miércoles, 7 de diciembre de 2011

La Primera Navidad En El Cielo (Una Suposición)


Todos se miraban nerviosos. Los latidos de vida se hacían sumamente palpables. Imperaba entre ellos un silencio tremendamente incómodo y extraño. Nunca antes hubo semejante ausencia de sonido en El Cielo.

Los ángeles se miraban entre sí y de vez en cuando echaban un vistazo al Trono. Dios estaba allí, sentado, sosegado. Algunos apostaban que se le escaparon algunas sonrisas en aquel instante eterno.

En ese extraño ambiente, un ángel se acercó a Gabriel:

–¿Es cierto que es una jovencita?–le preguntó.

–Sí–contestó Gabriel–. Aunque es muy joven, tiene un corazón devoto. Hace tiempos no veíamos un alma tan aguerrida en aquellas tierras. Pensé que se iba a negar al anuncio divino; pero lo aceptó sin titubear.

–Pero, ¿por qué tenía que ser de esa manera?–cuestionó el ángel.

–No lo sé. Yo sólo obedecía órdenes—concretó Gabriel.

Y es que todos los seres celestes se hacían la misma pregunta. Desde aquél fatídico día en que los primeros seres humanos le dieron la espalda a Dios, todos sabían que un plan de redención palpitaba en el corazón de la Trinidad. Los más osados sospecharon que se volvería a comenzar la Creación de ceros. Otros supusieron que Dios cambiaría el corazón humano sin hacerles preguntas, pero pronto descubrieron que Él anhelaba que la humanidad le amara por decisión, no por imposición. Unos más conjeturaron sobre la posibilidad de una manifestación estrafalaria de la Divinidad que los hiciera postrar a todos de rodillas.

Pero nadie vio venir este plan: ¡que Dios nacería!

¿A quién se le iba a pasar por la cabeza que la Eternidad se delimitaría al tiempo?

¿Quién imaginaría que el Creador viviría entre los seres creados?

¿Dios usando un pañal?

¿Cuál ángel se atrevería a sugerir que el es Vida tendría vida?

¿Por qué no seguir enviando profetas?

¿Encarnarse?

Ya habían pasado nueve meses desde el anuncio que Gabriel le dio a María. Todos miraban atónitos cómo puerta tras puerta tras puerta en Belén se cerraba. Ninguna persona estaba dispuesta a que aquella jovencita tuviera un lugar cómodo para dar a luz. Todo el ejército del cielo estaba dispuesto a ejecutar justicia ante semejante acto de atrocidad. Pero al ver el rostro de Dios, cayeron en cuenta de la tremenda realidad: esta no sería ni la primera ni la última vez que la humanidad le cerraría la puerta en la cara a Dios.

Aquella noche era sólo una radiografía de la historia.

En silencio, el ejército celestial fue testigo de la procesión de la familia. Mientras todo Belén ardía en euforia y ruidos, los ángeles miraban fijamente cada paso de la pareja. Veían con angustia cómo las contracciones aumentaban su ritmo y el lugar para dar a luz no aparecía. ¿Dónde iba a nacer Dios?

La tensión se agudizó cuando vieron que José se alejaba de María. Él corría afanado mientras ella trataba de mantenerse fuerte ante el dolor. Un aire de alivio se esparció cuando José volvió con la buena nueva: había encontrado un lugar. Los ángeles se abrazaron, agradecidos por la noticia. Algunos daban rítmicos aplausos de alabanza. Otros empezaban a afinar sus voces para levantar un cántico de exaltación. El silencio imperante se torno en constantes murmullos de adoración.

Hasta que escucharon las palabras de José: “Es un pesebre”.

¡¿Un pesebre?!

Aquel que creó las constelaciones, las galaxias, las estrellas; que dio órbita a los planetas; que encausó los portentosos ríos; que dibujó los imponentes seres marinos; que trazó el destino invisible de las aves; que sostiene todo lo que existe…tendría su primera cuna en un establo. El Pastor de Israel impregnaría sus tiernas pieles con el penetrante olor de un establo betlemita. El dador del aliento de vida confundiría su llanto con el de la vaca, el burro y la oveja. Porque Dios es humilde.

Casi tan pronto como María y José tocaron el pesebre, el trabajo de parto se hizo más intenso. Allí, solos y aturdidos, estos seres humanos se prepararon para recibir en sus brazos a Quien ni siquiera los cielos pueden contener. Gritos. Llantos. Dolor. Angustia. Sangre. La siempre punzante pregunta de si las cosas saldrían bien se hacía más vívida en un lugar como este. Algunos ángeles notaron que Dios permanecía en silencio en su Trono, clavando su mirada en esa esquina de la Tierra. Más que ansioso se veía alegre.

María estaba extenuada. José la animaba a que hiciera su último esfuerzo. Así, en medio de la fría noche israelita, María dio un grito que traspasó la historia e hizo temblar a los cielos y a la tierra. Porque ese grito impulsó el último esfuerzo de una madre primeriza, logrando sacar de sus entrañas al Ser que había albergado con devoción durante los últimos meses.

Los ángeles dirigieron su mirada al Trono. Dios se ponía en pie lenta y pesadamente, como aguardando a dar una buena noticia. Y mientras el niño lloraba con fuerzas en el pesebre, estas palabras se asomaron de los labios del Eterno: “El Reino de los cielos ha nacido en la Tierra”. Entonces, con una sonrisa, envió a sus mensajeros celestes a dar la noticia a unos pastores.

Los ángeles sabían que esa noche cambiaría el rumbo de la historia como la conocían. El plan de restaurar a toda la Creación había llegado a su recta final. Descubrieron, entonces, la tremenda ironía que suponía este plan de Dios: el plan que rescataría a la humanidad de las pesadas cadenas del pecado había iniciado en medio del rechazo desalmado de los mismos hombres que ese niño venía a salvar. Sin embargo, notaron que entre la indiferencia férrea de los humanos se asomaba la luz de esperanza que irradiaba el rostro del niño-Dios: la Salvación había llegado.

Por eso, con incesante alegría y esperanza los ángeles elevaron el cantó que aún resuena en el Universo entero:

“Gloria a Dios en las alturas; paz en La Tierra a los hombres”.


©MiguelPulido

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Cordero Salvaje


Los capítulos 4 y 5 de Apocalipsis nos presentan una visión cósmica magnífica. Hay toda una serie de simbolismos e imágenes que capturan nuestra atención. No es mi propósito detenerme en todos los detalles que allí se presentan. Quisiera enfocarme en un poderoso detalle que está en los versículos 5-8 del capítulo 5:

Uno de los ancianos me dijo: «¡Deja de llorar, que ya el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha vencido! Él sí puede abrir el rollo y sus siete sellos.» Entonces vi, en medio de los cuatro seres vivientes y del trono y los ancianos, a un Cordero que estaba de pie y parecía haber sido sacrificado (…) Se acercó y recibió el rollo de la mano derecha del que estaba sentado en el trono. Cuando lo tomó, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero.

Juan estaba llorando porque no existía ningún ser creado que pudiera abrir el rollo que estaba escrito. Nadie era digno del honor que suponía quitar los sellos que recubrían el rollo. Sin embargo, uno de los ancianos le dice que sí hay un ser que tiene ese privilegio: El León de la tribu de Judá. Pero ahí ocurre un cambio llamativo. Porque el ser que aparece es un Cordero que parecía haber sido sacrificado.

¿Por qué el León se presenta como Cordero?

Si lees con detenimiento el resto del pasaje, descubrirás que el Cordero es Jesús, el Mesías. Así, el contraste de las imágenes se va haciendo más nítido.

Dentro de las esperanzas que se tenían en la antigüedad estaba el hecho de que el Mesías fuera un líder político y militar de magnas proporciones. El título del “León de Judá” así lo demostraba. Irradiaría poder por los poros. Hasta el César se arrodillaría ante semejante imagen. Por eso es que la venida de Jesús fue tan desconcertante para muchos. ¿Cómo es que el Mesías termina muriendo como un criminal, en un espectáculo que desnudaba su debilidad?

Ahora, Apocalipsis está escrito para iglesias que creen que Jesús es el Mesías, que se levantó de la muerte y que está junto al trono de Dios. Sin embargo, ese Mesías no se presenta sólo como León, sino como Cordero. Es temible y humilde; poderoso y tierno; glorioso y sacrificado. Su dignidad proviene de su indigna muerte. El autor es muy intencional en recalcarnos que ambas realidades coexisten.

Jesús es un Cordero Salvaje.

Su poder no es un poder autoritativo, coercitivo y denigrante. Él es diferente al César. Su mandato está en un orden que va en un camino distinto al de tomar el poder por las armas. Es otro tipo de Rey. Pero es Rey. Su humildad no le resta autoridad. No es un Cordero domesticable que se puede poner el regazo y consentirlo. Es un Cordero que también es León. No es un cordero que produce lástima; es el Cordero ante el cual las rodillas se postran y adoran. Es un Cordero digno, no un juguete de felpa.


La imagen del Cordero Salvaje tiene mucho para decirnos hoy.


He notado que muchas veces cuando hablamos de la perspectiva de los judíos sobre el Mesías, pequeñas dosis de orgullo fluyen por nuestro torrente sanguíneo. “No nos pasaría lo mismo” pensamos. Sabemos que Jesús vino como Siervo, no como el gran líder político que ellos esperaban. Ellos se equivocaron, nosotros no.

Recordemos que Apocalipsis está escrito para una iglesia que sabe que Jesús vino como Siervo y que fue vindicado por medio de la resurrección. Ellos también tenían la ventaja histórica de mirar hacia atrás y decir “ellos se equivocaron”. Sin embargo, esta visión de Jesús como Cordero y León nos vuelve a poner el asunto en perspectiva. Porque siempre existe la tentación de creer que el poder de Jesús es igual a los demás poderes de este mundo. Nos encanta el León; preferimos dejar de lado el Cordero. Vivimos pensando en poder, poder y poder; nos choca el sacrificio, sacrificio y sacrificio.

Podemos repetir la historia.

La muerte de Jesús no es sólo la parte sucia de la historia; no es el punto negro en la hoja blanca; es el eje de la dignidad del Cordero y el León. El Jesús que vemos en Apocalipsis sigue siendo tan humilde como el que presenciamos en el Calvario. Su poder es diferente al que nos imaginamos. Él no impone su autoridad; la inspira.

Por eso es tan peligroso cuando los que seguimos a ese Cordero creemos que nuestro poder proviene de una mejor posición política, de una más amplía solvencia económica o cuando nos convertimos en jueces morales del Universo. El poder más elocuente es el de la humildad, el del servicio. Querer el León y rechazar el Cordero es, en últimas, rechazar la totalidad de la obra de Cristo y, por extensión, rechazarlo a él.

No estamos diseñados para imponer, sino para adorar.

Nuestra mejor posición es de rodillas.


©MiguelPulido

jueves, 10 de noviembre de 2011

Reflexiones Sobre La Invisibilidad


Estoy planeando hacer una serie de enseñanzas sobre preguntas que tenemos acerca de Dios. Para eso, por supuesto, decidí escuchar lo que la gente tenía por decir. Se me ocurrió la grandiosa idea de poner en mi Facebook algo así: “¿qué le preguntarías a Dios”. No pensé que la cantidad de cuestionamientos fuera tan abrumadora. Decenas y decenas de preguntas llenaron los comentarios de mi estado. No había preguntas demasiado tontas ni ingenuas; todas reflejaban dudas profundas acerca de la fe.

¡Me pareció fantástico!

Porque creo que el cristianismo no es un suicido intelectual. Creer es también pensar. Como seguidores de Jesús estamos llamados a utilizar nuestro cerebro en tratar de enfrentar las preguntas complejas. Es peligroso pensar que la fe es contraria a la razón. Claro, en algún punto la fe sobrepasará la razón, pero no la ignorará. Son dos asuntos completamente distintos.

Además, he notado que muchas veces las personas (especialmente los jóvenes) no se sienten interesadas por lo que se enseña en el contexto de una iglesia. Las reflexiones son casi predecibles. No son malas; sencillamente, a veces no son relevantes. Y eso sucede porque damos respuestas a preguntas que la gente no se formula en su cotidianidad. Son respuestas, pero que no apuntan a preguntas que laten en el corazón de la persona promedio. Escuchar lo que la gente tiene que preguntar, por lo tanto, no es opcional; es fundamental.

Una de las preguntas que más me ha puesto a pensar en los últimos día fue la de un amigo: ¿por qué Dios es invisible? De entrada les digo que es casi seguro que no encontrarán aquí una respuesta contundente e irrefutable. Más bien, lo que propongo son una serie de reflexiones al respecto.

Lo primero que tenemos que preguntarnos es ¿qué significa “invisible”?

Según la Real Academia de La Lengua Española, invisible es algo que no puede ser visto[1].

Bueno, esa definición cierra bastante el espectro de acercamiento. Porque lo que podemos ver, en el fondo, es algo bastante limitado.

A menos que hayas tenido la oportunidad de viajar al espacio (aunque admito que sería un honor tener a un astronauta como lector), la Tierra es invisible para ti. Tú puedes ver una parte mínima de la Tierra. Porque estamos dentro de la Tierra. Y es imposible ver la totalidad de algo que nos contiene. Es decir, es algo que podemos y no podemos ver. No es invisible, en un sentido, pero no podemos verla como un todo.

Sabemos cómo es la tierra por las fotografías satelitales. Eso significa que estamos confiando en el testimonio de otros para saber cómo es la Tierra. Creemos en lo que otros han visto y nos muestran. Ahora, lo interesante es que muy pocos están dispuestos a cuestionar esas fotografías de la Tierra, aunque nunca la han visto (en un sentido). Seguramente tildaríamos de loco al que se acerque a la NASA a decirles que no cree que la Tierra sea azul y verde porque no lo ha comprobado con sus propios ojos.

Lo que es más grande que nosotros lo vemos y no lo vemos.

Estrictamente hablando, la Tierra es invisible. Vemos una parte de la Tierra.

Pero también lo más pequeño es invisible. Tú y yo sabemos que los átomos son los elementos constitutivos de la materia; a su vez, los átomos están compuestos por electrones, protones y neutrones; a su vez, los electrones, protones y neutrones contienen paquetes de energías que denominamos “quark”; y así infinitamente. Si eres muy afortunado, seguramente has visto una célula o un átomo; pero sólo lo has podido hacer con la ayuda de potentes microscopios. Si contaras únicamente con tus ojos, no lo podrías hacer, no los podrías ver. Serían invisibles. Verías los resultados de la unión de millones y millones de átomos (por ejemplo, en un ser humano), pero no verías los átomos.

Ahora, lo interesante es que muy pocos están dispuestos a cuestionar la existencia de los átomos, aunque muy pocos lo hemos visto y necesitamos la ayuda de ciertos elementos para verlos. Seguramente tildaríamos de loco al que diga que no cree en los átomos porque no puede verlos.

Que no los veas no quiere decir que no existen.

Sumémosle a nuestra limitación visual el hecho de que estamos circunscritos al tiempo y al espacio. Tú y yo no podemos estar en dos lugares a la vez. Tampoco podemos ir atrás y adelante en la historia. Seguramente tú no negarás la existencia de Mao, Alejandro Magno o Nerón, aunque nunca los viste. Ellos se encontraban en un espacio y tiempo diferentes al nuestro; por lo tanto, son invisibles para nosotros.

Ahora, lo interesante es que muy pocos estarían dispuestos a cuestionar la existencia de esos personajes, aunque ninguno de los presentes en este tiempo y espacio los vio. Que no los podamos ver no significa que no existieron.

En conclusión: la invisibilidad de alguien o algo no implica que no existe; significa que, por alguna razón, escapa a nuestra capacidad de verlo. Se encuentra fuera de nuestro radio de visibilidad.

Lo que existe va más allá de lo que observamos.

Esto nos lleva a una cuestión fundamental: ¿por qué confiamos más en lo que podemos ver, aún cuando nuestra capacidad es bastante limitada?

¿Por qué creemos en lo que vemos, siendo que la existencia es de hecho mucho más amplia en lo que no vemos?

¿Por quEn el primer siglo hubo un hombre que dijo ser Dios. or sentado que la Tierra es de cierta forma, que los y espacio los vio. a é cuestionamos la existencia de Dios por su invisibilidad, pero damos por sentado que la Tierra es de cierta forma, que los átomos son reales y que Nerón existió?

¿En qué cambiarían las cosas si Dios se hiciera visible?

En el primer siglo hubo un hombre que dijo ser Dios. Sus declaraciones fueron contundentes, su ejemplo arrollador y su vida intachable. Él dijo que venía a mostrar que Dios amaba a la humanidad y que quería reconciliarse con ella. Ese hombre murió asegurando que su muerte restablecería la relación quebrada que había entre el Creador y la Creación.

Dios se hizo visible en Jesús.

Y lo matamos.


viernes, 28 de octubre de 2011

El Hombre De La Cartelera


Estábamos con mi esposa y mi cuñado en Medellín. Él había ido a visitarnos para las fiestas de fin de año. Aprovechando la época, una noche salimos a ver la decoración navideña de la ciudad. Decidimos dar el paseo a pie, ya que podríamos disfrutar con mayor detenimiento del bello recorrido. Lo que no tuvimos en cuenta es la cantidad de personas que pensaron exactamente lo mismo. Miles y miles de seres humanos caminábamos como hormigas, guiados por un movimiento inconsciente y constante. El movimiento era tan incesante que en algún punto descubrí que no estábamos mirando nada; sólo estábamos siguiendo el recorrido que la multitud había demarcado.

Me cansé.

Así que le propuse a mi esposa y mi cuñado que nos hiciéramos a un lado por un momento y tomáramos algo. Salimos del río humano y nos detuvimos. Mientras nos entregaban nuestras anheladas bebidas, se me ocurrió mirar alrededor. Me sorprendió la cantidad de personas que había allí: niños, niñas, padres, madres, jóvenes, jovencitas, abuelitos, abuelitas. ¡Parecía que todo Medellín estuviera allí!

En mi recorrido visual, noté que había un hombre que estaba estático en una esquina. Parecía como si la gente lo esquivara. En un par de metros a la redonda no había huellas diferentes a las de él.

Pero todo el mundo lo miraba.

De hecho, miraba lo que él hombre tenía en sus manos.

Algunos leían con detenimiento y parecían reflexionar. Otros terminaban de leer el cartel y mostraban un rostro de escepticismo. Otras personas dejaban escapar una sonrisa de burla y murmuraban con sus acompañantes.

Ese hombre tenía en sus manos una cartelera que decía lo siguiente: “Cristo viene pronto. Dejen de pecar”; y debajo de ese aviso había toda una serie de versículos bíblicos (que, para ser sincero, no los recuerdo).

Ese mensaje levanta varias preguntas: ¿es efectivo ese método de evangelismo?

¿La persona del común saben quién es Cristo? ¿Saben que él viene? ¿Saben cuándo se fue?

¿Su venida es buena o mala?

¿Dejarán de pecar por leer esa cartelera? ¿Alguien puede dejar de pecar?

¿Qué tiene que ver la venida de Cristo con dejar de pecar? ¿La acelera? ¿La hace posible?

¿Y qué de aquellos que no pueden dejar de pecar?

¿Quiénes leerían los versículos que estaban debajo de ese anuncio? ¿Quiénes sabían que se trataban de versículos de la Biblia?

¿Quiénes leen su Biblia? ¿Quiénes tienen una Biblia?

¿Alguno de los seres humanos que vieron esa cartelera sabe dónde queda su Romanos o Levítico? ¿Sabe que esos son nombres de libros de la Biblia?

Pero la pregunta en el fondo es: ¿esa cartelera generó algún cambio?

Mi molestia principal con esa cartelera (no con el hombre) era la asociación que hacía entre la venida de Cristo y el dejar de pecar. Porque mostraba que, de alguna manera, el dejar de pecar solucionaría los problemas que implicaría para nosotros la venida de Cristo. Pero ¿puede alguien dejar de pecar? Aún más, si dejásemos de pecar (si es que se pudiera), ¿por qué nos debería importar Cristo?

Muchas personas definirían la santidad como portarse bien, ser una buena persona, seguir las reglas de la moral o dejar de pecar. Sin embargo, según la Biblia, la santidad es sinónimo de perfección. Échale un vistazo al Sermón del Monte. El santo no es el que no adultera, sino el que no mira a ninguna mujer con deseos impuros. El santo no es el que no mata, sino el que no le dice “estúpido” a otra persona. Al leer la Biblia con detenimiento, nos hacemos una pregunta: ¿quién es capaz de cumplir con todo eso? ¿Existe alguien que no ha mirado a otra persona del sexo opuesto con deseos impuros? ¿Hay algún ser humano que no haya ofendido a otro?

En el núcleo central de la fe cristiana descansa una verdad tan simple y tan compleja a la vez: nadie es capaz. No existe ninguna persona que pueda ir delante de Dios y decirle: “aquí está mi historial. Revisa con detenimiento; no encontrarás ningún pecado”. ¡Nadie puede hacer eso! Claro, tal vez tú no hayas sido la mente maestra detrás de un genocidio, pero sí se te ha salido un “estúpido” en algún punto de tu historia.

Nadie tiene la hoja de su vida en blanco.

Todos somos culpables.

Por eso el mensaje del hombre de la cartelera era tan peligroso. Porque aparte de ser irrealista (porque nadie puede dejar de pecar sólo porque leyó un letrero), pierde la esencia del mensaje de Cristo. Si pudiéramos hacer todo lo que agrada a Dios todo el tiempo, entonces no necesitaríamos de un salvador. ¿Quién necesita un rescate si no se está ahogando? Si pudiéramos dejar de pecar, Cristo sería un agregado sin sentido, no el centro de la historia.

No es coincidencia que las personas que más se niegan a aceptar a Jesús son los que se creen lo suficientemente buenos. Cristo les sobra. Pero tampoco es coincidencia que las personas más apasionadas por Cristo son aquellas que han reconocido que son incapaces de dar la talla. Pregúntaselo a Pedro, a Mateo, a la mujer encontrada en el adulterio, a María Magdalena, a Pablo, a Martín Lutero, y a tantos otros en la historia de la humanidad que descubrieron que necesitaban a alguien que los rescatara.

El primer paso de la fe cristiana no es dejar de pecar; es reconocer que necesito un Salvador.

Pero no todos están dispuestos a dar ese paso.

Muchos prefieren creer el mensaje de la cartelera.

©MiguelPulido