viernes, 26 de noviembre de 2010

Acostumbrarse a Dios


“En cambio, respecto a Israel, dice: Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo desobediente y rebelde”

(Romanos 10:21)


La historia de Israel es una historia fascinante. Si algún día se te ocurre echarle una mirada al AT, te darás cuenta de lo que estoy hablando. Es una historia con desafíos, luchas, dolores, victorias, tristezas, alegrías, frustraciones…bueno, es una historia como toda historia humana: compleja. Hay cosas que uno sencillamente no puede entender. Y no se trata de falta de estudio o de estupidez, sino que es parte de la naturaleza misma de nosotros los seres humanos: hay cosas que se nos escapan. Incluso si pensamos en nuestra propia historia nos vamos a dar cuenta que tenemos lagunas, dudas, preguntas sin respuesta.

¿Por qué lo o la conocí? ¿Qué hubiera pasado si no hubiera tomado esa decisión?

¿Por qué no escuché aquellos consejos?

¿Por qué me tuvo que pasar eso para darme cuenta de mi error? ¿Tenían que llegar las cosas a ese extremo?

Y puedes completar la lista como quieras.

El punto al que voy es que cuando miramos la historia del pueblo de Dios una de las preguntas que surge es: ¿Por qué desaprovecharon la oportunidad? Me refiero a la oportunidad que significa ser el pueblo de Dios y disfrutar de Su presencia de una manera única y especial. En otras palabras, uno ve a un Israel que experimentó a Dios, disfrutó de su presencia, conoció su perdón, degustó su misericordia…y aún así desaprovechó su oportunidad.

Israel le dio la espalda a Dios.

Una de las historias más impactantes del AT está en Éxodo 24. Allí se nos cuenta que Dios le puso a Moisés una cita en el monte Sinaí. Dios había hecho un pacto con Israel y quería ratificarlo poniendo por escrito lo que habían acordado. Éxodo 24 cuenta la historia del compromiso que Dios hizo con Israel. Éxodo 24 nos atestigua de un momento de la historia en el que el cielo y la tierra se encontraron en un lugar. Y esto, por supuesto, tiene ciertas implicaciones. No es algo que pasa todo el tiempo. No es común y corriente.

Porque el pecado impide que los seres humanos nos relacionemos normalmente con nuestro Creador.

El pecado y La Santidad no conjugan.

Sin embargo, La Santidad de Dios no le impidió acercarse a los pecadores[1].

Así que ese encuentro tiene ingredientes majestuosos y, a la vez, terroríficos. Hubo temblores, gente asustada, una gran nube cubriendo el monte, truenos sonando y, como si fuera poco, Moisés roció sangre sobre el pueblo, lo cual implica que hubo un sacrificio, una muerte. Por eso es un problema cuando nos acostumbramos a los términos: olvidamos sus implicaciones. Piensa en esto: para que el pueblo se pudiera acercar a Dios debía haber sangre de por medio. Alguien (o algo) tenía que dar su vida para que fuera posible una relación con Dios. La única manera como el Santo podía acercarse a los pecadores era con una muerte de por medio. La sangre de otro substituía la sangre propia. Es porque otro pagó que yo no tengo que pagar; es porque otro dio su vida que yo no tengo que dar mi vida; es porque la sangre de otro está siendo rociada que mi sangre no tiene que ser rociada; es porque otro murió que yo no tengo que morir.

Ese es el precio del pecado.

Impactante, ¿no es cierto?


Uno esperaría que un pueblo que ha tenido semejante experiencia nunca se aleje de Dios. ¿Cómo podría hacerlo? Después de ver a Dios en toda su majestad y poder, lo menos que uno puede hacer es rendirse. Una escena de semejantes proporciones debe marcar el corazón con una tinta indeleble. El arrepentimiento y el alejarse del pecado serían disciplinas constantes. Seguramente, uno no sería el mismo después de ese día.

Pero Pablo nos dice que Israel le dio la espalda a Dios.

¿Por qué?

Porque siempre es posible acostumbrarse a Dios.


Creo que todos alguna vez hemos tenido una experiencia que nos ha marcado profundamente. En algunos casos, son experiencias milagrosas, únicas, irrepetibles. En otros casos, son experiencias dolorosas, tristes, punzantes. El punto es que son experiencias que nos han marcado, ya sea positiva o negativamente. Todos alguna vez hemos dicho que nuestras vidas no serán iguales después de eso. Pero el tiempo pasa. Y, en ocasiones, la transformación se va borrando con el pasar del tiempo. La cotidianidad empolva la tinta del corazón. Y sólo hasta que volvemos a tener una experiencia que nos marca, entonces recordamos que nuestras vidas no serán iguales después de eso. Pero el tiempo pasa. Y, en ocasiones, la transformación…

¿Entiendes lo que quiero decir?

A veces la vida se nos convierte en un cúmulo de experiencias memorables. Punto.

Nos terminamos acostumbrando a aquello que una vez nos marcó.


Y eso también puede pasar con Dios.


La gran tentación que nos trae la cotidianidad y la posibilidad de relacionarnos con Dios abiertamente es que nos acostumbremos a él. Porque sí es posible dar a Dios por sentado. Nuestra relación con el Creador de todo cuanto existe se convierte en una fórmula matemática: si hago esto, entonces saldrá aquello. Y lo único que esperamos es volver a tener una experiencia en las faldas del monte para volver a empezar. Esperamos que sólo ese tipo de experiencias marquen nuestra vida. Consideramos que no podemos ser los mismos sólo si experimentamos algo trascendente. Pero ¿por qué no hacer de la cotidianidad algo trascendente? ¿Acaso no es trascendente poder relacionarte con tu Creador sin necesidad de morir?

Recuerda que Alguien hizo posible eso con su sangre: Jesús.


Así que no te acostumbres a lo no-acostumbrable. No dejes que la cotidianidad te robe la oportunidad de disfrutar del honor de encontrarte con Dios. No sucumbas ante la tentación de dar por sentado a Dios.


Por favor, no corras el riesgo de acostumbrarte de Dios.



[1] ¿Será que tenemos algo que aprender de allí?

viernes, 19 de noviembre de 2010

Cantar Con Las Manos


El Apocalipsis es un libro complejo. No es fácil interpretarlo o entenderlo. La cantidad de conexiones que establece con el Antiguo Testamento y el apabullante lenguaje simbólico que utiliza son solo dos ejemplos de su complejidad. Y, como si fuera poco, al enfrentarnos a él tenemos que limpiar mucho del polvo de las malas interpretaciones que se han hecho de este libro por años. Si no me crees, hagamos la prueba con la siguiente pregunta:

¿Crees que el Apocalipsis habla exclusivamente de eventos futuros?


Si tu respuesta fue afirmativa, me acabas de dar la razón. Porque esa forma de entenderlo supone que Juan (el autor del Apocalipsis) no tenía nada para decir a su contexto, sino que pensó que su libro tendría relevancia para cristianos posteriores. ¿Será que Juan pensó: “esto que voy a escribir le va a servir bastante a unas personas que van a existir en unos dos mil años”? Eso es lo que suponen las personas que creen que Apocalipsis habla exclusivamente de eventos futuros.

Apocalipsis es mucho más complejo que eso.

No es libro que podemos domesticar con simplezas.


Sin embargo, una de las cosas más evidentes de Apocalipsis es la visión de Cristo exaltado. Las descripciones que Juan hace son gloriosas, inspiradoras y esperanzadoras. Mantiene una perspectiva de tensión, propia vida cristiana: vivimos entre la inauguración del Reino de Dios y la consumación total del mismo. Estamos entre un ya, pero todavía no[1]. En este momento degustamos una “probadita”; todavía no somos testigos de la manifestación final de la restauración de la Creación.

Dentro de sus descripciones, Juan incluye una que siempre me ha llamado poderosamente la atención. El texto bíblico dice así:

Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación.

(Ap. 5:9)

Y justo después:

Y a toda cosa creada que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos.

(Ap. 5:13)

¡Qué imágenes tan sobrecogedoras!

¿No te parece?

¡Todo el mundo, toda la creación, todo ser viviente, todo humano, todo lo que existe adorará a una a su Creador!

El plan original de Dios va a ser restaurado. Lo que se echó a perder con el pecado por fin será restaurado. Eso es esperanzador. Porque implica que Dios no ha renunciado a su plan original. La Creación será restaurada, no aniquilada. Este lugar al que llamamos hogar es valioso; la Creación sigue siendo buena en gran manera. El pecado no pudo opacar la bondad divina. El triunfo final será del Creador.

La Biblia termina como comenzó.

La creación estará en perfecta relación con su Creador.

Me encanta imaginarme ese momento. Me imagino a todo ser viviente adorando a Dios. Las indomables bestias del África doblegarán su poder ante el Buen Creador. Los frondosos árboles de la Amazonía se inclinarán (si se me permite la expresión) ante Dios. Los imponentes montes Pirineos quedarán opacados ante la gloria del Cordero. Y allí, justo allí, estaremos todos los seres humanos—provenientes de cada rincón del planeta—adorando al Señor, cada quien en su propia lengua. ¡¿Te imaginas cómo será eso?! Judíos y árabes, colombianos y filipinos, sudafricanos y canadienses, ingleses y japoneses: todos adoraremos a Dios en nuestro propio idioma.

Será un concierto de lenguas.


El fin de semana pasado tuve el privilegio de estar predicando en un retiro de jóvenes. Fue una experiencia maravillosa. Por una extraña razón que desconozco, cuando voy a este tipo de eventos termino recibiendo más de lo que puedo dar; aunque se supone que son ellos quienes van a recibir. Es la eterna paradoja de los que tenemos el privilegio de enseñar de vez en cuando: aprendemos más de lo que enseñamos. Y esta ocasión no fue la excepción.

Resulta que en el retiro había un jovencito sordomudo que se llamaba Juan. Mi primer contacto con él fue básicamente informal. Me lo encontré a la entrada de la mi habitación y lo saludé, pero, obviamente, él no me dijo nada; sólo me señaló la puerta del cuarto, luego me señaló a mí y luego se fue. Un primer contacto bastante raro, la verdad. Y como para esas alturas yo no tenía ni idea que él era sordomudo, entonces quedé más extrañado aún. Así que fui a donde la persona a cargo del retiro y le conté lo que me había pasado. Fue entonces cuando ella me dijo que Juan era sordomudo. Y seguramente debió ver mi cara de preocupación, ya que inmediatamente agregó: “pero puedes estar tranquilo, porque aquí tenemos una intérprete”.

Era la primera vez que tenía una experiencia de este tipo.

Cuando tuvimos el primer momento de alabanza me dediqué a mirar a Juan y a su intérprete. Noté que él llevaba el “bum, bum” del ritmo con su pie y, al mismo tiempo, hacía las señas que indicaba la intérprete con sus manos. Era muy coordinado. Movía sus manos con una destreza sorprendente.

Juan cantaba con sus manos.

Lo acepto: algunas lágrimas se escaparon de mis ojos.


Porque Juan me hizo ver una nueva dimensión de la esperanza que transmite el texto en Apocalipsis. Yo había pensado que la adoración de la gente de “toda lengua” no incluía a aquellos cuya lengua son las señas. No había pensado que también se podía oír la alabanza en el silencio.


Juan me enseñó que era posible.


Y me hizo pensar en que algún día estaré junto a él adorando a nuestro buen Dios…obviamente, cada uno lo hará en su propio lenguaje.


Yo hablaré y cantaré con la voz; él lo hará con las manos.



[1] Es lo que los teólogos han denominado la “tensión escatológica”. Si quieren aprender más en detalle sobre el tema recomiendo la lectura de los libros del Doctor N.T. Wright. Bueno, de hecho considero la lectura de cualquier cosa que encuentren de él. No se pierdan el privilegio de disfrutar de una profundidad como la que él emana en sus escritos.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Medios De... ¿Comunicación?


Hace poco le dije a mi esposa que me gustaría tener un Black Berry. Ella se rió. Sin embargo, yo no entendí cuál era el chiste. ¿Qué tenía de chistoso querer tener un Black Berry? Entonces, le pregunté sobre cuál era el motivo de su risa:

—Porque nunca te desconectarías de ese aparato—me dijo—. Después de todo, te mueres por revisar tu correo electrónico constantemente y por estar conectado a Facebook.

En principio, semejante declaración me molestó. Pero luego salió a flote mi espíritu competitivo. Le quería demostrar que no era de esos esquizofrénicos que viven y mueren por actualizar su estado en cualquiera de las redes sociales a las que pertenece. No soy de los que necesitan conectarse a Facebook como si fuera una suerte de respirador artificial para un moribundo. Así que le propuse a mi esposa que no entráramos a Facebook por 3 días.

Ella, por supuesto, aceptó.

El primer día fue fácil. El segundo… no tanto. Ya en el tercer día me di cuenta que estar conectado a esa red social se me había convertido en una necesidad. Descubrí que algo tan trivial se había vuelto parte de mi cotidianidad. Noté que las preguntas respectivas empezaron a tomar un tono bastante existencial:

“¿Qué habrá pasado con Fulanito?”

“¿Qué será de la vida de Menganito?”

“¿Será que alguien me escribió un inbox que puede determinar mi vida de aquí en adelante?”

Mi esposa tenía razón…

Estaba caminando la delgada línea entre la necesidad genuina y la adicción compulsiva.

Ahora bien, eso no quiere decir que piense que las redes sociales son demoníacas, que Facebook es del diablo, que Twitter es el anticristo y que el Black Berry es la marca de la bestia. Son servicios amorales[1]; es decir, no son malos en sí mismos. No son ni buenos ni malos. Lo que los hace buenos o malos es el uso que les demos. Porque la moralidad es un asunto que recae en el campo de responsabilidad como ser humano. Yo puedo usar el Internet compulsiva o adecuadamente. Decidir entre una u otra opción es un asunto mío, no del Internet. El problema no está en el Internet; el problema está en mí. Y esta es una tensión cierta, real, común. Es una lucha—muchas veces inconsciente—con la que nos enfrentamos con más frecuencia de la que creemos.

Caminamos constantemente la delgada línea entre la necesidad genuina y la adicción compulsiva.

El problema es que nuestra naturaleza como seres humanos es tendiente a las adicciones.


Pablo entendió esta tensión en la que vivimos. Por eso, también habló de un asunto amoral: el vino. Porque si tomar vino fuera malo en sí mismo, entonces Pablo hubiera dicho que nos alejáramos de ello. Punto. Pero él le recomendó a Timoteo que tomara[2] un poco de vino por causa de sus problemas estomacales (1 Tim 5:23) y en la misma carta le dijo que los que servían en la iglesia no debían ser dados al mucho vino (1 Tim 3:8).

Una cosa es tomar un aperitivo; otra muy distinta es emborracharse a punta de aperitivos.

Sin embargo, es una línea muy delgada.

Y siempre es posible cruzarla.


Pablo comprendía que el ser humano es propenso a extralimitarse con los asuntos amorales.


Lo interesante es que no dio una metodología por cumplir; tampoco escribió “los siete pasos para el triunfo sobre las adicciones”. Pero no dejó a Timoteo a su suerte. Por el contrario, le dio un parámetro para aprender a caminar sobre las delgadas líneas de la posibilidad de extralimitarse. Pablo le dijo a su discípulo: “Sé ejemplo en las distintas dimensiones de la vida” (paráfrasis propia de 1 Tim 4:12). En otras palabras, “vive una vida digna de ser imitada en todo”.

Timoteo tenía que escoger: podía tomar un buen aperitivo o convertirse en un borrachín.

Debía ejercitarse en el arte de tomar decisiones sabias.

Porque es posible (con la ayuda de Dios) aprender a existir en medio de las tensiones cotidianas.


Confieso que me di cuenta que los medios de comunicación actuales pueden convertirse en medios de aislamiento. En ocasiones podía estar junto a mi esposa mientras estaba conectado a Internet, pero optaba con mucha frecuencia por chatear con alguien más por Facebook que conversar con ella cara a cara. Y digo que me estaba aislando porque—aceptémoslo—estar conectado a una red social puede ser uno de los ejercicios más solitarios e impersonales que hay. Me estaba aislando por hacer un uso irresponsable de un medio de comunicación.

Me había extralimitado.

Había hecho lo malo con un asunto moral.


El medio de comunicación me estaba aislando.

Paradójico, ¿no?


Y esto levanta toda una serie de preguntas:

¿Cuántas de nuestras relaciones por Facebook son exactamente las mismas cuando nos vemos frente a frente?

¿Has visto que hay gente que lo cuenta todo por chat, pero ni siquiera te saluda cuanto te ve?

¿No es cierto que es más fácil contar nuestras intimidades cuando de por medio hay un computador que cuando sólo tenemos ante nosotros los ojos de otra persona?

¿Has tratado de entablar una conversación cara a cara con una persona que está conectada a internet con su Black Berry? Es difícil, ¿no es cierto?

¿No es esa una especie de soledad velada?


¿Será que estos medios a veces nos aíslan de nuestro entorno?


¿Es posible desconectarse de los medios de comunicación—al menos por un momento—para poder disfrutar por un instante de la inmensurable riqueza de relacionarse con alguien que puedo ver directamente a la cara?


Esta es la esperanza: se pueden tomar decisiones sabias en medio de las tensiones cotidianas.


Siempre se puede hacer de lo amoral algo malo…o bueno.



[1] Con eso no quiero decir que todo lo que nos rodea es amoral. Evidentemente, hay cosas que sí pueden resquebrajar nuestra moralidad por su misma naturaleza. Pero hay cosas que pueden ser bien o mal utilizadas, y a eso es a lo que me refiero con “amoral”.

[2] Valga la pena recalcar que en el griego original lo dio como un orden. Esto es obvio en el hecho que el verbo principal de la oración (u`dropo,tei) está en imperativo.