domingo, 31 de enero de 2010

¡No Voy A Predicar Más!


Después de pensar un poco sobre la predicación en la Iglesia en Latinoamérica, tomé la siguiente decisión:

NO VOY A PREDICAR MÁS…


No voy a predicar más a ese Jesús que le importan más mis comportamientos que mi carácter.

No voy a predicar más a ese Jesús que se puede domesticar en tres puntos de un sermón, en lugar de aquél enigmático, controversial y complejo personaje que caminó entre nosotros.

No voy a predicar más a ese Jesús que está interesado en mi apariencia más que en mi santidad.

No voy a predicar más a ese Jesús que le importa mi imagen por encima de mi integridad.

No voy a predicar más a ese Jesús que está más preocupado por las instituciones que por las personas.

No voy a predicar más a ese Jesús que ama más nuestro dinero que nuestro corazón.

No voy a predicar más a ese Jesús que espera que estemos bien para acercarnos, en vez del que se acerca cuando estamos maltrechos.

No voy a predicar más a ese Jesús que dice “todo esto te daré si postrado me adorares”, en lugar de ese que invitó a tomar la cruz y seguirle.

No voy a predicar más a ese Jesús que le interesa más guardar el día de reposo que sanar al que lo necesita.

No voy a predicar más a ese Jesús que trata a la Iglesia como su esclava y no como su novia.

No voy a predicar más a ese Jesús que nos obliga a seguirlo, en vez del que nos invita a amarlo.

No voy a predicar más a ese Jesús que está encerrado en un templo, en vez del que prefiere ser predicado en las calles.

No voy a predicar más a ese Jesús que uno escoge, en lugar del que lo escoge a uno[1].

No voy a predicar más a ese Jesús cuyo mensaje es una sarta de prohibiciones, en lugar del que vino a traer libertad.

No voy a predicar más a ese Jesús que parece que sólo actuará durante el fin de semana, al contrario de Aquél que es real cada instante de la cotidianidad.

No voy a predicar más a ese Jesús que piensa en función de denominaciones, en vez del que vino a dar la vida por Su Iglesia.

No voy a predicar más a ese Jesús que se impone a la fuerza, en lugar del que inspira con amor.

No voy a predicar más a ese Jesús místico que sólo le interesan nuestras oraciones, al contrario de ese que le importan también nuestras acciones.

No voy a predicar más a ese Jesús que respalda el espíritu religioso, en lugar de Aquél que quiere transformar nuestro entorno.


¡No voy a predicar más a ese Jesús!


Porque ese fue el Jesús que nos inventamos, no el Jesús que nos inventó.



[1] Entiendo el eterno debate entre predestinación y libre albedrío. Sencillamente me refiero aquí al hecho que en ocasiones es muy fácil hacer a Jesús a nuestra imagen y semejanza en lugar de seguir al que nos muestra la Biblia.

jueves, 28 de enero de 2010

Vale La Pena Morir (Parte 5): ¿Por Qué Todavía Me Quiero Casar?

A Laura


Los últimos post que he publicado son un estudio de Efesios 5:21-33.

Ahora que hemos concluido esa parte, propongo las siguientes dimensiones de aplicación de ese texto:


A los hombres solteros:

Valoren a las mujeres.

Cuestiónense día tras día si estarían dispuestos a dar la vida por la mujer que les llama la atención. Si definen que es así, tras pensarlo sinceramente, entonces tomen las cosas con calma. Una relación verdadera no se construye de un momento a otro. Pero si, por el contrario, se dan cuenta que esa mujer es para ustedes solo una aventurilla y no están dispuestos a dar su vida por ella, entonces déjenla ir por el bien de ella y el propio. Ya llegará el momento y lo sabrán.

Probablemente se encontrarán con mujeres que estén dispuestas a negociar con ustedes. La tentación será aprovechar semejante oportunidad. Pero el llamado de ustedes es más elevado. Sean agentes de gracia.

Jugar con una mujer siempre es de cobardes.

Sean hombres de verdad.

Traten de recordarles a esas mujeres el valor inigualable que tienen.


A los hombres casados:

Si han dejado, en algún momento, de mostrarle amor a sus esposas, por favor, traten de recordar porqué se enamoraron de ella. No es válido escudarse en el “yo soy así”. La realidad es que todos nosotros hemos mostrado una faceta tierna de nosotros, especialmente durante la etapa de enamoramiento. Que la rutina sea más fácil de llevar a cabo no significa que no debemos esforzarnos por enamorarnos diariamente.

Esa mujer que se levanta al lado de ustedes cada mañana es un tesoro por el que vale la pena morir.

El anillo que lleva en su mano es el símbolo de la unión única que esa belleza estableció contigo. Nadie más en todo el mundo va a tener el privilegio besar esos labios, tomar esas manos, disfrutar de esos abrazos, sino sólo tu. No existe otra persona que escuche un “te amo” como el que puedes escuchar de ella.

Hombre, tu llamado es increíble: vas a seguir las pisadas de Jesús. No temas caer en los brazos de Aquel que decidió someterse voluntariamente y sin tener que hacerlo. Total, tú no eres el responsable que todo salga bien en tu casa. Quítate esa carga tonta que nos impuso nuestra cultura machista. El responsable de tu casa es Dios. Así que no tienes que preocuparte por quién está a cargo. Si disfrutas la increíble relación que tienes con tu esposa, no te tendrás que preocupar de ello. Todo va a fluir naturalmente.


A los que están de novios:

No sé si tienen novios cristianos o no. Se van a enterar que algo tan básico como la fe tarde o temprano se convierte en una cuestión demasiado importante. Si deseas compartir paulatinamente lo que eres con esa persona, en algún momento van a llegar la cuestión de quién es Dios para cada uno. Aún estando ambos en la misma iglesia, puede que tengan una diferencia grande de criterios respecto a este.

Y ahí es donde debes decidir qué será lo más importante.

Si hace tiempo eres novio y ya has tenido relaciones sexuales con tu pareja, te invito a que lo piensen detenidamente. Según la Biblia, si estás dispuesto a ser una sola carne con esa persona—lo cuál se expresa en todo su esplendor en el acto sexual—, entonces es porque tienes la valentía para comprometerte en el matrimonio. El único lugar completamente seguro para tener intimidad completa es el matrimonio. En cualquier otro espacio hay inseguridad. Se refleja algo de desconfianza. Se levantan preguntas innecesarias.

¿Es esta la persona a la que le quiero revelar lo más íntimo de lo que soy?

¿Será que esta persona si estará conmigo siempre?

¿Sólo me querrá por mi parte física? ¿Sencillamente soy una más o uno más en su lista de conquistas?

¿Qué pasará después con nosotros? ¿Qué pasa si conoce a otras personas?

¿Hay algo que me asegure que no les dirá lo mismo a otras personas?

La unión sexual es algo profundo, misterioso, único y exclusivo. Por eso sólo donde hay un compromiso completo—es decir, en el matrimonio—es donde pueden entregarte totalmente a otra persona. Porque cuando entregas algo nunca más lo vuelves a tener. Lo que le das a ese alguien nadie más lo va a tener nunca.

Así que si realmente se aman el uno al otro, vale la pena esperar. Allí se demuestra el verdadero amor.

Si, por otro lado, estás ennoviado y no has tenido relaciones con esa persona, sigue adelante. Nadie dijo que iba a ser fácil. Pero vale la pena. Vale la pena luchar hasta la muerte por esa persona. Vale la pena esperar por ese momento donde entregarás lo más íntimo de tu ser a esa persona que ha decidido permanecer contigo—y sólo contigo—el resto de su vida.

Novios, no permitan que su noviazgo se convierta en una relación de opinión pública y, al mismo tiempo, no se permitan vivir algo tan especial solos. Sean sabios en seguir conservando relaciones significativas aparte de su novio o novia y, al mismo tiempo, hagan de su relación de noviazgo lo más significativo. Hay cosas que se van a quedar entre ustedes y, al mismo tiempo, deben darles la libertad a otros—quienes ustedes elijan—para que les pregunten cómo van.

Es necesario aprender a vivir una relación en esta sana tensión.



A las mujeres que, por la razón que sea, son solteras:

Vale la pena morir por ustedes.

El feminismo ha dicho que la mujer debe ser igual al hombre. ¡Qué gran error! Ustedes son únicas en el universo. No tienen que ser como nosotros. No tienen que demostrarle a nadie su valor. Tienen en la configuración de su ser la capacidad de darle al mundo lo que para los hombres es imposible. Dios las creó para que fueran mujeres, no hombres.

Eso es maravilloso.

Mujer, cada vez que se pronuncia tu nombre, nuestro buen Dios sonríe. Porque eres su tesoro maravilloso. Aún si ha habido personas que han pisoteado tu alma. Una flor nunca de ser una flor, aún si no la han cuidado como es debido. Tal vez necesitas volver a tu fuente de valor. Probablemente sea este el mejor momento para escuchar la dulce voz del Creador que te susurra día tras día que eres lo más invaluable que ha existido. El rostro que aparece en tu espejo cada mañana es la razón por la que él dio su vida.

Cuando llegue una persona que te ame de esa manera, entonces ábrele tu corazón.

Vales cada gota de amor que alguien sea capaz de derramar por ti.

Espera.

Pero espera siempre en lo brazos de nuestro buen Dios.


A las mujeres casadas:

Vale la pena morir por ti.

No sé cómo esté tu matrimonio. No sé si está bien o mal. No sé si tu esposo te trata bien o te trata mal. No lo sé y, por lo tanto, no te puedo dar una respuesta para cada uno de tus interrogantes.

Pero sé una sola cosa: sé que tienes un valor único. Vales tanto como para invertir toda la existencia en hacerte feliz. Vales cada sonrisa, cada paso y cada gota de sangre de Jesús. Nada en el mundo va a cambiar esa condición; ni los minutos, ni los segundos, ni los meses, ni las horas, ni los años van ha hacer que pierdas ni siquiera un gramo de tu valor.

Recuerda tus votos matrimoniales y ten en cuenta que el hombre que tienes al lado tuyo merece que lo respetes. Cada cosa que el hizo, hace o hará por ti es para ganarse una sonrisa de aprobación tuya. Tienes en tus manos un poder increíble: puedes inspirar a tu esposo a ser una mejor persona o puedes destruir su autoestima. Cuando lo respetas, lo inspiras; cuando no lo valoras, lo destruyes. Tu respeto siempre va a ser un motor para ser un hombre digno de tu valor.



A mí mismo:

¿Por qué todavía me quiero casar?

No tengo todo el dinero que quisiera. Tampoco tengo, para muchos, la edad adecuada para casarme. Todavía me falta mucho por aprender y madurar. Incluso, para ser muy honesto, hay momentos donde me entra un gusanito de duda. Pero ¿quién no ha tenido dudas? ¿Quién puede decir honestamente que siempre ha estado absolutamente seguro?

No pienso que las dudas sean malas en sí mismas, sencillamente me demuestran mi humanidad.

Porque no sé qué va a pasar. No sé que viene de aquí en adelante. No sé cómo estaremos de aquí a unos años o meses; ¡ni siquiera sé cómo vamos a estar mañana!

Pero sé una cosa. Y aunque sea esa la única cosa que sepa, voy a aferrarme a ella con todas mis fuerzas y partiré de ahí. Sé que amo a mi preciosa con todo lo que soy. Sé que quiero invertir el resto de mi vida por hacerla feliz. Sé que quiero dar mi vida por amor a ella.

¿Por qué todavía me quiero casar?

Porque quiero degustar algo del plan original del Creador. Deseo con todo mi corazón vivir en el Reino de Dios. Anhelo que mi matrimonio refleje que el matrimonio no siempre es un infierno, sino que es una pequeña fotografía del cielo.

No quiero ser de los que piensan solamente que el matrimonio es la decisión más importante de su vida. Quiero ser de los que quiere decir que esa es la mejor decisión de su vida.

¿Por qué todavía me quiero casar?

Probablemente—y espero que no—en algún momento de mi relación matrimonial piense que todo esto es una ilusión, un ideal. Mi problema es que este es el ideal bíblico: que la esposa respete a su esposo, que el esposo ame a su esposa y que los dos se sometan el uno al otro. Si fracaso en cumplirlo, la culpa la tuve yo, no la Biblia.

¿Por qué todavía me quiero casar?

Porque sigo pensando que, por encima de la economía, la edad o la estabilidad, lo más importante fue, es y seguirá siendo el amor.

Vale la pena morir por esa verdad.


FIN (POR FIN)

miércoles, 27 de enero de 2010

Vale La Pena Morir (Parte 4): El Misterio Del Matrimonio



En Efesios 5:30-33, Pablo nos lleva a Génesis 2:24. Nos recuerda que desde la Creación de la primera pareja humana el propósito era que ésta tuviera un vínculo único, inquebrantable, que fueran una sola carne. Y eso implica, además, dejar la seguridad de la familia para ser una nueva familia. Cuando se omite este punto, hay problemas. Se hace daño cuando se quiere ser una sola carne sin dejar a padre y madre (dicho sea de paso, cosa muy común en la actualidad). Significa tener una unión privilegiada, pero seguir conservando otra serie de uniones. En ese caso ¿qué haría de esa unión algo exclusivo? ¡Nada!

El matrimonio no quiere decir que cada uno va a olvidar su historia. Eso es imposible. Todo ser humano cuenta con un pasado que, en mayor o menor medida, afecta su presente y afectará su futuro. No somos como un computador que se formatea, borrando todo su historial. Más bien, la invitación de Dios es a empezar una nueva historia. El matrimonio es un nuevo comienzo; una narración ininterrumpida de la historia que teje esa pareja que decidió unirse para siempre. Es dejar atrás y, al mismo tiempo, es mirar para adelante.

En el matrimonio se conjugan finales y comienzos.

Es un misterio.

Estamos limitados para describirlo con palabras.

A lo sumo descubriremos nuevas dimensiones con el correr del tiempo y la experiencia, pero siempre nos quedaremos cortos ante su infinita profundidad.


Hace poco me encontré con un libro titulado “Casados Pero Felices”. A pesar de lo chocante y anti-bíblico que me sonó el título (aunque era ‘cristiano’), decidí echarle una ojeada a su contenido. Me dirigí directamente al tema de la sumisión. El autor, como la mayoría, recalcaba el hecho que la mujer debía estar sujeta al marido y obedecerle, pero no recordaba que la sujeción era mutua; ni siquiera, de hecho, dijo que el marido tenía el deber ante Dios de amar a su mujer.

El problema, sin embargo, apenas estaba comenzando.

El autor, tras una débil argumentación, decidió poner unos versículos para probar que lo que decía estaba fundamentado en las Escrituras. Uno de los textos que citó fue el siguiente:

A la mujer dijo: En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti.

(Gn 3:16)

Por alguna razón que desconozco tendemos a pensar que entre más versículos cite un autor más cristiano o más bíblico es su pensamiento. Eso no es cierto completamente. De hecho, dicha perspectiva presenta un inconveniente: en muchos casos—al igual que el que acabo de citar—se toma el texto fuera de contexto. Por querer probar algo en ocasiones nos dirigimos en un camino distinto al que la Palabra de Dios propone. Corremos el riesgo de violentar la Biblia al simplificarla de semejante manera, omitiendo su complejidad histórica, idiomática, gramatical, social y cultural. Aquí tenemos un caso perfecto que demuestra esa tendencia.

Sé que puede sonar obvio y hasta tonto lo que voy a decir, pero aún así es mejor recalcarlo: Génesis 3 está después de Génesis 2. Y, además, la historia que se nos narra allí es de tal importancia que no podemos simplificarla sin siquiera detenernos a observar lo que ocurre.

El libro de Génesis comienza narrándonos, en sus primeros dos capítulos, la creación del mundo.

Dios tomó la decisión de crear todo cuanto existe. Y lo hizo bien. Vez tras vez nos encontramos con el mismo estribillo en el capítulo 1: “y vio Dios que era bueno”. Sin embargo, al crear Dios al ser humano—y, con ello, concluir su obra creadora—, el estribillo cambia: ya no dice que “era bueno”, sino que “era bueno en gran manera” (RV60). En otras palabras—según lo detalla Génesis 2—, el hombre y la mujer fueron creados en una perfecta relación con su Creador, con su entorno y entre ellos. Ellos son la cumbre de la Creación.

El Edén era un lugar donde todo “era bueno en gran manera”.

Pero ahí aparece el capítulo 3.

Los primeros seres humanos tenían un claro mandato de Dios: podían comer de todo árbol que había en el huerto en el que se encontraban, excepto de uno. El hombre, no obstante, decidió sobrepasar este límite establecido por Dios. El capítulo 3 de Génesis nos cuenta los detalles y el principio de las consecuencias de este primer acto de desobediencia humano.

La historia tomó un rumbo diferente. Ya las cosas no eran buenas en gran manera. La Creación en su totalidad sufre las consecuencias del pecado humano.

Es en este ambiente donde aparece el versículo 16 del capítulo 3. Allí, Dios le dice a la mujer que estará bajo el dominio de su esposo. Es decir, la relación perfecta e ideal de ayuda idónea, de una sola carne, que se había presentado en Génesis 2, se había desmoronado. Su relación de hombre y mujer (como iguales) había degenerado en una de dominador y dominada.

Con esto en mente, volvamos a ver lo que dice Pablo. Al leerlo, se levantan unas preguntas: ¿Por qué Pablo al habla de sujeción cita Génesis 2:24 y no Génesis 3:16? Es más, ¿Por qué Pablo trae ahora semejante idea de “sujeción mutua”? ¿No qué el hombre dominaba sobre la mujer como consecuencia por el pecado?

¿Ha habido algún cambio desde entonces?

Pablo respondería a esta última pregunta con un rotundo “sí”. Sí existe un cambio que no podemos olvidar. Un cambio que repara lo que el pecado echó a perder. Un cambio que restaura la relación entre esposos como era originalmente. Un cambio que nos hace dejar de citar Génesis 3:16 para volver nuestra mirada a Génesis 2:24. Un cambio que termina con el dominio del hombre sobre la mujer y, en consecuencia, hace posible el concepto de “sujeción mutua”.

Ese cambio tiene un nombre propio: Jesús.

Pablo fundamenta todo su argumento en la obra de Cristo. En su argumentación nos demuestra que la muerte y resurrección de Jesús no sólo nos sirve como pasaporte para el cielo, sino que inaugura la restauración de Dios a su creación. Por esa razón, Jesús mismo dijo que “el Reino de los cielos se había acercado”. El nuevo comenzar es una realidad actual y activa. Jesús vino para pagar el precio por el pecado humano. Eso significa que podemos empezar a degustar nuevamente, al menos en principio, las mieles del Edén. Él mismo dijo que sólo era un comienzo, que todo iba a estar completo cuando viniera por segunda vez, pero aún así nos invita a gozar de la restauración de la Creación.

La historia, una vez más, tomó un rumbo diferente. Las cosas vuelven a ser buenas en gran manera. La obra de Cristo lo hace posible.

Cuando un hombre decide dejar a su padre y a su madre, unirse a su mujer y ser una sola carne con ella, ese hombre nos está presentando una fotografía del paraíso. Cuando ese hombre hace de esa mujer su ayuda idónea, su compañera adecuada de equipo, nos permite ver el deseo original de Dios. Por el contrario, cuando un hombre domina sobre su mujer, vive como si Cristo no hubiera venido y sólo nos muestra la parte sucia de la historia. Porque la autoridad, en últimas, no es algo que se exige; la autoridad se inspira.

Así, y para finalizar esta sección, Pablo concluye sintetizando lo que debe hacer la esposa y lo que debe hacer el esposo: la mujer debe respetar y el hombre debe amar, y ambos, si lo recordamos bien, se deben someter.

¿En qué momento perdimos el rumbo?

¿En qué momento el matrimonio se convirtió en “echarse la soga al cuello” para dejar de ser una degustación de la bondad divina?

Para ser muy honesto, sólo se cómo funcionan los matrimonios por observación y no por experiencia. No sé cómo es el matrimonio de cada uno de ustedes, o cómo lleva cada uno su relación sentimental, o si tiene una relación sentimental, o si quiere una relación sentimental, o si nunca quiere volver a tener una relación sentimental. No lo sé. Pero aún así creo desde el fondo de mi corazón que el texto que estudiamos hoy sigue teniendo vigencia. Puede ser lo que nos impulse a ir un paso más lejos.

Si queremos hacer del cristianismo algo relevante y no ser sólo lacayos del machismo de nuestro entorno, entonces debemos tratar de empezar por nosotros mismos.

¿Cómo podemos vivir este texto hoy?

Continuará… (El próximo es el último de la serie, lo prometo)

sábado, 23 de enero de 2010

Vale La Pena Morir (Parte 3): Los Hombres En El Matrimonio


Al entrar en este punto no debemos perder de vista el marco general que se nos presentó en Efesios 5:21: el sometimiento mutuo. Si tenemos eso en cuenta, entonces vamos a ver que la responsabilidad del hombre dentro del matrimonio es aún mayor que la de la mujer (tristemente, nuestro entorno nos ha hecho pensar que las cosas son al revés). A la mujer se le recordó el respeto que implica el sometimiento. Ahora al hombre se le suma algo más: debe amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia. Es decir, el hombre se debe someter y debe amar.

Una vez más, Pablo echa mano de la relación Cristo-iglesia para mostrar cómo debe ser el amor del hombre por su esposa. Así como Jesús entregó su vida por la iglesia, el marido debe estar dispuesto a dar todo de sí por su mujer. Debe darle el mismo valor que Jesús le dio a la iglesia al morir por ella. De la misma manera que Jesús valoró a su cuerpo (la iglesia), el hombre debe amar a su esposa. Ella tiene un valor suficiente como para que alguien entregue todo de sí por amor a ella. Pensar en algo menos es tan antinatural como el hombre que aborrece su propio cuerpo.

El principio que sostiene el amor del esposo por su esposa es simple: Ella es alguien por la que vale la pena morir.


Mujer, vale la pena morir por ti.


No tienes que demostrarle a nadie nada. No tienes que andar buscando el amor en relaciones que lo único que hacen es dañarte la vida. “Eres suficientemente buena tal como eres”[1].

Recordarlo tal vez sea difícil. Oír esa voz con todo el ruido del entorno se hace cada vez más complicado. Pensar en algo diferente va a ser la tentación que te persiga. Pero debes luchar contra eso. Aún cuando nuestro entorno nos hace creer que la mujer más bella es la que más muestra, la que revela más de sí, la que está dispuesta a usar su cuerpo para obtener una relación sexual que las haga sentir amadas.

Nada está más lejos de la realidad.

Cuando las relaciones sexuales se convierten en una búsqueda, hay un problema. Porque la relación sexual es la manifestación final de algo que se ha encontrado. Es el sello final que certifica la relación entre esas dos personas como algo profundo, sincero, íntimo, verdadero y amoroso. Cosificar a una mujer a ser un juguete de diversión sexual es sencillamente aberrante.

Nadie moriría por un juguete. Por una mujer sí vale la pena morir.

Todo hombre que decide casarse está llamado invertir toda su existencia en ella. Esa única persona que vale tanto como para entregar toda la vida por amor. En lo que se refiere al matrimonio, el hombre está llamado a seguir las pisadas de Cristo: tener una razón de suficiente valor como entregarse hasta la muerte. Significa tener incrustado en el corazón el nombre de ese alguien por el que estoy dispuesto a dar todo lo que soy porque la amo. Para Jesús ese nombre era Iglesia. Para mí ese nombre es Laura. ¿Cuál es ese nombre para ti?

Creo que aquí podemos encontrar el mejor argumento para defender la monogamia: la vida solo se puede dar una vez por una sola persona. Después de todo, descubriremos que una vida no va a ser suficiente para hacerla feliz. Te pasarás el resto de tus días dando todo de ti por recordarle a ese tesoro el invaluable valor que tiene.

Nuestro machismo cultural, unido a la lujuria y el hedonismo (culto al placer) propios de nuestro entorno, nos ha hecho pensar que esta verdad en sencillamente una quimera, una ilusión. Pensamos que el hombre es más hombre por la cantidad de mujeres con las que se acueste. Pero eso es algo antinatural. Deshumanizante. No en vano, pienso yo, a este tipo de personas se les califica como ‘perros’. Porque son seres humanos que se comportan como animales: se guían sólo por sus instintos. Y eso, como última consecuencia, lleva a las personas en un camino de muy difícil retorno.

Empiezas a escuchar que esa persona es incapaz de amar. Se le hace imposible comprometer e invertir su vida en una única relación.

Pensamos que ese hombre es más valiente, porque no involucra sus sentimientos. Pero, otra vez, nada está más lejos de la realidad. Ese hombre es un cobarde: tiene temor a ser herido, a mostrarse vulnerable. Es una persona incapaz de sacrificarse por otro. No está dispuesto a morir por ninguna de esas mujeres con las que durmió. Es un egoísta que fundamenta su existencia en el placer que puede ganar de ellas. Un ser humano que se deja guiar sólo por sus instintos. Un hombre que se convirtió en un perro. Un ser humano hecho un animal.


La promiscuidad deshumaniza.


Todos sabemos que una relación sentimental es exclusiva; no se comparte con otras personas. Aunque no está escrito en un contrato, la pareja sabe que es un acuerdo inquebrantable. Ese el orden de las cosas. Eso es lo correcto. Es la manera de restaurar la humanidad que Dios creó. La fidelidad, la exclusividad y el amor de un hombre por una mujer nos permiten degustar el plan original de Dios.

Por eso nos emocionamos tanto cuando alguien decide casarse. Aunque después de años lo olvidemos, todos sabemos que el amor entre esas dos personas nos transmite esperanza. Nos recuerda el elevado proyecto de Dios desde el principio de los tiempos.

Siempre es maravilloso ver a un hombre que está dispuesto a morir por una mujer.

Tal vez por eso en las ceremonias matrimoniales se conjugan con tanta facilidad sonrisas y lágrimas de alegría.

Y la Biblia, según nos mostrará Pablo, también celebra el matrimonio.

Continuará…



[1] BELL, Rob. Sexo. Dios. Miami: Vida. 2007. p. 123. Notarán que muchas de las ideas reflejadas en este escrito provienen de este impresionante, excelente, fascinante y precioso libro. Recomiendo con urgencia su lectura.

lunes, 18 de enero de 2010

Vale La Pena Morir (Parte 2): Las Mujeres En El Matrimonio




Efesios 5:22, literalmente, dice así: ‘Mujeres, a sus propios maridos como al Señor’.

Es obvio que falta algo.

Falta un verbo.

¿Dónde está? ¿Dónde debemos buscarlo? ¿De qué está hablando Pablo?

La lógica de las leyes de la gramática nos lleva a buscar el verbo atrás y no adelante. El verbo que apareció anteriormente es “someter” (v. 21). Es decir, las mujeres deben someterse a sus maridos. Pero ese no es el meollo del asunto, sino que nos muestra una vez más la conexión que tiene esta sección con el versículo anterior. El sometimiento mutuo es un asunto que atraviesa toda esta sección.

La mujer debe someterse, al igual que el hombre, a su cónyuge. No a los demás maridos—al menos no de la misma manera que se somete a su esposo. Porque su matrimonio es una relación exclusiva, única, privilegiada. La mujer debe aprender a vivir en la tensión de someterse mutuamente a todos sus hermanos en Cristo y, a la vez, someterse de manera única a su propio marido. Su sometimiento a los otros no debe rebasar nunca su sometimiento a su esposo.

Cuando este orden se altera es que los problemas comienzan.

Cuando tu relación deja de convertirse en exclusiva para convertirse en algo público, hay problemas.

Cuando empiezas a relegar la opinión de tu marido a una posición irrelevante, hay problemas.

Cuando otros hombres están siendo más importantes que tu propio hombre, hay problemas.

El matrimonio es una relación exclusiva. Y siempre hay problemas cuando comenzamos a olvidar la exclusividad del matrimonio. Siempre hay problemas cuando demasiadas personas están involucradas. Siempre hay problemas cuando olvidamos el valor único de esa persona. Porque, mujer, de entre los tres mil millones de hombres que existen en nuestro planeta, lo escogiste a él. Nadie más en todo el mundo va a tener el privilegio de disfrutar el resto de su vida a tu lado. No existe, ha existido o existirá la persona que goce de tu respeto como ese hombre. Es tu llamado invertir toda tu vida en ello.

Pero, como es costumbre, Pablo no se queda allí; va un paso más allá. Dice que esa sujeción se fundamenta en que el hombre es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia.

¿Qué significa que el hombre es cabeza de la mujer?

Esta verdad, tristemente, ha sido tomada de una manera arbitraria y fuera de contexto para expandir nuestro machismo cultural en nombre del cristianismo. Se ha encontrado aquí la excusa bíblica para decir que el hombre es superior a la mujer y, por lo tanto, se le debe obedecer sin ningún cuestionamiento. Por eso debemos tocar este tema con cautela, tratando de quitarle todo el polvo de la malinterpretación histórica y cultural, para llegar a ver este tesoro en su esplendor original. A fin de entender mejor la idea que Pablo quiere transmitir, entonces, debemos mirar este texto junto con 1 Corintios 11:3, otro lugar donde usa el término.

Es evidente que Pablo está hablando allí en un sentido metafórico. El tema que está tratando es el orden del culto, específicamente en cuanto a la profecía y la oración. Entrar en todos los detalles que se tocan es para otra reflexión. Lo que nos compete es el principio general que se declara: “el hombre es cabeza de la mujer”. El núcleo de esta declaración se encuentra en las comparaciones que Pablo hace. Dice que el hombre es cabeza de la mujer, la cabeza del hombre es Cristo y la cabeza de Cristo es Dios.

Al verlo en detalle vamos a encontrar que esto es mucho más profundo que lo que pensábamos a primera vista. Como es común, Pablo lleva las cosas a un nivel más profundo: está estableciendo el trasfondo teológico de la verdad que está transmitiendo. Y eso es lo que nos hace aterrizar mejor el asunto, ya que tenemos que tener en mente un punto esencial para entender lo que Pablo quiere decir: debemos mirar quién es Cristo.

Sabemos, por lo que hemos estudiado en Efesios (y por otros textos), que Pablo deja en claro que Cristo es Dios. Él es la encarnación del Señor, Dios de Israel. Por ende, merece la misma adoración y goza de la misma autoridad que el Creador. Sin embargo, entendemos que Jesús es Dios y aún así es diferente al Padre. Un único Dios; manifestado en tres personas diferentes (El Espíritu Santo es esa tercera persona). Es el misterio de la Trinidad del cuál parte Pablo para hablar aquí de Dios como cabeza de Cristo. No se trata, por lo tanto, de subordinación o inferioridad del uno sobre el otro, sino que el término tiene el sentido de ‘fuente’, “como la ‘fuente’ o ‘cabecera’ de un río”[1]. Es decir, la palabra se usa aquí para mostrar la procedencia de la autoridad, la base sobre la que descansa esa responsabilidad. La autoridad de Cristo procede de Dios como cabeza y, de la misma manera, la autoridad del hombre procede de Cristo como su cabeza. Es una autoridad que viene de alguien mayor y no de él per se.

Para completar su exposición, Pablo trae a la mente la historia de Génesis 2 (en los vv. 8,9 y 12), donde los primeros seres humanos fueron puestos como autoridad sobre la creación de Dios. Autoridad que les fue dada por Dios mismo, de quien proceden todas las cosas.

El término ‘cabeza’, en este caso, nos muestra que la relación hombre-mujer está estructurada. Ahora, ello no implica que uno doblegue al otro. ¡No podemos sacar semejante conclusión sin tener en cuenta el contexto en el cuál habló Pablo! De hecho, lo que hace Pablo es ir en una dirección contraria: exalta la relación de hombre y mujer al punto de compararla con la Trinidad. En otras palabras, podemos entender mejor cómo funciona la relación del Dios Trino cuando el hombre es verdaderamente cabeza de la mujer.

Que exista una estructura no implica que haya subordinación.

Con todo esto en mente, ahora podemos volver a Efesios.

Un lector atento de la carta tendrá claro que la iglesia es el Cuerpo de Cristo, quien, a su vez, es su cabeza (4:15). Ahora Pablo demuestra que esa autoridad y liderazgo de Cristo sobre la iglesia están relacionados con su obra salvífica, es decir, su muerte en la cruz. Cristo es cabeza de la iglesia en tanto que es su salvador. Esa es la razón por la cuál la iglesia obedece por amor a Cristo: porque él entregó su vida por ella. Es una relación recíproca: la iglesia respeta a Jesús porque él le dio tal valor que entregó su vida por ella.

Para la iglesia lo más importante debe ser Cristo, así como para Cristo lo más importante fue la iglesia.

Ese es un principio que fundamenta la relación matrimonial: el hombre es cabeza de la mujer y, por lo tanto, ella lo respeta. Ella honra a ese hombre que es capaz de entregar todo por ella. Se somete voluntariamente por amor a él y por amor a Cristo.

Porque es en el matrimonio donde ella principalmente va a demostrar su amor por Jesús.

El llamado de la mujer, en últimas, es respetar a su esposo por el resto de su vida. Su vocación es demostrar con él la plenitud del sometimiento al otro—de la misma manera que él ha de mostrarlo con ella.


Por estos días escuché una noticia sobre infidelidad en Irlanda.

Resulta que la esposa del primer ministro irlandés—quien trabajaba como diputada o senadora (no lo recuerdo bien) —tuvo una relación extramarital con un jovencito de 19 años. Después de más de 30 años de matrimonio, ella le fue infiel a su esposo. Lo irrespetó. Le falló. Lo traicionó.

Hace poco tuvo la osadía de aceptar esto ante los medios. Obviamente, no usó esas palabras, pero lo que había ocurrido seguía siendo terrible.

Tras esto, la gente esperaba la respuesta del marido traicionado. Todos exigían justicia; que ella tuviera su merecido. El divorcio era lo menos que se podía esperar después de semejante golpe. Eso es lo que le pasa con los traidores.

Esta semana el hombre por fin habló.

Parecía sencillamente una entrevista de trámite. El periodista daba por sentado que él se iba a divorciar:

“¿Ahora que viene para usted tras terminar esta relación?”

“Un momento—dijo el primer ministro irlandés—, ¿quién dijo que esta relación está terminada? Yo hablé con mi esposa y, tras pensarlo detenidamente, me di cuenta que mi amor por ella es más grande que su falta. Yo decidí perdonarla y le pido a la gente que deje juzgarla”

“Decidí perdonarla…”

Una historia así nos conmueve; choca con nosotros. Porque no es algo natural, normal. No es lo que ella se merecía. Ella era una traidora, una irrespetuosa del vínculo sagrado del matrimonio. Eso merece un castigo, ¡no perdón!

Pero él decidió perdonarla.

Una historia así nos conmueve en lo más profundo. Porque nos recuerda que nosotros somos también traidores. Quebrantamos el vínculo de amor que Dios nos otorgó desde el principio de los tiempos. Le dimos la espalda al Creador. Eso merece un castigo, ¡no perdón!

Pero Cristo nos perdonó.

Una historia así nos conmueve, porque nos recuerda que esa es la gracia sobre la que se fundamenta la relación matrimonial. Nos deja ver a una mujer que es amada por encima de sus actos. Una mujer a la que se le vuelve a dar la oportunidad de respetar a un hombre que la ama incondicionalmente. Un hombre que es capaz de entregar todo de sí para volver a empezar.

Esto nos lleva muy bien a Efesios 5:25-30…

Continuará…



[1] WRIGHT, Tom. El Servicio De Las Mujeres En La Iglesia: La Base Bíblica. Traducido por Eva Navarro. 2007. p. 9.

Vale La Pena Morir (Parte 1): La Base Para Un Buen Matrimonio

Hace poco me pidieron que predicara en mi iglesia. El título de mi enseñanza fue “¿Por Qué Todavía Me Quiero Casar?”. Toqué el tema del matrimonio desde la perspectiva bíblica. Algunos me pidieron que subiera mis reflexiones al blog (tal vez algunos posts serán más extensos que lo habitual, por lo cuál pido disculpas), así que voy a montarlas durante estas semanas en una serie llamada “Vale la pena morir”. Ese día prediqué con un tablero. Paula, mi cuasi-hermanita, me dio la idea de montar los gráficos de cada sección-que se mostrarán a lo largo de la serie. Para su lectura recomiendo leer el pasaje de Efesios 5:21-33, ya que es una exposición del mismo.

Estamos en la sección práctica de la carta a los Efesios[1]. Ya Pablo estableció la realidad teológica de la iglesia como Cuerpo de Cristo. Por medio de esa metáfora muestra el sublime llamado que tiene todo seguidor de Jesús. Es una realidad que debe afectar cada aspecto de la existencia: cada relación, cada paso, cada hora, cada día. El cristianismo, según lo demuestra Pablo, no es algo que ocurre sólo los domingos; es la identidad que permea (o debe permear) toda nuestra vida.

El verdadero cristianismo no es una nueva religión; es una vida diferente en cada uno de sus aspectos.

Por eso es que Pablo puede hablar del matrimonio. Porque ser el pueblo de Dios involucra todo lo que somos en cada segundo. No se trata sólo de una liturgia dominical, ni siquiera se trata de ir o no a una iglesia; se trata de ser iglesia. Se trata de vivir esa realidad en cada una de las dimensiones que componen la complejidad de lo que somos. La voluntad de Dios, por lo tanto, debe afectar nuestro trabajo, nuestra manera de manejar el dinero, nuestra forma de conducir, nuestro estudio, nuestras relaciones interpersonales, nuestra trato hacia los demás, nuestras actividades, nuestra manera de responder, nuestras emociones y nuestro matrimonio; especialmente, nuestro matrimonio.

Porque esa la relación más importante de tu vida. Porque es allí donde vas a saber verdaderamente qué tanta importancia tiene la voluntad de Dios para ti.

Te aseguro que la persona que puede atestiguar si eres o no buen cristiano no es el pastor o cualquier otro líder de la iglesia, sino tu esposo o esposa. Es él quien te conoce las 24 horas del día, los 7 días a la semana. Es él quien sufre o disfruta las consecuencias del hecho que tú seas seguidor de Jesús. Él sabe si vives un cristianismo diario o sólo aparentas un poco de piedad en frente de todo el mundo los fines de semana.

Por eso es tan importante saber cuál es la voluntad de Dios para esta área tan esencial de nuestra vida. Así pues, Pablo nos introduce al tema del matrimonio con un aspecto esencial de la vida de todo cristiano: el sometimiento mutuo. El versículo 21, entonces, es un marco que nos ayuda a entender correctamente lo que se va a argumentar a continuación.

¿Qué significa, entonces, el sometimiento del cuál Pablo habla?

Someterse literalmente significa ponerse bajo la orden de alguien. Es reconocer la autoridad de otra persona. Aquí Pablo lo está presentando como una realidad recíproca dentro del cuerpo de Cristo. Es un asunto fundamental para conservar la unidad de la iglesia y de cualquier relación: Reconocer la dignidad, autoridad y respeto que el otro tiene. Por eso es tan esencial el servicio: Es la puesta en práctica de este principio de vida. Si somos cristianos, estamos llamados a servir. Es lo que somos. No es algo que omitimos a voluntad. Debe ser una característica de nuestra vida. Y esto, obviamente, no se refiere solamente a estar en un ministerio en la iglesia—lo cuál está muy bien—, sino que apunta a algo constante.

Si debemos someternos los unos a los otros, eso implica que no hay nadie que sea superior; todos somos dignos del mismo trato. Que un miembro cumpla una función específica dentro del cuerpo no implica que sea más importante que los otros. Que haya una estructura no significa que hay superiores e inferiores.

El sometimiento mutuo nos recuerda la dignidad del otro y la nuestra propia.

Sin embargo, Pablo va un paso más lejos: dice que ese sometimiento debe ser ‘en el temor de Cristo’. La idea ‘en (o por) temor’ aparece en el AT exclusivamente en relación con Dios. Es decir, el único al que se debe temer es a Dios. Y ese temor, más allá de tenerle miedo a alguien, da la idea de obediencia por amor, teniendo la mirada en él y viviendo bajo los parámetros que él establece. Es el punto fundamental que marca la diferencia entre el justo y el impío: el justo se conduce “en temor”. Así pues, ello está relacionado directamente con la santidad de la relación personal con Dios.

Ahora, debemos tener en cuenta que Pablo va un paso más lejos al unir dos realidades: por un lado, nos dice que debemos someternos mutuamente, y eso, por otro lado, debe hacerse “en temor a Cristo”. Aparte de dejar en claro que Cristo es el mismo Dios del AT, Pablo nos muestra el sometimiento mutuo es la realidad en la que se refleja nuestra relación con ese Dios. En otras palabras, el verdadero temor de Dios no se ve reflejando en qué tanto venimos a la iglesia, ni en cuánto tiempo oramos, ni la Biblia que sabemos, ni cuánta teología conocemos (y aún así todo eso es importante), sino en nuestra capacidad de someternos los unos a los otros.

Qué tanto le obedecemos a Dios se manifiesta primordialmente en qué tanto estamos poniéndonos bajo la autoridad de nuestro hermano.

Porque no podemos hablar de respetar a Dios si irrespetamos a aquél que es hecho a su imagen.

“Sométanse los unos a los otros por reverencia a Cristo”.

Es un mandato que equilibra nuestras relaciones como iglesia. Pero especialmente regula la relación matrimonial y familiar. Y es lo que Pablo nos demuestra en los siguientes versículos…

Continuará…



[1] Existe una discusión entre los estudiosos sobre si la carta en realidad estaba dirigida a la iglesia de Efeso. La discusión se fundamenta en el hecho que en los textos originales no aparece la palabra “de Efesio” en el versículo 1 del primer capítulo de la carta. Se ha sugerido que esta era una carta de circulación entre las diferentes iglesias de esa parte de Asia y Europa.