miércoles, 31 de agosto de 2011

Reflexiones En Cuidados Intensivos


A Mi Mamá


Las últimas semanas han sido vertiginosas para mi familia y para mí. Mi esposa y yo estuvimos organizando nuestro traslado de Medellín a Bogotá. Asumimos todo lo que implica un cambio de esta naturaleza: empacar lo que tenemos, dejar pagadas todas las cuentas, seguir empacando, despedirnos de nuestros amigos, continuar empacando, coordinar los detalles del trasteo y, por último, terminar de empacar. Es un ritmo que tarde o temprano termina por desgastarte. Pero sólo caes en cuenta de ello cuando te sientas en el sofá de tu nueva casa.

Sin embargo, esa es solo una parte de la historia.

Justo una semana antes de llegar a Bogotá mi papá me llamó. Aunque su voz sonaba tranquila, el mensaje que tenía para darme no era alentador: mi mamá iba a ser hospitalizada por causa de una infección. Parecía que simplemente tendrían que esperar la respuesta de los antibióticos. Los médicos creían que mi mamá estaría en casa para recibirnos cuando llegáramos a la ciudad.

Pero las cosas tomaron un camino distinto.

El estado de mi mamá empeoró.

La trasladaron a la Unidad de Cuidados Intensivos, ya que ella necesitaba un tratamiento especializado que no se lo podían dar en un cuarto de observación.

Así que esa última semana en Medellín osciló en un espectro indescriptible de sentimientos complejos. Por un lado, no era fácil para mí salir de una ciudad que me recibió con sus brazos abiertos y me dio tanto amor. Pero, por otro lado, ansiaba tomar las manos de mi mamá y decirle que íbamos a salir de esta situación. Quería estar aquí y allá al mismo tiempo.

No sé si porque estaba pasmado o porque no sabía qué hacer, pero hasta ese momento no había llorado. Entendía la complejidad de lo que estábamos atravesando, pero había una desconexión entre mi cerebro y mis emociones. Era como un corcho que sellaba la botella de algún líquido espumoso.

Ese corchó resistió hasta el martes en la noche: el día que llegamos a Bogotá y el día que vi por primera vez a mi mamá. Aunque antes de entrar traté de concientizarme del impacto que significaría ver a mi mamá rodeada de máquinas que monitoreaban su estado de salud, no resistí. Nadie te prepara para algo así. Aguanté las lágrimas mientras la veía luchando por su vida. El corcho que había en mi alma estaba a punto de ceder ante la presión. Ni siquiera pude leer un capítulo de la Biblia o elevar una oración, que era lo que mi mamá quería. Sólo le daba besos en la frente, tratando de esconder mi impotencia en sus cabellos.

Me despedí y salí de ese cuarto sin mirar atrás. Y allí, en el pasillo de una Unidad de Cuidados Intensivos, el corcho salió. Lloré desconsoladamente. Todos los sentimientos que había almacenado en alguna esquina de mi corazón se derramaron sin poder contenerlos. Vinieron a mi mente todos los momentos que había vivido con mi mamá. El dolor por haber dejado atrás a Medellín también se hizo presente en este cóctel de emociones. Y, al mismo tiempo, estaba seguro que estábamos en Bogotá por un acto de gracia de Dios hacia nosotros, quien nos había regalado un maravilloso trabajo en la capital.

No entendía todo lo que estaba pasando.

Pero así es la vida, ¿no cierto?

Solemos pensar que en la vida hay buenas y malas rachas, las cuales podemos diferenciar perfectamente la una de la otra. Pero no siempre es así. Hay ocasiones donde los buenos y malos momentos se entrecruzan. Las vacas gordas y las vacas flacas a veces viven en el mismo corral. Todos sabemos que es imposible establecer una agenda para la llegada de las situaciones fáciles y difíciles. De hecho, si estuviera en nuestras manos, no programaríamos encuentros con el dolor.

Nos gustaría sacrificar las vacas flacas.

Sin embargo, no podemos.

Esta experiencia me ha enseñado que es imposible conocer el consuelo de Dios sin el dolor. No sabremos de qué se trata el consuelo si no tenemos de qué ser consolados. El consuelo nos muestra que el dolor no imposibilita la acción de Dios. En medio del sufrimiento podemos percibir al Señor de una forma excepcional. Las vacas flacas nos muestran una faceta única del Cielo. Porque el sufrimiento es un escenario para escuchar de maneras muy diversas esa voz que dice “estoy contigo”. En mi caso, la he escuchado en tonos diferentes: el de mi esposa, el de mi papá, el de mi hermana, el de mi cuñado, el de mis suegros, el de mis tías, el de mis tíos, el de mis primos, el de mis amigos de Medellín, el de mis amigos de Bogotá, el de mis amigos de Bucaramanga, el de mi familia en los Estados Unidos, el de mis conocidos en Argentina y República Dominicana, el de mi iglesia, el de mi pastor.

Por medio de esas voces aprendí que el consuelo no siempre es la eliminación del dolor; es el brillo de la esperanza en medio del temor.

Acabar con las vacas flacas sólo depende de Dios. Pero el consuelo nos ayuda a lidiar con ellas.

Mi mamá todavía está en la Unidad de Cuidados Intensivos. Su salud va mejorando poco a poco. Pero toda esta experiencia me ha enseñado que, en medio del corral de vacas flacas y vacas gordas, Dios está presente.

Su amor no pierde fuerza cuando atraviesas las puertas de la habitación de un hospital.


©MiguelPulido

sábado, 6 de agosto de 2011

¡No Tengo A Dios!


No tengo a Dios.

Pero sí tengo un dios.

No tengo al Dios del que la Biblia habla; ¡no puedo hacerlo! Yo no puedo contener en mis pequeñas manos a Aquél que es más grande que el Universo mismo. De hecho, según la Biblia, Dios nos tiene a nosotros, no nosotros a él: él sostiene al mundo—lo cual, por supuesto, nos incluye—en su mano.

Tal vez “tengo a Dios” sea sólo la expresión de un devoto religioso. Quizá sea solamente parte de nuestra jerga cristiana: “se nota que Fulanito tiene a Dios”. Probablemente, sea una frase sin mayor connotación.

Pero poco a poco va forjando una mentalidad.

Si somos completamente honestos con nosotros mismos al analizar el más profundo sentido de nuestras oraciones, seguramente descubriremos que hemos llegado a pensar que Dios tiene que cumplir mis deseos. Esto se demuestra en el intenso resentimiento que guardamos cuando la vida sigue una ruta distinta a la que teníamos en mente o cuando lo que queremos no se lleva a cabo. Aceptémoslo: nos molesta no tener el control. En consecuencia, hemos invertido de una forma muy creativa la oración de Jesús: ya no decimos “no se haga mi voluntad, sino la tuya”; decimos “que se haga mi voluntad, aún si no está de acuerdo con la tuya”.

Al pensar un poco más en mis oraciones cotidianas descubrí que he pasado mucho tiempo pensando en primera persona. Quiere tener a Dios, como se tiene un camafeo que se guarda en el bolsillo y se saca en la ocasión adecuada. En el fondo, quiero que Dios se someta a mi voluntad. Mis oraciones no son actos de rendición, sino propuestas de trabajo: yo le sugiero a Dios lo que debe hacer. Me es más fácil decirle a Dios lo que yo quiero que preguntarle “¿tú que quieres?”.

Lo reconozco: me cuesta someterme.

La razón es esta: tengo un dios.

Ese dios aparece en el espejo cada mañana y tiene mi nombre.

Ahora, cuando pienso en la invitación fundamental que Jesús hace a sus seguidores es negarse a sí mismo, entiendo su radicalidad. Porque tarde o temprano descubriremos que tiene que haber un sacrificado: o Dios o dios (es decir, nosotros mismos). En la vida no hay espacio para ambos. Hay un punto en el que tenemos que elegir por alguno de los dos. Existen instantes en los que no podremos decir ‘sí’ a los dos; tendremos que decidir a quién decir ‘sí’ y, por lo tanto, a quién decir ‘no’.

Creo que no es coincidencia que los discípulos hayan abandonado a Jesús justo en el momento en que venían a capturarlo. No lo abandonaron cuando había milagros cotidianos, o cuando los panes y los peces se multiplicaban, o cuando los cojos saltaban y los ciegos veían, o cuando las multitudes boquiabiertas se sentaban a escuchar al Maestro. Los discípulos abandonaron a Jesús en el momento en que su vida corría peligro. Se hicieron a un lado cuando la muerte abrió sus amenazantes fauces contra ellos. Prefirieron preservar su vida que acompañar a Jesús hasta la muerte.

Al decir ‘sí’ a ellos mismos, le dijeron ‘no’ a Jesús.

Los discípulos eligieron su propia vida; Jesús eligió la voluntad del Padre. Los discípulos tenían a Dios: era el camafeo que utilizaban según la conveniencia y que recibía sus aplausos en las tarde de gloria; Jesús, por contrario, sabía que Dios lo tenía a él: era un instrumento en las manos de Alguien mayor.

“Sometimiento” nos parece una palabra pasada de moda. Todo nuestro entorno nos hace creer que somos dueños de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de lo que queremos y de lo que no queremos. Al elegir lo que nosotros queremos, estamos haciendo una elección de sometimiento: a nosotros mismos. Porque la vida se trata de interminables elecciones de sometimiento, ya sea a nosotros mismos o a otros. Así que podemos pensar que “someterse” es arcaico, pero lo hacemos todo el tiempo. Por eso la invitación primigenia de Jesús es tan radical y tan cierta: nuestra existencia es un constante proceso de negación.

El asunto es si queremos negarnos a nosotros o negarlo a él.

No existen puntos intermedios.

Siempre será una tentación querer seguir manejando a Dios como un accesorio milagroso. Pero no tiene que ser así. Arriésgate a descubrir que perder la vida, en realidad, es encontrarla. No sigas creando un dios a tu imagen y semejanza; más bien acóplate al diseño del Creador. Abre tus ojos ante el hecho de que ya tienes un Dueño—que no eres tú—, quien quiere lo mejor para ti.


Por favor, no sigas teniendo a Dios; deja que él te tenga a ti.


©MiguelPulido