viernes, 13 de diciembre de 2013

Lo Mejor Que No Esperaba Que Me Pasara (Las Historias De La Navidad II)


Un buen lugar para empezar a hablar sobre la Navidad es el libro de Rut. Sí, la mujer moabita que quedó viuda prematuramente. Sí, la mujer que volvió a Belén con su suegra buscando un futuro más esperanzador. No creas que me volví loco. Pero si insistes en seguir mirando con esa ceja levantada, permíteme explicarte porqué lo digo.
El libro de Rut es bastante corto y, por lo tanto, bastante puntual. Leemos de una hambruna, una familia que sale a buscar un mejor futuro en otras tierras, algunos matrimonios, la muerte de los hombres de la casa y presenciamos el comienzo de la travesía de unas viudas. ¡Todo en siete versículos! La mayor parte de la historia de Rut gira en torno a la aventura que significaba ser una mujer sola en Israel. Ese es el punto. Una mujer tenía que buscar el amparo de un hombre para poder tener un futuro medianamente prometedor.
Una mujer encontraba identidad en un hombre.
El matrimonio era una forma de protección.
Los que estamos en este lado de la historia y del planeta podemos pensar que era algo extraordinariamente retrógrado, visceral y machista. Sin embargo, cuando miramos las culturas en medio de la cual estaba insertado Israel, nuestra perspectiva cambia. En ese entonces la mujer era vista como un objeto. No tenía derechos. Si quedaba viuda y sin hijos, había perdido su oportunidad. Quedaba desprotegida.
La propuesta de Israel es que la mujer tenía otra oportunidad. Si quedaba viuda, podía buscar la protección de otro hombre. Tenía la posibilidad de un futuro mejor. ¡Todo un paso adelante en la mentalidad de la humanidad en esa época! No era el final del camino, pero era un comienzo. Ninguna cultura había visto el matrimonio como un estado de protección para la mujer. Una mujer encontraba sentido, valor, socorro y protección dentro de su relación con un hombre.
No era un objeto, sino un ser humano digno de cuidado.
Dentro de un mundo como este aparece la historia de una jovencita (llamada María), quien está comprometida. Su futuro se veía brillante. Iba a ser una mujer protegida. Su vida se encontraba navegando tranquilamente en los mares de lo esperado. Porque todos tenemos planes, ¿no cierto? Anhelamos construir un futuro que nos dé seguridad, tranquilidad, protección. Quizás no vivamos en una cultura como la de María, pero entendemos de qué se trata esa sensación de tener un futuro prometedor.
La seguridad de ver nuestros planes cumpliéndose.
La seguridad de que las cosas salgan como esperamos.
Para María era un anillo en su mano–así se veía en su cultura. Para ti es la carta de aceptación de la Universidad, el jugoso contrato con aquella multinacional, el tiquete aéreo al paradisiaco destino que te espera en las vacaciones o los resultados positivamente alentadores del último examen médico. Seguridad. Protección. Nos sentimos cómodos cuando la vida es lo que se supone que tiene que ser.
Pero llega lo inesperado. Los errores administrativos. Gastos extra. Estudios médicos negativos. Un accidente. Suceden un sinfín de situaciones que sacan nuestra vida del curso que habíamos previsto. Nadie lo esperaba, pero pasó. No lo planeaste, pero ocurrió.
Por eso María nos sorprende.
Su vida iba en la vía correcta. Su futuro con José era prometedor. Sería una mujer protegida. Pero llegó el ángel con un mensaje del Señor. Dios irrumpió en la historia de María. La había escogido para ser la madre de Jesús. Una jovencita sería la precursora del capítulo central de historia de la salvación.
Este anuncio era una ruptura de los planes de María. Independientemente de lo milagroso, tener un bebé antes del matrimonio era un delito que se castigaba con la muerte. La propuesta era saltar del lecho de seguridad al abismo de arriesgar su vida.
Cero protección.
Dios la llamaba a lo inesperado.
Es en este punto donde esta jovencita nos sorprende. Lee su respuesta detenidamente: “Aquí tienes a la sierva del Señor. Que él haga conmigo como me has dicho”[1]. ¡Cuánto por aprender! Porque ninguno de nosotros planea el peligro, el riesgo, la inseguridad. Por eso se llama inesperado: no lo esperamos. Se sale de los planes.
María escogió lo inesperado.
Se tomó de la mano de Dios y saltó afuera de la protección.
Y así recibió al Creador del Universo en su vientre.
La humanidad cambió por una jovencita que eligió salirse de su círculo de seguridad.

Vi la historia de un hombre que era el típico soltero mujeriego. Vivía la vida loca. Formalizar alguna relación estaba fuera de sus planes. Su seguridad descansaba en no tener nada que lo amarrara a otro ser humano. Esto, por supuesto, incluía su rechazo rotundo a la paternidad.
Un día a su puerta toca una mujer con una niña en sus brazos. Le recuerda que fue un amor veraniego de un tiempo atrás. La pequeña era su hija. La madre la puso en los brazos del hombre, quien, escéptico, la carga y la lleva a su cuarto. Cuando volvió para hablar con la mujer al respecto, ella se había fugado. Ahora él era el responsable de la niña.
Su vida se salió del curso de lo planeado.
El tiempo pasó y la niña creció. Se llevaban bien. Él no era un padre brillante, pero tenía una conexión de corazón con su hija. La relación era hermosa. Sin embargo, después de un poco más de 7 años, la madre apareció reclamando la custodia de la pequeña. Con un montón de argumentos convenció a los jueces que se la entregaran. Obviamente, la niña quería quedarse con su padre. Había crecido con él. Su madre era una desconocida. Así que corrió hacía su padre y lo abrazó, como queriendo aferrarse eternamente a su cuello.
Entonces, entre lágrimas, el padre le dice la frase más hermosa de la historia:
“Eres lo mejor que no esperaba que me pasara”.

Porque, en ocasiones, lo más hermoso viene empacado en lo inesperado.
Pregúntale a Rut.
O mejor, pregúntale a María.


©MiguelPulido


[1] Lucas 1:38

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Una Noche Igual Pero Diferente (Las Historias De La Navidad I)

Me encanta escribir. Lo veo como un ejercicio en el que tengo la posibilidad de expresarme, de compartir algunas ideas y de entregar algo para los demás. Por eso es que un espacio como el blog es tan importante para mí. Sin embargo, tengo otras ocupaciones. Hay semanas donde no es tan fácil sentarse a escribir. Pueden ver que en este año las semanas con esa posibilidad no han sido muchas.
Pero, aparentemente, en los siguientes días tendré un respiro.
Entonces, pensé en escribir.
Así que quiero cerrar este año en el blog con una pequeña serie sobre la Navidad. Trataré de publicar dos reflexiones cada semana por las próximas dos semanas. No hablaré sobre Papá Noel. Tampoco me enfocaré en los regalos. Más bien, trataré de mirar algunas historias que hicieron parte de la primera navidad. Los evangelios de Lucas y Mateo nos cuentan algo de cómo estaba el mundo la noche en la que Jesús nació. La historia de su nacimiento está rodeada por una serie de historias que la nutren y nos muestran su inagotable riqueza.
La navidad sigue siendo relevante.
Al explorar algunas de las historias que rodearon la Navidad, encontraremos que es como un diamante: refleja la luz de una forma distinta dependiendo del lugar de donde lo miremos. ¿Me acompañas?
Bienvenido a la serie Las Historias De La Navidad.
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Seguro te has preguntado lo mismo. He escuchado la misma idea una y otra vez. Muchos rostros han reflejado la misma cuestión.
Cuando estudiamos los evangelios, sorprende las sencillez de los eventos que rodearon el nacimiento de Jesús. La noche en la que nació Jesús tuvo visos extraordinarios…para unos cuantos. La gran mayoría de la humanidad no vio luces artificiales, espectáculos láser, pantallas de alta definición con transmisión en directo desde Belén, entrevistas a María y José o, por lo menos, un video con millones de visitas en Youtube. Nada espectacular. Dios apareció en la historia en una noche cualquiera, una noche igual a las otras.
¿Por qué?
Es la pregunta que tú te has hecho.
¿Por qué Dios no aparece de una forma evidente de una vez por todas sin dejar lugar a ninguna duda?
¿Por qué Jesús no deja a todos con la boca abierta con una aparición incuestionable?
¿Por qué no aparece un rayo de fuego cada vez que alguien levanta su puño hacia el cielo pidiendo una explicación?
¿Por qué Dios no siempre utiliza milagros espectaculares como una muestra de su presencia entre nosotros?
En pocas palabras, ¿por qué hay tanto lugar para las dudas?
Me encantaría decir que los milagros vienen tan predeciblemente como los anuncios de las iglesias que invitan a una “noche de milagros”. O quisiera que fueran tan fáciles como los slogan del tipo “ven por tu milagro”. Sí, hay gente que recibe milagros en esas noches. Yo mismo he visto personas soltar sus muletas o recobrar la compostura.
Pero también está la otra parte de la historia. Están esos que se cansaron de orar en un hospital sin una respuesta positiva. Existen cientos y miles de personas de fe que nunca recibieron el milagro que esperaban. Hay personas que se paran de sus camas de un momento a otro; hay personas que se levantan de su lecho porque los medicamentos surtieron efecto; hay personas que nunca se levantaron de su postración.
Los milagros no siempre ocurren.
O no al menos como esperamos.
La noche en la que nació Jesús hubo muy pocos elementos que, a primera vista, pudiéramos catalogar como milagrosos. ¿Darle vista a un ciego? Evidentemente es milagroso. ¿Darle piel de bebé a un leproso? Por supuesto que es espectacular. ¿Un niño que tiene como cuna un pesebre en su primera noche en este planeta? No fue la noticia que ocupó las tapas de los diarios. Ni entonces ni ahora. Hay cosas más llamativas que un niño en un establo.
Cuando hablamos de Dios, nuestra mente se dirige casi automáticamente a las cosas extraordinarias, sorprendentes, milagrosas, que te dejan sin aliento. Miramos el sistema solar y no podemos más que maravillarnos. Pero no nos esperamos que el nacimiento de Dios en esta Tierra fuera tan… (estoy buscando la palabra)…¿simple?. ¡Esa es la palabra!: simple. El evento que inauguró la transformación de la humanidad fue simple. Común. Corriente.
Probablemente ese es el punto.
Porque los milagros también se pueden convertir en una tentación.
Años después de su nacimiento, Jesús ejerció su ministerio por una amplia zona de Palestina. La gente lo seguía. Sus enseñanzas cautivaban al público. Pero lo que quedó grabado en la mente de muchos fue la multiplicación de los panes. ¡Eso sí era un milagro de verdad! Jesús alimentó a una multitud a partir de unos pocos panes y peces.
El problema que denunció Jesús es que, posteriormente, las personas lo empezaron a seguir por el milagro, no por él. La gente quería los panes, pero no le interesaba Jesús. Buscaban el milagro, no al Creador.
Los seres humanos nos deslumbramos con facilidad.
Y la cuestión de fondo es que convertimos el medio en un fin y el fin en un medio. Los milagros siempre serán un medio, una ruta, apuntan a algo más grande: a Jesús. Buscar el milagro y olvidarnos de Jesús es sentirnos tan maravillados por el paisaje que nunca llegamos al destino. Convertimos el medio en un fin.
Con mucha frecuencia buscamos a Jesús como un medio para un milagro. Lo vemos como una ruta para llegar a lo que realmente queremos. Por eso no nos extraña que mucha gente recibe un milagro pero, tiempo después, Jesús no está en sus conversaciones. Hicieron del milagro su dios, y así se olvidaron de Dios. Convertimos el fin en un medio.
La noche en la que Jesús vino al mundo no fue muy espectacular. El lugar no fue nada milagroso. No fue sorprendente. La simpleza fue la anfitriona de la primera navidad. Y quizás ahí está la esencia del asunto: Dios apareció donde no lo esperábamos. No apareció de tal forma que no dejara dudas. Un pesebre nos deja con la pregunta: ¿eres tú, Dios?
Porque en el marco de la simpleza también se ve la grandeza del Creador.
Porque el mayor milagro es que Él estuvo entre nosotros.
Porque el mayor milagro no fue el pesebre, sino la persona que lo ocupó.
Dios estuvo y está aquí. Entre nosotros. Eso es lo que importa.


©MiguelPulido

jueves, 28 de noviembre de 2013

¿Por Qué Estás Agradecido?


Hoy se celebra el día de Acción De Gracias en los Estados Unidos, una fecha muy especial que tiene que ver con las raíces de su historia. En esta celebración las personas comparten los alimentos y motivos de gratitud con los demás. Es un espacio para recordar cosas puntuales que ocurrieron durante el año por las cuales se está agradecido.
¡Algo muy especial!
Mi esposa y yo creemos que el principio de esta fiesta es muy valioso. Compartir. Agradecer. Son elementos que, lastimosamente, se olvidan con el trajín de la cotidianidad. Por eso, para cerrar nuestro año de actividades con nuestros chicos, hemos venido celebrando el día de Acción De Gracias desde hace un par de años.
He descubierto un principio:
Todos tenemos motivos para estar agradecidos.
Y eso es muy poderoso. Porque con frecuencia caemos en la tentación de quejarnos por lo que nos rodea. En lugar de gratitud, elegimos el descontento. Pero ¿qué nos pasaría si agradeciéramos aún por aquello que pasamos por alto con facilidad?
Así que quiero hacer un pequeño experimento. Voy a compartir algunas cosas–muchas de ellas simples–por las que estoy agradecido. Espero que al escuchar la gratitud de alguien, tú puedas recordar y compartir los motivos por los cuales estás agradecido.
¿Preparado?
Estoy agradecido…
Por mi esposa, mi mayor regalo.
Por tener padres y una hermana.
Por el privilegio de seguir a Jesús.
Por lo pasajes de la Biblia que entiendo.
Por los pasajes de la Biblia que no entiendo (que cada vez son más).
Por poder servir a los jóvenes.
Por los días soleados.
Por los días lluviosos (pero no tanto).
Por el fútbol.
Por el Barcelona.
Por el Real Madrid (¿qué sería de un héroe sin su archirrival?).
Por la Nutela® (¡¿Quiénes dicen “amén”?!).
Por los M&M’s®.
Por estar rodeado de excelentes amigos.
Por las personas que no me quieren tanto.
Por los (buenos) libros.
Por Macondo (que cada vez es menos imaginario y más real).
Por no ser vegetariano (creo que sería uno muy malo).
Por las aplicaciones gratuitas.
Por los regalos de navidad, de cumpleaños y de fechas especiales.
Por los regalos inesperados.
Por la persona que me enseñó a montar en caballo (no me acuerdo quién eres exactamente, pero gracias).
Por la iglesia (las personas, no los edificios).
Por los chistes buenos (esos que te hacen reír hasta que duele la panza).
Por los chistes malos (que uno se ríe por lo tontos que son).
Por los milagros.
Por los que creen en mí (me inspiran).
Por los que no creen en mí (me retan).
Por las segundas, terceras y veinteavas oportunidades que me ha dado Dios.
Por un buen café.
Por el ajiaco.
Por la bandeja paisa.
Por haber estudiado en el Seminario.
Por las personas que han leído hasta aquí.
Por los que van a leer después de aquí.
Por ser esposo de la mujer más hermosa del mundo (aunque yo no soy tan hermoso).
Por la sanidad de mi mamá.
Porque Jesús sigue sanando mi alma.
Por las buenas discusiones (esas que te hacen pensar).
Por poder escribir.
Por poder leer.
Por los desconocidos que algún serán conocidos.
Por los conocidos que algún día serán amigos.
Por la música (pero no el reggaetón).
Por los misterios del Universo.
Porque clasificamos al Mundial.
Por los buenos profesores.
Por no tener solo una casa, sino un hogar.
Por los dibujitos animados que pasaban en Cartoon Network.
Por el Play Station.
Por el internet banda ancha (¿algún anciano por ahí que recuerde el internet telefónico y su horripilante sonido mientras se conectaba?).
Porque los días buenos se repiten.
Porque los días malos también terminan.
Por el mar.
Por las estrellas.
Por esas tres palabras: “Todo está consumado”.
Por el pesebre.
Por la cruz.
Por la tumba vacía.

Y tú, ¿por qué estás agradecido?


 ©MiguelPulido