jueves, 17 de febrero de 2011

El Día Que Jesús No Llegó


Juan, en el capítulo 11 de su evangelio, nos cuenta una historia sumamente conmovedora: la muerte de uno de los amigos de Jesús. Lázaro, María y Marta eran tres hermanos cercanos al corazón del Maestro. El evangelista nos muestra que Jesús les amaba profundamente. El problema es que Lázaro, el querido amigo de Jesús, estaba enfermo. Por supuesto, sus dos hermanas le dan el anuncio a Jesús. Lo mantienen al tanto de la situación.

Sin embargo, Jesús reacciona de una manera inesperada.

“Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. A pesar de eso, cuando oyó que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más donde se encontraba”

Juan 11:5-6

Jesús no fue a ver a su amigo. ¡Se quedó dos días más donde estaba! Lo amaba, pero no corrió a donde él se encontraba. Y aún así les dice a sus discípulos que esta situación terminaría en la gloria de Dios y de su Hijo. Por lo visto hasta el momento, uno esperaría que fuera a sanarlo. Después de todo, esa era la manera como se había demostrado la gloria de Dios.

Pero Jesús no hizo eso.

Sólo esperó.

Esperó lo suficiente. Esperó hasta la muerte de su amigo.

Jesús amaba a Lázaro, pero no llegó para sanarlo.

No obstante, decide ir a ver a las hermanas de Lázaro. Obviamente, la reacción de ambas cuando lo vieron fue sumamente dolorosa. Ellas sabían que si Jesús hubiera estado allí, las cosas serían diferentes. Jesús había llegado demasiado tarde. Si hubiera llegado el mismo día que le dieron el anuncio de la enfermedad de su amigo, seguramente la historia diría otra cosa. Pero no fue así.

En el fondo, la pregunta que se levanta de estos corazones heridos es: ¿por qué no llegaste ese día, Señor?

La historia nos dice que llevaron a Jesús al sepulcro. Estando allí, Jesús se conmovió profundamente. De hecho, lloró. El amoroso carpintero dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas. Al ver el sepulcro de su amigo, el dolor fue más fuerte que el Maestro. La muerte abrió sus fauces y estremeció al Señor. Al ver el lugar donde su amigo yacía, Jesús derramó su amor en el suelo en forma de llanto.

Porque él amaba a ese hombre.

Y la muerte de alguien que amas duele.


Al ver la escena, algunos hicieron explícita la pregunta que estaba latiendo en el corazón de todos: “¿no podría haber impedido que Lázaro muriera?” (v. 37). Honestamente, creo que yo hubiera hecho esa pregunta. De hecho, todavía hoy la escucho con frecuencia. Tal vez su forma sea distinta, pero el cuestionamiento sigue siendo el mismo.

“¿Por qué Dios permitió que él muriera?”—pregunta una madre solitaria mientras abraza el ataúd de su hijo asesinado.

“Si Dios me ama, ¿por qué admitió que esto pasara?”—se cuestiona ese hombre que está firmando el documento que anula el matrimonio por el que tanto luchó.

“¿Por qué Dios no impidió este desastre?”—grita aquel joven con mucha ira en su corazón, mientras sostiene una pancarta que denuncia el daño que le estamos haciendo al planeta.

“Si Dios es amor, ¿por qué deja que suframos?”—dice un estudiante, mientras desafía a aquel cristiano a argumentar sus creencias.


Preguntar sobre lo que pudo haber sido nos puede llevar en cualquier dirección. Porque ¡nadie sabe la respuesta! Divagar sobre las posibilidades, en el fondo, nos llevan a un juego de buscar al culpable detrás de todas las cosas. Pero, de cualquier manera, es una tendencia típicamente humana. Es una de nuestras reacciones defensivas cuando el dolor nos embiste con todas sus fuerzas. Por eso la pregunta que hicieron esas personas a Jesús al lado del sepulcro de su amigo sigue latiendo en el corazón humano con tanta fuerza como lo hizo ese día: “Jesús, ¿por qué no llegaste ese día?”.


He descubierto que esa pregunta está basada en un presupuesto: que el amor evita el dolor. Sin embargo, esta historia me muestra que no es así. De hecho, Jesús mismo sufrió con la muerte de su amigo; a él también le dolió. Jesús se identificó con la miseria humana. Él también derramó lágrimas. El día que Jesús no llegó también fue difícil para él, no sólo para los demás. Porque a él también le dolió la muerte de Lázaro.

Pero él no evitó ese día.

Jesús no esquivó el sufrimiento.

Para él, amar no significaba evadir. Más bien, significaba restaurar.

Jesús miró a la muerte a la cara y le dijo a su amigo que saliera de sus fauces. Él llamó a Lázaro para que volviera a la vida. Subvirtió lo que la muerte había echado a perder. Transformó una espinosa situación de dolor en un jardín perfumado por la gracia. La resucitación de Lázaro no sólo es maravillosa por lo milagrosa, sino porque le grita al mundo que le importamos a Dios; que él se identifica con nuestras miserias; que a él también le duele nuestro sufrimiento; que él está dispuesto a restaurar aquello que se echó a perder. La resucitación del amigo de Jesús le dice al mundo que el sufrimiento, el dolor y la muerte no tienen la última palabra. Ese día le dice al mundo que todavía hay razones por las cuales sonreír.

La historia no terminó el día en el que Jesús no llegó. Hubo día en el que llegó.

Siempre hay un día en el que llega.

Porque Jesús siempre está dispuesto a restaurar el sufrimiento.


En últimas, eso fue lo que pasó en la cruz: el amor de Dios no evadió el dolor; lo enfrentó. De esa manera nos dio algo mayor: la vida.


Así que la próxima vez que tengas un día en el que parece que Jesús no llega, no dejes de esperar. Su amor no significa la evasión del sufrimiento. Pero recuerda que aún las situaciones más oscuras pueden repercutir en los milagros más gloriosos.

Si no me crees, pregúntale a Lázaro.


jueves, 10 de febrero de 2011

Forma Y Fondo Parte II (¿Qué Evangelio Escuchas?)


Lucas 9 comienza contándonos la historia de la primera misión de los doce discípulos de Jesús. Ellos, según lo había ordenado el Maestro, debían ir por diferentes lugares haciendo básicamente dos cosas: (1) anunciando el reino de Dios y (2) sanando a los enfermos.

Sin embargo, la historia se interrumpe abruptamente.

Antes de seguir contándonos lo que pasó con dicha misión, Lucas hace un comentario sobre Herodes. Nos dice que Herodes se enteró de lo que estaba ocurriendo y empezó a escuchar las interpretaciones que habían al respecto. Algunos decían que Elías había resucitado, otros decían que era otro profeta; otros decían que era Juan el Bautista. Y este último personaje tiene bastante que ver con Herodes. Porque Juan fue decapitado por un mandato de Herodes.

Herodes había ordenado asesinar al Bautista.

¿Por qué haría algo así?

Si lees un poco más atrás en la historia, te vas a dar cuenta de la razón: el deseo de una mujer. Herodes mandó que le cortaran la cabeza a Juan porque una mujer se lo pidió. Asesinó por un capricho femenino.

Después de esta “interrupción”, Lucas vuelve a retomar el relato de la misión de los doce. Nos cuenta que volvieron y le contaron a Jesús sobre cómo les había ido. El reporte era positivo. Tras su viaje, estaban a solas con Jesús para relatarle sus experiencias. No obstante, los lugareños se enteraron que Jesús y los suyos estaban en la región. No querían que el Rabí pasara y no ocurriera nada extraordinario, como solía ocurrir cuando él estaba cerca. Así que aprovecharon la oportunidad: buscaron al Maestro. Lucas nos dice que él los recibió, les habló del reino de Dios y sanó a quienes lo necesitaban. ¡Interesante! Jesús hace exactamente lo mismo que le mandó a hacer a sus discípulos: (1) hablaba del reino de Dios y (2) sanaba a los enfermos.

El Maestro no sólo ordenaba; hacía.

Esta es, grosso modo, la historia que nos narra Lucas en el capítulo 9 de su evangelio. Es una historia que nos reta y nos inspira. Pero tenemos que ir más allá de lo evidente. Tenemos que hacernos la pregunta que tiene que ver con la forma: ¿por qué Lucas hace esta inclusión[1]? ¿Por qué interrumpe la historia de la misión de los doce para hacer referencia a Herodes?

¿Por qué Lucas relaciona los relatos?

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?


Un asunto llamativo que se da en la primera sección del pasaje es que Jesús les ordena a sus discípulos no sólo que sanen, sino que prediquen el reino de Dios (v. 2). Después les da las indicaciones de lo que deben hacer en cada lugar[2]. Los discípulos, entonces, están preparados para emprender su viaje y cumplir la misión encomendada por el Maestro. Lucas nos cuenta que cumplieron con las órdenes de Jesús. Sin embargo, en ese momento hace un intercambio de palabras muy llamativo. Lucas cambia intencionalmente la idea de “predicar el reino de Dios” (v.2) por “evangelizar” o “anunciar el evangelio” (v. 6).

¿Por qué Lucas haces ese intercambio?

En ese entonces la palabra ‘evangelio’ tenía una carga muy especial. No se trataba de cinco pasos para ir al cielo o un método para ganar nuevos adeptos a la congregación local. Tampoco era una idea metafísica de una vida incorpórea[3] en el futuro. ‘Evangelio’ era una proclamación real. Era el anuncio de un reino. Cuando un rey quería dar un anuncio, entonces enviaba un evangelio. Era algo muy común en la época. De tanto en tanto el César enviaba un evangelio, es decir, un anuncio real. El evangelio era primeramente un mensaje. Pero no era un mensaje de superación, sino el mensaje de un rey. Eran las palabras de alguien que estaba al mando, de alguien superior.

Por lo tanto, César era el único que enviaba evangelios.

Porque el emperador era el único rey. Era el único que enviaba a otros a “evangelizar”.

Y creo que es en esta vía que podemos encontrar la relación entra la forma y el fondo. Porque justo en medio de una misión evangelizadora se nos cuenta de Herodes, quien era un servidor del César. Él era un representante del emperador para el pueblo judío. Herodes estaba en una posición delegada por el emperador. De alguna manera, Herodes encarnaba la autoridad del César para esa provincia del magno imperio romano. Y Lucas nos dice que este Herodes, este representante del imperio, era un asesino.

La relación que encuentro entre las partes es la de un contraste. Lucas nos está mostrando que hay un reino diferente al de César: el reino de Dios. Existe una persona que hace las cosas diferentes: Jesús. Su decreto real, su evangelio, busca sanar las vidas de los necesitados. Sus discípulos son enviados para llevar sanidad. Por el contrario, el representante del César es un asesino.

El reino de César trae muerte. El reino de Dios proclama la vida.

Herodes asesina. Los discípulos sanan.

César oprime. Jesús libera.

En este pasaje, Lucas nos está mostrando un evangelio distinto al que se escuchaba por ese entonces. Esta es la proclamación de un reino diferente. Aquí el rey no es César; es Dios. Y ese hecho hace que las cosas funcionen de forma diferente. Lucas nos está mostrando que el evangelio de Jesús trae esperanza a este mundo, aquí y ahora. Lucas nos muestra que el decreto real habla de un gobernante de una índole muy distinta a la del César.

Jesús no multiplicó sus ejércitos; pero sí multiplicó panes.

Jesús no estaba sobre la gente; le gustaba estar con la gente.

Jesús no asesinó a sus contradictores; se entregó para ser asesinado por ellos.

Jesús es diferente al César. Por lo tanto, sus evangelios son distintos. Y la pregunta que tenemos que responder en esta orilla de la historia sigue latiendo tan fuerte como en el primer siglo:

¿Cuál evangelio escuchas?




[1] Si quieres saber en mayor detalle cómo funciona la inclusión, te invito a ver el post anterior.

[2] Son detalles muy específicos, los cuales, evidentemente, hacen un eco del Éxodo; pero ese es todo un tema distinto.

[3] Este es un tema que ha generado todo un debate entre los teólogos de la actualidad. Si desean saber más específicamente sobre el tema, recomiendo la lectura del libro “La Resurrección Del Hijo De Dios” del erudito N.T. Wright. Uno tarda una eternidad en leer el libro, pero vale la pena.

sábado, 5 de febrero de 2011

Forma Y Fondo (Parte I)


Cuando se escribieron los libros que hacen parte de la Biblia, el mundo era muy diferente al que conocemos hoy. Aunque esto parezca obvio, vale pena aclararlo. Porque significa que el estudiante de la Biblia debe tratar de entender lo que el autor quiso decir en su momento. Así, la primera búsqueda del estudiante de Las Escrituras debe ser por lo que el texto significó. Debemos preguntarnos, antes que cualquier otra cosa, lo que el autor le dijo a sus primeros lectores.

Estudiar la Biblia es emprender un viaje al pasado.

En este sentido, debemos caer en cuenta que nosotros no somos los primeros lectores. La Biblia no fue escrita inicialmente para nosotros. Mateo, Marcos, Lucas o cualquiera de los autores bíblicos escribieron sus obras para personas que son distintas a nosotros. No tenían en mente a la iglesia occidental del siglo XXI que leería los evangelios en sus IPads. Por eso la primera pregunta que nos debemos hacer es “¿qué significó el texto?” y no “¿qué me quiere decir el texto?”.

La primera pregunta se enfoca en ellos. Y sólo después preguntamos por nosotros.

Porque no puede haber “nosotros” sin “ellos”.

Si respetamos la Biblia como un cuerpo de literatura y aceptamos su dimensión histórica, entonces debemos hacer un esfuerzo por entender las formas en las que se transmitió el mensaje y, por supuesto, el contexto en el que se dio. Debemos observar cuidadosamente las palabras que se dijeron de una manera, con un propósito y en una situación específica. Forman (y formaron) parte de una realidad histórica concreta, la cual debemos explorar para entender el valor de su(s) mensaje(s).

Dios habló en la historia. Y por ese hecho, debemos tratar de entenderla. Porque es de esa manera que podemos conocer el valor de Su Palabra, la cual trasciende las fronteras de la cultura, el idioma, la geografía y la historia.

Cuando entendemos esa historia (la de La Biblia), nuestra historia es transformada.

Esa historia cambia la nuestra.


Pues bien, hablando de este tema de la historia, recordemos que los escritores bíblicos no tenían a la mano un computador o ni siquiera una imprenta para hacer circular sus obras de arte. De hecho, los documentos que existían en ese entonces eran muy costosos. Escribir era una tecnología; y como toda tecnología, era costosa. Así que, por un lado, no todo el mundo tenía una biblioteca o un libro en su casa; por otro lado, los escritores debían idear formas de transmitir su mensaje para que la gente los recordara cuando se leyeran en público[1].

La memorización era, en ese entonces, un valor educativo muy alto[2].

Lucas, como muchos otros autores bíblicos, utilizó uno de esas formas literarias para que los primeros oyentes de su evangelio recordaran lo que él había contado. Esa forma literaria se llama inclusión (inclutio). Consta, fundamentalmente, de tres partes, como un sándwich: un pan, el queso y el otro pan. El autor nos empieza a contar una historia, luego pone otra (como si fuera una interrupción) y luego concluye con la primera historia que nos empezó a contar. Lo interesante es que ambas historias, de alguna forma, están relacionadas. Aunque por mucho tiempo se dijo que los autores de la Biblia no sabían escribir y parecían tejedores de una colcha de retazos, los eruditos bíblicos han demostrado que eso no es del todo cierto. Hay tantas evidencias de esta forma de escribir a lo largo de toda la Biblia que es imposible concluir simplemente que todos se equivocaron de la misma manera. ¡Eso no es lógico! Más bien, esto nos muestra que era una manera (muy común, por cierto) como los escritores bíblicos transmitieron su mensaje para que fuera recordado.

La inclusión no es una equivocación; es parte de la intención del autor.

No es una forma burda de unir dos relatos que no tienen nada que ver, sino que es una manera muy sutil de relacionar dos historias aparentemente dispares.

La forma y el fondo tenían una relación inseparable. La forma contenía un fondo que no podía ser descrito de otra manera. Y el fondo era recordado por la forma en la que era transmitido.


En el próximo post estaremos adentrándonos en una historia en la que Lucas usó la inclusión. Y trataremos de descubrir el fondo que tiene esa forma.


Hasta la próxima.



[1] Hace poco leí un excelente artículo sobre el tema de la tradición oral. Si pueden buscarlo y leerlo, vale la pena: Kenneth Bailey, “La Tradición Oral Informal Controlada Y Los Evangelios Sinópticos” En: The Asian Journal Of Theology. Vol. 5.1 (Abrill 1991). Pp. 34-54.

[2] Para un comentario detallado de cómo funcionaba la memorización en la Biblia por parte de las escuelas rabínicas, véase: Rob Bell, Una Obra De Arte Original: ¿Puede Redefinirse La Fe Cristiana? Miami: Editorial Vida. 2010. Pp. 107 ss.