jueves, 7 de febrero de 2013

Malaki Paul


Comienzo con una confesión: lucho con el orgullo. Me cuesta agachar la cabeza, reconocer que me equivoco, que otros tienen mejores ideas que yo o que hay alguien que puede aportarme algo.
Hace un par de semanas una amiga me dijo que mirara las prédicas del pastor Rick Warren. Honestamente, no creía que fueran tan espectaculares como ella decía. El único libro que había leído de él–“Una Iglesia Con Propósito”–fue en mi época de seminarista. Para ser honesto, no lo disfruté; lo vi como un mero requisito para pasar una materia. Además, me parecía que el éxito de “Vida Con Propósito” sólo era un escándalo sinsentido o que el crecimiento de la iglesia Saddleback era una simple convergencia de factores.
Así que le dije a mi amiga–más por decencia que por otra cosa–que me diera la dirección de la página donde podía ver las prédicas.
Fui con una actitud muy crítica.
Tenía el arsenal dispuesto para acabar con los argumentos del pastor Warren.
Con displicencia pensé que no era la gran cosa. No me parecía muy animado. Armado de una camina, unos jeans y sus apuntes no parecía el referente de la eclesiología actual. ¡No entendía qué le veía la gente! Pero esos eran detalles menores. Supuse que en algún momento iba a caer en la trampa de malinterpretar uno de los muchos versos bíblicos que citó. No lo hizo. Mostró con mucha capacidad cómo en diferentes partes de la Escritura se muestra el amor incondicional de Dios por sus hijos.
Así que comencé a escuchar, no sólo a oír. Elegí aprender de Rick Warren. Él tenía algo por decirle a este orgulloso joven que lo estaba escuchando en la otra orilla del continente. Lo que viene es parte de lo que aprendí en esa enseñanza.
En un punto, el pastor Warren dijo que el amor incondicional de Dios por nosotros es la fuerza que nos impulsa a vivir. Para ilustrar su tesis mostró un video de un niño londinense llamado Malaki Paul. Él se había presentado en un programa concurso que escoge a las mejores voces. Tenía apenas 9 años. Delante de 4 jueces y miles de personas que ocupaban las sillas del teatro, Malaki entró temerosamente. El micrófono se veía demasiado grande en sus manos temblorosas. Respondió las preguntas del jurado con monosílabos, esperando a que la pista sonara para empezar a cantar.
La pista inició.
Acertó las primeras notas, pero no fueron perfectas. Tenía una bonita voz, pero los nervios le estaban jugando una mala pasada. En lugar de ceder, cada vez se iban acrecentando más. Malaki abrió sus ojos cuando llegó al coro. Su vista revoloteó en muchas direcciones. Descubrió que todo el teatro lo observaba y las cámaras lo seguían. Pequeñas lágrimas corrieron por su mejillas morenas. Trataba y trataba de hacer que su voz fuera más fuerte que su estremecimiento. Sin embargo, llegó un punto donde el horror consumió su voz.
Malaki entró en pánico.
Dejó de cantar.
Y lloró desconsoladamente.
Contra todos las reglas protocolarias, su madre salió corriendo de la parte trasera del escenario y lo abrazó. Sólo eso: lo abrazo. Un gesto que le recordó lo que ella le había dicho antes de que saliera a cantar: “Imagíname a mí parada junto a ti, diciéndote: ¡Sí, Malaki! ¡Vamos, Malaki! Tenlo en tu cabeza”. Nada de lo que ocurría en ese escenario iba hacer que ella lo amara menos. Sin importar qué tan mal había cantado lo seguía amando.
Por instantes hermosos que parecieron eternos lo único que esta mujer le susurraba a su hijo era: “¡Está bien! ¡Estoy aquí! ¡Está bien! ¡Estoy aquí!”. Casi como si quisiera que fuera la única verdad que deseaba que su pequeño recordara. No importaba si no pasaba a la siguiente ronda, ella siempre estaría con él.
Las lágrimas cesaron. El pánico retrocedió. El estremecimiento se acalló.
Malaki miró a su mamá, decidido a volver a cantar.
Su madre se alejó lentamente del escenario. Sin embargo, se hizo en el lugar adecuado para que el pequeño la viera. Volvió a sonar la pista. Malaki miró una vez más a su mamá. Ella dejó claro con sus labios el mensaje: “¡Tu puedes! ¡Está bien!”.
Malaki Paul le regaló al mundo su voz, su verdadera voz. La voz que se había ocultado detrás de la capa infame del pánico escénico, pero que no pudo superar la inspiración impetuosa que produce el amor incondicional. Malaki sabía que su mamá lo amaba y creía en él. Ella estaba con él. Eso era suficiente.
En una de sus cartas, Pablo dijo: “el amor de Cristo nos constriñe”. “Constreñir” no es una palabra que usemos con mucha frecuencia. Sería muy raro que un novio le dijera a su novia: “me constriñes”. Pero podríamos traducirla como impulsar, inspirar o provocar. Lo que dice Pablo es que el amor de Cristo es un motor que lo impulsa a seguir adelante con su vida, por difícil que esta sea. No es el amor a Cristo, sino el amor de Cristo; no el amor que parte de Pablo hacia el Señor, sino el que parte de Jesús hacia Pablo.
Así que pienso en mi orgullo. Lucho mucho contra él. No sé si algún día lo superaré. A veces siento que pierdo muchas batallas seguidas. Me siento apabullado en el escenario de la vida. Pero entonces miró que atrás del escenario Jesús todavía cree en mí. Él ve en mí algo que yo no puedo ver todavía. Su voz amorosa me recuerda que está ahí. Entonces me siento inspirado, impulsado, provocado o constreñido a volver a intentarlo.
Porque saber que somos amados nos impulsa.
Si no me crees, pregúntale a Pablo…o a Malaki Paul.

©MiguelPulido

Les dejo el video de la presentación de Malaki Paul...