miércoles, 5 de junio de 2013

Jesús No Es Mi Prioridad



Crecí en una comunidad cristiana donde la mayoría de asistentes eran profesionales. Muchos tenían en sus paredes colgados los cartones de varias universidades. Otros eran ejecutivos de empresas exitosas. Algunos hijos estudiaban en los colegios de más renombre y las universidades más prestigiosas. Personas estructuradas en un sentido muy estricto.
Si echabas un vistazo a las agendas de muchos de ellos, estaban absolutamente copadas. Me enteré de algunos que podían conversar contigo durante 15 minutos exactos. Su tiempo no era ningún chiste. Además, apenas estábamos abriendo los ojos ante la posmodernidad, lo cual hacía que la falta de estructura fuera vista como un demonio indeseable en la vida de cualquier seguidor de Jesús.
Por eso escuché la palabra “prioridad” con mucha frecuencia.
Todos la entendían a la perfección.
Y, al parecer, también tenía que ver con Jesús.
Para ser concretos, la idea que compartíamos es que todos deberían tener en orden su vida, lo cual se lograba con base en las prioridades. La premisa era esta: si pones en primer lugar lo que debe ir en primer lugar, entonces la vida se desenvuelve mejor; pero si alteras ese orden, tendrás que lidiar con dolorosas consecuencias. Así pues, el orden de las prioridades del ser humano debe ser el siguiente: (1) Dios, (2) familia, (3) cuerpo, (4) trabajo y (5) ministerio.
Ante esa propuesta, surgía una pregunta:
¿Cómo sé si mis prioridades están en orden?
La respuesta era obvia: por el tiempo. El tiempo que dedicas a una cosa demuestra qué tan importante es para ti. Una persona con una vida que se define por los minutos que invierte en reuniones, informes y demás entiende perfectamente el concepto. Tener una prioridad mal ubicada es un asunto muy serio.
Sin embargo, como cristianos, tenemos que hacer algunas preguntas mucho más esenciales: ¿Es eso lo que enseña la Biblia?
¿Por qué no se usa la palabra “prioridad” ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento?
¿Cómo sabemos que ese orden de prioridades es el correcto?
¿Cómo sabemos cuánto tiempo es suficiente?
¿Y si uno no puede orar más de una hora cada día, está pecando?
¿Qué pasa en esas semanas donde la agenda es diferente a la habitual?
¿Y si estamos atravesando por una crisis familiar? ¿Qué pasa en esos momentos?
¿Será que esto es lo que Jesús tenía en mente: que nuestra relación con él fuera la primera prioridad de una agenda cada vez más copada?
No creo que el tema de las prioridades sea necesariamente malo o satánico. Para algunos puede ser benéfico. No obstante, no creo que sea lo que Jesús enseñó.
He notado que esta idea de las prioridades trascendió las paredes de la iglesia en la cual crecí. Conozco decenas de congregaciones que persisten en ella. Incluso escuché hace poco a una jovencita que pastoreo mencionarlo. Se sentía profundamente cargada porque no oraba lo suficiente, no leía la Biblia lo suficiente, no escuchaba suficientes sermones. Según ella, no tenía sus prioridades en orden y eso le hacía sentirse indigna delante de Dios. No se consideraba suficientemente buena.
Y es ahí donde está el meollo del asunto.
Porque es un sistema basado en la culpa, no en la gracia.
Jesús nunca dijo “por sus prioridades los conocerán” o “por el orden de sus agendas los conocerán” o “por la cantidad de tiempo que le dedican a algo los conocerán”. ¡La vida es mucho más compleja que eso! La verdad es que no todo es tan estructurado como una agenda. Nuestra historia da muchas más vueltas de lo que tenemos planeado. Hay días donde no todo se dirige como esperaríamos. Manejar nuestro tiempo es mucho más complicado que anotar una cita en un papel. Todos sabemos que la vida no es tan simple como “prioridad 1, 2 y 3”.
Jesús dijo “por sus frutos los conocerán” (Mateo 7:20). La autenticidad de la relación con Dios no se mide por tu agenda, sino por tu vida. Una persona pegada a Jesús más allá de los dinteles de un horario va a demostrarlo en su diario caminar. Una persona que tiene una relación dinámica con Jesús no lo demostrará por la cantidad de minutos que invierte en esto o en aquello, sino porque su existencia es un reflejo del Cielo.
Porque así funcionan las relaciones, ¿no cierto?
Cuando tienes una relación, no estás pensando en la cantidad de tiempo que le dedicas a la persona. La conexión que tienen no está determinada por los minutos que pasan juntos. Su unión no se puede medir simplemente como un elemento más de una agenda. Es algo que trasciende una numeración del tipo “prioridad 1 ó 2 ó 3”. De hecho, si le asignáramos un número a una relación le estaríamos robando algo de su preciosa falta de estructura. Una relación verdadera se niega a limitarse a una agenda.
Por eso cuando estamos con esa persona, usamos expresiones como “¡el tiempo se pasó volando!”. O incluso experimentamos eso de pensar todo el tiempo en esa persona aunque no estemos a su lado.  Así que si te preguntáramos: ¿esa persona es tu prioridad?, la respuesta más sensata que nos podrías dar es: “No. Es mucho más que eso”. Porque no es algo que tienes que hacer, una tarea que tienes que cumplir, un tiempo que necesitas agendar; es una relación que quieres disfrutar, es alguien con el que anhelas estar.
Jesús no vino para ser parte de mi agenda. Jesús vino para que yo tuviera una relación con él y que esa conexión se reflejara en mi vida. Esa relación me encuentra donde quiera que voy. No es extraño que, a veces, converse con Jesús en un bus o le exprese mis sentimientos en un parque o medite en algunas de sus palabras tomando un café. ¡Él está preciosamente atravesado en cada dimensión de mi vida, aún cuando no me doy cuenta siempre!
Porque Jesús no es mi prioridad.
Jesús es mi vida.
¿Y qué me dices tú?   

©MiguelPulido