sábado, 24 de noviembre de 2012

Sergio, Un Tipo Especial



Me encanta el café. Especialmente en las horas de la tarde, me ayuda a salir del letargo post-almuerzo. Cada vez que puedo, cito mis reuniones en un café cercano a la iglesia. Además de ser un espacio informal, nos permite compartir al calor de una buena taza de este delicioso líquido. 
Estaba con un amigo tomando la orden de ese día. Como siempre, nos atendieron amablemente y nos pidieron esperar por el despacho del pedido. No era cosa de más de 5 minutos. 
Sin embargo, en ese lapso de tiempo viví una experiencia difícil de olvidar.
Mientras esperábamos, me ofrecí a ir por el azúcar y los mezcladores para los cafés. En la barra donde se encontraban, estaba un empleado haciendo labores de aseo. Estaba de espalda, así que inicialmente no pude verle la cara. Pero para recoger los mezcladores tuve que pedirle permiso. Él se corrió y casi automáticamente disparó la siguiente frase: "buenas tardes, bienvenido a Juan Valdez". Volteé a mirarlo para agradecerle y me di cuenta de un detalle: era un joven con Síndrome de Down. Pude ver en la solapa del uniforme su nombre: Sergio.  Sólo atiné a decirle "gracias", a lo cual él respondió con un sonriente "con mucho gusto".
Después de este extraordinario momento, me senté a conversar con mi amigo. De tanto en tanto veía que Sergio pasaba por las mesas, tratando de dejar todo lo más reluciente posible. Armado con un atomizador y un trapo cumplía con la misión que le habían encomendado. Se notaba que trabajaba fuertemente por cumplir su objetivo. 
De hecho, casi tan pronto como mi amigo y yo terminamos el café y la conversación, Sergio, el empleado con Síndrome de Down, se acercó para limpiar la mesa que habíamos ocupado. Una vez más cruzamos la mirada, pero en esta ocasión él dijo las primeras palabras: "fue un placer servirle. Vuelva pronto". Sonrió momentáneamente y continuó con su ardua labor de limpieza.
Ese fue mi encuentro con Sergio, un tipo especial.
Podríamos caer en la tentación de calificarlo como especial por su característica genética. Algunos juzgan a las personas con esta clase de síndromes como retardados o minusválidos. Es muy fácil ver cómo otros observan sus características fisionómicas y sienten lástima. No ternura, sino lástima. Por años se nos vendió la idea que estas personas eran una especie de karma social o eran minusválidos mentales. Incluso en mi colegio, me duele aceptarlo, usábamos la palabra "mongólico"–en referencia a personas que tenían el Síndrome de Down–como un insulto.
Es allí donde entran personas como Sergio. Él es especial. Pero no porque tenga un problema genético, sino porque con su trabajo está diciéndole al mundo que no es un paria social. Su situación no lo limita para trabajar, para vivir, para sonreír, para ser amable, para portar un uniforme de una de las empresas de mayor crecimiento en la última década, para dar una bienvenida cordial a alguien que le gusta el café, para ser el mejor organizador y limpiador de mesas que he visto en mucho tiempo. Lo que para otros sería un trabajo denigrante, para él es una oportunidad. Y eso lo cambia todo. No lo miras con lástima, sino con ternura. 
Porque siempre enternece ver a alguien que le da valor a lo simple.
Sergio logra que algo que damos por sentado adquiera sentido.
Ese tipo de trabajos que muchos califican como "denigrantes" o "simple", en realidad es mucho más complejo de lo que tendemos a pensar. ¿Qué pasaría si nadie, en un café como Juan Valdez, limpiara las mesas, organizara los mezcladores o distribuyera el azúcar? ¿Te sentirías cómodo si el lugar donde vas a tomar un café tuviera todos los residuos de clientes anteriores? ¿Cierto que es incómodo cuando un empleado no sonríe ni saluda? ¿Nos sentimos más a gusto en un lugar confortable o en un chiquero?
Cuando respondemos todas esas preguntas, nos damos cuenta que Sergio es un tipo especial. Su trabajo, aunque silencioso, hace parte fundamental de una estructura mucho más grande que lo que quizás él vislumbra. Su amabilidad y esfuerzo hace más exquisita una taza de café. Su sencillo libreto de saludo y despedida, aprendido de memoria, nos regala momentos preciosamente significativos. Porque no sólo nos lleva a un espacio de confort, sino que nos confronta con lo que creemos y lo que somos. 
Sergio es capaz, muy capaz.
Su condición genética no es una limitante para su calidad humana.
Al contrario, resalta su sencillez y valor.
Lo que hace especial a Sergio es que nos recuerda con fuerza inaudita una de las verdades que está en el centro del evangelio:
El más importante es el más pequeño.

©MiguelPulido