miércoles, 3 de diciembre de 2014

Está Bien Que Seas Frío O Caliente

Muchos piensan que Apocalipsis es un compendio de descripciones veladas sobre eventos futuros. Sin embargo, cuando estudiamos el libro, nos damos cuenta que Juan escribía para iglesias reales, constituidas por personas reales en lugares reales que atravesaban por problemáticas reales. Juan, como un pastor, quería animarlos, consolarlos, exhortarlos y darles esperanza. ¿Cómo es que una profecía que se cumpliría miles de años después podría ser un motivo de júbilo para estas personas reales del primer siglo?
Evidentemente, el Apocalipsis tiene varios apuntes sobre el futuro. Pero también es un libro presente (para sus primeros lectores y para nosotros). Es un libro que tuvo relevancia en ese ahora y en este ahora.
Uno de los textos que más he escuchado en enseñanzas para jóvenes proviene, precisamente, del libro de Apocalipsis. El pasaje dice:
 “Yo conozco tus obras, que ni eres frío o caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”
(Apocalipsis 3:15-16)
¡Grotesco! Por decir lo menos...
Si hay algo que hace vomitar a Jesús es la tibieza de las personas.
¿Qué significa eso?
¿Se trata de una especie de ‘temperatura espiritual’?
¿Cómo se sabe que alguien es tibio y no frío o caliente?
Yo puedo pensar que estoy frío, pero para otros puedo estar caliente; así que, ¿cuál es la medida?
¿La espiritualidad se puede medir?
Para ser honesto, nunca he recibido respuesta a estas preguntas. Me da la impresión que todas las personas que mencionan este texto dan por sentado que uno entiende perfectamente la metáfora y sus implicaciones, pero no siempre contestan satisfactoriamente a estas cuestiones. Seguro que has escuchado decir a alguien decir algo como “no seamos tibios”. Pero ¿qué significa eso?
Ahora, el asunto se complica más cuando lees bien el pasaje y te das cuenta que el problema está en la tibieza, no en la temperatura fría. ¡Jesús prefiere una persona fría a una tibia! ¿Cómo es eso? Nunca en ningún campamento de jóvenes, hasta el momento, he escuchado la invitación a ser fríos. ¿Tú sí?
Quizás entender un poco de lo que ocurría en esa época nos puede ayudar.
Este mensaje está dirigido a la iglesia de Laodicea. Laodicea era un lugar de suma importancia y un referente de progreso en el Imperio Romano. ¿Alguna vez te has preguntado cómo bebían agua potable en el primer siglo? Pues bien, en Laodicea se empezaron a implementar acueductos, que, básicamente, eran lugares donde se trataba de purificar el agua para ser distribuida en algunos puntos específicos de la ciudad... una especie de prototipo de los acueductos actuales.
Por la ubicación geográfica y la situación topográfica de Laodicea, el agua que purificaban en los acueductos tenía altas concentraciones de calcio y otros minerales. Este agua provenía de pozos profundos que la mantenía a una temperatura tibia, como una especie de aguas termales. Obviamente, este agua tibia y con una alta concentración de minerales no era apta para el consumo humano, era tóxica; además tenía un sabor (y un olor) particularmente grotesco, asqueroso, nauseabundo.
El agua tibia producía vómito.
Porque no estaba procesada, no servía para ser consumida.
¿Cómo se podía solucionar este asunto?
Los operarios del acueducto se dieron cuenta que calentar el agua generaba la purificación de la misma. El mismo sistema sigue funcionando hoy: si vas a un lugar donde el agua no es potable, la tienes que hervir para que la puedas consumir. El procesamiento por medio del calor elimina las impurezas que pudiera tener el agua. Y, si querías tomar agua fría después de este proceso (recuerda que en esa época no había neveras), la dejabas reposar por un tiempo, guardándola en un lugar donde no tuviera contacto con elementos potencialmente contaminantes.
Si querías tomar buena agua en Laodicea, buscabas una que fuera fría o caliente, no una tibia. Que el agua estuviera fría o caliente significaba que era agua que había pasado por el acueducto, que había atravesado por un proceso de purificación. Si tenías un invitado a tu casa en Laodicea, que conociera la naturaleza de su agua y el funcionamiento de los acueductos, y le ofrecieras un vaso de agua, seguramente él te diría algo como: “¡Ojalá fuera fría o caliente! Si fuera tibia, la vomitaría de mi boca”.
¿Ahora tiene más sentido el mensaje de Apocalipsis?
Jesús no estaba hablando de ‘temperatura espiritual’, si es que tal cosa existe. La verdad es que la relación con Dios no se puede medir de esa manera. Una persona puede haber leído toda la Biblia y no tener ningún tipo de cercanía con El Cielo. Además, siendo brutalmente honestos, no siempre vamos mejorando y creciendo. Nuestra relación con Dios tiene subidas y bajadas, buenas y malas, montes y valles. Ser tibio no tiene que ver tanto con tu disciplina religiosa; tiene que  ver con la pureza, con el procesamiento, con no ser la misma persona hoy que la que eras originalmente.
El agua tibia es la que no pasó por el acueducto.
Y Dios repudia eso. Es imposible trabajar con aquellos que creen que todo está bien, que no necesitan ningún cambio, que se sienten cómodos tal y como están. La tibieza es esa comodidad malsana con las personas que somos hoy, creyendo que ya hemos logrado todo lo que teníamos que lograr. Tibio es el que no reconoce su constante necesidad de Dios. El orgullo es estático.
En cambio, Jesús anhela corazones pasan por un proceso, que no están dispuestos a estar hoy donde se encontraban ayer, que caminan, que crecen, que han pasado por el fuego y son potables, bien sean fríos o calientes. Cuando reconocemos nuestra constante necesidad de Dios y de su transformación, sí o sí vamos a cambiar...Jesús nos va a cambiar. La humildad es dinámica.

Así que, tranquilo, está bien que seas frío o caliente.

©MiguelPulido

jueves, 30 de octubre de 2014

Beneficio Colateral

Hace un tiempo mi pastor me propuso hacer un evento que pudiera convertirse en un movimiento y congregara jóvenes de distintos lugares de la ciudad y el país. Me introduje en la aventura de imaginar qué se podría hacer en un fin de semana para que esto se llevara a cabo. No tengo que ufanarme diciendo que inventé la rueda; por el contrario, seguí básicamente el modelo que había aprendido de cómo funcionaban los congresos cristianos. Así que este congreso–que se llama “ZONA”–tendría plenarias, talleres, foros y momentos de adoración. Sería un espacio de capacitación e inspiración.
No lo hubiera podido lograr solo. Gente maravillosa soñó–y sigue soñando–conmigo. Su pasión por servir a la nuevas generaciones es contagiosa y nos ha permitido poner a andar esta rueda.
Ahora, como se imaginarán, generar un movimiento es mucho más complejo que hacer un evento.
¿Cómo se logra hacer eso?
Sinceramente, ¡no tengo ni la menor idea!
Sencillamente, dimos lo mejor de nosotros organizando este evento; convocamos a gente que le apasione la Palabra de Dios y que quiera servir a la juventud; facilitamos espacios para que se establecieran relaciones entre los jóvenes y para que experimentaran una especial cercanía con Jesús…¡todo en 48 horas! Teníamos la esperanza que lo que ocurriera en ese lapso de tiempo se convirtiera en un marca en el radar de la vida de los asistentes. El evento sería simplemente un detonante.
Literalmente tengo cientos de historias para contar de lo que ha ocurrido en estos dos años. Unas han sido dulces; otras, amargas. Han habido victorias y derrotas. Pero este año ocurrió algo que quedó marcado en mi corazón. No tenía planeado que pasara de esa forma, ni siquiera era un tema primario para mí; fue un beneficio colateral de todo lo que ocurrió.
La belleza surge de lugares inesperados.
Anhelabamos lograr que la parte económica no se convirtiera en una barrera para los asistentes. Queríamos dar un evento de calidad, con altura, con oradores de primera línea a un buen costo. Una filosofía así supone ser creativo para facilitar la vida de los chicos y chicas que van al congreso, especialmente de quienes vienen de fuera de la ciudad. Aquellos de ustedes que han viajado saben que el hospedaje es una de las mayores preocupaciones económicas que hay. Un alto porcentaje del dinero que implica un viaje está destinado a la estadía.
Decidimos arriesgarnos y ofrecer hospedaje en casas. Cada joven que viniera de afuera de la ciudad podía tener la certeza que una familia lo hospedaría durante el fin de semana del evento. ¡Paso arriesgado! Porque hasta ese punto no le habíamos consultado a nadie nada, no habíamos hecho una encuesta de factibilidad, no teníamos ni la menor idea si la gente estaría dispuesta a albergar a un extraño por un fin de semana; dependíamos de la disposición de otros para cumplir con el objetivo. Como ustedes saben, los cristianos tienen dentro de su ADN el arte de hospedar. Desde el comienzo de la iglesia, las casas de los hermanos en la fe se convirtieron en albergues provisionales para los que iban de paso.
¡Gracias a Dios pudimos evidenciar que esta preciosa práctica sigue vigente!
Decenas de familias abrieron su hogar para hospedar.
Pero algunos hicieron algo aún más arriesgado: abrieron su corazón.
Thalia es una niña que vive en una situación precaria en la ciudad de Medellín. Con su mamá y sus cuatro hermanos, reside junto a una peligrosa quebrada en un pequeño cuarto. No tienen muchos recursos económicos, pero ella y su iglesia hicieron un esfuerzo para que pudiera tener la experiencia de acompañarnos en el Congreso. Era la primera vez que Thalia viajaba fuera de su ciudad.
Por cuestión de asignación, Thalia se quedó durante ese fin de semana en casa de una familia que conozco personalmente, ya que asisten a la iglesia donde sirvo y la hija hace parte de nuestro grupo de jóvenes. Thalia estaba en buenas manos. Tenía un lugar tranquilo y seguro donde quedarse.
Lo que no me imaginé es que también encontrara una familia.
Al comenzar el segundo día del Congreso, Thalia llegó junto con la familia que la estaba hospedando. Los saludé y escuché que el papá preguntó sobre los planes que tenía su hija para el almuerzo. Ella dijo que iría a comer algo sencillo por ahí cerca.
Noté que Thalia miraba tímidamente al suelo. Ella no tenía muchos planes en su cabeza. Se encontraba en una ciudad desconocida. Y, después me lo contó, tampoco tenía mucho dinero.
Entonces, ocurrió lo más sorprendente: el papá sacó su billetera, le dio una notable cantidad de dinero a su hija y le dijo “¡vayan a comer a un buen lugar!”. No “ve”; “vayan”. Estaba pensando en Thalia. La había abrazado como si fuera su propia hija. En sus gastos durante ese fin de semana, la tenían felizmente incluida. Así que durante el fin de semana comieron en lugares como Subway y Mc Donalds.
Sí, lo sé, para muchos de ustedes es lo más normal del mundo, quizás tienen uno a unos metros de su casa.
Pero Thalia no.
Para ella es un privilegio, un regalo, una oportunidad, un lujo.
¿Quién podía imaginar que un Congreso iba a convertirse en una excusa para que una pequeña que no ha tenido una vida nada fácil tuviera la oportunidad de conocer un mundo diferente, aunque fuera por unos instantes?
¿Quién pensaría que un simple evento fue un motivo para que el corazón de unos padres abrazara una nueva hija por algo más de 48 horas?
Debieron haber visto la sonrisa con la que Thalia me dijo un tierno “gracias”. Debieron haber sentido el cariño del abrazo de despedida. Debieron haber escuchado la certeza con la que me prometió volver el próximo año.
Eso–solo eso–me recordó que vale la pena correr riesgos por los jóvenes.

Porque, en las manos de Dios, un Congreso no es solo un Congreso.

©MiguelPulido

jueves, 14 de agosto de 2014

Gracias, Robin


En memoria del extraordinario Robin Williams

Cuando leí la noticia, no lo podía creer. No esperaba ver el rostro de Robin Williams encabezando los titulares de los medios informativos por su fallecimiento. Investigaciones posteriores determinaron que fue un suicidio por asfixia. ¡¿Por qué?!
Williams fue un ícono del cine dramático y de humor. Tenía la capacidad, como pocos, de arrancar una sonrisa y generar lágrimas en la misma película. Cada vez que sonreía en todo su esplendor casi se le salía el llanto. Podía fusionar a la perfección dos sentimientos que parecen estar en dos puntas distintas de la cuerda.
No lo conocí.
Sin embargo, de alguna forma, lo voy a extrañar.
Siento que una parte de mi infancia e incluso de mi edad adulta fue marcada por sus películas. ¿Qué me dicen de la escena final (“Oh, capitán, mi capitán”) de La Sociedad De Los Poetas Muertos? ¿Quién no anhela un amor que luche contra cualquier barrera como lo hizo el Hombre Bicentenario o que atraviese los dinteles de la muerte por encontrar al ser amado como en Más Allá De Los Sueños? ¿No esperamos que alguien crea en nosotros como lo hizo el doctor Sean Macguire en el jovencito Will Hunting? ¿Quién no quisiera cambiar el mundo como Patch Adams?
Casi cada vez que veo una película de Robin Williams termino recordando que este mundo puede ser un mejor lugar. Me inspira. Me reta. Me conmueve. Por eso el hecho de que haya decidido acabar con su vida me revienta la cabeza. ¿Cómo es que alguien que puede transmitir toda una serie de sentimientos tan poderosos acaba así? ¿Qué clase de calvario estaba viviendo detrás de su sonrisa?
Ahora conocemos la atroz verdad: Robin atravesó por años el infierno de la depresión…y la única manera que encontró de salir fue con la muerte. Detrás de su risa se ocultaba la tristeza enconada. Salomón lo dijo cientos de años atrás: “La risa puede ocultar un corazón afligido, pero cuando la risa termina, el dolor permanece” (Prov. 14:13, NTV).
Solo veíamos la fachada; no éramos testigos del sufrimiento.
Detrás de ese rostro amable había un corazón afligido.
¿Y qué podemos decir como cristianos?
En un medio cristiano leí que un crítico de cine dijo que Robin Williams “aceptó a Jesús durante su tratamiento”[1]. Al parecer, tuvo la oportunidad de escuchar sobre Jesús. Incluso en una de sus últimas entrevistas habló de Dios y utilizó la preciosa palabra “gracia”.
Al bajar hasta el final de la pantalla, noté que había comentarios de varios cristianos. Muchos tenían bien en claro que Robin Williams había ido a parar al infierno. Otros decían que alguien que hubiera “aceptado a Jesús” no podía tener este tipo de reacciones frente a la tristeza. Varios aseguraban que el encuentro de Robin con Dios no era más que una farsa.
Juicio. Condenación.
Lo triste de este tipo de reacciones es que ocurren con mucha frecuencia. Pero yo digo : “¡¿nosotros qué sabemos?!”. Solo hay un Ser que conoce verdaderamente el corazón humano, y no es ninguno de nosotros. Puedes tener doctorados, pastorear una iglesia gigantesca, haber escrito millones de libros, pero el corazón solo lo puede conocer Dios. No estoy haciendo ninguna apología del suicidio de Robin Williams, sencillamente soy honesto: no conozco su corazón; ni para bien ni para mal. Y si quieren más, les dejo la perla que dio Jesús sobre el juicio final: muchos que ni se imaginaban haber hecho algo cristiano son invitados a la presencia de Dios porque emanaron bondad con aquellos que más lo necesitaban (Mt 25:31-46).
No estoy diciendo que la salvación sea relativa; estoy diciendo que no es nuestro trabajo ser jueces. Ese es un lugar único y exclusivo en todo el Universo: le pertenece a Jesús, no a sus seguidores.
Cuando leía esos comentarios pensaba en la cantidad inaudita de energía y tiempo que gastamos en estas discusiones, mientras cientos de personas están atrapadas en la oscura cárcel de la depresión. Son por esa clase de actitudes que la gente tiene pánico de abrir su corazón. Como somos más buenos condenando que restaurando y juzgando que acompañando, pocos se atreven a pedir auxilio.
Un ambiente de condenación es el fertilizante perfecto para perpetuar el silencio.
Creemos que “no puede estar triste el corazón que alaba a Cristo” (decía un antiguo himno). ¡¿Ah no?! ¿Quién dijo? ¿Qué decimos de los salmos que expresan el sufrimiento? ¿Qué hacemos con la experiencia de Job, quien se mantuvo fiel aun en el dolor? El punto no es no estar triste; el punto es adorar en medio del dolor. Y se supone que es la iglesia la que está llamada a ser esa compañía en medio del dolor. Somos llamados a consolar a los que están atrapados en las garras de la tristeza. Somos los que lloran con (no condenan a) los que lloran.
Debemos crear un espacio donde sea posible estar triste.
Porque sacar la tristeza es el primer paso para sanar.
Soy pastor de jóvenes y teólogo, pero no tengo la menor idea sobre el destino eterno de Robin Williams. Solo sé que su cruda historia me recordó que lo más importante de una persona es su corazón, no su sonrisa. Le agradezco por el legado que dejó, el cual no se puede borrar por una mala decisión en un momento de profundo dolor. Y le agradezco porque su historia nos enfrentó a una realidad que, como seguidor de Jesús, he sido llamado a considerar con seriedad: una persona con depresión debería encontrarse con Jesús por medio de cualquiera de sus seguidores, porque ellos fueron capaces de acompañarlo en las oscuras noches del alma.
Así que, una vez más, gracias, Robin.




[1] http://www.noticiacristiana.com/sociedad/2014/08/critico-de-cine-cristiano-dice-que-robin-williams-acepto-a-jesus-en-rehabilitacion.html Valga decir que esa frase nunca aparece en la Biblia y, al parecer, para mucha gente significa cosas distintas. No creo que sea este el espacio para discutir si la mejor forma de responder al Evangelio sea “aceptando a Jesús”.

jueves, 3 de abril de 2014

Incontinencia, Destitución, Ácido Y Una Palabra Extraña

Hace un par de semana se dio a conocer el video. En cuestión de unas horas todos sabían lo que había pasado en Barranquilla. En pleno discurso, el candidato-presidente Juan Manuel Santos tuvo un accidente. Su pantalón fue la evidencia fehaciente de la siempre inesperada incontinencia urinaria. Miles de personas en directo y millones en diferido fueron testigos de esta bochornosa situación.
Redes sociales. Periódicos. Noticieros. El incidente del candidato-presidente se convirtió rápidamente en el tema del día en Colombia. Opiniones de todo tipo se podían ver y percibir en el ambiente. Independientemente de las ideologías políticas, había personas que trataban de ser empáticas con Santos.
Pero también había personas hostiles…demasiado hostiles.
No tengo que reproducir todos los comentarios; solo busca y te darás cuenta. Algunos decían que esto demostraba la ineptitud del presidente para gobernar el país (“si no puede manejar su vejiga, ¿cómo maneja el país?”, preguntó alguien irónicamente); otros hacían mofa de su falta de virilidad y carácter; y algunos más crueles solo eran una oscura y odiosa burla encerrada en dos simples sílabas: “ja-ja”.
Más allá de si estamos de acuerdo o no con las políticas del gobierno (yo mismo me he pronunciado en contra de muchas de ellas), ¿qué sacamos con burlarnos de una enfermedad vergonzosa como esta?
¿Por qué tantos sienten placer al denigrar a los demás?
¿Qué sentirían si algo así le pasara a personas que aman? ¿Harían lo mismo?
Unos días después, se dio final a la tan prolongada historia de la destitución del Alcalde de Bogotá, Gustavo Petro. No discuto aquí si fue justa o no (mis conocimientos de derecho son menos que básicos), sencillamente describo un hecho. Miles de personas se congregaron en la emblemática Plaza de Bolívar para darle un espaldarazo al saliente funcionario público. Muchos expresaban su odio contra el Estado y la Contraloría. Quizás por el calor del momento, escuché a un entrevistado decir que estaba dispuesto a tomar las armas por defender la causa.
Pero eso era solo el comienzo.
En el otro lado del espectro había personas que daban su aprobación a la destitución diciendo: “me parece muy bien que hayan sacado a ese guerrillero de la Alcaldía”; “eso es lo que ocurre cuando pones a un guerrillero al mando”; y cosas por el estilo. Algunos colgaron fotos de la época de Gustavo Petro en el M-19 con inscripciones que daban a entender que nunca perdonarían esas atrocidades. Las heridas estaban frescas. Sus palabras lo demostraban.
¿No perdonar nunca?
¿Responder al odio con más odio?
Sin importar si es de Izquierda o Derecha, el odio es odio, ¿no?
¿Qué nos lleva a dar ese salto de la indignación legítima al odio hostil con tanta facilidad?
En los últimos días, el tema de conversación ha migrado hacia el terrible flagelo de las personas (especialmente mujeres) que han sido atacadas con ácido. Sus cuerpos son deformados por una sustancia lanzada por algún sicópata que quiere arruinar sus vidas por alguna razón, que quiere dejarles marcas en su cuerpo y en su corazón. Por una suma irrisoria, adquiere un líquido o polvo que encapsula el sinsentido de la rabia, de la venganza, del rencor.
Esos son los terribles alcances del odio.
¿Justifica el desamor, la venganza o el odio dañar la vida de otro ser humano de una manera tan ruin?
¿Qué sienten estas víctimas atemorizadas y que van a ver constantemente las marcas recordatorias de una acción desalmada por el resto de su vida?
¿Qué de los victimarios? ¿Qué se debería hacer con ellos? ¿Cómo debería actuar la justicia?
Pero hay una pregunta mucho más profunda: ¿qué tienen que ver estas tres historias?
Cuando Dios creó todo lo que existe, dijo que era bueno en gran manera. La Creación, en un principio, tenía orden, tranquilidad, armonía. Nada estaba mal. Posteriormente, los profetas utilizaron una palabra hebrea para describir este estado de completo equilibrio: Shalom. Nuestras versiones la traducen como “paz”, peroes mucho más que eso. Casi puedo escuchar la voz de mi profesora de hebreo cuando definía la palabra: “Shalom no es ausencia de conflictos; es la presencia de Dios”.
Así que tenemos esta palabra Shalom, que nos da la idea de plenitud extraordinaria. Es un testimonio primigenio que está escrito en nuestras almas, todos lo anhelamos, todos queremos experimentar ese Shalom. Sin embargo, nuestra experiencia dista mucho de esa preciada palabrita. Las burlas hostiles a un hombre con incontinencia, las agudas punzadas de un rencor enconado contra un exguerrillero o contra las decisiones del Estado, la terrible tragedia de ser deformado o deformada por la acción de una persona sedienta de cobrar alguna cuenta pendiente, todos son testimonios de nuestra constante resistencia al Shalom. Claro, son distintos niveles de insensatez, pero nos llevan en la misma ruta.
Porque el problema está en el corazón.
Y eso es un problema mucho más grave.
Pensemos, por ejemplo, en los diálogos de paz que se están llevando a cabo en Cuba. ¿De verdad creen que van a funcionar? El problema es que muchos pensamos que es una cuestión de los guerrilleros y el gobierno, no que es una cuestión del día a día, de cristianos, de católicos, de ateos, de hombres, de mujeres, de niños. El conflicto se puede terminar, pero eso no asegura que haya paz, que haya Shalom. Mientras le demos lugar en nuestro corazón al mal en cualquiera de sus expresiones, nos estaremos alejando de lo que Dios tenía en el corazón.
Hemos convivido tanto con el odio que nos acostumbramos a él.
Nos hemos familiarizado tanto con la denigración que ya está en nuestras conversaciones.
Somos tan buenos para el mal que diseñamos armas que infringen terribles sufrimientos cuando queremos vengarnos.
Titulamos al rencor de “obvio” o “lógico”, pero al perdón lo consideramos “ridículo”, “inocente”, “sinsentido”.
Quizás lo que más necesitamos no es que terminen los conflictos (lo cual sería fantástico).
Lo que más necesitamos es la presencia de Dios.

En una palabra, necesitamos Shalom.

©MiguelPulido