jueves, 30 de octubre de 2014

Beneficio Colateral

Hace un tiempo mi pastor me propuso hacer un evento que pudiera convertirse en un movimiento y congregara jóvenes de distintos lugares de la ciudad y el país. Me introduje en la aventura de imaginar qué se podría hacer en un fin de semana para que esto se llevara a cabo. No tengo que ufanarme diciendo que inventé la rueda; por el contrario, seguí básicamente el modelo que había aprendido de cómo funcionaban los congresos cristianos. Así que este congreso–que se llama “ZONA”–tendría plenarias, talleres, foros y momentos de adoración. Sería un espacio de capacitación e inspiración.
No lo hubiera podido lograr solo. Gente maravillosa soñó–y sigue soñando–conmigo. Su pasión por servir a la nuevas generaciones es contagiosa y nos ha permitido poner a andar esta rueda.
Ahora, como se imaginarán, generar un movimiento es mucho más complejo que hacer un evento.
¿Cómo se logra hacer eso?
Sinceramente, ¡no tengo ni la menor idea!
Sencillamente, dimos lo mejor de nosotros organizando este evento; convocamos a gente que le apasione la Palabra de Dios y que quiera servir a la juventud; facilitamos espacios para que se establecieran relaciones entre los jóvenes y para que experimentaran una especial cercanía con Jesús…¡todo en 48 horas! Teníamos la esperanza que lo que ocurriera en ese lapso de tiempo se convirtiera en un marca en el radar de la vida de los asistentes. El evento sería simplemente un detonante.
Literalmente tengo cientos de historias para contar de lo que ha ocurrido en estos dos años. Unas han sido dulces; otras, amargas. Han habido victorias y derrotas. Pero este año ocurrió algo que quedó marcado en mi corazón. No tenía planeado que pasara de esa forma, ni siquiera era un tema primario para mí; fue un beneficio colateral de todo lo que ocurrió.
La belleza surge de lugares inesperados.
Anhelabamos lograr que la parte económica no se convirtiera en una barrera para los asistentes. Queríamos dar un evento de calidad, con altura, con oradores de primera línea a un buen costo. Una filosofía así supone ser creativo para facilitar la vida de los chicos y chicas que van al congreso, especialmente de quienes vienen de fuera de la ciudad. Aquellos de ustedes que han viajado saben que el hospedaje es una de las mayores preocupaciones económicas que hay. Un alto porcentaje del dinero que implica un viaje está destinado a la estadía.
Decidimos arriesgarnos y ofrecer hospedaje en casas. Cada joven que viniera de afuera de la ciudad podía tener la certeza que una familia lo hospedaría durante el fin de semana del evento. ¡Paso arriesgado! Porque hasta ese punto no le habíamos consultado a nadie nada, no habíamos hecho una encuesta de factibilidad, no teníamos ni la menor idea si la gente estaría dispuesta a albergar a un extraño por un fin de semana; dependíamos de la disposición de otros para cumplir con el objetivo. Como ustedes saben, los cristianos tienen dentro de su ADN el arte de hospedar. Desde el comienzo de la iglesia, las casas de los hermanos en la fe se convirtieron en albergues provisionales para los que iban de paso.
¡Gracias a Dios pudimos evidenciar que esta preciosa práctica sigue vigente!
Decenas de familias abrieron su hogar para hospedar.
Pero algunos hicieron algo aún más arriesgado: abrieron su corazón.
Thalia es una niña que vive en una situación precaria en la ciudad de Medellín. Con su mamá y sus cuatro hermanos, reside junto a una peligrosa quebrada en un pequeño cuarto. No tienen muchos recursos económicos, pero ella y su iglesia hicieron un esfuerzo para que pudiera tener la experiencia de acompañarnos en el Congreso. Era la primera vez que Thalia viajaba fuera de su ciudad.
Por cuestión de asignación, Thalia se quedó durante ese fin de semana en casa de una familia que conozco personalmente, ya que asisten a la iglesia donde sirvo y la hija hace parte de nuestro grupo de jóvenes. Thalia estaba en buenas manos. Tenía un lugar tranquilo y seguro donde quedarse.
Lo que no me imaginé es que también encontrara una familia.
Al comenzar el segundo día del Congreso, Thalia llegó junto con la familia que la estaba hospedando. Los saludé y escuché que el papá preguntó sobre los planes que tenía su hija para el almuerzo. Ella dijo que iría a comer algo sencillo por ahí cerca.
Noté que Thalia miraba tímidamente al suelo. Ella no tenía muchos planes en su cabeza. Se encontraba en una ciudad desconocida. Y, después me lo contó, tampoco tenía mucho dinero.
Entonces, ocurrió lo más sorprendente: el papá sacó su billetera, le dio una notable cantidad de dinero a su hija y le dijo “¡vayan a comer a un buen lugar!”. No “ve”; “vayan”. Estaba pensando en Thalia. La había abrazado como si fuera su propia hija. En sus gastos durante ese fin de semana, la tenían felizmente incluida. Así que durante el fin de semana comieron en lugares como Subway y Mc Donalds.
Sí, lo sé, para muchos de ustedes es lo más normal del mundo, quizás tienen uno a unos metros de su casa.
Pero Thalia no.
Para ella es un privilegio, un regalo, una oportunidad, un lujo.
¿Quién podía imaginar que un Congreso iba a convertirse en una excusa para que una pequeña que no ha tenido una vida nada fácil tuviera la oportunidad de conocer un mundo diferente, aunque fuera por unos instantes?
¿Quién pensaría que un simple evento fue un motivo para que el corazón de unos padres abrazara una nueva hija por algo más de 48 horas?
Debieron haber visto la sonrisa con la que Thalia me dijo un tierno “gracias”. Debieron haber sentido el cariño del abrazo de despedida. Debieron haber escuchado la certeza con la que me prometió volver el próximo año.
Eso–solo eso–me recordó que vale la pena correr riesgos por los jóvenes.

Porque, en las manos de Dios, un Congreso no es solo un Congreso.

©MiguelPulido