viernes, 22 de junio de 2012

Aprendiendo A Navegar (Una Reflexión En Mi Segundo Año De Matrimonio)



Para Laura, el mejor regalo que hubiera podido pedir.


El calendario ya se ha agotado dos veces. La Tierra a girado alrededor del Sol por un poco más de 730 días. Esa es la cantidad de tiempo que lleva en mi mano el único anillo que he tenido hasta hoy. Un anillo que tiene un gemelo idéntico, el cual descansa en la mano de la mujer por la que recuerdo una fecha tan exacta como el 18 de junio del 2010.
Porque ese fue el día en que me casé.
Cuando piensas en la cantidad de tiempo que significan dos años con relación a aquellos que llevan 10, 20 ó 50 años de matrimonio, sientes que estás en pañales, que no sabes nada, que no estás ni siquiera cerca de descubrir el sentido completo de estar junto a otro ser humano hasta que la muerte los separe. Al ser una experiencia de vida, el matrimonio se entiende más cuando pasas mayor cantidad de tiempo en él. El capitán de barco que más respetan es el que más ha navegado, no el que más libros ha leído al respecto. Soy el capitán novato, que ha leído más de lo que ha manejado.
Pero una experiencia en las aguas del matrimonio, por pequeña que parezca, siempre te enseñará algo. Te puede enseñar mucho más de lo que lees o supones. Al navegar las aguas tus ojos se abren de una inesperada, única y a veces dolorosa forma. Empiezas a formar tus propias teorías. Te conviertes en una suerte de enciclopedia viviente. Y cuando crees que tienes todo resuelto dentro de una fórmula obvia, de repente ocurre algo que te hace re-pensar lo que dabas por hecho.
El matrimonio no se soluciona con pasos uno, dos, tres.
Porque, como la vida, es complejo.
Así que lo primero que he aprendido en este par de años es que vale la pena vivir un día a la vez. Nunca sabes qué va a pasar las próximas 24 horas. Hay ocasiones en las que me levanto con un deseo especial de ser cariñoso, amable y servicial con mi esposa. Hay otros días en los que ni siquiera soy capaz de aguantarme a mí mismo. ¡No sé porqué ocurre eso! Jesús tenía razón al decir que cada día tenía su propio afán.
Además, cada día es particular. Aún cuando una rutina se va formando, no sabes qué deparará exactamente ese nuevo día. Es dentro de la rutina que se dan los conflictos, los abrazos, las lágrimas y las sonrisas. Por eso vivir un día a la vez, sin cuentas pendientes por cobrar, es un arte que se aprende lentamente: hay avances y retrocesos. Así es como día a día construyes una relación. No podría decir que es la mejor, pero es una relación; y eso es un avance.
Porque en este mundo nos han criado para huirle a las relaciones.  
El matrimonio, entonces, como toda relación, es una vía de descubrimiento. En mi caso, he descubierto nuevas dimensiones de lo que significa amar. Amar es una elección, algo muchísimo más grande que sentimientos bonitos hacia otro ser. Si se tratara solamente de sentimientos bonitos, no sabríamos lo que es el amor. Porque el amor necesariamente te lleva a acciones, que son elecciones de la libre voluntad. Por eso cuando amas a alguien, haces promesas. Una persona que ama a otra se niega rotundamente a quedarse solamente en tener sentimientos positivos hacia otra persona. Son esos sentimientos los que lo impulsan a querer ir más allá. Esas sensaciones te llevan al compromiso, a querer ir más allá, a elegir a una persona, a dar ese tipo de promesas que te llevan afuera de tu límite de seguridad.
Sin embargo, seamos honestos, no es fácil mantener esas promesas. Todos sabemos que una cosa es decir que estarás con alguien en la enfermedad y otra muy distinta es cuidar un enfermo. Pero ambas cosas (la promesa y el cumplimiento) las impulsa el amor. Lo que pasa es que es el descubrimiento de diferentes dimensiones. Bien recuerdo que cuando escuché a mi esposa dar el ‘sí’ en el altar no pude explicar el amor que pude palpar en el ambiente ante semejante promesa. Nunca antes lo había experimentado. Y también recuerdo cuando cuidó de mí los primeros meses de este año, mientras estaba recuperándome de la cirugía que me hicieron en la mano. No puedo explicar el amor que palpé en el ambiente ante semejantes acciones. Nunca antes lo había experimentado.
Fue un descubrimiento, una sorpresa…una muy grata. El matrimonio, como un acto de amor, se parece a un horno refinador: saca a la luz lo mejor o lo peor de ti. Y por eso me sigo sorprendiendo la calidad del amor de mi esposa, quien me sigue amando aunque conoce lo peor de mí. Ella me ha enseñado que el amor se parece, como lo he dicho, a un viaje en barco: puede ser tranquilizante o espeluznante. De hecho, tiene ambas dimensiones. ¡Las tiene que atravesar! Porque es en esa travesía donde descubres que Dios, de formas a veces misteriosas, sigue refinándonos como a su obra más preciada.
Amar cuesta.
Y nada que valga la pena no cuesta.
No, no tengo un matrimonio perfecto. Mucho menos, soy el esposo perfecto. ¡Estoy demasiado lejos de ello! Si no me creen, pregúntele a mi esposa. Pero es precisamente por ella que no puedo dejar de soñar en que el día de mañana será mejor que el de hoy. Es por el amor que le tengo que quiero seguir soñando con que podemos vivir en carne propia el plan que Dios.
Alguno dirá: “está muy bien, pero soñar no cuesta nada”. Tiene razón: soñar no cuesta; lo que cuesta es llevar a cabo lo que sueñas.
Y ese esfuerzo siempre valdrá la pena.


©MiguelPulido