandatarios eran corruptos, los más vulnerables estaban encarando la vida sin nadie que los protegiera, incluso el concepto de familia se estaba modificando arbitrariamente y en contra de los parámetros de Dios.
No estoy hablando de ningún país de esta época; hablo del antiguo Israel. Estamos miles de años adelante, en un país ubicado a cientos de kilómetros de donde ocurrieron esos hechos, viviendo en una cultura distinta, pero aún así el primer párrafo podría describir casi de forma calcada a nuestro país el día de hoy.
Porque el verdadero problema está en el corazón del hombre.
Las épocas cambian; el corazón no.
Nuestro corazón sigue anclado a la tendencia de ir en contra de los parámetros de Dios.
Por eso, a lo largo de la historia, Dios ha querido comunicarse con el ser humano para que sea consciente de los pasos que está dando. Y en la época del antiguo Israel usó a un hombre llamado Jeremías, quien era un profeta. Tenemos un testimonio de sus palabras en un libro que lleva su nombre. Hacia la mitad de este libro nos encontramos con un diálogo entre Dios y Jeremías, en el cual se le describe la esencia de su vocación:
“Toma un rollo y anota todos mis mensajes contra Israel, Judá y las demás naciones…Quizás los habitantes de Judá se arrepientan cuando vuelvan a escuchar todas las cosas terribles que tengo pensadas para ellos. Entonces perdonaré sus pecados y maldades”.
(Jeremías 36:2-3, NTV)
¿Leyeron con cuidado?
¿Vieron la palabra quizás justo en el núcleo del llamado del profeta?
¿Qué sentirían si fueran Jeremías?
Si ustedes se parecen a mí, les encanta la seguridad en los proyectos que emprenden. Medimos el éxito de lo que hacemos por los resultados que eso genere. El quizás me incomoda, porque me gustan más las certezas que las probabilidades, las certidumbres que las posibilidades. Prefiero decir “seguro” que “de pronto”.
Sin embargo, cuando uno comparte un mensaje, siempre se encuentra viviendo en medio del quizás. Porque Dios nos creó con una característica llamada libre albedrío, la cual hace posible reaccionar de formas diferentes frente al mismo impulso. La gente puede o no escuchar un mensaje, puede hacerle caso o seguir de largo, puede haber gente que ponga atención o se resienta o resista o analice o se amargue o te tilden como ‘intolerante’ o te malinterpreten o te señalen o te expongan o te ridiculicen o se burlen o te quieran apedrear. La gama de posibilidades es tan amplia como la cantidad de oídos con los que compartes lo que tienes por decir. El quizás es inseguro.
El llamado de Jeremías era comunicar la Palabra de Dios sin importar la cantidad de posibles escenarios que enfrentara. Su éxito no sería medido por los resultados ni por la respuesta de la gente, sino por ser fiel a su llamado de dar un mensaje.
El éxito se mide por la fidelidad, no por la reacción.
El éxito se trata de hacer lo que tienes que hacer, no de pretender controlar el quizás.
En nuestro país, la Corte Constitucional aprobó que las parejas homosexuales puedan adoptar niños. Mientras la semana pasada los cristianos nos seguíamos desgañitando en las redes sociales discutiendo el “relevante” tema de si el Halloween es del diablo o no, en los salones del poder legislativo se tomaba una decisión de semejante magnitud. Y esta situación coyuntural nos lleva a reflexionar sobre la importancia de no callar frente a lo verdaderamente importante.
Estamos enfrentando nuestro quizás.
Por supuesto, como cristiano, deseo que esa decisión se reverse, pero reconozco que es un quizás. Puede que sí, puede que no. Sin embargo, el llamado a ser fiel en comunicar un mensaje sigue vigente.
Como iglesia nos debemos arrepentir porque no hemos sido muy sabios en comunicar el mensaje. Nos hemos dejado distraer por banalidades con mucha frecuencia. Pensamos que la solución es hacer sentir a la gente mal porque no adopta, cuando ni siquiera estamos dispuestos a hacer los trámites respectivos.
No hables del valor de la adopción si no tienes los papeles en tus manos.
Tampoco hemos sido sabios cuando permitimos que el debate se mueva en términos religiosos. Si algo llama la atención de Jeremías es que en muchas ocasiones fue tan creativo que pudo hablar de Dios sin mencionar su nombre y referir su voluntad sin citar versículos. A veces hablaba de Dios explícitamente y a veces tácitamente, pero nunca dejaba de hablar de Dios. Porque el mensaje a favor de la heterosexualidad no solo está escrito en la Biblia, también fue escrito en nuestra biología, fisiología, en la esencia constitutiva de lo que somos. Si quieren un “debate con altura”, Dios nos dio los suficientes argumentos como para hacerlo.

Así que este es mi mensaje: la decisión arbitraria de la Corte Constitucional tiene un profundo sentido paternalista e irrespetuoso. Pero no solo irrespetuoso con los heterosexuales, sino principalmente con los homosexuales. Esta sentencia le impide a las personas homosexuales vivir con las consecuencias de sus elecciones, de su decisión por esta tendencia sexual. Una de las consecuencias de la homosexualidad es la imposibilidad de procreación, ya que se ha demostrado científica y fehacientemente que solamente por un relación heterosexual (o bien donde un espermatozoide fecunda un óvulo) puede haber procreación. Un espermatozoide no puede fecundar a otro espermatozoide ni un óvulo a otro. De tal manera que suplir esta imposibilidad para la comunidad homosexual por medio de la adopción es impedirle a las personas vivir con las consecuencias de sus elecciones. ¡Esta es una falta de respeto contra el derecho que las personas homosexuales tienen de decidir!
Esta sentencia es un atentado contra el libre albedrío, una forma de cercenar el quizás, y es una forma arbitraria de impedir que la comunidad homosexual entienda las implicaciones de su elección.
Esta es mi reflexión (que no es el todo de las cosas), mi granito de arena, mi forma de vivir en medio del quizás.

©MiguelPulido 


miércoles, 15 de julio de 2015

El cristianismo y el movimiento LGBTI: una reacción diferente


Reaccionar no es malo. Reaccionamos positiva o negativamente porque pensamos, analizamos y tenemos algo por decir al respecto. La reacción es un don de Dios, que te recuerda que estás vivo, que tienes un pensamiento independiente y único, que tu cerebro es una sorprendente máquina perfectamente ecualizada para generar ideas. Pero como todo don, puede ser utilizado bien o mal, sabia o neciamente.
Hace un par de semanas en los Estados Unidos se aprobó el matrimonio para personas del mismo sexo en toda la nación. Hasta ese momento, solo algunos estados podían llevar a cabo esas uniones civiles. ¡Se dio un salto bastante importante! No digo "importante" porque lo considere bueno, sino porque una de las naciones más poderosas del mundo, que hasta hace poco se autodenominaba cristiana, que por años fueron el mayor centro de envío de misioneros a todo el planeta, ahora está aprobando una ley de este tipo.
Como era de esperarse, las redes sociales estallaron. Miembros del movimiento LGBTI a nivel mundial celebraban lo ocurrido. Otros solamente ponían en sus estados "love wins", la frase insignia de esta campaña a favor del matrimonio homosexual (aunque nunca nos han dicho exactamente a qué se refieren con "amor"). Y, por supuesto, los cristianos también nos pronunciamos. La gran mayoría ponía los pasajes de las Escrituras que recordaban que la práctica homosexual va en contra de los parámetros de Dios; otros aseguraban que el juicio vendría sobre los Estados Unidos; unos más rogaban que Colombia no siguiera el mismo rumbo.
Dentro de los diferentes pronunciamientos cristianos, me encontré con una imagen que tenía dos fotografías: una del arcoíris y otra de la bandera gay. Debajo de la foto del arcoíris decía que este era el símbolo que Dios había usado para sellar su pacto después del diluvio; debajo de la bandera gay decía que esta (la homosexualidad) era la razón por la cual había venido el diluvio.
¡¿En serio?!
¿Has leído la historia alguna vez?
Génesis 6:5 solamente dice que "la maldad del ser humano en la tierra era muy grande". No especifica qué tipo de maldad. La palabra usada es genérica para referirse a cualquier pecado. En los profetas se habla de injusticia, de falta de equidad, pero nunca se refiere al homosexualismo como la causal primaria del diluvio. Porque el homosexualismo no es la maldad; es una maldad más de toda una serie de maldades. Una sociedad está mal cuando también hay corrupción, envidia, robos, idolatría, cuando aplaude el pecado en cualquiera de sus manifestaciones.
Nuestra sociedad no se va a dañar por la aprobación del matrimonio gay.
Nuestra sociedad ya está dañada.
Y quizás parte del problema es que solo nos dimos cuenta hasta ahora.
La reacción instintiva frente a los triunfos del movimiento LGBTI ha sido el señalamiento del pecado que apoyan. Algunos aseguran incluso que la proliferación de la homosexualidad es la manifestación tangible que estamos en los últimos tiempos. Estas voces provenientes de las filas del cristianos son las que más se escuchan. Por un lado, juzgan esa clase de maldad y, por otro, transmiten la sensación que no hay nada que hacer sino solamente esperar que la historia siga su curso.
Respeto esa forma de reaccionar.
Sin embargo, como cristiano, considero que debemos reflexionar en otra dimensión de esta realidad.
Cuando Jesús habló de sus seguidores en el Sermón del Monte, nos definió: somos la sal y la luz de este mundo. Normalmente, las enseñanzas basadas en este pasaje terminan invitando a la gente a que seamos la luz y la sal de este mundo. Pero hay problema gramatical con esta enseñanza. ¿Ven cómo está conjugado el verbo?
Noten que Jesús no dijo "sean luz y sal"; dijo "ustedes son luz y sal”. La diferencia en ambas ideas es radical: la primera es una invitación; la segunda es una realidad. Es decir, Jesús no nos invitó a ser luz y sal, no dijo que era una posibilidad que podíamos o no asumir; lo que dijo es que, lo asumamos o no, lo pensemos o no, seamos conscientes de sus implicaciones o no, en realidad somos luz y sal para nuestro mundo. Todo seguidor de Jesús no debe ser luz o sal; ya es.
Así que la pregunta fundamental que levanta esta afirmación de Jesús no es si estás siendo o no la luz del mundo o la sal de la Tierra, porque ¡ya lo eres! La pregunta es: ¿qué clase de sal y de luz eres?  
¿Preservas aquello que potencialmente se puede echar a perder?
¿Le das sabor a tu entorno?
¿O eres una sal que perdió su sabor?
¿Eres un faro de esperanza en un mundo que perdió su rumbo?
¿Eres un dolor de cabeza para las tinieblas?
¿O eres una luz que se escondió debajo de una mesa?
Si somos la sal y la luz de este mundo, entonces lo que está ocurriendo a nuestro alrededor también es nuestra responsabilidad. No es un asunto de ellos; es un problema de nosotros. Si la oscuridad se expande es porque la luz se ha escondido. Si el mundo se está cayendo a pedazos es porque la sal no está conservando.
Queridos seguidores de Jesús, el mundo es el testimonio que no estamos siendo la luz o la sal que Jesús tenía en mente. En algún punto del camino perdimos nuestro sabor. A partir de algún instante nos sentimos cómodos escondiendo la luz en los Templos.
La oscuridad es una consecuencia de la falta de luz.
El mundo está como está porque la iglesia está donde está.
Ojalá tengamos la sensatez para dejar de señalar los pecados de los otros y reconozcamos que hemos pecado, que hemos fallado y que no honramos lo que somos. Nuestro mundo necesita que la sal recupere su sabor y que la luz salga de debajo de la mesa. Si la iglesia no cambia de dirección, el mundo tampoco lo hará…

 ©MiguelPulido 

jueves, 5 de marzo de 2015

Ahora se escucha diferente



Llegué al programa por recomendación de mis papás. Había escuchado de él, pero no imaginé que fuera a llamar tanto mi atención. En otros países hay mejores cocineros, con más experiencia; las pruebas que se presentan en otros lugares son mucho más complejas; sin embargo, confieso que Master Chef Colombia me capturó. No tengo una razón clara, pero es la verdad.
En uno de mis primeros contactos con la producción, escuché a los participantes. Sus entrevistas se intercalaban con imágenes del concurso. Nada del otro mundo: formato típico de realities.
Pero fue allí donde escuché algo que me sobresaltó.
Una de las concursantes, Evelyn, tenía serios problemas de comunicación. No se le entendía bien lo que decía. Su respiración se cruzaba inesperadamente con sus intentos de gesticulación, de tal forma que muchas de sus palabras quedaban entrecortadas. Pensé que tenía un problema genético o de salud.
Leí algunos comentarios crueles que se burlaban de su situación. Como Evelyn es modelo, decían que era una persona tan hueca (por ser modelo) que ni siquiera podía hablar bien. Otros pedían que nunca más la entrevistaran para no tener que atravesar por suplicio de escucharla. Palabras feas. Descalificaciones.
¿Por qué los seres humanos actuamos así?
¿Por qué nos sentimos cómodos con la crueldad?
¿Qué sacamos con burlarnos de los otros?
Juzgar es más cobarde que amar.
Por eso es más fácil.
Si soy completamente honesto, tengo que aceptar que también me molestaba la voz de Evelyn. No era cómodo escucharla. No se atravesó por mi cabeza hacer comentarios crueles respecto a su situación, pero igual la incomodidad persistía. Además, tenía una duda: ¿por qué hablaba así? No parecía tener problemas cognitivos ni deficiencias genéticas, así que ¿qué le ocurría?
Buscando en internet llegué a la página web del concurso, donde tienen en una sección parte de la biografía de los concursantes.
Por supuesto, estaba la historia de Evelyn.
Cuando era pequeña, Evelyn llegó a su casa, como normalmente solía ocurrir. Seguramente entró saludando a su querida hermana, quien debía estar esperándola. Pero su terrible sorpresa fue que no escuchó nunca una respuesta, sino que vio a su hermana tendida en el suelo. Estaba muerta. Alguien la había asesinado.
El impacto fue tan nefasto para Evelyn que quedó sin habla. Sus palabras permanecieron clausuradas como consecuencia del trauma. El dolor tan inexplicablemente profundo que sintió al ver a una persona que amaba asesinada se manifestó en su comunicación.
Suele ser así. Cuando nos enfrentamos a situaciones traumáticas—porque todos hemos tenido traumas (en mayor o menor medida)—, se disparan reacciones intuitivas dentro de nosotros, mecanismos de supervivencia. Algunas personas se quedan petrificadas cuando tienen que presentar sus ideas, porque cuando pequeños se burlaron de ellos; otros intoxican su cuerpo con sustancias dañinas, porque nunca fueron amados en su hogar; otros se convierten en perfeccionistas compulsivos, porque siguen esperando ansiosos que algún día alguien les diga que se siente orgullosos de ellos.
Nuestras reacciones ante el dolor son diversamente extrañas.
En el caso de Evelyn, su alma rasgada se manifestó en su habla.
Pero no se detuvo allí.
Según entiendo, por tiempo se enfrentó a terapias para mejorar esta condición. Su alma iba sanando poco a poco, pero su comunicación seguía estancada. Y, en algún momento, se presentó la oportunidad de ser parte de Master Chef. Decidió dar el paso de mostrar su talento y su pasión por la cocina. Dentro de miles de aspirantes, salió elegida para ser parte del grupo que estaría en el programa.
Para la mayoría se puede tratar de un reto de talento, pero para Evelyn era algo más: significaba una aventura en la recuperación de su comunicación. Si han tenido la oportunidad de conocer un poco del mundo de la TV, sabrán de qué hablo. Luces. Cámaras. Cientos de personas haciendo labores de producción, maquillaje, escenografía, entre muchas otras. Entrevistas que tienen que ser repetidas una y otra vez para que salgan de la mejor forma posible. Y, en el caso del programa, jueces implacables que tienen que ser algo más que exigentes.
Un escenario retador, por decir lo menos.
Este tipo de momentos en la vida son los que te pueden sacar adelante o hundir por completo. Siempre están latentes las dos opciones. Evelyn hace parte del grupo que escogió la primera. Hace poco ganó uno de los retos, y los que la rodearon reconocieron que había dado pasos agigantados no solo en su forma de cocinar, sino en su capacidad de comunicarse.
Cuando escucho a Evelyn, todavía me cuesta entenderla en algunos momentos. Hay palabras que se me escapan. Sin duda he visto su progreso, pero aún falta camino por recorrer. Sin embargo, desde que conozco su historia, su voz ahora se escucha diferente. Ya no me fastidia; ahora me inspira. Ya no me molesta; me reta. Ya no me quejo; admiro.
Conocer lo que le había ocurrido me conectó con la compasión, no con la lástima.
¿Cuánto de nuestro entorno cambiaría si tomáramos el tiempo para escuchar la historia que se oculta detrás del dolor de las personas?
¿Será que mucho de lo que fácilmente etiquetamos como "defectos" pueden ser manifestaciones de un dolor más profundo?
¿Qué pasaría si fuéramos más abiertos a la compasión que al juzgar?
¿Por qué contentarnos con señalar, si tenemos la oportunidad de entender?
¿Cómo cambiaría nuestra visión de esa persona que nos cae mal (sí, ese que se te vino a la mente) si por un segundo pensáramos que hace lo que hace por alguna razón?
Ojalá puedas tomar el tiempo para escuchar la historia de las personas que te rodean. Entrena más tus oídos para escuchar que tu dedo para señalar. Oír a otros es una ventana hacia la compasión. La encarnación se trata del hecho que Dios se tomó el tiempo para ser parte de nuestra historia, para escuchar nuestras miserias...y desde allí, restaurarlas.
Porque lo que puede calificarse como un problema siempre tiene el potencial para convertirse en inspiración. 

©MiguelPulido

viernes, 13 de febrero de 2015

Por qué no voy a predicar sobre Las 50 Sombras De Grey?


Un buen lugar para empezar a hablar del controversial tema de la posición de los cristianos frente al estreno de la película Las 50 Sombras De Grey es una palabrita extraña: polisemia. ¿Qué significa? La polisemia es el estudio de los distintos sentidos que puede tener una misma palabra según el contexto. Una sola palabra puede tener muchos significados. Hablemos, por ejemplo, de la palabra “mundo”. Según el contexto donde encontremos esta palabra en la Biblia, puede referirse a la Creación, o a los seres humanos, o a un colectivo de personas, o al sistema de pecado que gobierna nuestro entorno.
He escuchado que muchos dicen que no debemos ver Las 50 Sombras De Grey porque así nos estamos haciendo parte del mundo.
¿Qué quieren decir con eso?
Presumiblemente se están refiriendo a que estamos abrazando el sistema de pecado que gobierna en nuestro entorno. En términos simples, según ellos, al ver esa película estamos dejándonos contaminar por el pecado.
Ahora, el problema de esta visión es que supone que “el mundo” es algo que está fuera de nosotros, que es externo. Pensamos que el pecado es algo de lo que tenemos que blindarnos, que el contacto con eso que está fuera de nosotros nos va a alejar de Dios. Por eso muchos prefieren aislarse, porque si no se contactan con “el mundo” todo estará bien.
Pero seamos honestos: todos podemos ser amigos de “el mundo”, del sistema de pecado que gobierna en nuestro entorno, en la soledad de nuestro cuarto, detrás de un computador.
Pecamos sin salir de nuestra casa.
Muchos han visto, pensado, imaginado o hecho cosas del nivel de Las 50 Sombras De Grey sin haber leído el libro ni haber visto la película.
Como cristianos, tendemos a ser torpes frente a las respuestas que damos cuando se presenta una película como estas. Porque una persona puede que no vaya a ver Las 50 Sombras de Grey, pero ve pornografía constantemente en su celular. ¿Sirve, honestamente, prohibir ver esta película? Es decir, ¿es una solución de fondo? La verdad es que los que quieran ir a verla, van a verla con o sin el permiso del pastor, líder o encargado de la iglesia.
(Apresuro a decir esto: no me malinterpreten. No estoy diciendo que la solución sea decirle a los chicos que vayan y la vean. Sigan leyendo, porque creo que el problema va en otra dirección)
Esta semana leí el testimonio (no sé si verídico o no) de una jovencita que leyó el libro y vio esa historia. Era una chica cristiana que confesaba con dolor cómo Las 50 Sombras De Grey habían arruinado su vida. Después de tener contacto con ella, había querido experimentar lo que mostraba. Se metió en relaciones tóxicas, que incluían terribles rutinas de sadomasoquismo, y entró en una profunda depresión porque nada saciaba su apetito sexual. Sin importar si este testimonio es real o no, creo que el temor de los que somos pastores de jóvenes es que esta historia llegue a ser verdad en cualquiera de nuestros chicos o chicas.
Entonces, tenemos que hacer una pregunta: ¿Fueron Las 50 Sombras De Grey lo que arruinó la vida de esta jovencita?
Y es aquí donde tenemos que ir despacio.
Porque el movimiento como funciona este testimonio es fundamental.
El problema de esta jovencita no fue lo que entró en ella, sino lo que salió de ella. Su problema estaba en el corazón. En el centro de su alma estaba amasando la lujuria, la sexualidad desordenada, y Las 50 Sombras De Grey alimentaron eso que ya estaba en ella. Más que contaminarla, la impulsaron. Su problema no estaba fuera de ella, sino dentro de ella misma.
Jesús tenía razón cuando dijo que nada externo es lo que contamina al hombre, sino “es lo que sale de su interior lo que lo contamina” (Marcos 7:20, NTV).
¡El problema está en el corazón, no en Las 50 Sombras De Grey!
Tú y yo sabemos que podemos anhelar muchas cosas que son completamente opuestas a Dios. No hablo solo de la lujuria, hablo del orgullo, de la mentira, del odio. Y buscamos cosas que alimenten esas suciedades de nuestro ser. Si, por ejemplo, queremos venganza por una situación, si nuestro corazón clama por saciar odio, naturalmente buscamos personas que nos alimenten en ese sentido, escuchamos música que exalte el rencor y vemos todas las películas de odio que encontremos en el mercado. Naturalmente no nos inclinamos al perdón, a buscar la paz, a buscar la reconciliación. ¿Te ha ocurrido?
He pasado suficiente tiempo con mis propias luchas como para darme cuenta que mi corazón es muy traicionero. Con muchas más frecuencia de la quisiera, mi ser se inclina a abrazar el sistema de pecado que gobierna mi entorno. Sé que mi corazón no desea lo que el corazón de Dios desea. A veces tengo momento en los que sí, pero no son la gran mayoría.
Por eso sé que tengo que tomar ciertas precauciones. Sé que la lujuria también quiere apoderarse de mi vida, así que trato de no exponerme a libros, eventos, personas o películas que alimenten esa maldad que hay en mí. No necesito ver o leer Las 50 Sombras De Grey. Sé que soy débil, y no le quiero fallar a mi Señor. No quiero que mi vida la gobiernen los deseos de mi corazón…quiero que la gobierne Jesús. No me tengo que exponer a factores externos que detonen la maldad de mi alma.
Es una cuestión de sabiduría y auto-preservación.
No tengo que alimentar mi suciedad con más suciedad.
Así que por esa razón no voy a predicar sobre Las 50 Sombras De Grey. El mayor problema de los chicos y chicas con los que trabajo (como ocurre conmigo) no está en lo que les rodea, sino dentro de ellos mismos.
Ellos no necesitan un cambio en la cartelera de cine, necesitan un cambio de corazón.

Y si su corazón es transformado por Jesús, naturalmente lo que leerán/verán será diferente.

©MiguelPulido