jueves, 25 de marzo de 2010

La Niña Del Cuarto Lugar


Aprovechando la llegada de los IX juegos suramericanos a Medellín, presencié la competencia de los 20.000 metros marcha de la rama femenina. La marcha (definido en mis términos) es el punto intermedio entre correr y caminar rápido. Aún así, era obvio que las competidoras tenían que poner todo su esfuerzo para aplicar la técnica adecuada, a fin de llegar a la meta en el menor tiempo posible.

En la pista había cuatro competidoras. Solamente una de ellas quedaría excluida del podio.

La primera marchaba a un ritmo imposible de seguir. Entre la segunda y la tercera había una distancia considerable, pero que no restaba emoción y expectativa entre los allí presente. La cuarta, por su parte, iba demasiado lento. Ya estaba alejada de la punta. No le quedaba ninguna posibilidad cuando los jueces anunciaron la última vuelta.

La primera llegó a la meta en un tiempo de 1 hora 50 minutos y 15 segundos. La segunda en 1 hora 52 minutos y 36 segundos. La tercera en 1 hora 53 minutos y 10 segundos.

Fin de la carrera…

¡¿Fin de la carrera?!

No fui yo el único que se asombró al ver que la niña que iba en cuarto lugar siguió la carrera. ¡Iba 5 vueltas por detrás de la líder! Al momento de escuchar esto por los altavoces del estadio, todo el público dejó salir un estruendoso “¡ufff!”, que dejaba ver el desconcierto ante semejante pérdida. Todos pensamos que la niña del cuarto lugar iba a detenerse. Total, ya no tenía ninguna opción de ganar. Además, su ritmo reflejaba su agotamiento.

Sin embargo, la niña del cuarto lugar nunca se detuvo.

Siguió con la carrera.

Durante sus primeras 3 vueltas en solitario, pasaba al frente de las gradas y había silencio. Había uno que otro entre el público que la invitaba a terminar. Y creo que, en el fondo, todos esperábamos que lo hiciera. Estaba corriendo una competencia consigo misma, que no tendría ningún ganador o perdedor.

Sin embargo, la niña del cuarto lugar nunca se detuvo.

Siguió con la carrera.

Y las cosas comenzaron a cambiar.

No anularon la carrera. No anunciaron un premio especial a la perseverancia. Tampoco la invitaron a ocupar un lugar en el podio. Lo que empezó a cambiar fue nuestra actitud hacia ella. Ya no era de hostilidad. Ya no queríamos que renunciara. ¡Queríamos que terminara la carrera! No sólo por ella, sino también por nosotros.

La niña del cuarto lugar nos había inspirado.

Las voces ya no la invitaban a la renuncia, sino que la impulsaban a la perseverancia. Ya no nos inundaba la lástima cuando la veíamos, sino que nos inspiraba su deseo de terminar. Aunque era de un país diferente, todo el público comenzó a corear su nombre. Por dos vueltas completas solamente se escucharon palmas, silbidos, gritos, coros y la euforia de una tribuna que deseaba ver a la niña del cuarto lugar terminar la carrera.

Y lo hizo.

Cuando cruzó la meta, todas las graderías estallaron en júbilo. Incluso observé a unas cuantas personas secarse las lágrimas de sus ojos. Por un par de minutos, el estadio aplaudió a esta niña como si fuera la campeona olímpica. Y ella, en su campo de batalla, atinó a levantar sus brazos en señal de gratitud.


¿Por qué alguien así nos inspira?

¿Qué hizo esa atleta que transformó la hostilidad del público en admiración sincera?

¿Cómo logró conectarse con nosotros la niña del cuarto lugar?

¿Será que nos parecemos a ella más de lo que pensamos?


La mayoría de nosotros tiene entre los estantes de su propia historia una experiencia al estilo de la niña del cuarto lugar. Ese momento donde era más fácil tirar la toalla que recuperar las vueltas perdidas. Ese momento donde las voces hostiles eran más fuertes que nuestros pasos sobre la pista. Ese momento donde la meta parecía un simple espejismo inalcanzable. Ese momento donde hubiera sido más fácil terminar la carrera.

Pero no lo hicimos.

Porque no se trataba solamente de una carrera; se trataba de nuestra carrera.

¿Qué importaba si llegábamos en primer o en cuarto lugar? Lo que importaba era que llegábamos a la meta. Que terminábamos no sólo una carrera, sino nuestra carrera.

Lo que nos inspiró de la niña del cuarto lugar fue que no tomó el camino fácil. Ella decidió perseverar a pesar de las circunstancias, como todos alguna vez lo hemos tenido que hacer. Basta con que pases unos minutos en la pista de la vida para darte cuenta que la carrera no es fácil. Sin embargo, son todas esas complejidades las que hacen de la vida una carrera emocionante. Es cierto, no sabemos lo que nos deparará el día que hay por delante, la carrera que debemos emprender. No sabemos si llegaremos al primero o al cuarto lugar. Pero hay algo que sí nos podemos proponer: perseverar.

Perseverar, ya sea en el primer o en el cuarto lugar.

Perseverar ante los obstáculos.

Perseverar cuando el cansancio sea más fuerte que nuestra resistencia.

Perseverar aunque vayamos 5 vueltas por detrás del líder.

Perseverar aún si el público nos está gritando para que terminemos la carrera antes de tiempo.


Perseverar como la niña del cuarto lugar.


¿Quién quita que terminemos inspirando a unos cuantos?

viernes, 19 de marzo de 2010

Tu Nombre


Esa noche era peculiar. Jacob había llegado a un punto crítico de su existencia. Había dejado de ser parte de su familia para convertirse en un prófugo. Estaba cerca del límite de sus fuerzas.

La Biblia nos cuenta que Jacob está luchando con un hombre, de quien nunca sabemos el nombre. Durante toda la noche lo único que hacen es eso: pelear. Jacob sale herido, pero no deja ir a su oponente; por el contrario, le pide que lo bendiga. ¿Qué lo bendiga? Es bastante extraño, ¿o no? En ese momento yo pensaría en otras opciones, pero seguramente no le pediría al tipo que me acaba de herir que me bendiga. Yo trataría de devolverle el daño que me hizo; le pagaría con la misma moneda. O, dadas las circunstancias tan oscuras que atraviesa Jacob, le pediría que acabara con mi vida de una vez por todas. Después de todo, no hay nada que perder. Yo deseo salidas, esperanzas, respuestas, un cambio de vida, ¡pero no que me bendigan!

Jacob recibió la bendición de la primogenitura, pero parece como si eso no hubiera servido de nada; por el contrario, es como si le hubiera traído cada vez más problemas. El último que lo bendijo fue su padre, pero esa bendición generó todo este caos. Para Jacob, la bendición no se ha convertido en un motivo de gozo, sino en el gran martirio de su vida. De hecho, ¡Esaú, su hermano, lo quiere matar por haber recibido esa bendición!

Para Jacob, la bendición no es precisamente el oasis en medio del desierto.

Sin embargo, ¡Jacob pide otra bendición! ¿Por qué?

Además, la bendición que el hombre le da a Jacob es cambiarle el nombre. No le da una cátedra sobre la importancia teológica de la bendición; tampoco pronuncia un sermón sobre la importancia del legado que va a seguir de aquí en adelante; ni siquiera saca a la luz un corolario de beneficios por la bendición impartida. Simplemente le pregunta el nombre y le da uno nuevo.

Un nombre.

Una bendición.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

Para la cultura del Cercano Medio Oriente Antiguo, el nombre era mucho más que un conglomerado de letras que ayudaban a distinguir a las personas. El nombre era la identidad. El nombre de una persona, de alguna manera a veces misteriosa, revelaba quién era. Cuando alguien te preguntaba el nombre no sólo quería saber cómo llamarte, sino que quería saber quién eras.

El nombre ‘Jacob’ proviene del verbo hebreo ’aqab, que significa ‘engañar’ o ‘suplantar’. Da la idea de aprovecharse de la situación para tomar ventaja. Es el que toma el pedazo más grande del pastel cuando ve la oportunidad. Así, por definición, llamarse Jacob es ser un engañador, un suplantador, un aprovechado. Las expectativas que se impusieron sobre Jacob definitivamente no han sido defraudadas.

Cada vez que escucha su nombre, escucha su destino, su vocación y también su mayor desgracia.

Jacob ya no quería seguir con el destino que su nombre le había impuesto; deseaba romper los parámetros que habían sido escritos en su alma desde el mismo momento de su nacimiento. Por eso es que el cambio de nombre más que un acto social, se convierte en una profunda transformación personal: es una bendición. “Ya no tienes que seguir llamándote engañador—le dice este hombre—, te llamarás Israel”.

El nombre ‘Israel’ significa ‘el que pelea con Dios’, lo cuál es muy sugestivo si estamos pensando en descubrir la identidad del personaje con el que Jacob está contendiendo. El nombre sugiere que ese personaje anónimo con el que peleaba Jacob es Dios mismo. Aunque no se lo revela cuando Jacob le pregunta, este hombre sí le muestra quién es. Es decir, la pregunta “¿por qué preguntas mi nombre?” tiene una respuesta en el nuevo nombre de Jacob.

Así, una forma de entender la pregunta no es como una evasión, sino como una pregunta retórica: “¿por qué me preguntas mi nombre? Tú ya sabes la respuesta. Tú nombre contiene mi nombre”.

Ya Jacob no tiene que ser el engañador que huye, que se esconde, sino que será el que es capaz de hacerle frente a Dios. Dejó de ser el que escapa para convertirse en el que persevera aún al enfrentarse al Señor mismo.

Su nombre siempre le recordará su transformación.

Su nuevo nombre es una bendición.

Su nuevo nombre le recuerda no sólo quién es él, sino que le permite vislumbrar algo de quién es Dios: el que es capaz de cambiar los nombres.


Tal vez nos parecemos a Jacob mucho más de lo que pensamos.


Cuando nos acercamos ante Dios, venimos con un pasado marcado (positiva o negativamente) por lo que han dicho (otros o nosotros mismos) de nosotros, por los nombres que nos han impuesto. Son como etiquetas que marcan nuestra identidad: “incapaz”, “inteligente”, “inútil”, “deportista”, “bueno para nada”, “soñador”, “alcohólico”, “homosexual”, “buen hijo”, “drogadicto”, “divorciado”, “adoptado”, “cristiano”, “ateo”, “mal hijo”, “buen padre”.

Lo que se dice sobre nosotros es muy poderoso. De alguna forma, empieza a determinar lo que pensamos de nosotros mismos y, aún más, guía lo que somos.


¿Cuál es tu nombre?

No me refiero a cómo te llamas; estoy hablando de quién eres. ¿Qué es lo que otros, o aún tú mismo, han dicho sobre ti?

Con esto en mente, te vuelvo a preguntar:

¿Cuál es tu nombre?

Por favor, nunca olvides que Dios siempre está dispuesto a cambiar nombres. Tal vez esa sea la mejor bendición que te puede dar.


La pregunta es: ¿estás dispuesto a cambiar de nombre?

jueves, 11 de marzo de 2010

¡Ay, Mi Corazón!


Marcos 7:1-23 presenta una disputa entre los fariseos y saduceos con Jesús. Lo que le reclamaban es que sus discípulos (los de Jesús) no se lavaban las manos para comer, lo cuál hacia que sus manos fueran inmundas a la hora de ingerir alimentos. ¡Estaban yendo en contra de la tradición de los ancianos! Por eso ellos (fariseos y saduceos) no sólo se lavaban, sino que trataban de purificar todo lo que eventualmente llegara a tener contacto con los alimentos. Así no se contaminaban. ¡Eso sí era santidad en su máxima expresión!

¿Cómo respondió Jesús ante esta situación?

Los encaró, convirtiéndolos de confrontadores a confrontados.

Primero, como era típico, los llamó “hipócritas”. Después les recordó las palabras que el profeta Isaías le dio al Israel de antaño: “ustedes honran a Dios de labios, pero su corazón está lejos de él”. Junto con ello, les demostró que sus tradiciones se habían vuelto más importantes que los mandatos divinos. Y, por último, llamó a la multitud y enfrente de ellos les dijo que estaban desenfocados, que habían perdido de vista lo esencial: el problema del ser humano no está en lo externo, sino en su corazón.

¿Cómo es eso que lo que viene de afuera no es lo que contamina, sino lo que está adentro?

Cuando Jesús decía que el problema del hombre estaba en el corazón no se refería al músculo que irriga sangre a nuestro cuerpo. Se estaba refiriendo, como es propio de la concepción judía, al centro de mando del ser humano. El corazón es el núcleo del carácter de las personas. De allí surgen los pensamientos, las acciones, las conductas, los sentimientos, las emociones y cada una de las dimensiones que componen nuestra humanidad. Así pues, al hablar del corazón, Jesús está confrontando lo más íntimo y lo más valioso de sus oyentes. En otras palabras, no se contenta con que la fachada de la casa esté bien presentada, sino que quiere descubrir cada rincón del interior. Porque una casa con buena fachada tarde o temprano se va a venir abajo si el óxido y la podredumbre la carcomen desde adentro.

Las tradiciones religiosas pueden convertirse en fachadas incapaces de transformar el carácter. Sin embargo, mantener esas fachadas es lo más cómodo para todo el mundo. Nos ahorra muchas complicaciones. Nos facilita la vida.

Por un lado, el feligrés poco a poco va aprendiendo a comportarse como tal. Aprende a hacer lo que todo cristiano debe hacer. Conoce los ritos, las palabras, las conductas y las formas adecuadas. Aprende a demostrarle al mundo su espiritualidad, a veces sin importar cómo está su corazón. Por otro lado, al liderazgo (dentro de los cuáles me incluyo) nos facilita tratar con aquellos que en lo externo no cumplen con lo que todo cristiano debe hacer. Así, por ejemplo, si una persona permanece sentada mientras la música está sonando, nos manda una señal, creemos nosotros, de sus problemas de espiritualidad. Y, por otro lado, concluimos que una persona está bien con Dios si hace lo que todo cristiano debe hacer.

Según Jesús, eso es hipocresía.

Cuando nos importa más la conducta que el carácter, somos hipócritas.

Así, sucumbimos ante el mismo peligro que denunció Jesús: convertir una tradición humana en doctrina; transformar las ideas de algunos en supuestos mandatos divinos.

Debemos recordar, sin embargo, que unos labios que honren a Dios no manifiestan un corazón cercano a él. Las conductas piadosas no siempre están respaldadas por una relación real con Dios. Podemos tener comportamientos que aparenten cercanía, pero vivir más alejados de lo que estamos dispuestos a aceptar. De nada sirven comportamientos acomodados a tradiciones si no hay un carácter que los respalde. Aunque, tenemos que aceptarlo, siempre será más fácil tratar de acallar la conciencia con simples apariencias para no confrontarnos con la realidad de un Dios santo.


La hipocresía es más llevadera que la espiritualidad sincera.


En los tiempos de Jesús, la tradición juzgaba a la gente por su manera de comer los alimentos. Hoy, probablemente, eso nos suene ridículo. Somos más sofisticados. No luchamos con algo tan básico. Pero ciertamente podemos sufrir del mismo mal: poner las tradiciones como doctrinas y, junto con ello, juzgar a las personas por lo que hacen externamente. Tal vez no creamos que los alimentos ingeridos con las manos sucias contaminen el alma, pero ¿qué tal si hablamos de la música?

¿Hemos legislado en nuestra tradición que la música que debe escuchar la gente es la que producen los cristianos o, de lo contrario, se están contaminando?

¿La música no-cristiana contamina a las personas?

¿Qué podemos decir de esas canciones con mensajes obscenos, los cuáles van en contra de lo establecido por Dios? ¿Cuál es el problema con ellos?

¿Qué tal que estemos apuntando en la dirección equivocada: a las conductas más que al carácter?

¿Será que el problema no está en la música que la gente escucha, sino en lo que eso saca a la luz de lo que hay en su corazón? ¿Será que la música—cristiana o no—en lugar de ser un contaminante es una suerte de gatillo que dispara al monstruo impuro que se alberga en el centro de nuestra voluntad?

¿Será que, como dijo el profeta Arjona, “el problema no es problema”?

¿Qué tal que el problema no sea la música, sino que el problema seamos nosotros?

¿Qué tal que el problema siga siendo el corazón?


¡Ay, mi corazón!

Sigues necesitando la salvación.

¡Ay, mi corazón! Eres tan duro,

Permaneces escondido tras ese muro

¡Ay, mi corazón! Me asombra tu fragilidad,

La cuál está clamando por un poco de piedad.

¡Ay, mi corazón! Te gusta ocultarte,

Cuando al frente tienes a Quien quiere tratarte.

¡Ay, mi corazón! ¿Quién tiene la razón?

¿Por qué eres tan pronto para eludir la confrontación?

¡Ay, mi corazón! Aún me sorprendes,

Siempre es más fácil que te alejes y te alejes

¡Ay, mi corazón! Necesitar cambiar,

Pídele la fuerza al que te puede transformar.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Del Porqué Quise Matar A Una Mujer


Estoy sinceramente intranquilo. Nunca en la historia de la humanidad se había escuchado de dos terremotos de gran magnitud en dos lugares diferentes en tan poco tiempo. Primero fue Haití; ahora, Chile. Dos tragedias que enlutan naciones enteras, inspiran nuestro espíritu de solidaridad y nos hacen pensar en lo frágil que es la vida. Y como cristianos (por lo general) estas situaciones nos impulsan a tratar de descifrar las razones teológicas para que ocurran este tipo de cosas.

Tal vez lo que diga aquí no sea nada nuevo. No importa que no lo sea. Pero sí me puedo estar adelantando a todos esos que intentan darle un supuesto sentido teológico o bíblico a este tipo de catástrofes.

Cuando ocurrió el terremoto en Haití, la mayoría de sectores en el cristianismo empezó a decir: “se lo tenían bien merecido; ahí tienen las consecuencias de tanta brujería”. De hecho, escuché a una señora en mi iglesia que, al orar por Haití, ¡le dio gracias al Señor por castigarlos! Fundamentaba su oración en el hecho que la Biblia dice que la tierra tiembla cuando el Señor la mira[1]. Entonces ella dijo que Dios había mirado a ese país y debían sufrir las consecuencias.

Tengo que confesarlo: ¡quise matar a esa mujer! Estuve cerca de cometer un homicidio mientras ella cerraba sus ojos para orar.

¡¿Cómo se le ocurre decir semejante cosa?! ¿Acaso la Biblia no dice que deberíamos dolernos con el que se duele; sufrir con el que sufre? Ese es un principio universal para el seguidor de Cristo, no algo que se aplica sólo entre cristianos. Cuando Pablo lo dijo no tenía en mente sólo la villa cristiana, sino que nos invitaba a darle amor a toda persona que necesita del consuelo de Dios. Como cristianos estamos llamados a ayudar al que sufre, sea budista, católico, masón, mormón o hechicero.

“Pero, Miguel—dirán algunos—, ellos van en contra de lo que Dios ha establecido”.

Bueno, puede que sea así. Pero no se nos pueden olvidar dos cosas: (1) Nosotros, aún siendo cristianos, también vamos con mucha frecuencia en contra de lo que Dios ha establecido. No somos inmunes al pecado. (2) El que juzga es Dios, no nosotros. Si Dios castigó a esas personas, no lo sé. Eso depende de él, ¡no de mí! ¿Quién soy yo—un humano tan sumamente limitado—para saber lo que Dios tiene en mente?

De lo único que estoy sinceramente seguro es que mi llamado es más alto: no se trata de especular, sino de actuar; no se trata de adivinar razones que suenen espirituales, sino de ver en este campo de desgracia un terreno fértil para demostrar el amor de Jesús.


Tristemente, los cristianos a veces hacemos lo menos espiritual al espiritualizar lo ocurrido.


¿Qué diríamos ahora de la catástrofe que ocurrió en Chile? ¿También es un castigo de Dios para una tierra donde, precisamente, se está empezando a levantar una gran población de cristianos? ¿Dios también miró la tierra donde su pueblo está actuando?

¿Por qué ahora todos los sectores cristianos que salieron al paso para la explicación pseudoespiritual de lo ocurrido en Haití no se han pronunciado? ¿Será que no todo es tan fácil como pensábamos? ¿Qué tal que en la vida no todo se solucione con una fórmula de causa y efecto?


Dios bendiga a Haití.

Dios bendiga a Chile.

Dios bendiga a su pueblo.


Y que no dejemos que el refrescante río del consuelo se quede encerrado en nuestros templos, mientras el mundo sigue clamando por la manifestación de los hijos de Dios.



[1] Para ser muy honesto, no he buscado ese texto. De pronto debe estar por ahí. Pero de algo estoy seguro: ella lo sacó de contexto para justificar su posición.