jueves, 19 de enero de 2012

En Bogotá Se Puede Ser...


Hace unos días mi esposa llegó a la casa con cara de sorpresa. No tenía muy claro qué le hubiera podido pasar, ya que siguió su rutina normal. Pero en medio de su tranquilidad cotidiana se enteró de una noticia en el lugar menos esperado: un paradero de bus. Lo que cambió su día fue un cartel que decía: “En Bogotá se puede ser: lesbiana, gay[1], bisexual, transgenerista”.

(Por supuesto, se podrían decir muchas cosas sobre ese tipo de campañas, pero creo que no vale la pena llover sobre mojado y, por otro lado, este es un espacio en el que esbozo algunas ideas pero no con tanta extensión. Así que, con esto dicho, aquí van algunas de mis apreciaciones al respecto).

Pienso que la leyenda de la campaña es un arma de doble filo para esa comunidad. Poner la palabra “puede” es muy peligrosa para sus propósitos. Porque implica una elección, no una imposición. Si uno puede, entonces también no puede. Y esto significa que la orientación sexual no es una imposición genética, sino una elección deliberada.

A nadie le toca ser gay.

Claro, también es evidente que el sentido primordial de esta palabra se refiere a la libertad de expresión dentro de una ciudad. Pero aún allí estamos volviendo al mismo punto. Estamos hablando de la capacidad de elección. En otras palabras, la identidad sexual se parece–si se me permite la metáfora– al color del cabello: a todos nos tocó un color, pero se puede cambiar. Lo primero no depende de nosotros, lo segundo sí. La impresionante verdad que se esconde detrás de la identidad sexual es que Dios nos otorgó la capacidad de vivir de acuerdo a como fuimos creados o tenemos la posibilidad de tomar un camino distinto. Sólo podemos descubrir lo antinatural (que no significa necesariamente “aberrante”; sólo significa “contrario a la naturaleza”) cuando alteramos lo natural.

Lo antinatural es una elección.

Por eso es que me parece un juego de doble moral que en algunos círculos cristianos se enfoque en atacar exclusivamente este tipo de campañas. Más aún cuando en Bogotá se puede ser muchas cosas desde hace mucho tiempo y nadie dijo nada. Mi ciudad es una que elige con mucha frecuencia lo antinatural, pero no sentamos nuestra voz de protesta con tanta rigurosidad. Alzamos nuestra voz cuando lo antinatural no nos gusta tanto.

Me llamó profundamente la atención que en la página de Facebook de la campaña a favor de la diversidad sexual hubiera el comentario de un cristiano en las fotografías. Él citaba a Pablo en donde decía que los homosexuales no heredarían el reino de Dios. Pero parece que olvidó que en esos mismo textos también se condena a los que roban, a los que son codiciosos, a los idólatras, etc. Siendo así, creo que el problema de Bogotá no son los gays.

El problema de Bogotá es que es una ciudad en la que se puede robar a las personas y ser condenado solamente a siete años de cárcel.

El problema de Bogotá es que es una ciudad en la que en los anuncios clasificados se dice que una iglesia es un negocio rentable.

El problema de Bogotá es que hay personas damnificadas porque algunos funcionarios ineptos no supieron qué hacer con el dinero que se les dio para prevenir las catástrofes del invierno.

El problema de Bogotá es que el maltrato es una noticia cotidiana. Que dos seres humanos se hagan daño es parte de la rutina.

El problema de Bogotá es que la fidelidad matrimonial parece un cuento de antaño. De hecho, aún las comunidades LGBT están aceptando que la infidelidad sea un hecho. Pongamos como ejemplo a las personas bisexuales. Eso significa que, al menos, estas personas tienen dos personas a las cuáles le entregan su sexualidad, su amor, su respeto. Porque ¿cómo se puede ser bisexual con una sola persona?

El problema de Bogotá es que eligió lo antinatural desde hace mucho tiempo y en muchas realidades de la vida.

Y eso, como cristianos, nos coloca una posición muy difícil.

Según Jesús, somos la luz del mundo (Mateo 5). Nota que él no dijo “sean luz”; dijo “son luz”. También dijo que la luz no servía de nada cuando se escondía bajo una mesa. Así no iluminaba. Esto, evidentemente, se relaciona con nuestra realidad. Si en nuestra ciudad hay tanta oscuridad es por la ausencia de luz. Porque la escondimos debajo de la mesa. Hemos creado un universo tan cómodo para nosotros mismos que nos apartamos de la realidad. Lo triste es que nos dedicamos sólo a denunciar lo malo, en vez de anunciar lo bueno. Pero el mismo Jesús nos demostró que es más efectivo mostrar la luz que condenar la oscuridad. No que no denunciemos lo malo, sino que no nos quedemos solamente allí. ¡Saquemos la luz de donde está escondida!

Demostremos que en Bogotá también se puede ser heterosexual, ser fiel, ser feliz, ser respetuoso, ser amoroso. Que también se puede tener una familia transparente, aunque no sea perfecta. Que también se puede tener misericordia de los necesitados. Que también se puede respetar a los padres, a las madres, a los hijos e hijas, a los abuelitos y abuelitas. Que también se puede ser compasivo con aquellos que no piensan como nosotros.

Si en Bogotá por tanto tiempo se ha podido seguir los parámetros de lo antinatural, entonces podemos mostrar lo natural.

¡También podemos!

Porque en Bogotá se puede…

Y eso no es únicamente un problema; es una oportunidad.


¡Porque en Bogotá también se puede ser luz!


©MiguelPulido

[1] No entiendo porqué utilizan el término “gay” si muchos círculos que defienden la diversidad sexual lo consideran burlesco. Desde mi punto de vista, deberían haber usado la palabra “homosexual”, porque es más técnico y aceptable. Esto tendría más lógica dentro de una campaña que está trabajando por la no-discriminación. Pero esta es solamente una observación sobre un pequeño detalle.

sábado, 7 de enero de 2012

Entre Lágrimas, Abrazos Y Risas


El fin de año tuvimos el privilegio de disfrutarlo al lado de amigos que, personalmente, considero parte de mi familia. Unos reíamos, otros bailaban, algunos simplemente conversaban. Y en algún momento el conteo regresivo comenzó. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. ¡Feliz año!

Los abrazos fueron los invitados especiales por unos minutos. Sin importar qué tan conocidos éramos, todos nos abrazamos. No importaba la edad, el sexo o la raza. Era una buena manera de comenzar el año.

Sin embargo, no todo fue tan homogéneo.

En medio del precioso frenesí de confraternidad, observé que algunas personas reían y otras lloraban. Algunos lloraban de tristeza y otros de alegría. Al recordar el año que había terminado, unas lágrimas hicieron su aparición en la fiesta.

¿Por qué?

Generalmente, cuando está finalizando un año empezamos a planear lo que viene para nuestras vidas en los próximos 365 días. Pensamos lo que queremos hacer y dejar de hacer; lo que queremos alcanzar y lo que anhelamos no repetir. En una palabra, soñamos. Pero cuando llega el fin de año nos damos cuenta que no todo estuvo de acuerdo al plan. No pudimos cumplir todo lo que queríamos cumplir. Tampoco dejamos todo lo que queríamos dejar. Sabemos que la vida es complicada. No se maneja en piloto automático.

Y eso nos hace llorar el 31 de diciembre a las doce de la noche.

Cuando pensamos en lo que queremos para nuestra vida no planeamos las dificultades, sufrimientos y complicaciones que se nos van a presentar en el camino. Nadie planea el dolor. Sin embargo, no tienes que ser un masoquista ni un pesimista empedernido para saber que esas cosas pasan. Tú sabes que en 365 días ocurren muchas situaciones que nos llevan al límite de lo que somos capaces de aguantar. En la vida nos topamos con asuntos que alteran nuestra agenda, nuestras metas, nuestros sueños.

Pero esos son los momentos en los que probablemente más aprendemos.

Porque el sufrimiento saca a la luz lo mejor o lo peor de nosotros.

En el 2011, una de las experiencias más difíciles que tuve que atravesar fue el hecho de que mi mamá caminó junto al precipicio de la muerte por cerca de 2 semanas. Eso no lo tenía planeado. No se encontraba en mis metas para el nuevo año. Pero pasó. Y en ese momento descubrí una de las realidades más poderosas que se clavaron en centro de mi alma. Ver cómo mi papá cuidó a mi mamá fue una de las enseñanzas más grandes que pude recibir. Porque me enseñó lo que significa amar a otro ser humano. Claro, todos nos emocionamos cuando escuchamos una pareja que frente al altar promete amarse en la salud y en la enfermedad, pero en estas épocas eso suena a una utopía poética que no rima con el estilo de vida actual. Hoy en día hay divorcios por asuntos mucho más triviales que una enfermedad grave. Si hay separaciones en la salud, ¡cuánto más en la enfermedad!

Por eso fue algo tan poderoso ver cómo mi papá organizaba su agenda poniendo la visita a mi mamá en el hospital como el evento más importante de su día. Y cuando no podía entrar a saludarla, se ponía absolutamente furibundo. Porque no quería desaprovechar un momento para verla. Sólo eso: verla. Él no podía hacer que sus defensas subieran, que su respiración mejorara o que las medicinas surtieran efecto más pronto. De hecho, hubo un tiempo en que ni siquiera podía entablar una conversación con ella, ya que estaba intubada y sedada. Así que hizo lo único que podía hacer: estar ahí.

Estuvo con ella en la enfermedad.

Y eso, definitivamente, te hace una mejor persona.

Mi papá hubiera podido tomar la decisión de salir corriendo, pero no lo hizo. Él hubiera podido dejar a mi mamá en cama luchando sola por su vida, pero no lo hizo. Incluso hubiera podido resentirse con Dios y reclamarle por algo tan complejo, pero no lo hizo. Si muchas personas hacen ese tipo de cosas, él también lo hubiera podido hacer. Ante un sufrimiento de ese calibre, algunas personas deciden dar la espalda y seguir su vida por un rumbo diferente. Muchos prefieren firmar el papel de divorcio que ir a visitar a su cónyuge en un hospital. Porque una misma situación difícil puede sacar a flote lo mejor o peor de ti.

Podemos escoger cómo vamos a responder al sufrimiento. Tenemos la posibilidad de hacer las cosas correcta o incorrectamente. Pero si escoges asumir esos momentos difíciles de la manera correcta, en algún punto descubrirás que hay cosas mucho más importantes que acumular millas de viajero, tener más dinero en tus cuentas o un carro de mejor modelo. Al final del día, son esos momentos los que forjan nuestro carácter, nos hacen mejores personas. Aunque este tipo de anhelos no suelen aparecer mucho en las metas para un nuevo año, terminarás por darte cuenta que tienen un valor inigualable. Porque sus resultados traspasan los días de un calendario; duran para toda la vida.


No sé si cuando fue la medianoche del 31 de diciembre del 2011 saliste a dar una vuelta a la cuadra con una maleta, comiste doce uvas, te pusiste ropa interior amarilla o sencillamente recordaste lo que te había ocurrido en el año que terminaba. Quizás por tus ojos se asomaron una lágrimas o en tu boca se dibujó una gran sonrisa. Probablemente pensaste en lo que venía para ti en el 2012. Como quiera que hayas llegado al final del año, llegaste.

Y eso significa que atravesaste momentos duros.

¿Cómo respondiste a ellos?


Que en este 2012 los momentos difíciles te lleven a ser un mejor ser humano.