viernes, 30 de abril de 2010

¿Cuál Es El Problema Si Eventualmente Tuviéramos Un Presidente Ateo?


En días pasados se me ocurrió colocar una pregunta en Facebook: “¿Cuál es el problema si eventualmente tuviéramos un presidente ateo?”. Fue una pregunta honesta; quería saber qué pensaba la gente. Pero recibí algunos mensajes que cuestionaban mi cristianismo, mi moralidad, mi perspectiva de vida y mi ejemplo para los jóvenes.

La escritura es una vía para expresar mis ideas con mayor claridad. Así pues, en este escrito quiero decir algo respecto a esta situación y, en la medida de lo posible, dar mi perspectiva respecto a la pregunta que levanté.


1. Una falacia no es un fundamento correcto para un argumento, sencillamente son válvulas de escape para aquellos que no tienen manera de presentar seriamente su punto de vista. Una falacia Ad Hominem consiste en atacar a la persona en vez de atacar su argumento. La idea es esta: no respondo tu pregunta, más bien te cuestiono a ti como persona.

Este tipo de argumentación débil se cuela fácilmente entre nosotros los cristianos, sobretodo cuando tiene que ver con un no-cristiano. Es decir, no cuestionamos lo que propone una persona, sino que cuestionamos a la persona por no pensar igual que nosotros. Y, por otro lado, solemos aceptar cualquier barrabasada si tiene el rótulo de ‘cristiano’, sin ni siquiera cuestionar lo que propone.

Y después nos preguntamos inocentemente: ¿Por qué no nos toman en serio?

Estoy seguro que los cristianos también pensamos. ¡Demostrémoslo!


2. En general, los cristianos a veces somos muy crédulos. Pensamos que porque un presidente, candidato o senador vaya a una iglesia, entonces es cristiano. Como dice mi papá: “que una persona esté en un garaje no lo hace un carro”. Una verdadera devoción no sale a relucir, casualmente, en época de elecciones.

Además, el púlpito no es lugar para hacer proselitismo. ‘Política’ y ‘Pulpito’ comienzan por “p”, ¡pero no se ven bien juntas!

Tenemos que aprender a mirar el cuadro completo. Cuando tragamos entero sólo porque un discurso suena espiritual, caemos fácilmente en las redes del engaño político. Jesús dijo que debíamos ser mansos como palomas y astutos como serpientes.

La inocencia no es sinónimo de estupidez.


3. Otro problema es que, en ocasiones, tendemos a votar por alguien “porque va a beneficiar a la iglesia”. Esa idea, con todo respeto, es bastante egoísta y anti-cristiana.

Un cristiano no debería elegir a una persona “porque va a beneficiar a la iglesia”, sino porque va a beneficiar a un país, va a cuidar de los menos favorecidos, va a hacer que los derechos sean derechos y no privilegios. Elegimos a alguien no tanto por nosotros, sino por los demás. Y eso incluye a ateos, católicos, mormones, masones, etc.

Un cristiano debería pensar más en el bien común que en el propio.

Total, ¿no fue Jesús el que dijo que lo que hacemos a los más pequeños (y los niños en esa época eran, junto con las mujeres, el piso más bajo de la pirámide social) se lo hacíamos a él[1]?

La equidad y justicia social debería ser parte de nuestras agendas.


Por otro lado, como cristianos deberíamos dejar de seguir alimentando el discurso guerrerista. Eso no quiere decir que somos terroristas o estamos a favor de los grupos subversivos, sino que tenemos una constitución más fuerte que la colombiana: El Sermón del Monte.

En una de las líneas de las Bienaventuranzas (primera parte del Sermón del Monte) dice: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. En otras palabras, la charla guerrerista no conjuga con el fundamento de mi cristianismo.

La guerra produce más guerra, no más paz.

Eso no quiere decir que debemos dejar que nos invadan y acaben con nosotros. Sencillamente, creo que la guerra sólo va a generar una serie de males que no podemos prever. No podemos estar de acuerdo con Kant: ¡no hay guerra justa! Deberíamos seguir las pisadas de Jesús.

Mi amiga Sara lo sintetizó así: “revolucionario no es aquél que empuña un arma; revolucionario es el que hace que la gente quiera empuñar un arma contra él”.


4. Por último, ¿cuál es el problema si eventualmente tuviéramos un presidente ateo?

Tenemos que reconocer algo: hay gente que cree en Dios y que vive como si él no existiera; y hay gente que no cree en Dios y, sin saberlo, puede vivir (al menos en parte) como Dios quiere. Una cosa no quita la otra. No debemos olvidar que la moral de todos los seres humanos está distorsionada no por sus convicciones religiosas, sino por su pecado. Y todos—hasta los cristianos—somos pecadores.

Nuestro deber no es mirar tanto la afinidad religiosa con un candidato, sino la sensatez de sus propuestas. Que una persona sea buena gente no quiere decir que va a ser buen presidente. Para mandar a un país se necesitan mucho más que buenas intenciones y una buena convicción religiosa.


Yo no tengo problema con que mi presidente vaya a ser ateo o cristiano; mi mayor temor es que, en cualquiera de los casos, va a ser un ser humano.

Y eso implica que va a fallar.

¡Y ese sí es un verdadero problema!



[1] Si alguien sabe dónde puedo encontrar el famoso sermón de las 5 palabras (“a mí me lo hicieron”) de la Madre Teresa de Calcuta, se lo agradecería.

miércoles, 21 de abril de 2010

¿Dónde Estás?


Los primeros seres humanos fallaron. Decidieron darle la espalda a los parámetros establecidos por el Creador. Optaron por seguir la seductora y convincente voz de La Serpiente.

En el ambiente se podía palpar un sentido de decepción. Después de todo, nuestros primeros antepasados descubrieron que las aparentemente bondadosas ofertas de la tentación no eran del todo ciertas. Su interior los delata. No tienen ese sentimiento de gallardía que está dentro de los personajes que descubren una novedad, sino un profundo sentido de vergüenza, el cuál nos empapa cuando sobrepasamos el límite de lo permitido.

Ese tipo de vergüenza que nos hace ocultarnos; que nos impide mirar a otros a los ojos con toda libertad.

La primera pareja humana ya no se sentía cómoda consigo misma ni con lo más íntimo de sí: la desnudez propia.

Desde entonces, nadie ha asociado la vergüenza con algo bueno. A nadie le gusta sentirse avergonzado. La vergüenza no es deseable. Por el contrario, funciona como una señal que nos hace recordar que no todo está como debería. La vergüenza es una brújula que emite su señal de aviso cuando hemos perdido el rumbo.

Sin embargo, escuchar esa señal no necesariamente nos reubica automáticamente.

Por lo general, cuando escuchamos esa señal estamos tan desubicados que no sabemos cómo retomar el rumbo. Por eso es que algunos optamos por guardar silencio y no le contamos nada a nadie, porque “podemos manejarlo todo nosotros mismos”; otros se sumen en un profunda depresión, que los aísla de su entorno y les hace creer que todo está terminado; otros optan por ceder a los vicios y las adicciones (propias de nuestra raza) en un deseo (muchas veces inconsciente) de autodestrucción; otros deciden esconder su confusión tras una amplia capa de hipocresía moralista, la cuál tarde o temprano los lleva a creerse mejores personas que los demás.

En los primeros humanos, en todo caso, la vergüenza generó una reacción simple.

Sencillamente, se ocultaron.

La vergüenza produjo en ellos el deseo de esconderse.


¿Será que todas las posibles reacciones a la vergüenza, en el fondo, develan el mismo deseo de nuestros primeros padres de ocultarse?

¿Es posible que sigamos tratando de escondernos?


Aún así, piensa por un momento en esta idea:

¿Puede el ser humano ocultarse de Dios?


La respuesta no es tan fácil…


El autor de Génesis dice que Dios estaba paseando en el jardín del Edén y vio algo que no encajaba en el cuadro. ¿Dónde estaba el hombre? ¿Dónde estaba la mujer? Así que decide hacer una de las preguntas más profundas que haya podido escuchar cualquier oído humano: “¿Dónde estás?”

A veces, en mi muy limitada capacidad comparativa, me imagino esta escena como un niño que juega a las escondidas con su padre. Seguro que la has visto. Ponen sus manos sobre sus ojos (ya que un par manitos tan pequeñas no son capaces de ocultar todo un rostro), y piensan que eso los hace desaparecer de su entorno. Sus manitos son un refugio perfecto para no ser descubiertos. Según ellos, se ocultaron. Pero, obviamente, están a la vista de todos. Y, aún así, el padre, para seguirle la corriente, hace la pregunta mágica: “¿Dónde estás?”

Ahora, evidentemente lo que ocurre en el Edén no es ningún juego. Sin embargo, la pregunta del padre es la misma para el niño. No hace la pregunta por ignorancia, sino por gracia.

Gracia es la palabra que utilizamos para definir cuando Alguien nos busca aún cuando le hemos fallado y lo sabe.

Y las cosas no se hubieran podida dar de otra manera. Porque la gracia es el punto opuesto de la vergüenza.

La vergüenza nos hace pensar que todo está perdido; la gracia nos muestra que todo puede volver a empezar.

La vergüenza nos hace crear un vestido; la gracia nos provee abrigo.

La vergüenza nos aleja; la gracia nos invita a acercarnos.

La vergüenza nos lastima; la gracia nos restaura.

La vergüenza nos recuerda que estamos desubicados; la gracia nos ayuda a reubicarnos.

La vergüenza nos oculta; la gracia nos descubre.

La vergüenza revela los planes de La Serpiente; la gracia emana el amor de Dios.

Porque Dios no rechaza al pecador, sino que lo busca. Dios provee vestido para que el pecador se cubra de su vergüenza. Dios no se avergüenza de buscar al avergonzado. Dios da el primer paso en búsqueda de aquél que está sumido en el pecado.


En el interior de la gente religiosa prevalece la idea de que las personas deben estar bien para acercarse a Dios[1], mientras que las líneas de La Escritura irradian precisamente lo contrario: Dios busca al pecador maltrecho. Dios busca al ser humano en su vergüenza. Y ese es el punto en el que el cristianismo se diferencia de otras religiones: no es una forma de hallar a Dios, sino que es la predicación de esta verdad impresionante, asombrosa, misteriosa y alucinante: Dios busca al hombre. Por eso, cuando seguimos la tendencia de hundir a las personas en la vergüenza que les produce su culpa, estamos yendo en contravía del camino establecido por Dios. En otras palabras, la condena sin restauración nos hace ser más como La Serpiente que como nuestro Creador.


Ese Creador—el Eterno Buscador—que siempre sigue haciéndonos la misma pregunta:

“¿Dónde estás?”



[1] Esta idea está presente, aunque tocada desde otro punto de vista, en el extraordinario video “Rain” de Rob Bell.

martes, 13 de abril de 2010

¿Qué Es Un Cappuccino?


Quiero comentarles un poco sobre un amigo mío. Él es estudiante del mismo Seminario del cuál soy egresado. Entró a la institución un par de años después de mí. Pero eso no fue impedimento para que nos hiciéramos amigos. Por alguna razón que todavía no entiendo, él tuvo la confianza de apoyarse en mi colaboración para realizar sus labores académicas.

El nivel de exigencia académica del Seminario es alto. Y él nunca se había enfrentado a algo similar, ya que su falta de solvencia económica le había impedido acceder a un buen nivel de educación primaria y secundaria. Lo que otra persona promedio hacia en una o dos horas, él lo hacia en cuatro. Hasta lo documentos más “sencillos” eran un verdadero desafío para él. Algunos pensaban que le iba a quedar grande este reto. Otros apostaban que no iba a volver tras el primer período de vacaciones.

Sin embargo, su perseverancia y tenacidad lo tienen hoy a las puertas de finalizar su carrera.

Las adversidades no opacaron su gallardía.

Las barreras no menguaron su deseo de prepararse profesionalmente para servir al Señor.

Y yo tuve el privilegio de ser testigo y parte activa de esa serie de milagros que él representaba.


Hace un tiempo tuve una reunión con él. Me dijo que quería tener una atención conmigo. Así que me invitó a un café.

Pedimos la carta.

Y pasó lo inexplicable.

Él acercó su silla a la mía, abriendo su carta en la sección “Cafés”. Y me hizo la siguiente pregunta: “Miguel, ¿qué es un Cappuccino?”.


¿Qué responder ante eso? Es decir, el Cappuccino es algo que doy por sentado. Sé qué es un Cappuccino. Sin embargo, al escuchar esa pregunta, me di cuenta que estaba ante una persona que no daba eso por sentado. Él quería saber sinceramente qué era un Cappuccino.

No me reí. No me burlé. Tampoco lloré de lástima. Lo único que sentí fue una profunda admiración por el honor de estar frente a un destello de humildad en un mundo que tiende a darlo todo por sentado. Un mundo en el que estoy inmiscuido más de lo que pensaba.


Tras explicarle qué era un Cappuccino, él lo ordenó. Lo disfrutó. Y dijo que era su nueva bebida favorita. Después, se puso de pie, me dio un abrazo y salió disparado hacia el Seminario para estudiar.

Ese encuentro enterneció mi corazón.

Él quería tener una atención conmigo, pero fue mucho más que un simple Cappuccino. Fue un Cappuccino con todas sus letras. De esos que no me tomaba hace mucho tiempo. No por su sabor, ni su aroma, sino porque recordé el placer de disfrutar de algo por primera vez. Su textura me llevó a ver lo hermosa que es la vida cuando no se da todo por sentado; cuando todavía tengo la posibilidad de sorprenderme. Tal vez su precio no era el más alto, pero su valor es inigualable.

La pregunta que a veces nos tenemos que hacer no es qué tantos Cappuccinos nos tomamos, sino cuánto disfrutamos de cada uno de ellos.

Porque cuando empezamos a dar las cosas por sentado en nuestra vida, ineludiblemente las dejamos de disfrutar. Su sabor deja de ser el mismo. Su aroma se vuelve común. Su nombre no nos recuerda su significado.


¿Cuándo fue la última vez que disfrutaste de un amanecer, de un atardecer, de un anochecer, de la luna, de las estrellas, del mar, de la lluvia, del sol, de tu casa, de tus amigos, de tu familia, de tu trabajo, de tu estudio, de la música, del silencio, de la lectura de un párrafo tan largo como este, de un viaje, de la risa, del llanto, de la comida, del olor de las flores, del canto de las aves?

¿Cuándo empezaste a dar las cosas por sentado?


Nunca es tarde para volver a disfrutar. La esperanza que me dio ese encuentro es que siempre podemos volver a disfrutar de un Cappuccino.

Por eso te pregunto: ¿cuándo fue la última vez que disfrutaste de un Cappuccino?


Es más, ¿qué es un Cappuccino?

lunes, 5 de abril de 2010

Cambiar La Pregunta


Todos hemos sufrido. Aún si unos han sufrido más que otros, el dolor sigue siendo real para cada uno. Y lo más irónico es que, aunque sabemos que vamos a sufrir, nos sigue doliendo el sufrimiento. En otras palabras, saber sobre el sufrimiento no necesariamente nos prepara para afrontarlo. Porque el sufrimiento tiene la facultad de imposibilitarte a ver otros caminos, otras salidas. Te hace pensar que no hay más caminos por recorrer o más salidas por buscar.

El sufrimiento es una realidad humana poderosa e ineludible.

Y, como si fuera poco, es más frecuente de lo que quisiéramos. Algunas veces llega en dosis tolerables. En otras ocasiones nos atropella como una estampida de animales salvajes.

El sufrimiento es una constante en la historia humana. Sus diferentes dimensiones han acompañado a nuestra raza desde sus inicios.

Hace poco leí el libro de Job. Antes lo definía como una biografía, pero ahora lo veo como una colección de diálogos, en especial entre Job y sus “amigos”[1]. Diálogos bastante poéticos. Diálogos que presentan diferentes perspectivas sobre el sufrimiento y la calamidad. Diálogos que pasan fácilmente a ser análisis teológicos y antropológicos de las desgracias humanas. Diálogos que en su mayoría, para ser sincero, me chocaron.

Porque es molesto cuando el sufrimiento se convierte en un motivo de diálogo.

La persona deja de ser alguien para ser un simple tema de conversación.

Es fácil analizar las razones, los motivos, las posibles soluciones, las respuestas, las verdades teológicas que se esconden detrás del sufrimiento de ese alguien. Tendemos a pensar (como los “amigos” de Job) que el infinito, misterioso e incomprensible Universo de Dios se rige por una eterna ley de causa y efecto: si te pasa algo malo es porque hiciste algo malo; sufres porque te lo mereces. Estamos convencidos que todo ocurre por alguna razón y, para colmo de males, ¡nosotros sabemos cuál es!

¿No es eso arrogante y, en un sentido, deshumanizante?

¿Qué hace que dejemos de ver a las personas como alguien (ser humano) para empezarlas a ver como algo (un tema de conversación)?

¿Será posible el acompañamiento sin análisis?

¿Por qué es casi imposible sencillamente ‘estar ahí’ sin necesidad de entablar una cantidad inaudita de diálogos que muchas veces no tienen ninguna respuesta real?

¿Por qué es tan difícil guardar silencio ante el sufrimiento?

¿Será que la línea entre el orgullo (creer que podemos dar una respuesta a todo) y la compasión (identificarnos con la miseria del otro) es tan delgada que la podemos pasar fácilmente?


Hacia el final del libro de Job, Dios entra en escena. Se hace parte de los diálogos. Pero no para atacar a Job por expresar sus sentimientos, su desespero o su desolación, sino para confrontarlo en su humanidad. Porque, después de todo, el sufrimiento no es tan fácil de encasillar: por un lado, no muestra el abandono de Dios y, por otro lado, no siempre es la consecuencia de un castigo divino. Hay toda una serie de posibilidades que oscilan entre esos dos extremos.

El sufrimiento tiene matices impredecibles, incalculables y excepcionales.

No obstante, cuando Dios entra en escena no responde cada pregunta de Job. No le explica porqué pasó todo. Tampoco le expresa el propósito por el cuál sufrió. Sencillamente, vez tras vez, lo único que hace Dios es mostrarle a Job quién es él (Dios).

¿Acaso Dios ignora el sufrimiento humano?

¿Tiene algo que ver el conocerlo a él con el porqué de nuestros sufrimientos?

¿O será que tiene todo que ver?

¿Será que debemos cambiar de parecer y comenzar por mirar a alguien más que a nosotros mismos?


El libro termina con Job rendido a Dios con esta oración saliendo de sus labios: “De oídas te había oído, pero ahora te veo con mis propios ojos”. Su pregunta dejó de ser “¿por qué me pasa todo esto?” y pasó a ser “¿a dónde puedo dirigir mi mirada?”

Job cambió de parecer. Cambió la pregunta.

Dejó de ver a Job para centrarse en Dios. Y así, paradójicamente, se pudo ver a sí mismo mejor que nunca. Descubrió que el sufrimiento no refleja a un Dios mezquino o sádico; ni siquiera muestra a Dios como un policía cósmico que espera que nos equivoquemos para juntar todo el dolor del mundo y mandárnoslo por correo directo. El sufrimiento, en el caso de Job, era una prueba diabólica. Y, para todos, el sufrimiento hace parte de nuestra humanidad. Si estás vivo, lo vas a enfrentar. El sufrimiento pasa. Y el reto seguirá siendo el mismo: transformar el “¿por qué me pasa esto?” en “¿a dónde puedo dirigir mi mirada?”.

A veces, lo único que vas a necesitar es cambiar la pregunta.

Cuando nos centramos en Dios, probablemente descubriremos que sí le importamos. Tal vez el sufrimiento nos lleve a experimentar a Dios de una manera tan única, especial y personal, que de otra forma seria imposible. Probablemente descubriremos que su corazón no se cansa de amar, cuidar y fortalecer al que lo necesita.


Porque a él no le importan tanto las razones; le importan las personas.



[1] Lo pongo entre comillas porque esa es la pregunta que queda abierta al terminar de leer el libro: verdaderamente, ¿qué tan amigos eran los “amigos” de Job?