jueves, 16 de septiembre de 2010

¡Qué Buena Musulmana!


En pasados días, la mayoría de nosotros conoció una historia que ocupó importantes espacios en los informes de prensa, los noticieros, los boletines de internet, entre otros. Es una historia que pasó de ser una pequeña bola de nieve a toda una avalancha. Los ojos del mundo se situaron en una persona. Sus decisiones, aunque fuera por un instante, hicieron tambalear los estamentos de seguridad de los Estados Unidos de América. ¡Hasta el presidente del imperio más poderoso que el mundo haya conocido hasta este momento[1] tuvo que intervenir en este asunto!

Me refiero, por supuesto, al pastor Terry Jones.

Tal vez ese nombre no signifique nada para ti. Pero si te recuerdo lo que propuso, seguramente sabrás de quién estoy hablando.

Jones es pastor de una iglesia pequeña en los Estados Unidos. La membrecía de dicha congregación no sobrepasa los 60 asistentes. Sin embargo, esto no ha limitado a Jones para que publique algunos libros, los cuales en su mayoría están relacionados con el mismo tema: El Islam. Evidentemente, no escribe para defenderlo, sino para atacarlo. De hecho, el título de su última publicación es “El Corán Es Del Diablo”.

Pero este es apenas el comienzo.

Este hombre propuso a su congregación instaurar el 11 de Septiembre del presente año como el día oficial de “La Quema Del Corán”. Y el proyecto fue aceptado. Hicieron un gran letrero de letras rojas que anunciaba el evento y, poco a poco, empezó a rodar la voz de lo que estaba ocurriendo (y por ocurrir) en este rincón de Norteamérica. Aquello que había comenzado como la iniciativa de un pastor de bigote tupido de un momento a otro se convirtió en un asunto de seguridad nacional…

¡¿Seguridad Nacional?!

¿Por qué?

Porque existen los extremistas.

Los extremistas son personas que están dispuestas a matar o morir por sus fijaciones religiosas. Algunos llaman a esto “convicciones”, pero eso no es correcto. Una convicción se fundamenta en la verdad. Así como Galileo puso en juego su reputación al asegurar que la Tierra no era el centro del Universo. Una fijación, por su parte, sigue el rumbo de las nociones preconcebidas, sin importar su validez o veracidad. Adicionalmente, una fijación, por lo general, tiende a ser destructiva. No le interesa hacer daño con tal de imponer su punto de vista. Puede manifestarse al estrellar un par de aviones contra unos edificios de oficinas o puede quemar el libro sagrado de otros en el patio de su templo.

Y allí se hace obvio el otro problema fundamental de los extremistas: generalizan.

No les importa a quién se lleven por delante o a quién lastimen en el camino, creen que todo lo que atacan es uniforme, homogéneo, blanco o negro. Un extremista pierde fácilmente de vista toda la gama de colores. No consideran que en la vida haya toda una serie de matices. Y eso, eventualmente, puede causar daño y ser peligroso. Porque no todas las personas que murieron en el ataque a las Torres Gemelas odiaban al islamismo y eran culpables de todas las atrocidades que ocurren en Oriente Medio; ni todos los musulmanes son terroristas que están dispuestos a asesinar indiscriminadamente.

No todos los cristianos somos como Jones.

No todos lo musulmanes son como Bin Laden.

Existen toda una serie de posibilidades entre los extremos.


Las generalizaciones son peligrosas.

En toda esta discusión sobre la insultante propuesta de este pastor de quemar el libro sagrado del Islam, hubo una pronunciación de la vocera del islamismo en la Casa Blanca. Delante de los medios de comunicación esta mujer arropada con su atuendo característico se puso de pie ante el mundo para leer un comunicado referente a este asunto. Para ser honesto, pensé que iba a ser enérgico, condenatorio, recio. Pensé que esa mujer iba a establecer un ultimátum y a poner en su lugar a ese pastor por semejante ofensa.

Pero me equivoqué.

Con un rostro apacible y una voz tierna, esta mujer pronunció las siguientes palabras:

“Aunque esta situación es ofensiva y dolorosa, reconocemos que este hombre no representa el pensamiento de todo el cristianismo. No todos los cristianos son como el pastor Jones”

Esa es la declaración de una mujer sabia, que entiende que el mundo no se limita a blanco y a negro. Sabe que hay matices. No es una extremista. Y es capaz de responder a la maldad con bondad. O, si quieres verlo de otra manera, puede vencer con bien el mal. Colocó la otra mejilla. No siguió alimentando una espiral de odio, sino que puso las cosas en perspectiva. Ante los ojos del mundo (y digo esto con temor a ser malinterpretado) aquella mujer, tal vez sin saberlo, siguió con más sensatez las pisadas de Jesús que el pastor Jones. Aquella musulmana tuvo un comportamiento muy cristiano ese día.


¡Qué buena musulmana!


Este no es un debate sobre la veracidad del Islam o sobre el ecumenismo. Se trata de cómo los representantes de Jesús se están presentando ante el mundo. Tristemente, en la retina de muchas personas quedará la imagen de un cristianismo tóxico, que daña y que no le importa llevarse por delante a aquellos que piensan diferente. Esta es una de esas ocasiones en las que un seguidor de Jesús no hizo honor a su alto llamado y el testimonio del que tanto hablamos quedó por el piso. Como cristiano, eso me duele. Porque no es una cuestión de guardar la apariencia, sino de perpetuar en el nombre de Dios algo que él no apoya.


El pastor Jones finalmente decidió suspender la actividad de quemas del Corán. Sin embargo, sigue insistiendo en su posición contra el Islamismo. Les advierte que tienen en él a un enemigo acérrimo. Según dijo, no existe la más mínima posibilidad de que cambie su punto de vista.

Jones decidió seguir aumentado su rencor contra el Islam en el nombre de Dios.


Sin embargo, en el nombre de Dios se han hecho muchas estupideces y se han perpetuado muchas masacres.


Cualquiera puede hacer en el nombre de Dios algo que Dios no respalda.



[1] Me refiero a los Estados Unidos de América. Con lo que estoy diciendo describo los hechos, pero no implica que estoy de acuerdo con todos y cada uno de los movimientos de esta nación.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El Pagano Pueblo De Dios


Si algún día se te ocurre leer el libro de Jueces en tu Biblia, te encontrarás con uno de los libros más oscuros del Antiguo Testamento. Las historias que narran son macabras, terribles, algunas incluso son obscenas. Es uno de esos libros de los que un pueblo no se sentiría muy orgullo. Porque las historias que nos cuentan harían sonrojar hasta a Sodoma y Gomorra. La decadencia moral de Israel en esta época es obvia. Es evidente que el pueblo, y empezando por sus líderes, no se caracteriza por ser un ejemplo de santidad y el reflejo de Dios para las demás naciones. Israel no se convierte en un referente de rectitud. ¡Todo lo contrario! Su comunión con pueblos paganos lleva al pueblo a prácticas paganas y, eventualmente, a un modus vivendi pagano. En otras palabras, Israel se convierte en uno más de los pueblos cananeos. Su identidad pierde claridad y se fusiona pasmosamente con la de los demás pueblos. Y no sólo es un problema religioso o de metodología ritual. El problema es que Israel se olvida paulatinamente de su naturaleza como pueblo del pacto. Se convierte en una nación más del montón.

Israel hace lo que se supone que no debía hacer.


Israel se convirtió en una nación pagana.


El pueblo de Dios fue un pueblo pagano: El pagano pueblo de Dios.


Uno de los grandes puntos que tocan los estudiosos de las religiones comparativas del Medio Oriente Antiguo es la “novedad” que incluye la religión israelita de un Dios moral. Al leer los relatos de la creación del mundo o de las cortes de dioses notamos que la moralidad no es un tema de preocupación para las divinidades. El concepto de bien y mal está básicamente ausente. La vida del creyente promedio no era de la incumbencia de los dioses, siempre y cuando cumpliera con las demandas religiosas específicas según el caso. Había una clara división entre religión y cotidianidad.

Sin embargo, el Dios de Israel es diferente.

Cuando empezamos a escuchar la historia de los orígenes del mundo desde el concepto israelita nos podemos percatar de la revolución que están causando: ellos sostienen que su Dios es un ser moral. De hecho, el concepto de bien y mal es inherente nuestra realidad como seres humanos. El ser humano es un ser moral. Ello no depende de su oficio religioso, su posición política o el dios al que siga. El ser humano es moral por ser humano. La moralidad es parte del paquete cuando hablamos de una persona. Aparte de ser un concepto innovador, tiene implicaciones bastante complejas. Porque si decimos que todo ser humano es un ser moral, entonces la cotidianidad es parte de la relación con Dios. En otras palabras, no se trata de actos que sólo tienen que cumplir aquellos que están inmiscuidos de tiempo completo en los oficios religiosos; se trata de la gente del común, se trata de toda la nación. La correcta moralidad no es propiedad de unos pocos. Por eso es que se puede hablar de Israel como “nación de sacerdotes”. Porque la moralidad y el acto religioso van de la mano. Una cosa no se puede desligar de la otra.

Es en este contexto donde los mandatos de un libro como Levítico tienen sentido.

Si miramos el denominado “código de santidad” (Levítico 19) con detenimiento, nos daremos cuenta que el concepto de santidad no se limita exclusivamente al oficio religioso o es potestativo de unos pocos. Por el contrario, la santidad del pueblo se ve reflejada en la cotidianidad, en la simpleza, en el trato con otros, en el reflejar con la moralidad propia lo que es la moralidad divina. No es sólo un asunto de buen comportamiento. Se trata, más bien, de llenar la medida que implica tener un Dios moral.


Vez tras vez nos encontramos en el libro de Jueces el reclamo constante de la inmoralidad del pueblo. El problema de Israel no son las derrotas, aunque las hubo. El problema de Israel no es la presencia de un mal liderazgo, aunque la hubo. El problema de Israel no es la escasez de comida, aunque la hubo. ¡No! El problema de Israel es que empezó a vivir como si Dios no existiera. Y un tema tan sensible donde se reflejó, al menos en primera instancia, fue en la debacle moral de toda una nación. La pobre moralidad del pueblo es la señal más evidente de su lejanía del Dios de sus padres.

El problema de Israel no fue la muerte de Josué.

El problema de Israel fue olvidar.

Olvidaron la historia de quiénes eran. Se olvidaron de su esencia. Dejaron de contar la historia que les gritaba que eran el pueblo de Dios. Y ese fue su problema. Porque al olvidar su historia, se olvidaron de Dios. Y al olvidarse de Dios, se convirtieron en todo lo que se supone que no deberían ser.


Y eso levanta toda una serie de preguntas teológicas:

¿Por qué Dios insistió con un pueblo como este?

¿Por qué no renunció y sencillamente echó a una nación como esta por la borda?


¿Será posible que un libro tan oscuro nos grite con más fuerza una verdad que nunca debemos olvidar: Dios es fiel aunque nosotros seamos infieles?

¿Será que Dios no se cansa de insistir con Su pueblo nunca?


¿Qué lo motiva? ¿Por qué sigue estando presente? ¿Por qué sigue insistiendo con un pueblo tan incapaz?


¿Será que en la oscuridad es donde con más fuerza resplandece la gracia?


Porque siempre es un peligro olvidar esa parte de la historia…