jueves, 6 de diciembre de 2012

En Navidad, No Permitas...


Es común cuando llegan estas épocas decembrinas que se escriban reflexiones sobre el verdadero sentido de estas fiestas. Quisiera dar mi aporte. No es la cosa más elaborada que he hecho, pero tengo algunos pensamientos que nos pueden ayudar a volver al verdadero sentido de la Navidad. 
Creo firmemente que cuando sabes a qué decir "no", sabes simultáneamente a qué decir "sí" y viceversa. Cuando le decimos "no" a algo, estamos diciéndole "sí" a una posibilidad distinta. Y esto, por supuesto, incluye la Navidad. Por lo tanto, quisiera dar algunas opiniones sobre cosas que no deberíamos permitir, de tal forma que se habrá paso en nuestros corazones un nuevo mundo de posibilidades. Así que, en Navidad, no permitas...

No permitas que las vistosas luces te impidan recordar la humildad del pesebre.
No permitas que el rostro adornado de los muchos "niños Dios" que verás te quiten la sorpresa ante el precioso misterio que Dios usó pañales.
No permitas que la Navidad se centre en ti y no en Jesús.
No permitas que el egoísmo del consumismo te dé la oportunidad de hacer feliz la Navidad de otro ser humano.
No permitas que el ruido de las celebraciones distorsione la dulce voz de Dios, que sigue susurrando desde el pesebre que te ama.
No permitas que el recibir sea más importante que el dar.
No permitas que el dulce sabor de la comida atenúe la delicia de compartir en familia.
No permitas que los religiosos te amarguen la oportunidad de recordar que Dios se hizo hombre.
No permitas que la rumba te quite el rumbo.
No permitas que el pedir sea más fuerte que el agradecer.
No permitas que tu corazón envidie lo que no tiene en lugar de agradecer todo lo que ha recibido.
No permitas que el rencor dañe tu vida cuando el perdón quiere brillar en tu alma.
No permitas que los afanes de último momento se conviertan en un monumento; el apacible calor del pesebre es un mejor recordatorio.
No permitas que las angustias de los grandes le quiten el lugar a la alegría de los niños.
No permitas que sonreír sea cuestión de una fecha especial.
No permitas que tu orgullo te quite la oportunidad de postrar el corazón ante el Mesías que reclinó su cabeza en un pesebre.
No permitas que alguien te haga creer que Ese Niño no te entiende. Él también lloró. Él también rió. Él también celebró. Él también recordó. Él también fue humano.
No permitas que esta celebración viva sin un espíritu de adoración. 
No permitas que recibir regalos de otros sea más importante que recibir El Regalo de Dios.
No permitas que "la pinta" que vas a vestir sea más esencial que el corazón que vas portar.
No permitas que los rencores de siempre te alcancen una vez más.
No permitas que los planes de mañana opaquen la belleza lo que ocurre hoy.
No permitas que soñar en un mundo ideal te quite tanto tiempo que no puedas trabajar por un país mejor. 
No permitas que tu corazón olvide que está palpitando porque Dios te ama.
No permitas que tu lista de enemigos sea más grande que la de amigos.

En Navidad, no permitas que el pesebre sea sólo un adorno.
Porque fue la cuna que acogió al Amor encarnado.
Si lo recuerdas, seguro que tendrás una feliz Navidad.

©MiguelPulido

sábado, 24 de noviembre de 2012

Sergio, Un Tipo Especial



Me encanta el café. Especialmente en las horas de la tarde, me ayuda a salir del letargo post-almuerzo. Cada vez que puedo, cito mis reuniones en un café cercano a la iglesia. Además de ser un espacio informal, nos permite compartir al calor de una buena taza de este delicioso líquido. 
Estaba con un amigo tomando la orden de ese día. Como siempre, nos atendieron amablemente y nos pidieron esperar por el despacho del pedido. No era cosa de más de 5 minutos. 
Sin embargo, en ese lapso de tiempo viví una experiencia difícil de olvidar.
Mientras esperábamos, me ofrecí a ir por el azúcar y los mezcladores para los cafés. En la barra donde se encontraban, estaba un empleado haciendo labores de aseo. Estaba de espalda, así que inicialmente no pude verle la cara. Pero para recoger los mezcladores tuve que pedirle permiso. Él se corrió y casi automáticamente disparó la siguiente frase: "buenas tardes, bienvenido a Juan Valdez". Volteé a mirarlo para agradecerle y me di cuenta de un detalle: era un joven con Síndrome de Down. Pude ver en la solapa del uniforme su nombre: Sergio.  Sólo atiné a decirle "gracias", a lo cual él respondió con un sonriente "con mucho gusto".
Después de este extraordinario momento, me senté a conversar con mi amigo. De tanto en tanto veía que Sergio pasaba por las mesas, tratando de dejar todo lo más reluciente posible. Armado con un atomizador y un trapo cumplía con la misión que le habían encomendado. Se notaba que trabajaba fuertemente por cumplir su objetivo. 
De hecho, casi tan pronto como mi amigo y yo terminamos el café y la conversación, Sergio, el empleado con Síndrome de Down, se acercó para limpiar la mesa que habíamos ocupado. Una vez más cruzamos la mirada, pero en esta ocasión él dijo las primeras palabras: "fue un placer servirle. Vuelva pronto". Sonrió momentáneamente y continuó con su ardua labor de limpieza.
Ese fue mi encuentro con Sergio, un tipo especial.
Podríamos caer en la tentación de calificarlo como especial por su característica genética. Algunos juzgan a las personas con esta clase de síndromes como retardados o minusválidos. Es muy fácil ver cómo otros observan sus características fisionómicas y sienten lástima. No ternura, sino lástima. Por años se nos vendió la idea que estas personas eran una especie de karma social o eran minusválidos mentales. Incluso en mi colegio, me duele aceptarlo, usábamos la palabra "mongólico"–en referencia a personas que tenían el Síndrome de Down–como un insulto.
Es allí donde entran personas como Sergio. Él es especial. Pero no porque tenga un problema genético, sino porque con su trabajo está diciéndole al mundo que no es un paria social. Su situación no lo limita para trabajar, para vivir, para sonreír, para ser amable, para portar un uniforme de una de las empresas de mayor crecimiento en la última década, para dar una bienvenida cordial a alguien que le gusta el café, para ser el mejor organizador y limpiador de mesas que he visto en mucho tiempo. Lo que para otros sería un trabajo denigrante, para él es una oportunidad. Y eso lo cambia todo. No lo miras con lástima, sino con ternura. 
Porque siempre enternece ver a alguien que le da valor a lo simple.
Sergio logra que algo que damos por sentado adquiera sentido.
Ese tipo de trabajos que muchos califican como "denigrantes" o "simple", en realidad es mucho más complejo de lo que tendemos a pensar. ¿Qué pasaría si nadie, en un café como Juan Valdez, limpiara las mesas, organizara los mezcladores o distribuyera el azúcar? ¿Te sentirías cómodo si el lugar donde vas a tomar un café tuviera todos los residuos de clientes anteriores? ¿Cierto que es incómodo cuando un empleado no sonríe ni saluda? ¿Nos sentimos más a gusto en un lugar confortable o en un chiquero?
Cuando respondemos todas esas preguntas, nos damos cuenta que Sergio es un tipo especial. Su trabajo, aunque silencioso, hace parte fundamental de una estructura mucho más grande que lo que quizás él vislumbra. Su amabilidad y esfuerzo hace más exquisita una taza de café. Su sencillo libreto de saludo y despedida, aprendido de memoria, nos regala momentos preciosamente significativos. Porque no sólo nos lleva a un espacio de confort, sino que nos confronta con lo que creemos y lo que somos. 
Sergio es capaz, muy capaz.
Su condición genética no es una limitante para su calidad humana.
Al contrario, resalta su sencillez y valor.
Lo que hace especial a Sergio es que nos recuerda con fuerza inaudita una de las verdades que está en el centro del evangelio:
El más importante es el más pequeño.

©MiguelPulido

sábado, 6 de octubre de 2012

Sobre La Navidad Y El Halloween


Estoy seguro que Jesús nació. Dios irrumpió en la historia por medio de un nacimiento, una natividad, una navidad. Creo firmemente que lo hizo en un pesebre de Belén, durante la época que se realizó el censo romano cerca del primer siglo. Su madre fue una virgen llamada María, quien concibió a su primer hijo por la obra del Espíritu Santo. Estoy convencido que recordar este hecho es más que un mero ritual; tiene un elemento poderoso que nos conecta con las raíces del la fe cristiana.
Lo que no creo es que este hecho haya ocurrido un 25 de diciembre.
Los historiadores sugieren que es probable que el nacimiento de Jesús se haya dado entre marzo y mayo, no en diciembre. Si se comparan las fechas del censo que cita Lucas con los registros históricos, las conclusiones sugieren que debió se en esa época.
Además, si leen con detenimiento el evangelio de Lucas, se darán cuenta que los reyes magos no llegaron al pesebre, sino que llegaron a una casa. Es probable que hayan transcurrido un par de años en su travesía hasta Belén. Y eso explica porqué Herodes mandó a matar a todos los menores de dos años y no sólo a los recién nacidos.
Sin embargo, sé que eso va en contra de las creencias populares, las cuales están basadas en un tremendo sincretismo originado desde los tiempos de Constantino, emperador de Roma. Constantino era un genio político que descubrió que lo más sabio que podía hacer era darles un ambiente seguros a los cristianos en lugar de perseguirlos. Los seguidores del Mesías se estaban proliferando como una plaga y los métodos bélicos no parecían surtir efecto; al contrario, los fortalecían. Por eso se le ocurrió la idea de declarar el cristianismo como la religión del Imperio.
Por supuesto, esto implicó una fuerte reacción por parte de los paganos.
¿Cómo iban a adorar a sus dioses?
¿Por qué tenían que seguir de un momento a otro las ideas de los detestables cristianos?
¿Cómo solucionaría el emperador esta cuestión?
Respuesta: con sincretismo.
A Constantino se le ocurrió una grandiosa idea. Como en diferentes lugares del Imperio habían imágenes de dioses y ahora el cristianismo era la religión oficial (y ellos no adorarían esos dioses), entonces fusionó las ideas. Tomó las estatuas de los dioses paganos y les puso nombres relacionados con la historia cristiana: Pedro, Juan, María, etc. Así, los paganos adorarían a sus dioses de siempre y los cristianos se sentirían respaldados por el emperador.
La idea también incluyó algunas costumbres, dentro de las cuáles se encontraba la celebración de la Navidad. En el solsticio de invierno (25 de diciembre) se celebraba el nacimiento del dios Sol. Sus rituales implicaban invocaciones y adoraciones de distinta índole. Era una celebración que incluía comida, licor, desinhibición y desenfreno, algo totalmente retrógrado para nuestra época posmoderna. Al emperador se le ocurrió asociar este rito con un evento significativo de la fe cristiana. Así que decidió equipararlo al nacimiento de Jesús. 
Ahora, seamos cuidadosos. Esto no niega en ningún momento el nacimiento del Salvador. Desde siempre, los cristianos han tenido este como uno de los eventos más magníficos de la fe. Los evangelios así lo demuestran. Los credos así lo rectifican. Sin embargo, la celebración de la Navidad, como la conocemos hoy, tiene un origen en un rito pagano.
Sencillamente, es una celebración al dios Sol con un nombre cristiano.
Algo similar ha ocurrido con el Halloween, pero en medios sin un trasfondo cristiano. El Halloween tiene su origen dentro de las religiones oscuras de los celtas y los druidas. Estas personas tenían una fecha especial en la que celebran a los muertos (entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre). Sus rituales implicaban invocaciones y adoraciones de distinta índole. Era una celebración que incluía comida, licor, desinhibición y desenfreno, algo totalmente retrógrado para nuestra época posmoderna. Sin embargo, hoy en día se le ha puesto el matiz de “fiesta de los niños”, en las que los chicos se disfrazan y piden algunos dulces.
Les cuento: algunos celebran el Halloween por lo que es: una fiesta para los muertos.
Y también les cuento: algunos celebran el 25 de diciembre por lo que es: una fiesta al dios Sol.
Entonces ¿qué hacemos como cristianos?
Ahora que estamos cercanos al 31 de octubre vuelven a circular todos los folletos que condenan la celebración del Halloween por su trasfondo pagano. Pero no hacemos eso con la Navidad. No tenemos folletos para esa fecha. Aunque también tiene un trasfondo paganos, hemos logrado equiparar la Navidad a nuestra fe. La conexión es más obvio.
Sin embargo, así caemos en la doble moral: medimos con diferente medidas según nuestra conveniencia. Condenamos el Halloween, pero celebramos la Navidad. ¿Con qué autoridad lo hacemos si el argumento para descalificar la primera no es el mismo para medir la segunda?
Creo que hemos tomado el camino fácil.
Lo más fácil es legislar las cosas a nuestro antojo. Pensamos que lo más bíblico es condenar el Halloween porque hace más explícito su relación con los demonios. Pero no nos pronunciamos con tanta fuerza acerca de las borracheras y bacanales que se dan “celebrando el nacimiento del niño Jesús”. Es triste decirlo, pero recuerdo que cuando más veces vi borracho a mi abuelo fue en la celebración de la Navidad. ¿Así celebramos a Jesús? ¿Celebramos a Jesús esclavizándonos a aquello de lo que nos vino a liberar?
Ser radicales según la conveniencia es hipocresía.
Sin embargo, Pablo trató el tema de las celebraciones paganas en Romanos 14. Los cristianos se estaban enfrentando a un entorno que sacrificaba los alimentos a los dioses. ¿Debían comer eso? ¿Qué le dirían a un hermano que come esos alimentos, haciéndose parte de ese ritual a los dioses?
En respuesta, Pablo apeló a la conciencia de los creyentes, que estaba afectada por la obra del Espíritu Santo. El trabajo de ellos no era juzgar, sino respetar a cada hermano. Cada quien debía rendir cuentas de su comportamiento a Dios. Si uno se abstenía o participaba, era cuestión suya con Dios.
Porque el trabajo de ellos no era legislar, sino amar.
No debían destruir su comunidad por cosas secundarias.
Total, ¿qué era un dios comparado con Cristo? Nada.
Y así cierra su argumento, con el cual cierro esta reflexión:
Por tanto, dejemos de juzgarnos unos a otros. Más bien, propónganse no poner tropiezos ni obstáculos al hermano. Yo, de mi parte, estoy plenamente convencido en el Señor Jesús de que no hay nada impuro en sí mismo. Si algo es impuro, lo es solamente para quien así lo considera. Ahora bien, si tu hermano se angustia por causa de lo que comes, ya no te comportas con amor. No destruyas, por causa de la comida, al hermano por quien Cristo murió. En una palabra, no den lugar a que se hable mal del bien que ustedes practican, porque el reino de Dios no es cuestión de comidas o bebidas sino de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo. El que de esta manera sirve a Cristo, agrada a Dios y es aprobado por sus semejantes.
(Romanos 14:13-18)