jueves, 16 de agosto de 2012

La Tata, Una Medalla De Oro Y El Niño Del Bus



Las vueltas de clasificación auguraban una final prometedora. Mariana Pajón, conocida cariñosamente como “La Tata”, había ganado cada uno de los lances. La medalla de oro se estaba forjando. Parecía, ahora sí, un sueño posible. Sin embargo, todo se definía en la final. De nada servía haber ganado antes. Podía haber una caída. Alguna rival podía despertar de su letargo. Cualquier cosa podía cambiar.
Pero la Tata había llegado a ese lugar por esos treinta segundos.
¿No les parece impresionante?
Todas lágrimas, todo el sudor, todos los pedalazos, todo el esfuerzo, todos las horas de entrenamiento, todos los sacrificios, todos los kilómetros recorridos, todos los saltos, todas las caídas…¡todo! ¡¿Y las cosas se definían en treinta segundos?!
Por supuesto, no me podía perder ese medio minuto. Estaba nervioso. Sólo, frente al televisor, le hacía barra a la Tata (como si ella me estuviera escuchando). Le mandaba mis energías. Comencé a ilusionarme cuando la vi irse adelante. “¡Sí, sí, sí!” era lo único que atinaba a balbucear.
Poco a poco la meta se veía más cerca y la Tata seguía de primera. “¡Sí, sí! ¡Vamos, vamos!” se amplió mi vocabulario en los últimos metros. Y tan pronto como esa jovencita de risa amable atravesó de primera esos treinta segundos, lloré de alegría. Porque la Tata había ganado la única medalla de oro que mi país ganó en esta edición de las olimpiadas.
Alegría. Euforia. Entrevistas. Sonrisas. Lágrimas. Elogios. Todo se unía en un frenesí de gozo por lo que esa pequeña mujer nos regalaba: escuchar nuestro himno nacional en unos juegos de verano. Su característica sonrisa era la imagen viva de lo que todos guardábamos en el alma. Esa medalla era mucho más que una medalla. Se asomaba como atisbo de esperanza para una tierra en la que el dolor hace parte de nuestra cotidianidad. Su triunfo entrañaba la opción de un día diferente.
Tan pronto como acabó toda la ceremonia, corrí el riesgo de mirar la posición de Colombia en la tabla de medallería. Suponía que semejante hazaña nos dejaba muy cerca de ser líderes. ¡Que temblaran los Estados Unidos! ¡Que China se hincara ante el poderío colombiano!
Grande fue mi sorpresa cuando descubría que los líderes de la competencia llevaban muchísimas más medallas de oro que nosotros. Así ganáramos todas las pruebas que restaban desde ese momento, no los alcanzaríamos. Me quise justificar diciendo que ellos tenían más historia, que tenían un mejor presupuesto, que tenían mejores lugares de entrenamiento, que eran países muchos más grandes, lo cual es cierto. Sin embargo, en algún punto me di cuenta que estaba equivocado.
Porque no había nada que justificar.

Quien me hizo reconocer esto fue el niño del bus.

Creo que fue en la noche de ese mismo día. Con mi esposa íbamos en el bus de vuelta a casa. Tuvimos la fortuna de encontrar dos puestos libres. Quedamos ubicados justo al lado de una mamá que iba conversando con su niño de 6 ó 7 años acerca del menú para la cena. La mamá le estaba presentando muchas opciones. Ante cada propuesta, el niño sonreía. Sin embargo, en un punto hizo algo más. Cuando la mamá le preguntó si quería cereales, el niño gritó: “¡Eso, eso! Son mi comida favorita”.
–Pero si ayer también los comiste–le dijo la mamá condescendientemente.
–No importa. Son mis favoritos–insistió el niño con una enorme sonrisa, la cual permaneció intacta hasta que bajaron del bus.
Un cereal no es la gran cosa. El niño sabía que había diferentes opciones de comida, quizás mucho más abundantes y deliciosas. Para él, todas valían. Pero cuando llegó el turno del cereal, todas perdieron sus posibilidades de ganar. Porque él disfrutaba verdaderamente cereal. Era su comida favorita. Le arranca una sonrisa del rostro. Lo esperaba con ansías. Quería llegar a casa para disfrutar de lo que tanto le gustaba.
Un cereal no es la gran cosa. Comparado con otras comidas, no tiene mucho que ofrecer. No conozco restaurantes que en su menú especial ofrezcan cereales para cenar. Los cereales son simples. Aparentemente, no tienen mucho valor.
Pero no para ese niño.
Lo cual me hizo pensar inmediatamente en el cuadro de medallería.
Si lo vemos desde la perspectiva de China o los Estados Unidos, una medalla de oro no es la gran cosa. Es simple. Ellos las consiguen con la misma facilidad que una madre sirve un cereal para su hijo. Todos los días se enteran de deportistas que ganan, ganan y ganan. Pero para nosotros, los colombianos, ese mismo símbolo era mucho más. Nos sacó una sonrisa. Nos encantaría sentir lo mismo cada día. Quisiéramos que la alegría que nos dio la Tata fuera frecuente, no esporádica. Fue nuestro momento favorito de la olimpiada.
Por eso no importaba si no teníamos nada que competir con las grandes potencias del deporte; lo importante era que habíamos ganado una medalla de oro. Tuvimos la oportunidad de degustar el sonido de nuestro himno en tierras extrañas. Lo que para otros sería un simple cereal, para nosotros fue un verdadero manjar.
Porque no nos hemos acostumbrado a ello.
No nos hemos acostumbrado a acumular medallas y trofeos en nuestros estantes. No nos hemos acostumbrado a aparecer en algún lugar visible de las tablas de medallería. Seguimos dándonos la oportunidad de celebrar un triunfo, de abrazarnos de alegría y de llorar mientras una jovencita sube al podio. Seguimos disfrutando de algo que para otros sería un simple trámite. Hemos aprendido el gozo que preciosamente se oculta detrás de la gratitud por las cosas simples. Quizás sin saberlo, estamos siendo sensibles a ver el encanto de lo que podríamos dar por sentado. Seguimos bajando sonriendo del bus por algo que otros descartarían. Seguimos gritando con fuerza: “¡Son mis favoritos!”.
No, no tenemos que justificar nada.
Porque la gratitud necesita motivos, no explicaciones.