jueves, 26 de agosto de 2010

La Victoria De Los Ineptos


Reflexiones en Josué 2[1]


El espionaje es una práctica tan antigua como la guerra misma. Ya sea camuflado o interceptando comunicaciones, el espía tiene una labor que no radica tanto en la fuerza bruta, sino en su sagacidad. La capacidad para realizar su trabajo en el secreto y con el mayor sigilo posible puede ser de vida o muerte. Por eso un espía es una pieza clave en el tablero de juego de la fuerza militar. Mucha responsabilidad recae sobre sus hombros.

Ahora, si la labor de un espía es de avanza (o sea, que va delante del pie de guerra) en el territorio enemigo, su papel toma ciertas características de urgencia: (1) no debe dejarse descubrir por el enemigo y (2) debe recolectar la mayor cantidad posible de información.


Pues bien, el texto bíblico nos cuenta que Josué envió un par de espías de avanza a Jericó. Eran hombres que iban a inspeccionar[2] el país para darle información fiable al pueblo respecto a la situación enemiga. Su trabajo era ver cómo estaba Jericó. Su acción, por lo tanto, es de suma importancia para los intereses israelitas. Porque al saber cómo está el enemigo, ellos tomarán las consideraciones necesarias para salir bien librados del enfrentamiento bélico.

La labor de este par de espías es vital para el pueblo de Dios.

Un gran peso cae sobre sus hombros.

Sin embargo, las expectativas se desmoronan muy pronto.

Únicamente pasan un par de versículos y los espías son descubiertos mientras se hospedaban en la casa de Rahab (una prostituta[3]). Los que se supone que iban como encubiertos resultaron descubiertos. Su trabajo: un completo fracaso. ¡Ni siquiera adquirieron una pizca de información! Estaban apenas acomodándose en la casa de su anfitriona y ya los habían desenmascarado.

En una escena evidentemente ridícula, el autor nos muestra la inutilidad de estos espías. No una escena ridícula por lo tonta, sino por lo ridículo de los personajes: seres incapaces de hacer bien de hacer su trabajo. Porque no sólo los descubrieron a ellos; también descubrieron su trabajo.

La elaborada estrategia se vino al piso de un momento a otro por la ineptitud de este par de hombres.

Sin embargo, la reacción del rey al enterarse de esta noticia es igualmente desconcertante: en vez de aniquilar a sus enemigos y darles una dosis de su propia medicina, decide mandarle un mensaje a Rahab.

¿Por qué no mandó que los mataran y acabaran de raíz con el problema?

Pero esta llamativa situación apenas está comenzando.

Los emisarios del rey le dan a Rahab el recado real. Y se chocan con la siguiente noticia: “llegaron tarde; ellos se escaparon”[4]. Evidentemente, Rahab trata de salvar aquí su propio pellejo[5]. Pero eso no es lo más desconcertante. Lo más desconcertante es que los emisarios reales ¡le creen! Ni siquiera se toman el trabajo de inspeccionar la casa o de indagar más sobre la afirmación de esta prostituta. Sencillamente, salen corriendo cual cohetes ante las indicaciones de esta mujer.

Aún así, esta historia de ridiculizaciones de fuerzas militares no para allí. El autor, sutilmente, nos coloca una nota más de ridiculización en el versículo 8. Tras despachar a los emisarios reales, Rahab sube a buscar a los espías israelitas donde los tenía escondidos: en el terrado de la casa. Y aquí el autor nos dice que llegó justo a tiempo: ¡antes de que se durmieran!

¿Quién puede dormir cuando están buscándolo para matarlo?

Es más, ¡¿Qué clase de espías se quedan dormidos a mitad de la jornada laboral?!

Por supuesto, unos no muy buenos.


Queda uno con la duda: ¿quién es el más tonto: los espías israelitas (que de espías no tienen nada) o los emisarios del rey de Jericó (que lo único que hacen es seguir indicaciones como borregos descerebrados)?


Es evidente que el autor nos quiere mostrar no sólo la incapacidad militar israelita, sino la falta de pericia del pueblo enemigo. La única persona sensata en toda esta historia es, precisamente, la menos esperada: Rahab, la prostituta. Y esta sensatez se exalta aún más cuando ella reconoce quién es Dios por lo que ha escuchado que él ha hecho con Israel. Sabe que la conquista de Jericó es inminente. Está asustada. Por eso le pide a este par de hombres que tengan compasión de su vida y la de los suyos.

Así, tras un intercambio de condiciones y promesas, los israelitas responden afirmativamente a la propuesta de esta mujer. Y vuelven a su tierra, no sin antes esperar unos días para no cruzarse con aquellos que los perseguían, quienes seguían buscándolos intensamente. Hicieron todo el esfuerzo, pero no los encontraron.

¡Claro!

¿Cómo los iban a encontrar en un lugar donde no estaban?

Finalmente, los hombres vuelven a su tierra para dar un informe a Josué sobre su labor (¿?). Le dicen a Josué: “El Señor nos entrega todo el país. Toda la gente tiembla ante nosotros” (2:24, Biblia del Peregrino). Esta declaración nos deja con cierto sinsabor. Por una parte, nos recalca el hecho que es Dios quien, evidentemente, entregará a Jericó en manos israelitas. La conquista se fundamenta en la gracia divina. Sin embargo, por otra parte, los espías suenan con las ínfulas de un par de tipos que confían mucho en su destreza y capacidad militar.

Pero todos sabemos que no es así.

Si Jericó está asustado es por lo que Dios ha hecho, no por el temible poderío israelita. La incapacidad militar del pueblo ha sido demostrada hasta la saciedad en este capítulo.

Israel es mucho menos que un principiante en tácticas de ataque.

Si todo esto llegase a feliz término es por pura misericordia divina.

Y eso fue lo que ocurrió.

La incapacidad militar del pueblo demostró aún con más fuerza esta verdad: La victoria la da Dios.


Porque, en ocasiones, la ineptitud humana exalta la fuerza divina.



[1] Este texto ya ha sido observado con detenimiento y maestría por el Doctor Milton Acosta (entre otros). Las reflexiones aquí expresadas se entrelazan claramente con lo que él ya ha plasmado en su excelente libro. ACOSTA, Milton. El Humos En El Antiguo Testamento. Lima: Ediciones Puma. 2009. Pp. 107-132.

[2] Aunque el verbo hebreo se puede traducir sencillamente como “observar”, el contexto obviamente nos da la idea que no es sólo ver el territorio, sino cotejar la información correspondiente de esa observación.

[3] Para un punto de vista bastante interesante sobre la importancia de Rahab en la historia de la salvación y en nuestro paradigma cristiano, véase. ZAPATA, Junior. Agorafobia. Miami: Editorial Vida. 2009. Pp. 87 ss.

[4] Paráfrasis propia.

[5] Por cuestiones de espacio y de énfasis de este escrito no toco el tema moral que implica la mentira de Rahab. No obstante, me adhiero a la perspectiva de Milton Acosta: “…una cosa es mentir para salvar el pellejo, como hace Rahab; y otra mentir para esconder pecador, como hace David en el caso de Betsabé. En la Biblia, el uno es celebrado y el otro condenado”. Ibíd. p. 108.

jueves, 12 de agosto de 2010

¿Somos O Seamos?


Es extraño: cuando escuchamos tanto algo, tendemos a omitir su valor. Tendemos a dejarlo pasar por nuestra mente sin ni siquiera cuestionarlo. Sabemos lo que va a pasar.

Damos las cosas por sentado.

Ahora, eso también ocurre con nuestro acercamiento a la Biblia. Sobretodo si las has leído con frecuencia, has estudiado acerca de ella o has escuchado varias enseñanzas respecto a ciertos temas. Es fácil seguir esa tendencia. Ello no implica que, en consecuencia, nos debamos sentir condenados. Sencillamente, somos propensos a seguir ese comportamiento: recibir sin cuestionar. Y muchas veces, ¡ni siquiera recibimos nada!

Cuando nos acostumbramos a algo, olvidamos su valor.

Pasa en casi cada aspecto de la vida.

Piensa en tus amigos, tu novio/a, esposo/a, tu casa, tu auto, tu cocina, tu nevera, lo que hay dentro de tu nevera, la ropa que llevas puesta, tu computador, el servicio de internet que te permite leer esto, y un larguísimo etcétera.

El problema no es acostumbrarnos. El problema es perder la riqueza de lo que está ante nuestros ojos.

Pues bien, hablando de un texto bíblico muy conocido, me di cuenta que me había acostumbrado a él—o mejor, yo lo había acostumbrado a mí. Lo había domesticado en mi mente. Ya sabía cómo se debía aplicar y cómo se suponía que debía vivirlo. Su significado me parecía tan obvio, tan evidente. Estaba pasando por alto un detalle, el cual es de suma importancia. Incluso, estaba enseñándolo sin tener en cuenta ese detalle.

Estoy hablando del pasaje donde Jesús les dice a sus discípulos que son la sal y la luz de la tierra[1].

¿Cuál era el detalle que estaba omitiendo?

¿Qué era lo que había perdido de vista?

Puede que parezca una trivialidad. Pero descubrí que estaba descartando un asunto fundamental.

Cuando leía este texto o cuando lo escuchaba, sabía que la aplicación iba en el sentido de cómo ser sal y luz. Buscaba la forma de inspirarme para ser sal y luz. De hecho, cuando lo predicaba invitaba a la gente a seguir el mismo camino. “¡Seamos sal y luz!”—decía con entusiasmo.

Sin embargo, estaba equivocado.

Era algo que daba por sentado.

Pero lo que dijo Jesús fue diferente a lo que yo creía.


Cuando Jesús trasmitió este mensaje dijo: “ustedes son la sal de la tierra…y son la luz del mundo”.

¡La afirmación de Jesús va en una dirección diferente a la que yo consideraba correcta!

¿Por qué?

Porque es diferente “ser” a “poder ser”. Lo primero es un hecho; lo segundo es una posibilidad. Lo primero es una realidad; lo segundo es una invitación. Y esa diferencia—por pequeña que parezca—cambia completamente las cosas. Porque el mensaje de Jesús adquiere un matiz distinto.

Ya no se trata tanto de inspiración, sino de reflexión.

Jesús quiere que su audiencia piense no en lo que pueden ser, hacer o llegar a ser, sino en lo que son.

No los invita a querer ser; los invita a pensar sobre sí mismos.


“Sal” y “luz”—para un israelita del primer siglo—eran un par de palabras que contenían una gran riqueza de significado. Eran dos términos conectados a su llamado, realidad y constitución como pueblo de Dios. La sal era tomada como un símbolo de preservación no sólo en el sentido físico, sino que se relacionaba directamente con la santidad de Dios que el pueblo debía reflejar[2]. A eso súmale esto: en esa época no existía una nevera. Entonces, ¿cómo conservaban los alimentos? Por supuesto, con sal.

Por otro lado, ser luz era una metáfora muy poderosa que se vinculaba directamente con la esencia del llamado del pueblo de Dios: La nación que debía iluminar a las demás naciones. ¡Es el fundamento de su identidad!

Ahora, junta esa carga de significado con la declaración de Jesús: “Yo soy la luz del mundo”.

¿Qué significa eso?

¿Qué quiere decir Jesús?

Está demostrando que él cumple a cabalidad la esencia del llamado que Dios hizo al Israel de antaño. Y no sólo eso, sino que dice que sus seguidores adquieren esa misma identidad. En ellos prevalece el llamado que resuena desde los inicios del pueblo de Dios: son la sal y la luz de la tierra. No que deban serlo, sino que lo son. Si sigues a Jesús, es tu realidad.

Ello tiene implicaciones muy profundas.

Implica que el entorno (el mundo) no refleja si estamos haciendo bien o no nuestra tarea; refleja en realidad quiénes somos. El mundo está bien cuando la luz está colocada en el lugar que debe y no escondida bajo una mesa. De una manera muy directa, la gente que nos rodea nos habla no sólo de quiénes son ellos, sino de quiénes somos nosotros.

El problema no es tanto que no tengamos las estrategias correctas o los métodos acertados de alcance; tal vez el problema está en que hemos perdido de vista nuestra esencia.

Hemos pasado tanto tiempo en entender lo que dijo Jesús, olvidando fácilmente vivir lo que dijo Jesús.

También podemos dar sus palabras por sentado.


Y en ocasiones juzgamos tanto cómo nuestro entorno se desmorona. Pero olvidamos que ellos reflejan algo de lo que somos los seguidores de Jesús.


Porque la sal puede perder su sabor.

Porque la luz puede esconderse bajo una mesa.


Por eso la pregunta de Jesús sigue resonando con la misma fuerza:

“Si la sal pierde su sabor, ¿con qué puede recuperarlo?”




[1] Ese texto, si quieren mirar los detalles, está en Mateo 5:13-16. Si descubren algo más de lo que estoy tocando aquí, por favor, háganmelo saber. ¡La Biblia es un fascinante y profundo mundo!

[2] Hay varios textos del Antiguo Testamento donde se demuestra esto. Merece un estudio detallado al respecto para entender cómo se dirige este hilo temático en la historia y cosmovisión israelita. Véase, por ejemplo, Nm 18:19; Lv 2:13 y 2 Cron 13:5. Al leerlos todos observamos que el término no se refiere sólo a los sacerdotes del pueblo, sino ¡a todo el pueblo!

jueves, 5 de agosto de 2010

En El Silencio


Aquí estás.

Nadie habla.

La noche es densa, fría, indiferente. Puedes ver su espalda temblando por el frío…pero no es sólo el frío. Parece que hay algo más dentro de ese hombre. Su fuerte cuerpo de carpintero tiembla como el de un niño indefenso. Es terriblemente humano en esta noche. Atrás quedaron las tardes gloriosas en las que miles de personas lo seguían para escucharlo.

¡Qué tiempos aquellos!

Pero quedaron atrás. Son simples recuerdos. Y el pasado nunca es suficiente para sobrellevar el presente.

Ahora está aquí, justo una noche antes de su muerte.

Sus amigos están a unos metros de distancia, pero… ¡están dormidos! Sus compañeros de jornada, sus discípulos, sus seguidores, los seres más cercanos están dormidos mientras él pasa estos momentos de angustia. Una angustia que estaba atravesando completamente sólo.

¿Fueron minutos?

¿Fueron horas?

No lo sabemos.

Sin embargo, la ausencia casi absoluta de cualquier sonido hace más eternos los instantes. Por eso, si te detienes por un segundo a observarlo, te darás cuenta que quiere decir algo. Tenuemente sale de su boca la siguiente oración: “¡Abba, Padre! Para ti todas las cosas son posibles; aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras” (Mc 14:36). Pero el silencio sepulcral que sigue a esas palabras casi se puede palpar en el ambiente.

El cielo guarda silencio.

Sólo eso puede escuchar: silencio.

¡Qué duro es cuando sólo se escucha el silencio!


El eco de esas palabras retumba en tus oídos y te hace preguntar:

¿Dónde está su fe?

¿Es esa la clase de oración que debe hacer el llamado Hijo de Dios?

¿No debería confesar la victoria en vez de resignarse a la muerte?


Pero escuchándolo a él, terminas escuchando tu corazón.

La resignación: esa es la palabra que has cambiado por la obediencia. La fe: ese es el título que le has puesto al cumplimiento de tus caprichos materiales. La oración, que ya no es un diálogo, sino una larga lista de peticiones que van dirigidas a una energía impersonal que se encuentra dentro de ti.

Eso escuchas en tu corazón.

La oración de este hombre te muestra que estás creyendo más en ti mismo que en Dios. Su oración desnuda tu corazón para mostrarte que tu fe no está demostrada en tu obediencia, sino que la has cerrado al marco de recibir todo lo que pides. Su oración—y sólo su oración—verdaderamente te muestra lo que es la oración: sometimiento a la voluntad soberana del Creador de los cielos.


Y sigues escuchando.

El viento paseándose por las ramas de los árboles es el único sonido emitido, mientras gotas de sangre delinean el rostro delirante de aquel mortal. Su angustia incontenible casi lo ha convertido en presa del pánico. La Creación admira reverente la escena, como clamando para que La Voz de los cielos se pronuncie. El Universo entero palpita—como si estuviera murmullando—para escuchar la respuesta a la oración de ese carpintero. Los ángeles del cielo dirigen su mirada hacia El Trono, mientras esperan que el Padre se pronuncie. Tan sólo ruegan por una palabra…

Pero el agónico silencio permanece inmutable.


Él lo sabía. Sabía que el silencio era en sí una respuesta.

La única respuesta posible.


Entonces, lo ves ponerse de pie.

La Voz se pronunció en el silencio. La copa no había sido pasada. La cruz era la única opción.

Para él. Para mí.

Para ti. Para todos.


Esa es la desconcertante realidad: el destino de la humanidad fue definido en el silencio…