jueves, 27 de mayo de 2010

Buen Teólogo, Mal Profeta


El mensaje del libro de Jonás es claro: un hombre tiene que predicar a un pueblo cuya maldad ha subido delante de su Creador. Por tanto, es obvio que él les demande justicia. Dicho mensaje no se da tan rápidamente como se esperaría al hablar de un profeta, sino que Jonás trata de huir de la presencia de Dios al dirigirse al punto geográficamente opuesto y más alejado de Nínive: Tarsis. Jonás no es como los otros profetas. Los demás aceptan su misión; Jonás huye de ella.

Las preguntas de los paganos del barco de huída debemos entenderlas como si fueran la voz de Dios para el profeta: de alguna manera hacen que Jonás retome conciencia de quién es él y cuál es su vocación.

Y aún cuando Jonás no quiere predicar, sí es clara su eficacia como evangelista. No necesita dar un mensaje contundente, sino sencillamente decir quién es para que eso genere el arrepentimiento de los marineros que están con él en medio de la tormenta. Así pues, el gran contraste que nos presenta la primera parte del libro es este: Jonás no tiene misericordia de los ninivitas, pero todos en el libro tienen misericordia de él: primero los marineros y, luego, Dios.

Jonás pensó que podía huir de la presencia de Dios, pero el libro, en el capítulo 2 verso 10 (2:11 en la Biblia Hebrea), es la evidencia que Dios va a encontrar a Jonás donde quiera que se meta. Aún si es en el vientre de un pez.

Nadie puede huir de la presencia de Dios, sea para juicio o para misericordia.


Ya en tierra, Jonás vuelve a recibir el llamado de Dios. Entonces, el profeta da el mensaje más corto, más claro y más contundente, a pesar de estar en boca de un hombre no quiere predicar. Jonás es, paradójicamente, el profeta más efectivo del que tengamos testimonio. Su mensaje generó el efecto esperado (¿o inesperado?): el arrepentimiento del pueblo de Nínive.

Por un momento detengámonos en Nínive para entender algo de las implicaciones del mensaje de Jonás.

Nínive era la capital del imperio asirio. Los asirios fueron uno de los imperios más sanguinarios de la historia. Ellos fueron los primeros en implementar la empalación[1] como método de tortura y muestra del poderío militar sobre los pueblos subyugados. La empalación era el método y el testimonio de un imperio sanguinario, salvaje y poderoso. Un imperio que trabajaba por la conquista de todo el Medio Oriente Antiguo. Y ello, obviamente, involucraba al pueblo de Israel.

Nínive es el eje de una máquina de terror político y militar.


Y Dios le dice a Jonás que les vaya a predicar.


Por lo general, tendemos a ser injustos con Jonás en nuestras predicaciones. Lo condenamos por ser desobediente a la voz de Dios. ¡Así no es como se comporta un hombre de Dios!

Sin embargo, en ocasiones me pregunto: ¿qué hubiera hecho yo?

¿Qué hubieras hecho tú?

¿Qué diríamos si Dios nos pidiera que fuéramos a predicarle a aquellos que son sinónimo de horror, que han sembrado el miedo entre nosotros?

Sólo entonces entiendo porqué cuando Jonás predica su mensaje, espera que caiga el castigo.

No obstante, el mensaje del juicio de Dios siempre tiene dos dimensiones: puede significar aniquilación o misericordia. Esas dimensiones dependen de la posición que tome el receptor respecto al mensaje: si persiste en su desobediencia, hay castigo; si, por el contrario, se arrepiente, hay misericordia.

No entendemos la justicia divina, ya que nuestra justicia se fundamenta en un presupuesto diferente. Mientras que la justicia de Dios se basa en el amor, la nuestra se fundamenta en la venganza. Por eso nos parece incomprensible que Dios pueda perdonar al que se arrepiente, aún si es lo más deplorable de la sociedad. Nosotros consideramos que la justicia significa que cada quien “tenga una dosis de su propia medicina”. Por el contrario, la justicia de Dios se relaciona directamente con la posición del ser humano en cuanto al pecado.

Es porque Dios no cambia su concepto hacia el pecado que cambia su concepto del hombre (en relación con su pecado).


Jonás conocía esta verdad.

Era un buen teólogo.

Sabía quién era Dios. Sabía que sus brazos siempre están abiertos para el pecador arrepentido. Sabía que Dios perdonaría a Nínive si se arrepentía. Y, según Jonás 4:2, esa es la razón por la que el profeta no quería dar el mensaje.


Porque la gracia de Dios es chocante.


Y Sólo hasta que asimilamos que Dios ama a aquellos que nosotros odiamos, comprenderemos lo chocante que es la gracia divina.


Pero todos necesitamos chocarnos con esa Gracia.



[1] Este método consistía en introducir a la fuerza un gran tronco en la zona rectal de algunos de los conquistados. Tras la empalación, se exponía a las víctimas en las puertas de la ciudad como monumento del poderío militar del imperio y como advertencia para todos lo que pensaran sublevarse.

viernes, 21 de mayo de 2010

Adoración Ofensiva

Reflexiones en Isaías Capítulo 1


El comienzo del libro de Isaías no es para nada inspirador. Es un comienzo chocante, doloroso, condenatorio. La visión que Isaías comienza a contarnos no es precisamente alentadora. Con los cielos y la tierra como testigos, Dios declara a su pueblo como unos hijos rebeldes. Su rebelión los ha llevado por un camino contrario al que ha establecido el Señor. Su comportamiento no es comparable al de un burro o un asno. Porque un asno conoce a su dueño. Pero Israel no sabe ni quién es Dios.

En otras palabras, Dios le dice al pueblo: “un burro sabe más que ustedes”.

La rebelión idiotiza.

Es tan tonto como seguir dándose golpes contra una pared. Es herirse voluntariamente. Es dañarse a sí mismo. No es sólo un problema ‘espiritual’, no es sólo darle la espalda a Dios; la rebelión es un maltrato a sí mismo.

El pueblo de Dios comprobó esa verdad.

Ya están heridos. Sus llagas están abiertas.

Pero insisten en su rebelión.

Porque aunque la rebelión dañe, siempre es una opción.

La recriminación de Dios contra el pueblo es, precisamente, que ha escogido esa opción. Una opción que los está dañando a ellos y, al mismo tiempo, los está alejando del Creador. Judá está herido, pero no quiere dirigirse a los brazos de Dios. La rebelión los ha llevado a la destrucción, y aún así quieren seguir transitando el mismo sendero.

El arrepentimiento ya no es una opción para ellos.

C.S. Lewis condensó la idea del arrepentimiento con las siguientes palabras: “cuando nos estamos dirigiendo en una dirección errada, no basta solamente con reconocer nuestro error y seguir adelante; es necesario devolver, descubrir en qué punto nos desviamos, y retomar el camino desde allí”.

El arrepentimiento implica un cambio, mientras que la rebelión insiste en seguir por la dirección errada.


Y es entonces cuando se utiliza una de las comparaciones más poderosa y ofensivas de este capítulo: Dios compara a Su pueblo con Sodoma y Gomorra.

Sodoma y Gomorra son los referentes de aberrancia más evidentes del A.T.

En el libro de Génesis se narra la historia de dos pueblos inundados por el pecado. Sus acciones son absolutamente contrarias a los parámetros establecidos por el Creador. Ni siquiera son capaces de guardar el orden natural de la sexualidad. Cualquier piadoso que leyera su historia sabría que la destrucción divina es una consecuencia natural de la ejecución de la justicia divina a un pueblo pecador. Sodoma y Gomorra son el escalón más bajo en el camino de la impiedad.

Sodoma y Gomorra son el ejemplo máximo de la rebeldía humana.

Y ahora Dios dice que su pueblo es comparable a esos pueblos.

Es la comparación más fuerte, ofensiva y chocante que un profeta pueda hacer. Sobretodo para un pueblo que está guardando todos los rituales de la piedad. Están cumpliendo con el orden del culto, ¡pero su corazón está totalmente alejado de Dios! En realidad, el problema del pueblo no es la falta de adoración, ya que nunca ha faltado, sino que su adoración está siendo falsa.

Porque la adoración verdadera está respaldada con la vida.

De hecho, el carácter del pueblo de Dios se evidencia principalmente en el modo de vida, ¡no en el culto! El primer lugar de adoración no es el templo; es la cotidianidad. Y es allí donde el pueblo está fallando: está cumpliendo con el orden religioso, pero toda su vida es un altar a la injusticia. Eso hace que su adoración sea ofensiva para Dios. Porque no es congruente que eleven oraciones, mientras sus manos están llenas de sangre humana; no tiene sentido que se postren en adoración, en tanto que se están matando entre ellos mismos. El derramamiento de sangre sacrificial no es aceptable cuando hay otra sangre derrama.

La adoración se convierte en hipocresía cuando no está respaldada por la piedad diaria.

Y Dios aborrece la hipocresía.

El problema de este tipo de conducta es que, poco a poco, aleja al pueblo de Dios y, paradójicamente, le hace creer que todo está bien. Ellos cumplen con los rituales, celebran las fiestas y realizan los sacrificios. Están cumpliendo con sus labores ‘espirituales’. Pero su corazón está tan lejos de Dios que están cerca de un punto de no-retorno.

La religiosidad siempre tiende una trampa: hace pensar que todo está bien si se cumplen con las actividades religiosas. El problema es que eso puede llevar a un camino de disociación. Se puede llegar a pensar que hay cosas más espirituales que otras. Y esa fue la mentalidad que se arraigó en el corazón del pueblo. Y fue ahí donde comenzaron los problemas.

Cuando se desliga la adoración de la cotidianidad, existe el peligro inminente de caer en la hipocresía.

Cuando se etiquetan ciertas áreas como “menos espirituales”, existe el peligro inminente de seguir el camino de la rebelión.

Y lo más triste de esto es que se puede convertir en un punto ciego. Es decir, se puede llegar a pensar que todo está en orden porque nuestra conciencia se calma con ciertas dosis de religiosidad semanal. Pero la verdad es que Dios puede estar aborreciendo esas dosis de religiosidad, si no están fundamentadas en una vida de piedad constante. Porque para Él es tan despreciable aquél que ofrece un fuego extraño como el que le da la espalda al huérfano y a la viuda.

Cuando se le da la espalda al necesitado, la adoración es ofensiva. Se convierte en algo repulsivo para Dios.


La justicia social tiene que ser parte de la agenda de un verdadero adorador.

viernes, 7 de mayo de 2010

Carta De Un Demonio A Su Sobrino (Por Un Aprendiz)


C.S. Lewis es uno de mis escritores favoritos. Me declaro sincero admirador de sus reflexiones brillantes, claras y sorprendentemente entendibles. Ojalá la humanidad volviera a ver a un genio como él.

“Cartas De Un Demonio A Su Sobrino” (Screwtape Letters) es uno de sus clásicos. Es un compendio de cartas (imaginarias) que un demonio le envía a otro para enseñarle el arte de ser demonio. Simplemente es una obra genial.

No pretendo hacer una copia de lo que él hizo en ese libro. No considero que mi escritura—todavía escueta—toque los talones de una expresión tan brillante como la de Lewis. Este, más bien, es un escrito en honor a él e inspirado por su genio. Es mi idea, a la colombiana, de cómo sería una carta de Escrutopo (el demonio mayor en la obra de Lewis) a Orugario (su apreciado sobrino) en el año 2010.

La Importancia De Los Términos/Palabras


Mi querido Orugario:

Siempre me ha llamado la atención que los asquerosos bípedos parlanchines (no me gusta llamarles “humanos”, porque el título les da un dignidad inmerecida) piensen que sus ideas son nuevas; que siempre están progresando. Mientras no descubran que toda su historia es una eterna espiral de conocimiento reciclado, todo está bien. Síguelos haciendo creer que sus ideas son “revolucionarias”, “modernas” e “innovadoras”. El simple uso de esos términos los hace creer que no necesitan de nadie, excepto de sí mismos. De esta forma lograremos que se alejen más y más de la humildad—virtud necesaria para un acercamiento sincero al Enemigo—, y los imbuimos poco a poco en el sentido característico de aquellos que pertenecen a Nuestro Padre de Las Profundidades: el Orgullo.

Este es un bien preciado que no debes permitir que se aparte de la odiada Iglesia. Evidentemente, no me refiero a las edificaciones que han hecho los bípedos parlanchines, sino a la misteriosa realidad que fundó el Enemigo. ¿Puedes creer que diga que esos repugnantes seres son Su Cuerpo? Tengo que admitir que uno de los mejores golpes que hemos dado es hacerles creer a esos infelices bípedos que la “Iglesia” es el “salón donde nos reunimos los fines de semana”. ¡Es brillante! De esta manera logramos que dejen de centrar su atención en lo realmente importante y utilicen todo su esfuerzo en solucionar sandeces: se preocupan más por las estructuras que por las personas. ¡Oh preciosa simplicidad! No pudimos prever todo el éxito que nos iba a traer. Todo se fue dando de una forma tan natural que parecía una estrategia absolutamente organizada: empezaron a discutir por el tipo de comida que se podía ingerir; después, por la manera correcta de vestir; luego, por la forma como la liturgia se debía dirigir; y así sucesivamente. A estas alturas, nuestro deseo se cumple con una facilidad inaudita: ante la más mínima diferencia, cada quien abre su propia “iglesia”. Ellos piensan que eso les da libertad—y se glorían de ello—, pero no han descubierto que al abrir “iglesias” paulatinamente están dejando de ser Iglesia. ¡Brillante! ¿No te parece?

Por eso debemos acallar todas las voces que claman por la Unidad.

Hemos ideado un plan para ello. Pero ¡ten cuidado! Es tan sencillo que puede tornarse peligroso para nuestros propósitos.

Debes lograr que esas voces sean calificadas como “herejes”. Aquí es donde los términos juegan un papel esencial. Si logras hacerlos creer que una herejía es un pensamiento contrario al de ellos, entonces habrás llevado el plan a feliz término. Sin embargo, si alguien descubre que una herejía, en realidad, es aquello que va en contra de La Biblia (perdón por utilizar una palabra tan repulsiva), entonces estaremos en un gran lío. Porque se darían cuenta que el “hereje” en realidad no es un hereje, sino que sus propias acciones en pro de la división son herejías. Eso haría que estuvieran cerca del arrepentimiento, lo cual los conduciría al Enemigo. ¡Eso sería terrible!

La clave, lo reitero, es alejarlos de la humildad.

Mientras sigan creyendo que el arrepentimiento es solamente un primer y único paso, y no una constante de la vida cristiana, podemos estar tranquilos.

Por otro lado, hazles creer que lo más importante es descubrirse a ellos mismos, de tal forma que aparten su mirada del Enemigo. Así tendremos varias ganancias: (1) tendrán un sentido de decepción desesperante al ver que no pueden ser todo lo bueno que pretenden (o aparentan) ser; (2) cada pequeño progreso los hará creerse superiores a los demás, y así se alejarán de la repulsiva idea de amar al otro como a ellos mismos; (3) creerán que lo importante es ser líder y no siervo; (4) y, por último, ¡no se descubrirán nunca a sí mismos!, ya que la única forma de hacerlo es cuando centran su atención completa en el Enemigo. Creo que este punto tiene que ver con esa extraña idea que Él tuvo de crear a esos aberrantes bípedos a Su Imagen. Parece lógico: la única forma de saber cómo es realmente la imagen es mirando de quién es imagen. ¡Semejante idea encierra un extraño y poderoso misterio! Por eso es esencial que los hagas dejar de ver lo obvio (que para ellos “obvio” es sinónimo de “básico”, y “básico” es sinónimo de “estúpido”, y “estúpido” es sinónimo de “indeseable”), para que se centren en lo “profundo”. Esa es una palabra muy importante para ellos, y un gran logro para nosotros: por disociación simple hemos logrado que al ir explorando lo más “profundo” se alejen de lo más obvio, es decir, de lo que quiere el Enemigo.

En síntesis, haz que se centren en los términos menos importantes—y que se peleen por defender su posición al respecto—, para que así se alejen de lo que realmente importa. Las peleas de este tipo son un arma que debemos aprovechar. Eso hará que se alejen los unos de los otros. Y al alejarse entre ellos, se alejarán del Enemigo.

Sin embargo, ¡mantente alerta! El Enemigo está utilizando algunos “herejes” para que trabajen por la Unidad de la Iglesia. Creo que Su Padre sigue respondiendo la oración que hizo en Getsemaní la noche antes de que lo crucificáramos.

¡No entiendo porqué le importan tanto esos mugrientos bípedos!

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO