jueves, 14 de agosto de 2014

Gracias, Robin


En memoria del extraordinario Robin Williams

Cuando leí la noticia, no lo podía creer. No esperaba ver el rostro de Robin Williams encabezando los titulares de los medios informativos por su fallecimiento. Investigaciones posteriores determinaron que fue un suicidio por asfixia. ¡¿Por qué?!
Williams fue un ícono del cine dramático y de humor. Tenía la capacidad, como pocos, de arrancar una sonrisa y generar lágrimas en la misma película. Cada vez que sonreía en todo su esplendor casi se le salía el llanto. Podía fusionar a la perfección dos sentimientos que parecen estar en dos puntas distintas de la cuerda.
No lo conocí.
Sin embargo, de alguna forma, lo voy a extrañar.
Siento que una parte de mi infancia e incluso de mi edad adulta fue marcada por sus películas. ¿Qué me dicen de la escena final (“Oh, capitán, mi capitán”) de La Sociedad De Los Poetas Muertos? ¿Quién no anhela un amor que luche contra cualquier barrera como lo hizo el Hombre Bicentenario o que atraviese los dinteles de la muerte por encontrar al ser amado como en Más Allá De Los Sueños? ¿No esperamos que alguien crea en nosotros como lo hizo el doctor Sean Macguire en el jovencito Will Hunting? ¿Quién no quisiera cambiar el mundo como Patch Adams?
Casi cada vez que veo una película de Robin Williams termino recordando que este mundo puede ser un mejor lugar. Me inspira. Me reta. Me conmueve. Por eso el hecho de que haya decidido acabar con su vida me revienta la cabeza. ¿Cómo es que alguien que puede transmitir toda una serie de sentimientos tan poderosos acaba así? ¿Qué clase de calvario estaba viviendo detrás de su sonrisa?
Ahora conocemos la atroz verdad: Robin atravesó por años el infierno de la depresión…y la única manera que encontró de salir fue con la muerte. Detrás de su risa se ocultaba la tristeza enconada. Salomón lo dijo cientos de años atrás: “La risa puede ocultar un corazón afligido, pero cuando la risa termina, el dolor permanece” (Prov. 14:13, NTV).
Solo veíamos la fachada; no éramos testigos del sufrimiento.
Detrás de ese rostro amable había un corazón afligido.
¿Y qué podemos decir como cristianos?
En un medio cristiano leí que un crítico de cine dijo que Robin Williams “aceptó a Jesús durante su tratamiento”[1]. Al parecer, tuvo la oportunidad de escuchar sobre Jesús. Incluso en una de sus últimas entrevistas habló de Dios y utilizó la preciosa palabra “gracia”.
Al bajar hasta el final de la pantalla, noté que había comentarios de varios cristianos. Muchos tenían bien en claro que Robin Williams había ido a parar al infierno. Otros decían que alguien que hubiera “aceptado a Jesús” no podía tener este tipo de reacciones frente a la tristeza. Varios aseguraban que el encuentro de Robin con Dios no era más que una farsa.
Juicio. Condenación.
Lo triste de este tipo de reacciones es que ocurren con mucha frecuencia. Pero yo digo : “¡¿nosotros qué sabemos?!”. Solo hay un Ser que conoce verdaderamente el corazón humano, y no es ninguno de nosotros. Puedes tener doctorados, pastorear una iglesia gigantesca, haber escrito millones de libros, pero el corazón solo lo puede conocer Dios. No estoy haciendo ninguna apología del suicidio de Robin Williams, sencillamente soy honesto: no conozco su corazón; ni para bien ni para mal. Y si quieren más, les dejo la perla que dio Jesús sobre el juicio final: muchos que ni se imaginaban haber hecho algo cristiano son invitados a la presencia de Dios porque emanaron bondad con aquellos que más lo necesitaban (Mt 25:31-46).
No estoy diciendo que la salvación sea relativa; estoy diciendo que no es nuestro trabajo ser jueces. Ese es un lugar único y exclusivo en todo el Universo: le pertenece a Jesús, no a sus seguidores.
Cuando leía esos comentarios pensaba en la cantidad inaudita de energía y tiempo que gastamos en estas discusiones, mientras cientos de personas están atrapadas en la oscura cárcel de la depresión. Son por esa clase de actitudes que la gente tiene pánico de abrir su corazón. Como somos más buenos condenando que restaurando y juzgando que acompañando, pocos se atreven a pedir auxilio.
Un ambiente de condenación es el fertilizante perfecto para perpetuar el silencio.
Creemos que “no puede estar triste el corazón que alaba a Cristo” (decía un antiguo himno). ¡¿Ah no?! ¿Quién dijo? ¿Qué decimos de los salmos que expresan el sufrimiento? ¿Qué hacemos con la experiencia de Job, quien se mantuvo fiel aun en el dolor? El punto no es no estar triste; el punto es adorar en medio del dolor. Y se supone que es la iglesia la que está llamada a ser esa compañía en medio del dolor. Somos llamados a consolar a los que están atrapados en las garras de la tristeza. Somos los que lloran con (no condenan a) los que lloran.
Debemos crear un espacio donde sea posible estar triste.
Porque sacar la tristeza es el primer paso para sanar.
Soy pastor de jóvenes y teólogo, pero no tengo la menor idea sobre el destino eterno de Robin Williams. Solo sé que su cruda historia me recordó que lo más importante de una persona es su corazón, no su sonrisa. Le agradezco por el legado que dejó, el cual no se puede borrar por una mala decisión en un momento de profundo dolor. Y le agradezco porque su historia nos enfrentó a una realidad que, como seguidor de Jesús, he sido llamado a considerar con seriedad: una persona con depresión debería encontrarse con Jesús por medio de cualquiera de sus seguidores, porque ellos fueron capaces de acompañarlo en las oscuras noches del alma.
Así que, una vez más, gracias, Robin.




[1] http://www.noticiacristiana.com/sociedad/2014/08/critico-de-cine-cristiano-dice-que-robin-williams-acepto-a-jesus-en-rehabilitacion.html Valga decir que esa frase nunca aparece en la Biblia y, al parecer, para mucha gente significa cosas distintas. No creo que sea este el espacio para discutir si la mejor forma de responder al Evangelio sea “aceptando a Jesús”.