sábado, 20 de febrero de 2010

Amé A Esa Prostituta

Tengo algo más de treinta años. Enseño la Biblia desde hace un tiempo. Se podría decir que tengo un ministerio fructífero. Es más, el otro día me invitaron a una reunión con los duros del ministerio en mi ciudad.

Y allí fue donde me ocurrió lo que quiero comentarte.

Es un poco extraño escribirlo, pero siento que alguien debía saberlo.

Estábamos en la mitad de la reunión, discutiendo sobre la importancia del servicio para cualquier persona que realmente cree en Dios. Era una charla muy interesante. Me asombraba el conocimiento de todos esos hombres de Dios sobre este asunto. Sus puntos de vista eran sencillamente fascinantes.

Sin embargo, en un momento dado, se empezó a escuchar un bullicio a la entrada del salón donde estábamos reunidos.

Sin previo aviso, una jovencita entró y se plantó justo en medio de nosotros. Estaba buscando a alguien. Su mirada rodeaba el salón tratando de identificar a esa persona. No obstante, todos trataban de rehuirle a esos ojos color carmesí.

¿Por qué?

Esa chica—calculo que tendría entre 25 y 30 años—tenía prendas que dejaban ver demasiado de ella. Su cuerpo estaba solamente forrado con un vestido que evocaba el cuero gastado, el cuál hacia juego con su cabello negro como la noche. No sé si lo que llevaba puesto era una falda o un cinturón largo; la verdad es que no dejaba mucho a la imaginación. Aún así, su rostro, todo pintado con colores que resaltaban cada uno de sus profundos rasgos, era muy hermoso. Y sus ojos, profundos como el océano, revelaban que había vivido mucho más de lo que es prudente consignar con las palabras.

No tenías que ser un genio para darte cuenta que ella era una prostituta. Una prostituta que estaba buscando a alguien. Y ese alguien era yo.

Se acercó ante la mirada perpleja de todos los allí presentes, quienes empezaron a murmurar ante tan incómoda situación. Cuando llegó frente a mí, beso mi mejilla y se abrazó a mi cuello. Su perfume, con el que seguramente rociaba los lechos en los cuáles se encontraría con sus amantes, impregnaba ahora todo mi cabello. Mi vestido ahora olía a ella.

Para ser sincero, disfruté ese momento. Por eso, decidí abrazarla.

Amé a esa prostituta…


No me refiero a la malformación del amor que hace pensar que sólo es un acto físico. Me refiero a que en ese momento nuestros corazones se conectaron. Por un instante, escuché sus miserias, su dolor, su deseo de amar y ser amada…verdaderamente amada. Nos encontramos en el punto donde las miserias unen nuestra humanidad.

Nunca nos dijimos una palabra, pero ambos sabíamos que ese abrazo significaba mucho más que eso. Es como una búsqueda eterna que había concluido en ese momento. Me di cuenta que yo la había estado buscando a ella, y ella me había estado buscando a mí. ¡Por fin nos habíamos encontrado! Ese abrazo era el sello que certificaba la conclusión de nuestra búsqueda.

Me separé un poco de ella y besé su frente.

“Aquí estás”—susurré a su oído.

“Aquí estás”—respondió ella con una sonrisa en su rostro.

Todo el salón nos miraba. Los grandes hombres de Dios no sabían qué hacer ante tan bochornosa situación: un prominente colega estaba en la mitad de la reunión susurrando quién sabe qué a los oídos de una prostituta. Parecía como si nos conociéramos de hace bastante tiempo atrás.

“Si fuera un hombre de Dios—comenzaron a decir—, sabría que ella es prostituta y se apartaría. No debería comulgar con el pecado”.

Se acercó a mí una de los organizadores del evento para decirme que ella se debía retirar del lugar. Pero yo no podía dejar que ella saliera de ese lugar humillada, maltratada y rechazada. Ya había pasado mucho de eso en su vida. Seguramente encontraría algo diferente en medio de una reunión de hombres de Dios. Yo sabía que ellos entenderían.

“Si desea ser parte de este círculo—dijo quien estaba a cargo—, debe ser un claro ejemplo de santidad. Y, con todo el respeto que me merece, este vergonzoso incidente deja mucho que pensar al respecto. Si desea irse con ella, nos está dando la espalda a nosotros”.

Fue entonces cuando tomé una decisión: si ella iba a salir, yo también lo haría. Había encontrado aquello que tanto busqué. Encontré la perla que estaba perdida. No podía dejarla ir.

Así que me fui con ella.

Seguí amando a esa prostituta…


Otra vez, no me refiero a que tuvimos un encuentro fortuito. Sencillamente, charlamos un poco de la vida. Me contó cómo había llegado hasta este punto de su existencia. Lo único que pude hacer fue escuchar, llorar y seguir amando. Así transcurrió toda esa noche.

Y, al amanecer, cada uno se retiró a casa.

Pero sabíamos que no seríamos los mismos tras esa noche.


Después de ese encuentro me di cuenta de algo:

Amo a las prostitutas.


No sé si te guste escuchar eso o no. Sin embargo, quería que lo supieras.


Atentamente,

Jesús

martes, 16 de febrero de 2010

Confiando En El Imperfecto

A Susana: Gracias por hacerme pensar


Hace poco reanudamos las actividades en el grupo de adolescentes en el cuál estoy sirviendo. Disfrutamos de una reunión bastante divertida de reencuentro. Además, hubo un par de jovencitos que fueron por primera vez, ya que ahora tienen la edad para asistir a las reuniones. Ya son adolescentes.

Al finalizar la reunión, una de estas jovencitas se acercó para hablar conmigo. Tuvimos una charla muy profunda y sincera. Tan sincera que ella reconoció que en principio yo le caía mal.

Bueno, a mí eso no me parece ninguna sorpresa. Lo que sí me intrigaba era qué la había hecho cambiar de parecer.

“El año pasado—me dijo ella—tuvimos un retiro de jóvenes y ustedes me invitaron. En una de las prédicas hablaste de algunas de tus luchas, tus defectos y tus errores. No eras como esos que se paran al frente de la gente y parecen tan perfectos que viven una fe inalcanzable”.

Y concluyó con la siguiente frase: “comencé a confiar en ti porque eres imperfecto”.


¡Bum!


“Comencé a confiar en ti porque eres imperfecto”.

Esa es una aseveración demasiado profunda. Demasiado sincera. Demasiado humana.

Esa jovencita no se acercó a mi por ser el ejemplo de santidad, integridad o por parecer la perfección encarnada. Se acercó porque me vio como un humano: limitado, imperfecto y con luchas. Nos conectamos en el punto donde nuestras miserias nos identifican.

Nunca he estado de acuerdo con ese tipo de personas que lo único que hacen en un púlpito es alardear de sus logros. Yo creo que debe haber un equilibrio: podemos contar de nuestras victorias, pero también debemos reconocer nuestras derrotas. Porque nunca dejamos de ser humanos cuando nos paramos a predicar. Por eso, en muchas ocasiones, cuando enseño delante de las personas, reconozco que hay cosas con las que lucho, que me cuestan, que no entiendo. No soy un cristiano perfecto; sencillamente soy un ser humano tratando de seguir lo que Jesús dijo.

Me cuesta. Me duele. Me inspira. Me apasiona.

Tengo victorias. Tengo derrotas.

Soy así.

Ahora, ¿has notado el alcance tan profundo que tiene el hecho de aceptar nuestra humanidad delante de las personas?

“Comencé a confiar en ti porque eres imperfecto”.

¿Será que tenemos que repensar nuestra forma de presentar el cristianismo o de presentarnos a nosotros mismos?

Cuando la honestidad se cambia por un velo falso de perfección aparente, tendremos gente que nos admire. Pero mi propósito no es que me admiren por seguir a Jesús, sino que admiren al Jesús que sigo. Por eso no tengo que presentar algo que no soy. De hecho, peco cuando muestro una imagen falseada de quién soy. La transparencia tiene que ser parte de mi cristianismo.


No creo que se deba seguir mi opinión por ser mi opinión. Solo quiero poner el tema sobre la mesa. Así que comparto con ustedes algunas preguntas que me han dado vueltas en la cabeza tras esa conversación:

¿Por qué nos atemoriza tanto mostrar nuestras derrotas? ¿Qué tanto porcentaje es culpa nuestra y qué tanto de nuestro entorno?

¿Sí se puede ser transparente?

¿En qué momento comenzó a importarnos más la imagen que la integridad?

¿Por qué confiar en alguien imperfecto?

Es más, ¿será que deberíamos confiar en una persona imperfecta?


Alguien comenzó a confiar en mi porque soy imperfecto…