jueves, 26 de mayo de 2011

Elección Simple


Tenemos la tendencia a pensar que los mandamientos Dios se dan solamente después del pecado del ser humano. Los vemos como planes de contingencia ante el hecho de que siempre tenemos un corazón inclinado hacia el mal. Vemos las órdenes como respuestas, no como propuestas.

Sin embargo, Dios le dio a Adán el mandato de no comer del fruto de un árbol.

Hasta ese momento, no había ocurrido nada malo.

El Edén era un lugar donde todo estaba bien.

Pero aparece un mandato.


Partamos del hecho de que ese mandato también es bueno. Recordemos que el resumen de la Creación es que es buena en gran manera. Así que si este mandato hace parte del orden creado, entonces es bueno; es parte del plan de Dios. No es una solución al mal, ya que no hay mal en ese momento de la historia.

Tal vez nos ayude el pensar que los mandatos también tienen un dimensión preventiva. Es decir, no son sólo respuestas, sino también propuestas. Por ejemplo, le decimos al niño que no ponga sus manos en el fogón caliente, porque queremos que no se queme. O a aquella jovencita que no se meta en esa relación, porque no queremos que llegue a sufrir. O a aquel jovencito que no fume marihuana, porque no queremos que llegue a ser adicto.

Cuando hay mal anterior, entonces el mandato cumple con la dimensión preventiva. Pero aquí es diferente: no hay mal anterior. Aquí el mandato no es preventivo, sino propositivo. Es una propuesta, no una respuesta. Porque este mandato le muestra abiertamente al ser humano que hay otra opciones por elegir, otros caminos por tomar.

De hecho, todo mandato es así.

Cuando expresas un mandato estás mostrando, al mismo tiempo, la violación de ese mandato. Así, el niño que le dijimos que no ponga la mano en el fogón sabe que puede hacerlo. O la jovencita a la que le sugerimos no meterse en esa relación la ve como una opción. O el joven al que le prohibimos fumar marihuana sabe que puede hacerlo.

Un mandato es mostrar dos vías.

Porque siempre apela a la voluntad y a la capacidad de elegir.

En este mandato, Dios le presenta al hombre las dos vías. Porque si no debes comer del árbol implica que puedes hacerlo. Dios le está abriendo al ser humano las puertas para que tome una decisión distinta a él. El Creador le está presentando a su creación una posibilidad diferente. Este mandato encierra una pregunta: “¿Qué escoges?”.

El mandato que escucharon los primeros seres humanos no es restrictivo o dictatorial. No es la imposición de un Dios caprichoso; es un manifiesto a favor de la libertad humana. Si Dios no hubiera dado este mandato, entonces sería un ser mezquino y acaparador. Pero este mandato muestra que Dios aplaude la libertad humana, la impulsa. Dios quiere que los seres humanos ejerzamos nuestra libertad. Dios es tan honesto que le dice al hombre que hay diferentes caminos.

Este mandato resalta la bondad de Dios y de la Creación.

Muestra que todo estaba bien, que Dios no es malo y que no impone su voluntad.

Realza la belleza de la libertad.

“Libertad” no significa vivir sin ninguna regla. Las personas más “libres” tienen sus propias reglas, sus propios límites. Los hippies—símbolo de la libertad en la década de los setenta—también decían ‘no’ a ciertas cosas: al gobierno, a la intolerancia, a la guerra. Tenían su reglamento, aunque no lo denominaran así. Porque la libertad implica decir ‘sí’ a una cosas y, por lo tanto, decir ‘no’ a otras. Significa vivir bajo ciertas demandas, reglas, códigos, mandatos.


Pero, principalmente, “Libertad” es hacer lo que yo quiero.


Dios le dio la capacidad a los seres humanos de hacer lo que quisieran. Les mostró posibilidades: podían escoger a Dios o escoger el fruto. Eso sería tremendamente cruel si no hubiera otras opciones alimenticias aparte de ese fruto, ¡pero no es así!: Adán y Eva están en un jardín con bastantes árboles. Hay más frutos. Dios da los elementos para cumplir sus órdenes. Su propuesta está fundamentada en parámetros justos: hay otras formas genuinas de alimentarse. Este no es un asunto de necesidad, sino de libertad. Dios, básicamente, le dice al ser humano: “haz lo que quieras”.

Esta es la pregunta a la que se enfrenta todo ser humano desde el principio de la historia: ¿Qué queremos?

¿Queremos a Dios o queremos cualquier otra cosa?


“Libertad” es hacer lo que yo quiero.

La cuestión es saber si Dios es lo que quiero.


Si la libertad es hacer lo que yo quiero, entonces tengo que hacerme esa pregunta. Necesito reconocer qué es lo que quiero. Y siempre me enfrentaré a la misma encrucijada de Adán y Eva: puedo querer a Dios o puedo querer algo más. Dios quiere saber si lo quiero a él o a algo más.

Por eso he llegado a pensar que la propuesta de Dios por medio de su mandato, de hecho, es una propuesta de amor. Es decir, Dios se está haciendo vulnerable (si se me permite el término) para decirle al hombre que hay opciones distintas a él. Dios le muestra tanto la obediencia como la desobediencia. Le presenta los dos caminos. Le dice a cuál le debe decir ‘sí’ y a cuál ‘no’. Le manifiesta cuál sería la elección adecuada. Y no le impone eso. Lo deja elegir, escoger, tomar una decisión, ejercer su libertad.

Porque amar sin la capacidad de elegir no es amar.

Y amar siempre implica una elección.

Dios quiere que el ser humano lo ame por decisión, no por imposición. Anhela que el ser humano elija amarlo. Dios le da al hombre la posibilidad de escogerlo a él o al fruto. No le impone que ame. No lo programa para ello. Solamente le presenta las opciones.


Así que la tentación, en el fondo, es una elección simple:

Escogemos a Dios o escogemos algo más.


©MiguelPulido

jueves, 19 de mayo de 2011

No Necesariamente, Doctor Hawking


Un escrito como este es quijotesco por varias razones: Primero, el Doctor Stephen Hawking es un genio de la física, mientras que yo soy un teólogo que está esforzándose por terminar su especialización. Segundo, Hawking tiene acercamientos muy complejos y desarrollados al Universo, mientras que mi conocimiento de la física es básico. Tercero, Hawking tiene sus ideas plasmadas en varios libros que ha escrito con la ayuda de una máquina que le ayuda a expresarse a pesar de su incapacidad física, mientras que este es un pequeño escrito limitado que pretende responder a una de sus fascinantes propuestas.

Sin embargo, tengo que escribir.

Porque el Doctor Hawking y yo no estamos de acuerdo, aunque estamos en exactamente el mismo terreno: las creencias.

Durante los últimos meses el Doctor Stephen Hawking ha dado dos declaraciones[1] que han levantado toda una serie de reacciones, tanto de ateos como de creyentes. Él dijo que no creía que (1) Dios existiera y que (2) hubiera vida después de la muerte. Lo dijo porque la leyes de la física mostraban que el Universo podía provenir de la Nada (lo que quiera que eso signifique) y porque pensaba que el cerebro es como una máquina, la cuál deja de funcionar al momento de la muerte.

Ahora bien, no pienso que la forma de contestar a esto sea reprendiendo demonios y diciendo que el Doctor Hawking tiene una enfermedad porque Dios mismo lo ha castigado. ¿Quién puede determinar eso? Otra salida tampoco es decir “La Biblia lo dice, yo lo creo y no importa nada más”. ¡Eso es ir en contra de la Biblia misma! Si creo que la Biblia es verdad, entonces debo tratar de entender porqué eso que dice es verdad.

La pereza mental y el fanatismo irracional no debe estar en la agenda cristiana.

Probablemente tendremos mejor resultado analizando la lógica interna del argumento y sus implicaciones.

El método científico es una de las grandes banderas del racionalismo y de la edad moderna. Este método sostiene que el Universo es una eterna cadena de causa-efecto. Por lo tanto, guarda dentro sí toda una serie de leyes que lo hacen funcionar. Así, por ejemplo, existe la ley de gravedad: si tiro una manzana al cielo, esta va a caer. Entonces, al estudiar el Universo, lo que el método científico pretende hacer es observar estos fenómenos, interpretarlos, formar una hipótesis, repetir esa hipótesis, comprobar la hipótesis y, por último, generar una teoría. Por eso es que hablamos de leyes: procesos incesantes que se repitieron, se repiten y se repetirán. Simplificando al extremo: si lanzo la manzana 300 veces hacia el cielo y cae al suelo 300 veces (¡pobre manzana!), entonces puedo notar que la gravedad es un hecho: la ley de la gravedad impera en el Universo.

(¿Enredado? Trata de leer un libro de física).

Bajo los parámetros del método científico, tenemos que comprobar lo que decimos. La ciencia se ciñe a lo medible, observable, repetible y cuantificable. Se da por sentado que este es un Universo cerrado que funciona en una única vía.

Lo maravilloso del aporte del Doctor Hawking es que ha llevado el método científico a un nuevo nivel. Él desarrolló las implicaciones de la teoría de la relatividad de Einstein, de tal forma que trató de buscar el origen del Universo y del Tiempo. Observó cómo funcionan las leyes de la física en el Universo y cómo estas se relacionan con el Tiempo y el origen de todas las cosas. Hace un tiempo él pensaba que era posible que existiera Dios, pero hace poco dijo que lo único que existía detrás de lo que vemos es la Nada.

Es en este punto donde debemos asumir una realidad.

Tanto Hawking como nosotros estamos maniatados.

Cuando vamos a la pregunta detrás de la pregunta detrás de la pregunta, llegamos al punto de algo que no se puede comprobar. Por el método científico no se puede llegar hasta aquello que va más allá de lo medible, observable, repetible y cuantificable. Por eso la ciencia no se encarga, por ejemplo, de los sentimientos que produce la ley de la gravedad en las personas. Ella no puede llegar a eso.

El método científico, por naturaleza, tiene un límite:

el de la naturaleza misma.

Ahora, eso es bueno y malo para los que nos consideramos cristianos. Es bueno porque sabemos que la ciencia no tiene la última palabra para explicar todos y cada uno de los fenómenos del Universo, los cuales van más allá de los fenómenos puramente físicos (o si no pregúntaselo a una novia despechada por el abandono de su novio). Hay realidades que van más lejos de lo que podemos ver. Los científicos lo saben. Pero también el límite del método científico es malo porque tampoco nosotros podemos comprobar la existencia de Dios científicamente. La Biblia sí dice que la majestuosidad, la complejidad, el misterio y la maravilla de la Creación nos habla de la existencia de un Creador. Sin embargo, eso no implica que el estudiar una flor nos llevará a comprobar la existencia de Dios.

La Creación nos da un indicio[2] de la existencia de Dios.

Hawking concluyó que el Universo fue generado por la Nada. Nosotros creemos que fue generado por Dios. En cualquiera de los casos estamos sobre el terreno de las creencias. Él interpretó los indicios de una forma; nosotros lo interpretamos de otra.

Así que mi respuesta a la idea de Hawking de que el mundo fue hecho de la nada y que no existe nada después de la muerte es:

“No necesariamente, Doctor Hawking.

Depende de su comprensión de los indicios.

Depende de cómo interprete la realidad.

Pero si usted dice que este Universo sigue siendo ‘el Gran Diseño’[3], entonces tal vez esté más cerca de un Dios que de la Nada. Porque todo diseño implica el trabajo de la mente de un Diseñador. Y la Nada, según la entendemos, no tiene mente. Porque la Nada es precisamente eso: nada”.


©MiguelPulido



[1] Pueden ver un pequeño reportaje de ellas en http://www.semana.com/wf_Buscador.aspx?Buscar=stephen%20hawkings

[2] Para un estudio más detallado sobre el tema de los indicios o argumentos a favor de la existencia de Dios, sugiero la lectura de: KELLER, Timothy. En Defensa De Dios: Creer En Una Época De Escepticismos. Bogotá: Norma. 2009. Pp. 129ss.

[3] El libro publicado por Hawking más recientemente

viernes, 13 de mayo de 2011

¡No Tienes Que Ser Caín!


Todos hemos visto a personas actuar con ira o hemos actuado con ira. La ira es poderosa. Sabemos que nos puede llevar por caminos de difícil retorno; nos guía por sendas muy peligrosas; nos puede impulsar a realizar actos de los que luego nos arrepentiremos. Además, la ira es muy personal e íntima: no todos nos airamos por lo mismo. Es posible que lo que a mí me aíra para usted sea una tontada (y viceversa). Así que, en ocasiones, podemos llegar a sentir que nadie más entiende nuestra indignación.

Sin embargo, la ira en sí misma no es pecado.

Pablo le recomienda a los lectores de la carta a los Efesios ¡que se aíren! (Ef. 4:26). Porque el problema no es airarse, sino lo que se puede llegar a hacer con ira. La ira es un indicador para nosotros. Nos dice algo sobre nosotros, sobre la situación o sobre los demás. Pero siempre debemos detenernos a hacer una pregunta: ¿Por qué estoy airado? Si algún día lo haces, te darás cuenta que responder esa pregunta no es tan fácil. Sobretodo cuando lo que nos molesta es simple: lavar los platos, recoger la mesa o subir la ropa al lavadero.

En los primeros días de la humanidad esa pregunta la hizo Dios. Y se la hizo a un ser humano. Para ser más exacto, se la hizo al primer hijo de los seres humanos: Caín[1].


La historia de Caín y su hermano, Abel, es enigmática, concreta y diciente. En unos cuantos versos el autor nos muestra el crecimiento exponencial del pecado de una generación a otra[2]. Nos habla, de hecho, del tremendo poder de la ira mal canalizada.

La historia cuenta que estos hermanos tenían oficios diferentes: Abel era pastor y Caín era agricultor. No hay ningún indicio en el texto que nos muestre que un oficio es más noble que el otro. No podemos inflar el pecho y decir que Abel era mejor que Caín porque era pastor. Tampoco es muy claro el porqué ellos deciden presentar una ofrenda (del hebreo “minjá”) ante Dios. Por alguna razón, ellos consideran que deben darle parte del fruto de su trabajo a Dios. Sin que exista un mandato o una tradición al respecto (claro que no había mucha historia hasta ese momento) ellos se presentan a Dios. Pero tampoco sabemos porqué Dios miró con agrado la ofrenda de Abel, pero no la de Caín. Lo que digamos es pura especulación. ¡El texto no responde estas preguntas!

Pero hay otras cosas que sabemos.

El texto nos dice que Dios miró con agrado la ofrenda de Abel (lo cual da la idea de aceptación), no así la ofrenda de Caín. Esto aíra a Caín. Lo enfurece. ¿Por qué Dios mira dos ofrendas de formas diferentes? ¿Por qué Abel sí y él no? No obstante, Dios hace con Caín algo que no hizo Abel: habla. ¡Caín tiene una conversación con Dios! O más bien debería decir: Dios inicia un diálogo con Caín.

Dios quiere saber qué pasa con él.

Por eso le hace la pregunta que todo airado debe responder: “¿Por qué estás airado?”

No sabemos la razón por la cual Caín estaba airado. Él nunca respondió con sus palabras. Lo único que sabemos es que Dios le dijo a Caín que tuviera cuidado, porque estaba muy cerca del abismo. Estaba en la encrucijada de hacer el bien o el mal. Él todavía tenía la posibilidad de escoger. La ira es poderosa, pero no invencible. Todavía Caín tenía la opción de reflexionar, detenerse y volver por el camino indicado. O podía rendirse ante la indignación que latía en su corazón.

Porque siempre tenemos la capacidad de elegir. La ira no tiene la última palabra.

La encrucijada a la que se enfrentó Caín es esta: dominar la ira o ser dominado por ella. La primera es buena; la segunda es mala. La primera lo llevaría a la reflexión; la segunda lo llevaría al fondo del principio. La primera mostraba su atención a la voz de Dios; la segunda manifestaba el deseo de escuchar más a su corazón. La primera le presentaba una oportunidad; la segunda era un camino sin salida.

Ya sabemos lo que ocurrió.

Caín escogió la segunda opción.

Caín mató a Abel.

La ira es poderosa. Cuando le damos a ella el control podemos llegar a puntos inimaginables. Seguir la voz de la ira nos puede llevar por un camino totalmente distinto al de nuestra propia identidad. Podemos llegar a hacer algo completamente opuesto a lo que somos. Caín pasó de ser labrador a ser el primer homicida de la historia. Ya no era el que cultivaba para que germinara la vida desde la tierra, sino el que sembró sobre esa misma tierra la sangre del primer ser humano asesinado: su hermano.

El juicio divino ante este hecho nos demuestra que la pregunta de Caín (“¿Acaso soy guarda de mi hermano?”), para Dios, siempre tiene la misma respuesta: “Sí. Eres guarda de tu hermano”.

Todos somos guardas de nuestros hermanos.


Si lo piensas detenidamente, los más grandes perjudicados cuando la ira toma el control no somos nosotros mismos; son los demás. Siempre hay víctimas. Cuando la ira está al volante, tarde o temprano otra persona saldrá lastimada. Es nuestro hermano el primer opcionado para entrar al grupo que abrió Abel. Cuando la ira toma el control siempre termina dañando la vida de los demás. No le gusta hacer daños sólo en primera persona; también afecta al “tú”, al “él”, al “ellos”.

Así que la próxima vez que estés en una encrucijada ante la ira, te invito a que vuelvas a escuchar la misma pregunta que Dios le hizo a Caín: “¿Por qué estás airado?”

Detente. Reflexiona.

Trata de darle una respuesta adecuada.

Porque tú eres guardián de tu hermano. No tienes que dañarlo, lastimarlo o asesinarlo para descubrir esa verdad.


¡No tienes que ser Caín!


©MiguelPulido



[1] Puedes revisar la historia en Génesis 4. Creo que uno de los ejes sobre los que gira el pasaje es, precisamente, la ira. Tal vez no es el tema central, pero sí es uno de los hilos conductores. Lo digo porque (1) la palabra se repite a lo largo del pasaje; (2)se nos cuenta que eso fue lo que se generó en Caín; y (3) es el término que se usa en el comienzo del diálogo entre Dios y Caín.

[2] Bell, Rob.& Golden, Don. Jesús Quiere Salvar A Los Cristianos. Miami: Vida. 2009. P. 23.

viernes, 6 de mayo de 2011

Bin Laden Y Bin Yosef


En un artículo de esta naturaleza es mejor comenzar con algunas aclaraciones:

1. No estoy a favor del terrorismo. Me parece trágico que un ser humano tenga que acabar con la vida de otro ser humano por cumplir con sus ideales—por lo general, distorsionados.

2. Como cristiano, creo que el sermón del monte aún está en vigor. Es un paradigma de vida para todos los que nos declaramos seguidores de Cristo.

3. Jesús no sólo fue un excelente orador, sino que vivió las cosas que predicó. Tenemos que mirar en detalle sus discursos y también su vida.

4. Lo que voy a expresar en las próximas líneas es un punto de vista personal. No pretendo que mis ideas sean absolutas ni paradigmáticas. Si usted está en desacuerdo con lo que digo, ¡hágamelo saber! Su opinión seguramente me enriquecerá. Pero, por favor, entienda mis ideas en contexto. Lo digo porque una vez alguien dijo que yo estaba a favor de la unión libre por algo que había escrito[1]. ¡Yo nunca dije eso!


La noticia mundial de la semana es la muerte de Osama Bin Laden, el terrorista más buscado del mundo. Él estaba a la cabeza de la organización Al-Qaeda. En el cerebro de este personaje se gestó el ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001. Su macabro plan cobró la vida de miles de personas inocentes.

Algunos dicen que el mundo no es igual desde ese día.

La humanidad cambió.

Desde ese momento, los terroristas se convirtieron en el objetivo del gobierno de ese entonces. Con Bin Laden como primer objetivo, los norteamericanos le declararon la guerra al terrorismo. De hecho, desplazaron el grueso de su poderío militar hasta el Medio Oriente con el objetivo primordial de capturar o asesinar al líder de Al-Qaeda. Buscarían a Osama vivo o muerto.

Después de 10 años, esta semana por fin se dio la noticia del deceso de Bin Laden. El buscado terrorista fue asesinado por miembros de un equipo élite de las fuerzas armadas norteamericanas. Un par de disparos acabaron con la vida del hombre más buscado de los últimos tiempos[2].

La historia debería terminar ahí.

Pero no termina ahí.

Porque nunca termina ahí.


Hace cientos de años también hubo otro “Bin” entre nosotros. (“Bin” es un sustantivo semítico que significa “hijo”). Él también fue buscado por las autoridades de su época. No lo buscaban por terrorista, sino porque estaba agitando las bases de los estamentos de corrupción que estaban al poder. Estoy seguro que sabes de quien te estoy hablando. Me refiero a Bin Yosef, el hijo de José; él era más conocido como Jesús…Jesús Bin Yosef[3].

Este Jesús Bin Yosef le enseñó a sus seguidores que la mejor forma de solucionar la violencia no era con más violencia. Eso no era lógico. Porque la violencia siempre genera más violencia. Es una espiral que no tiene fin. Por eso, en una de sus más memorables enseñanzas, invitó a sus seguidores a “poner la otra mejilla” si llegasen a golpearlos. Lo cuál, por supuesto, nos parece bastante extraño. Porque una reacción de ese tipo no es normal. Si a mi me golpean, yo también quiero golpear. Si a mi atacan, entonces yo quiero atacar.

¡Eso es justicia!

“¿Estás seguro?”—preguntaría Jesús

Creo que con mucha frecuencia confundimos la justicia con la venganza. Evidentemente, es una relación bastante compleja. Pero tenemos que aceptar que la venganza siempre deja un desasosiego. Quedan preguntas sin responder. La venganza deja las puertas abiertas para que la espiral de violencia siga creciendo. Es decir, ya mataron a Osama Bin Laden ¿y?

¿Eso solucionó todo?

¿Ahora tienen paz? ¿O han iniciado otra guerra?

¿Los miles que salieron a celebrar en las calles la muerte de este hombre ahora duermen más tranquilos?

De hecho, ¿ese tipo de actitudes (celebrar la muerte de otra persona) no muestra precisamente que hay algo que no está del todo en orden en nuestro concepto de justicia?

¿No es esa, más bien, la actitud de un vengador que ya cumplió su objetivo?


Volvamos por un segundo a lo que dijo Jesús: “pongan la otra mejilla”. Siendo honesto, yo nunca había entendido muy bien de qué se trataba eso. Me parecía un acto que tampoco solucionaría nada. Sin embargo, esta semana me encontré en las Escrituras un lugar donde a Jesús lo abofetean, le golpean una mejilla. Evidentemente, él puso la otra mejilla (por eso fue a la cruz). Pero antes de poner la otra mejilla, le dice esto al que lo golpeó:

Si he hablado mal, da testimonio de lo que he hablado mal; pero si hablé bien, ¿por qué me pegas?

(Juan 18:23)

Lo que nos da una muestra más concreta del significado de poner la otra mejilla.

Poner la otra mejilla es confrontar los actos injustos de la violencia. Es mirar la cara a persona que tiene que ejercer la fuerza física y cuestionarla. Porque todo ejercicio de violencia, en últimas, es irracional. Por eso alguien tiene que detenerse. Pensar. Y demostrar que la violencia no es una solución y que la venganza es una historia que nunca tiene fin. Nunca dos actos violentos van a dar como resultado un acto pacífico. Como colombiano, te lo puedo asegurar. Ya nosotros hemos visto a muchos terroristas caer, pero la guerra sigue[4]. Siempre hay otro Bin Laden detrás de Bin Laden. La venganza termina por fortalecer la violencia, no por debilitarla.

Jesús demostró que la violencia no debe tener la última palabra.

La violencia no es para celebrar; es para cuestionar.


Bin Laden y Bin Yosef son bien diferentes.


Pero siempre es más fácil parecerse al primero.


©MiguelPulido2011



[1] Si quiere leer el artículo al que me refiero, puede mirarlo en este blog el título “Casarse Antes Del Matrimonio”.

[2] Ahora que ya cumplieron ese objetivo ¿será que van a salir del Medio Oriente o seguirán con su trabajo ‘mesiánico’ de salvar al mundo musulmán?

[3] Ese es el término que se utiliza en la traducción hebrea de Lucas cuando se habla de Jesús. Sin embargo, en el arameo no se habla de “Bin” (o “Ben”), sino de “Bar”. El cambio básicamente es por cuestiones gramáticas y de acentuación.

[4] Así nuestra ex presidente quiera decir lo contrario