jueves, 29 de julio de 2010

Lo Confieso: ¡Soy Ex Homofóbico!


¡Mi cabello crece demasiado rápido! Es muy grueso y tiene la peculiaridad de crecer en un punto intermedio entre afro y ondulado. Además, soy un tipo simple para estos asuntos. Honestamente, me peluqueo donde sea bueno, bonito y barato. No tengo muchas pretensiones al respecto.

Sólo tuve una regla: que el peluquero no fuera gay.

Hasta ese día…

Creo que era mi segundo o tercer año de Universidad. Era un día en los que la billetera no estaba tan abultada. ¡Pero el cabello sí! Tenía que peluquearme. No era una opción; era una necesidad. En mi billetera había $5.000, de los cuáles tenía que utilizar $2.000 para el transporte. En conclusión, solamente contaba con $3.000 para arreglos estéticos.

¡Sólo $3.000 pesos!

Entonces decidí caminar para ver si encontraba algún letrero que ofreciera algo por ese precio. Caminé, caminé y caminé. Hasta que me topé con un llamativo letrero rosado que rezaba así: “¡Gran Promoción: Corte Caballero a $3.000!”. Por eso entré por la puerta de aquella peluquería con cierto aire de felicidad, no sin antes sorprenderme de que todos los que trabajaban allí eran hombres y precisamente me asignaran como peluquero a uno que, evidentemente, era gay.

Tuve que enfrentarme a un dilema: ¿Seguía con mi única regla y me quedaba con una insoportable cantidad de cabello hasta que volviera a tener dinero; o solicitaba el servicio de peluquería, exponiéndome a romper mi única regla?

Pero el asunto iba más allá.

Estaba disponiéndome para que un homosexual tocara mi cabeza.

¡Un homosexual!


El homosexualismo es de los males más aberrantes que han cubierto la historia de nuestra raza. Los homosexuales son personas que deciden alterar el uso natural de sus cuerpos para responder a sus impulsos. Si bien es cierto que es un tema que está de moda, no por eso podemos decir que es correcto. De la misma manera que no podemos decir que algo es cierto sólo porque la mayoría vota por eso.

“El homosexualismo—como dijo el Doctor Jaime Ortiz—es la repugnante realidad de un hombre introduciendo el depósito de la vida en el depósito de la mier**”[1]

¡Es cierto!

Nuestro propio cuerpo nos demuestra que no estamos diseñados para el homosexualismo. Somos heterosexuales por naturaleza.

¿Cómo puede ser ‘normal’ algo que daña a quienes lo practican? (Y no me estoy refiriendo exclusivamente a las enfermedades venéreas)


¿Dejar tocar mi cabeza por ese tipo de personas?


¡Jamás!... bueno…eso era lo que pensaba.


La necesidad de un momento descubrió mi homofobia. No quería tener ningún tipo de contacto con un homosexual declarado. De ninguna manera quería tener a tal persona cerca de mí. Después de todo, ellos estaban viviendo de una forma absolutamente contraria a la que Dios desea.

Pero ahí estaba lo confusión.

Porque estaba rechazando a las personas al rechazar estilo de vida.

Y no necesariamente una cosa lleva a la otra.

Es muy fácil—sobretodo cuando hablamos de homosexualismo—caer en el error de rechazar a la persona que lleva ese tipo de vida. Somos absolutamente radicales, tajantes y condenatorios con este asunto. Pero con una perspectiva tan limitada nos auto-impedimos el acercamiento a aquellos que viven de esta manera. Y, por esa razón, nos juzgan de moralistas o de hipócritas. Aunque, vale aclarar, muchos de esos juicios también son falsos.

Primeramente, debemos aceptar que gran parte de nuestro juicio está más permeado por el machismo de nuestra cultura que por la verdad bíblica. Claro está que tenemos algunos versículos para revalidar nuestra posición, pero por lo general olvidamos el contexto general en el que se dan. Tendemos omitir el hecho que Dios ama a todo el género humano.

Y esa realidad envuelve también a los homosexuales.

Dios ama a los homosexuales tanto como a los homofóbicos.

Dios ama a esas personas que deciden ir en contra de su naturaleza y de la voluntad divina (lo cuál es pecado), de la misma manera que ama a aquellos que odian a esos semejantes que viven de tal forma (lo cuál también es pecado).


En segundo lugar, considero que debemos revaluar la radicalidad de nuestras medidas frente al homosexualismo. No porque ser radical sea malo; ¡deberíamos ser radicales! Pero, entonces, seamos radicales con todo. Y no olvidemos que el mayor ejemplo de radicalidad fue el mismo Jesús, quien no divorció la santidad de Dios de Su inagotable amor. No podemos separar una cosa de la otra. No debemos olvidar que, como dice Lucas Leys, aceptar al pecador no significa aprobar su comportamiento.

Seamos tajantes con el homosexualismo. Y también seámoslo con la homofobia.


Por último, creo que sería correcto generar un diálogo sano entre la Iglesia y las personas homosexuales. De la misma forma en la que hemos realizado programas de rehabilitación para los alcohólicos o los drogadictos, debemos construir un puente de relación con las personas que sienten atracción hacia el mismo género. Al relacionarnos con ellos vamos a aprender cómo tratar el fondo de este asunto de una manera más acertada. Y, por otro lado, nos va a ayudar a proponer y no sólo a reaccionar. Es decir, no sólo vamos a protestar después de que se apruebe la ley a favor de los matrimonios homosexuales, sino que podremos trabajar en programas que traten seriamente este asunto desde la raíz.


Les cuento que ese día rompí mi única regla: me peluqueó un homosexual.

Me contó sobre su relación. Además, me dijo que no quería saber nada sobre los cristianos, porque lo único que hacían era juzgar. (Se imaginarán su cara cuando le conté que yo era cristiano). Pero también me dijo que sentía algo vacío…

Me di cuenta que él era un ser humano con necesidades.

Como tú. Como yo.


Después de ese día, me arrepentí por mi homofobia.


Lo confieso: ¡Soy ex homofóbico!




[1] Él utilizó el término completo. Sin embargo, no creo que deba ser más explícito.

Esta idea—cierta, por lo demás—la escuché en mi segundo año de estudios en la inolvidable clase de Teología.

jueves, 15 de julio de 2010

Mi Primer Mes


Estoy cumpliendo mi primer mes de casado. Ha sido una experiencia enriquecedora, emocionante y excepcionalmente bella. Aparte del increíble regalo de Dios que significa mi hermosa esposa, la vida matrimonial ha sido una aventura mucho mejor de lo que había pedido. Es un constante aprendizaje. Una inagotable obra de arte que recibe nuevas pinceladas cada día. Es La Interminable Sinfonía, inundada de matices inesperados, que se ejecuta sin cesar.

Definitivamente, el matrimonio no es la decisión más importante de la vida; es la mejor decisión que alguien puede tomar.


Esa es mi perspectiva.

Sin embargo, no tiendo a hablar mucho de eso.

No me gusta hacerlo. Y les voy a contar porqué.


Se me ocurrió la idea de contarle este punto de vista a una persona cercana. Es casada, así que seguramente—pensé yo—me comprendería. Por eso, le hablé de lo que pensaba con mucha pasión y emoción. Pero su respuesta me dejó cierto sinsabor:

“Es muy lindo lo que dices—comenzó a decirme—. Sin embargo, creo que tú no amas de verdad. Todavía te falta mucho para saber qué es el verdadero amor. Yo te recomendaría que empezaras a cambiar de perspectiva”

Aparte de sentirme frustrado por semejante baldado de agua fría, tengo que admitir que me dio mucha rabia.

¡¿Por qué uno no puede contar las cosas a ciertas personas sin que estas tengan siempre un consejo para dar?!

¡¿Por qué pensamos que el romanticismo es la antítesis del verdadero amor?!

¡¿Por qué se ve el enamoramiento como idiotez y no como un estado ideal?!

¡¿Por qué la ternura es vista como un capítulo que se ha de cerrar, en lugar de verlo como un poema que no deja de escribirse?!

¡¿Acaso el que está enamorado no puede ser consciente de la realidad (en ocasiones dolorosa) que implica la unión de dos mundos?!


No entiendo porqué hay personas que confunden el realismo con la crueldad.


No puedo decir que el matrimonio es lo más fácil del mundo. ¡No lo es! Es un cambio de vida en todo el sentido de la palabra. Ya no puedes pensar como una sola persona, sino que tus decisiones—por pequeñas que sean—ahora involucran a dos personas. Tienes que empezar a organizarte como pareja. Involucra todo un proceso de decantación: al unir dos mundos diferentes y disimiles tienes que decidir qué se queda de esos mundos y qué se va, con el fin de construir un nuevo mundo. Además, se empiezan a engranar toda una serie de detalles que llevan a generar una cotidianidad. Y la cotidianidad, en ocasiones, asfixia. Por lo cuál tienes que aprender a darle bocanadas de oxígeno a tu relación. Pero no siempre es tan fácil… y así sucesivamente.


Estoy enamorado.

Pero no soy estúpido.


El matrimonio es demasiado complejo. Sólo llevo un mes montado en este tren y ya me di cuenta de ello. No todo ha sido rosas, pasión y música celestial. También hemos tenido encontrones. (Siempre me llamará la atención cómo los detalles más simples pueden generar discusiones sobre los temas más complejos de las relaciones humanas). Y esas peleas tienen un atenuante: debes solucionarlas. Cuando estábamos sólo en la etapa de noviazgo, siempre existía la posibilidad de terminar y seguir cada uno por su camino. ¡Pero aquí no! Tienes que aprender a resolver los conflictos, por complejos que sean.

Porque en mi hogar decidimos no utilizar la palabra ‘divorcio’.

Eso no quiere decir que negamos la realidad. Tampoco significa que somos unos retrógrados legalistas. Mucho menos demuestra que no nos amemos. Por el contrario, hemos descubierto que el amor nace de la convicción. Y la convicción se genera por una decisión previa, no sólo por un sentimiento ocasional. En otras palabras, el amor prevalece por convicción, no por sensación.

Hay momentos (unos más largos que otros) en los que no sientes amar a esa persona. Y amar, evidentemente, no se refiere a las caricias, los besos, los mimos, los abrazos y las palabras bonitas. Amar se refiere a respetar a esa persona. Se refiere a estar con ella y junto a ella, aún si lo más fácil es dar la espalda. Amar es jugar limpio cuando lo más fácil es jugar sucio. Y, tengo que admitirlo, me he equivocado amando. Porque cuando sólo me guío por lo que siento, me equivoco muy fácilmente.

El amor no puede guiarse sólo por una serie de sensaciones momentáneas, circunstanciales y, por lo general, efímeras. Amar se fundamenta en la decisión previa de darle valor a la otra persona, aún cuando los sentimientos dicten lo contrario. Y esa decisión genera la convicción de que amar siempre valdrá la pena. Y esa convicción te lleva a los pies de Dios para pedirle que te ayude a tratar de lidiar y vivir con semejante verdad. Porque es cierto que puedo tener una convicción en mi alma, pero tiendo a equivocarme frecuentemente en honrar esa convicción; por eso necesito la ayuda del Cielo para amar a mi esposa como es debido.


Amar es difícil.

Amar es un reto.


Y siempre me han gustado los retos…

miércoles, 7 de julio de 2010

Insuficientemente Buenos


Hace un par de semanas, una amiga me pidió que escribiera sobre una pregunta que ella tenía. Aparte de sentirme muy honrado (porque para ella mi opinión era importante), vi en esa pregunta un reto. Así que le pedí que me diera un tiempo para pensar al respecto. No creo que la mía sea la última palabra, pero quiero plasmar aquí mis conclusiones (preliminares) con relación a dicho interrogante.

La pregunta que ella me lanzó fue: “¿Por qué no es suficiente con ser bueno?”.

El asunto que está en juego tras de esa pregunta es: ¿suficientemente para qué o en relación a qué?

Ella se estaba refiriendo al hecho de ser tan buenos como para agradar a Dios y, en consecuencia, ganar nuestra salvación. Por ende, la bondad no es un concepto meramente subjetivo. La bondad es una realidad objetiva. En otras palabras, existe una medida que todo ser humano debe llenar. Y ese estándar no es impuesto por criterios propios, relativos y acomodados según la conveniencia, sino que es un orden inalterable que nos compete a todos.

Y ese concepto, para que cumpla con semejantes requisitos, sólo puede tener un nombre propio: Dios. Es decir, la medida de bondad con la que nos debemos medir es la perfecta, inalterable y absoluta bondad de Dios. Así pues, la pregunta toma este nuevo matiz: ¿qué tan bueno soy si me comparo con la bondad de Dios?

Ella estaba indagando por la esencia del cristianismo, de las enseñanzas de Jesús.

Su pregunta, por lo tanto, es fundamental. Así que, como cristiano, debo responder a esa pregunta.


Por lo general, definimos nuestra bondad comparativamente. Es decir, somos buenos en relación a alguien más. Por ejemplo, la mayoría de nosotros se considera más bueno que Adolfo Hitler (eso espero). No obstante, al compararnos con la Madre Teresa de Calcuta no creo que muchos, honestamente, ni siquiera daríamos la talla. Así, al ver los dos extremos, establecemos un parámetro promedio de lo que es la bondad y, en la medida de lo posible, tratamos de vivir correctamente. Algunos, entonces, se consideran buenos; otros, no tanto; otros, medio buenos y medio malos; y así sucesivamente.

Desde un punto de vista bíblico, la bondad también es comparativa: definimos nuestra bondad en relación a alguien más. Sin embargo, ese “alguien más” no es otro ser humano; es Dios.


Eso cambia radicalmente las cosas.

Porque la bondad significa perfección.

La medida que deberíamos cumplir es la de ser perfectamente buenos.


El asunto, entonces, se simplifica y al mismo tiempo se complica.

Se simplifica, porque ya nadie tiene de qué ufanarse. Si nuestra medida de bondad es Dios, lo más sensato (si somos honestos con nosotros mismos) sería no presentarnos al concurso de la persona más buena de la historia. Porque ninguno alcanzaría la medida. Todos sabemos que no somos absolutamente buenos. Todos caemos. Todos nos equivocamos.

Y se complica, porque ahora ninguno de nosotros puede, por sus propias capacidades, agradar absolutamente a Dios. No porque todo lo que hagamos sea malo, sino porque no todo lo que hacemos es bueno. Somos buenos por momentos. Y eso se traduce en que no podemos generar, por más buenos que seamos, un camino de acercamiento a Dios. Es como querer construir el edificio Empire State sólo por haber jugado a los Legos cuando éramos niños. Nuestra capacidad es insuficiente. Somos insuficientemente buenos. Lo cuál implica que no podemos generar una salida completa para nosotros. A lo sumo serán parciales. Nunca serán totales.

A menos que Alguien más nos ofrezca otra solución.


Algunos han dicho que la Gracia es la excusa perfecta para pecar. Sostienen que hay una dualidad entre la Santidad de Dios y su Gracia: son incompatibles. Dicen que el mensaje de Jesús no es exigente y no muestra la perfección de Dios.

¡Perdieron de vista la esencia!

Te invito a que un día leas el Sermón del Monte (Mateo 5-7). ¡Ese es un mensaje exigente! ¿O no te parece exigente que la mejor opción para el lujurioso—en palabras de Jesús—sea quitarse un ojo o perder un brazo?

Jesús nunca rebajó la Santidad de Dios. Jamás opacó la perfecta bondad divina. Y, por otro lado, no dio salidas fáciles. Demostró que el peor problema humano es el pecado. Amó al pecador, pero nunca condonó sus maltrechas acciones.

La Gracia no es la antítesis de la Santidad de Dios.

Es la única respuesta.

La única solución posible para seres imperfectos que desean acercarse a un Dios perfecto.

El evangelio no es la línea divisoria entre buenos y malos, sino que es la demostración que ninguno de nosotros es bueno[1]. Pero que aún así es amado incondicionalmente.


¿Por qué no es suficiente con ser bueno?

Porque nuestra bondad siempre es limitada.


¿Por qué no es suficiente con ser bueno?

Porque al descansar en nuestras propias obras podemos, con mucha facilidad, olvidar nuestra necesidad de la Gracia. Podemos olvidar que nuestra relación con Dios depende primordialmente de Su bondad, no de la nuestra.


¿Por qué no es suficiente con ser bueno?

Porque cuando nos refugiamos en nuestra propia bondad como medio para relacionarnos con Dios, caemos en el orgullo. Y el orgullo es contrario a la humildad, que es el fundamento para reconocer nuestra necesidad del perfectamente bondadoso Dios.


Tal vez el primer destello de verdadera bondad comienza cuando reconocemos nuestra propia maldad.



[1] Esta brillante idea la escuché en un hermoso sermón del Doctor Daniel Brown hace un par de semanas.