viernes, 28 de septiembre de 2012

Dios Usa Pelucas


A Laura, gracias por inspirarme siempre.

Hace unas semanas mi esposa me mencionó su deseo de hacer algunos cambios en su cabello. Nada del otro mundo. Unos pequeños retoques de rutina. Como miembro del gremio masculino, creo que no puedo entender el significado completo de la peluquería para una mujer. Sin embargo, algo dentro de mí me dice que es importante.
El cabello es significativo para una mujer.
Este retoque coincidió con una campaña que se llama “Pelo Por Sonrisas”. En algunas peluquerías prestigiosas de la ciudad se recogía el cabello de algunas mujeres para una buena causa. A alguien se le ocurrió la idea de hacer pelucas con pelo natural de mujeres para niñas, jóvenes y damas a las que la quimioterapia o radioterapia les ha arrancado el suyo.
Las personas que han emprendido esta campaña pusieron como regla que la donación tenía que se de, al menos, 20 centímetros de cabello. Para las chicas que tenían el cabello a la altura de los hombros significaría casi quedar calvas. En el caso de mi esposa, significaba cortar su hermoso cabello hasta un poco más arriba de sus hombros. Pero, sin importar la extensión de su cabello, para una mujer ¡un corte de 20 centímetros es mucho!
Desde tiempo inmemorables, el cabello de una mujer ha estado asociado a su feminidad. Culturas del Oriente y el Occidente coinciden en que  el trato que la mujer dé a su pelo se relaciona con su identidad como mujer. En países musulmanes, por ejemplo, las mujeres cubre su cabello como una muestra de pudor, una virtud altamente respetada en el entorno. En países de Occidente, por otro lado, encontramos que hay mujeres a las que les pagan por modelar su cabello. Incluso en contextos indígenas podemos observar que el cabello de una mujer está relacionado con su posición dentro de las tribus.
Ahora, imaginen a una mujer que no puede tener su cabello. No es cuestión de gustos, de “look”, de decisiones; sencillamente, le toca vivir con eso. Podríamos notar que, de alguna forma, su feminidad se ve afectada. Porque no tendría un cabello por cuidar, por peinar o por cortar.
Parte de su esencia ha sido arrancada.
Es un daño colateral del cáncer…el maldito (sí, esa es la palabra que quiero usar) cáncer.
Cuando mi esposa se enfrentó a la posibilidad de cambiar la fisionomía de su cabello, tuvo varios momentos de duda. Semejante cantidad de pelo tomaría bastante tiempo en crecer. Además, ¿qué pasaría si el nuevo estilo no le lucía? ¿Se podría acostumbrar a ello? Pero aún más, ¿estaría dispuesta a hacerlo por una desconocida? ¿Qué diferencia haría su donación, siendo que hay cientos de mujeres que lo hacen a lo largo y ancho del país?
Ante tantas dudas, decidió mirar la página web del sitio que promocionaba esta donación. Cuando uno corre esos riesgos, tiene que estar seguro de lo que hace. ¡No queríamos enfrentarnos con traficantes de pelo! Al mirar las fotografías de algunos eventos de repartición de pelucas, las dudas se disiparon. No tenías que poner música romántica para que tu corazón se conmoviera con lo que veías. Mujeres de todas las edades estaban sentadas frente a una tarima. Todas y cada una de ellas cubría su calvicie con gorritos o con una pañoleta, como tratando de ocultar la triste verdad que todos conocíamos. Ni una de ellas se sentía feliz con su realidad. Casi se podía palpar la desdicha en esos cuerpos tan debilitados que eran incapaces de sostener firmemente un manojo de cabello. 
El cáncer no sólo les quitaba la salud a estas mujeres; también les estaba arrancando parte de su feminidad, de su identidad, de su ser. Les estaba resquebrajando el alma. Se notaba que las sonrisas habían estado ausentes en sus vidas por cierto tiempo. Quizás muchas habían sido mujeres alegres, impulsivas, enérgicas, pero ahora estaban amarradas a unas sillas, apenadas por su realidad. 
Por supuesto, las lágrimas aparecieron.
Nos dolía ver cómo el cáncer presentaba los vestigios de mujeres hermosas, capaces, completas.
Pero seguimos mirando las fotografías.
Llegamos a la entrega de las pelucas. Tomadas de la mano de un representante, las mujeres subían a la tarima para recibir su nueva cabellera. Por un momento, se quitaban el elemento que cubría el testimonio de su lucha contra la enfermedad. Pero esta vez estaban emocionadas. La felicidad volvió para desempolvar los rostros raídos por el dolor. Había gozo. Porque estas mujeres iban a recibir su peluca. 
"Pelo por sonrisas"
¿Hay una mejor forma de definirlo?
Es cierto, las personas que hicieron esta campaña no descubrieron la cura contra el cáncer. Seguramente, muchas de esas niñas seguirían en sus sesiones de quimioterapia en la misma semana. Otras se enfrentarían a la radioterapia una vez más. El cáncer seguiría allí. Pero, al mismo tiempo, había perdido terreno. Porque ahora estas mujeres volvían a tener algo de la feminidad que les habían arrancado en contra de su voluntad. Por el acto de algunas valientes que decidieron dar su cabello más allá de un cambio de estilo, la forma de afrontar la vida por parte de estas mujeres daba un vuelco total. Aunque el pelo provenía de otro cabello, la peluca era suya
Esas pelucas les daban la esperanza de un mañana distinto. Les decían que no estaban solas. Les recordaban que valía la pena seguir luchando contra el cáncer. Insistían en la verdad que, probablemente, habían olvidado: que eran mujeres. Les decían que también hay respuestas para el dolor del alma. Les reiteraban que todavía existen personas que son capaces de pensar en otros aunque eso les cueste. Son vistazos de luz en medio de la oscuridad. Son brotes de vida en medio del árido desierto de pronósticos de muerte.
Esas pelucas son una especie de milagro.
Porque, en ocasiones, Dios usa pelucas. 


viernes, 7 de septiembre de 2012

¡Es Pastor!


La semana pasada tuve el privilegio de estar en una conferencia fantástica sobre el tema de identidad y quebrantamiento relacional. Me encontré con varios amigos y conocidos, incluso con personas que no veía hace mucho tiempo. Una de estas personas fue una mujer a la que conocí durante mi época de estudiante del Seminario. No puedo decir que era una gran amiga, pero podíamos mantener una conversación protocolaria sin muchos sobresaltos.
Los que me conocen saben cómo me visto: jeans, unos tennis, un saco y una camiseta. Además, siempre que llevo libros o un computador lo hago en una maleta tipo estudiantil, porque es muy cómodo. Nada de portafolios. Sólo tres corbatas en mi haber. Bastante básico, por decir lo menos. Quizás el único elemento que imparte algo de seriedad a mi figura son las gafas que adornan mi precioso rostro y el anillo en mi mano que dice que le pertenezco a mi esposa.
Así soy yo.
La conversación con esta conocida estaba agonizando, cuando llegó su pastor. Me lo presentó. Nos saludamos. Y después de las preguntas obvias, aproveché el momento para escabullirme, ya que necesitaba responder un mensaje por correo electrónico. Tomé mi lugar, abrí mi computador y busqué el correo que tenía que responder. Por el rabillo del ojo (¡qué palabra tan fea!) pude ver que mi conocida y su pastor se sentaron justo detrás mío. Me di cuenta que empezaron a hablar sobre mí, en un tono que parecía disimulado pero llegaba perfectamente a mi oídos.
-¡Es pastor!-dijo mi conocida con un tono claramente displicente.
-¡¿En serio?!-respondió el pastor, quien después dejó escapar una risita burlona.
Me hirió.
Porque estoy en medio de la lucha de aprender a ser un pastor, que si bien no necesariamente cala en los estereotipos establecidos, ama a las personas y les da lo mejor de sí por su bien. No uso corbata, pero trato de enseñar la Palabra de Dios lo mejor posible. No tengo muchos trajes, pero los jóvenes están en el centro de mi corazón. No uso muchas palabras religiosas, pero amo a Dios con todo mi corazón. Sigo en el proceso de aprender a ser un pastor de jóvenes. 
No soy perfecto. Tengo luchas, caídas, tentaciones, pecados, bajones, desánimos, períodos de estancamiento. Mi relación con Dios no puede ser calificada siempre con un 10. Así que no soy pastor porque yo sea muy bueno, sino porque Dios es muy bueno. Soy pastor por Gracia, no por méritos.
Pero volvamos a la historia.
Como se imaginarán, estos comentarios me dejaron pensando. Me desconectaron. No obstante, en ese momento comenzó la conferencia con algunos cantos. Era algo sencillo: un joven, una guitarra, las voces y las palmas. La canción comenzó. El ritmo se empezó a marcar con las palmas del auditorio. Había groove. Sin embargo, había un golpe de palmas que, en algún punto, se descoordinó. ¡Y era el que más duro sonaba! 
Pero no era una descoordinación simple. ¡No! Esos ”¡clap!" iban en contra de cualquier sentido rítmico común. Eran como una síncopa indescifrable. Si la canción estaba en 4/4, este hombre iba aplaudiendo en 7/8. 
Por supuesto, volteé a mirar para identificar al perpetuador de aquella tortura auditiva.
Casi dejé escapar una risita burlona.
Por fin, las canciones acabaron y también la sonora descoordinación de aquél hermano. La conferencia comenzó. Para mi sorpresa, el hombre de las palmas descoordinadas pasó adelante y comenzó a contar su historia. Nos contó lo terrible que había sido su vida. Abandono, drogas, maltrato y homosexualismo eran parte de su historial. Incluso llegó un momento de su vida en que quiso matarse, pero no lo logró. Porque Jesús tenía mucho más planeado para él. Otros lo hubieran descartado, pero Jesús no. Donde otros vieron un caso perdido, Jesús vio un corazón necesitado.
Me sentí arrepentido, porque yo había juzgado a ese hombre porque no encajaba dentro de nuestra manera de aplaudir. Su singularidad nos alterada. Pero, al mismo tiempo, era nuestro hermano. Era una persona absolutamente valiente e inspiradora. Si un momento antes me había incomodado, ahora me había confrontado.
Porque no todos tienen que encajar.
Él no aplaudía como todos los feligreses.
Yo no me vestía como todos los pastores.
¡Eso es fantástico!
Cuando miramos las imágenes que se utilizan para describir la iglesia, la uniformidad brilla por su ausencia. Unidad sí, uniformidad no. Un cuerpo, por ejemplo, debe funcionar como una unidad, pero no todos los órganos son iguales ni tienen la misma función. La uniformidad, en este caso, sería dañina, no benéfica. O una familia, por otro lado, tiene muchos miembros, los cuales desempeñan una función específica dentro de ese núcleo más amplio. ¡Sería caótico donde todos quisieran ser padres, pero nadie aceptara ser hijo! O imagine estar en un pueblo donde todos quieran ser gobernantes, pero ninguno quiera hacer labores de mantenimiento. ¡La anarquía sería el pan de todos los días!
Dios nos hizo particulares, únicos, singulares. Tenemos algo único por darle a otros. Existe dentro de nosotros una configuración exclusiva que nadie más ha tenido, tiene o tendrá. Por lo tanto, el aporte que podamos dar es valorado en el Cielo.
El Buen Pastor dio su vida por todas sus ovejas. Los estereotipos no son una barrera para su amor. Por eso aquellos que desencajan siempre nos recuerdan la verdad que está en el centro de nuestra fe: Jesús vino a morir por cada uno.
Murió por el pastor que se viste con jeans.
Murió por el hombre que aplaude fuera de ritmo.
Murió por ti.