miércoles, 23 de mayo de 2012

Invitados Al Baile


Empecemos con una pregunta.
¿Cuál es la diferencia entre eternidad e infinitud?
Puede que parezca una pregunta trivial, pero piénsalo con detenimiento.
Para ponerlo en términos sencillos, podemos definir la eternidad como algo que no tiene principio ni tiene fin: ha existo desde siempre y hasta siempre. La infinitud, en cambio, tiene principio, pero no tiene fin: comenzó a existir en un momento y no dejará de existir. Dios es eterno; lo seres humanos–lo queramos o no–somos infinitos: todos tendremos que enfrentar algo más allá de nuestro tiempo en esta vida.
Ahora, después de haber pasado el insípido mundo de las definiciones, acerquémonos con esta idea a uno de los textos más conocidos de todas la Biblia. Me refiero, por supuesto, a Juan 3:16:
Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.
No caigamos en el error de pasar por alto el significado profundo de las diferentes verdades que nos presenta este verso. Es posible que lo hayamos leído o escuchado cientos de veces y, en consecuencia, nos acostumbramos a él. Pero eso puede ser muy peligroso. Te lo digo por experiencia.
A mí me enseñaron que la muerte de Cristo era el hecho que hacía posible que yo tuviera vida eterna. Hasta ahí vamos muy bien. Estamos de acuerdo. Todo era claro. Así que, obviamente, tenía que preguntar: ¿qué es la vida eterna? ¿Por qué la quiero tener? A esto me respondían que la vida eterna era no ir al infierno después de morir, sino ir al cielo a estar con Dios. Fundamentalmente, creer en la obra de Cristo era una especie de tiquete que me iba a cuidar de ir a parar al mismo lugar que iba a estar el diablo por siempre. Claro estaba, debía cuidar este tiquete (salvación) durante mi tiempo aquí en la tierra.
Vida eterna significaba, para mí, un puerto seguro después de morir.
Pero tuve que detenerme un momento y preguntar: ¿es así?
Para mi sorpresa, descubrí que “vida eterna” es una de las frases que el mismo Señor Jesús definió. Y, para mi sorpresa, no tenía nada que ver con lo que ocurría después de la muerte. Y, para mi sorpresa, era mucho más que una oración y que portarse bien antes de morir. Y, para mi sorpresa, tenía que ver más con el amor de Dios que con el temor al diablo.
Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.
(Juan 17:3)
Según Jesús, la vida eterna es fundamentalmente una relación.
No es algo que ocurrirá; es algo que vives.
Tiene que ver más con una persona que con un lugar.
Para los primeros lectores de estas palabras, que tenían como trasfondo la mentalidad del Antiguo Testamento, la palabra “conocer” (en griego “ginósko” y en hebreo “yadáh”) era mucho más que saber el nombre de alguien. Incluso hay ocasiones en las que se usaba la palabra como un eufemismo para referirse a la relación sexual entre un hombre y una mujer. Conocer era una relación de profunda intimidad. “Conocido” no era un extraño (como hoy usamos la palabra); “conocido” era una persona con la que tenían un vínculo del alma.
Ahora, volvamos por un momento a nuestra definición de eternidad: algo que es desde siempre y hasta siempre. El único ser eterno es Dios. La única Persona que tiene una clase de vida eterna es Dios. Los humanos tenemos vida infinita, no eterna. Y Juan nos está diciendo que creer en Jesús nos va a permitir entrar en ese tipo de vida que sólo Dios tiene. Claramente, no se trata de algo que va a ocurrir, porque la eternidad está ocurriendo en este mismo momento. Estamos en medio de la eternidad.
Pero la definición de Jesús nos lleva un paso más allá.
Porque la vida eterna se trata de una relación.
Dios es amor. Ese es el argumento más contundente a favor de la Trinidad. Porque sólo se puede amar cuando se está en relación. Desde siempre y hasta siempre Dios ha estado en esta dinámica de una relación íntima, perfecta y completa en la Trinidad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han tenido esta clase de vida fundamentada en el amor perfecto el uno por el otro. Teólogos han llamado esto “La Danza De La Trinidad”.
Así que la obra de Cristo hace posible algo infinitamente más revolucionario que comprarnos un tiquete para no ir al infierno. Ante nuestros ojos se abre la posibilidad de entrar en esa dinámica de relación que Dios ha tenido desde siempre. Estamos invitados a ser parte del amor que Dios ha emanado desde antes de la fundación del mundo.
Somos invitados al Baile.
Por eso es muy peligroso cuando nuestros métodos de propagar las buenas nuevas se basan en el temor a escapar del infierno. La invitación de Jesús está fundamentada en el amor, no en el temor. La motivación no es escapar de algo, sino participar en un extraordinario Baile que fue originado en Dios. La vida eterna tiene que ver más con lo que Dios planeó desde el principio para los seres humanos que con lo que ocurrirá después de la muerte: fuimos creados a imagen de Dios para relacionarnos con él, para entrar al Baile. Dios nos creó para que degustáramos la fiesta. No quiere que seamos espectadores; quiere que seamos participantes. Algo menos que eso es una pérdida. No entrar al Baile es estar perdidos.
Pero entrar nos cambia la vida.
Y, por supuesto, eso tiene repercusiones incluso más allá de la muerte. Porque es una forma de vida que nos incluye ahora y siempre.
Entrar al Baile puede ser lo más revolucionario que nos pueda pasar.

¿Quieres pasar?

¿Quieres hacer parte de la “Danza De La Trinidad”?

En otras palabras, ¿quieres tener vida eterna?

©MiguelPulido

jueves, 10 de mayo de 2012

La Voz De Los Mártires: Una Breve Reflexión En Apocalipsis 7:13-15



Entonces uno de los ancianos me preguntó:
—Esos que están vestidos de blanco, ¿quiénes son, y de dónde vienen?
—Eso usted lo sabe, mi señor —respondí.
Él me dijo: —Aquéllos son los que están saliendo de la gran tribulación;
han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero.
Por eso, están delante del trono de Dios, y día y noche le sirven en su templo;
y el que está sentado en el trono les dará refugio en su santuario.
(Apocalipsis 7:13-15)


La palabra que traducimos como “tribulación” se refiere a sufrimientos, dificultades, dolores. Es una palabra que se ha utilizado en repetidas ocasiones en el mensaje que se le dio a las iglesias. Varias veces se honra a las iglesias por la realidad de tribulación que atraviesan. Ser cristiano en el primer siglo en medio del Imperio Romano no era agradable. La tribulación era una realidad conocida por ellos. Cada uno a su manera atravesaba por momentos de sufrimiento. Así que seguramente Juan no se está refiriendo a un período de tiempo específico que tendrá por título “la gran tribulación”, sino que se refiere a esos sufrimientos constantes que laten junto a la realidad de ser iglesia.
En un sentido, la gran tribulación es una constante.
Este primer asunto nos da una perspectiva inesperada sobre la relación entre Jesús y el sufrimiento. Las personas con vestido blanco no están quejándose en contra de Cristo ni están renegando por la vida tan dura que les ha tocado; sencillamente adoran. Se unen a la Creación entera para exaltar al Rey. Aunque han pasado momentos de gran tribulación tomaron la opción de la adoración, no de la recriminación.
Una de las historias que mejor ilustra esta perspectiva se encuentra en el libro de Hechos. La historia nos dice que los discípulos habían sido llenos del Espíritu Santo. El evangelio se estaba expandiendo con una facilidad inesperada. Había miles y miles de convertidos. Incluso se cuenta que Pedro era reconocido por el poder que tenía para sanar: aún la gente esperaba que la sombra de Pedro los tocara para ser sanados. Todo esto, por supuesto, enfureció a la élite religiosa de los judíos. ¿Cómo era posible que unos pescadores estuvieran trastornando el mundo por medio del mensaje de Jesús?
Así que decidieron amenazarlos.
Sin embargo, los discípulos seguían adelante.
Entonces, los azotaron, los hicieron sufrir. Detonaron una tribulación. Y es allí donde nos encontramos con el verso 41 del capítulo 5:

Así, pues, los apóstoles salieron del Consejo, llenos de gozo por haber sido considerados dignos de sufrir afrentas por causa del Nombre (de Jesús)

¿Cómo una persona puede tener esa actitud?
¡¿Gozoso por sufrir?!
¿Qué tiene el Nombre que lo hace tan especial?
Me parece probable que parte del problema en comprender cómo se puede adorar o estar gozosos en medio de las situaciones de tribulación tiene que ver con nuestra falta de comprensión de quién es Jesús. (Dicho sea de paso, no estamos hablando de ser masoquistas que agradecen cualquier dificultad–muchas de las cuales, nosotros mismos nos las buscamos–, sino de estar en capacidad de sufrir por Jesús). Quizás él no significa para nosotros lo mismo que significó para los discípulos. No es muy común ver una persona que tenga tal grado de pasión como uno de estos hombres. Lo que debería ser cotidianidad de la vida cristiana se nos hace una reacción extrañísima.
Permítanme ilustrar lo que entiendo por medio del siguiente ejemplo.
Imaginen algo que les gusta hacer mucho. Puede ser un deporte o un pasatiempo; algo que les apasione. En mi caso, una de las cosas que me ha apasionado es la música. Recuerdo cuando empecé a estudiar guitarra. Pensé que iba a ser más fácil. Empecé por la acomodación de las manos. En principio costaba hacer la técnica correcta. Después comencé a hacer escalas. Poco a poco, mis dedos empezaron a doler. Les salieron callos. Lo que yo no sabía era que eso formaba parte del proceso natural de aprender guitarra. En ese punto me tuve que preguntar si valía la pena seguir. Algunos guitarristas dicen que ese es el punto crítico: o sigues o renuncias; o reniegas o perseveras. Lo que marcará la diferencia es el porqué haces las cosas. Cuando hay algo más, estás dispuesto a seguir. Entonces, puedes ver más allá del dolor. Sabía que el dolor sería momentáneo, pero que llegaría a la meta que me había propuesto: tocar guitarra.
Había una pasión más allá del dolor.
Si miramos la relación con Cristo y el dolor desde esta perspectiva más amplia, es probable que lleguemos a la pregunta si Cristo, en últimas, vale la pena para nosotros. Porque nada que valga la pena no va a costar esfuerzo. Estaremos dispuestos a ir por encima de esos momentos difíciles cuando sabemos que hay algo más al final del camino. El dolor es parte de la vía, no el final del camino. Cuando hay algo más que es digno, no nos centraremos en el dolor. De hecho, estaremos contentos por ese dolor, porque sabremos que, de alguna manera a veces misteriosa, nos indicará que vamos por buen camino, tal como el guitarrista sabe que está haciendo bien los ejercicios correctamente cuando le están saliendo callos en los dedos.
Pero esto no es algo que se demuestra solamente cuando estás frente a frente a la muerte o cuando el dolor no es una opción. Se elige mucho antes: en la vida cotidiana. Porque no vas a querer morir por alguien con el que no estás dispuesto a vivir. Hay un principio que todos reconocemos: es en el momento de la muerte donde nos damos cuenta sobre qué es lo realmente importante en nuestra vida. Así que, si eres inteligente, inviertes tu vida en eso va a ser el eje de tu vida y, en consecuencia, te va a hacer una persona diferente.
Estas personas no sufren para ser más santos, lavarse la ropa y ganar el favor de Dios. Sufren porque ya tuvieron el favor de Dios en la muerte del Cordero. No sufren para ganar; sufren porque ya ganaron.

La gratitud es el sello característico de los que probaron la Gracia.

©MiguelPulido