viernes, 17 de diciembre de 2010

...Sólo Se Transforma


Una de las cosas más complicadas de estos primeros pasos en mi matrimonio ha sido la falta de un ingreso fijo mensual. Quedé desempleado justo un mes y medio después de casarme. Tenía contrato, llegó a su fin…y no fue renovado. Así que nuestro comienzo, nuestros primeros meses juntos, pintaban como una constante crisis económica.

Sin embargo, no fue así.

De manera sorprendente, en ningún momento hemos tenido que aguantar hambre o algo por el estilo. Siempre, siempre, ha habido recursos económicos para nuestro sustento. En algunas ocasiones, ese sustento ha llegado por la buena voluntad de personas que quieren darnos su apoyo; en otras ocasiones, ese sustento ha venido de organizaciones o instituciones a las cuales les he prestado algún servicio y me han pagado por en ello; y en otras ocasiones, no tengo ni la mejor idea. El punto es nunca nos ha faltado nada.

Dios utiliza las crisis para resaltar su Gracia.

Ahora bien, uno de los temas que más me ha dado vueltas en la cabeza es el de la estabilidad y la dependencia. Si bien es cierto que uno aprende y sabe que Dios es quien provee, es apenas natural querer tener algún tipo de estabilidad, un sueldo fijo, una base económica sobre la que uno puede hacer un presupuesto. Está bien eso de las ayudas que llegan en el momento menos pensado, pero yo no tengo dentro de mis planes andar dependiendo de la bondad esporádica de alguien. Yo quiero estabilidad. Eso de depender no puede, desde mi perspectiva, llenar dicho requisito.

Pero, ¿puedo estar equivocado?


Supongamos que trabajas una empresa cuya materia prima es el algodón. Hacen productos con algodón. Tienen máquinas procesadoras de algodón. Y distribuyen sus productos de algodón en tiendas donde se venden cosas que contengan algodón. Tú eres un simple trabajador de una gran cadena que trabaja con un producto que se da en ciertas zonas que cumplen las condiciones para ello. Eso te hace sentir cierta estabilidad. Lo único que tienes que hacer es cumplir con tu trabajo y cada mes (o cada quince días) consignarán a tu cuenta una cierta cantidad de dinero, el cual tiene más o menos números según el cargo que ocupes.

Eres un trabajador promedio.

Tienes estabilidad.

Pero ¿qué pasaría si ocurriera algo con el algodón? ¿Qué pasaría si los campos de algodón se inundaran de tal forma que la cosecha de todo un semestre se echa a perder?

¿O qué pasaría si la gente ya no quiere comprar más productos que contengan algodón?

¿O qué pasaría si tu jefe decidiera hacer despidos masivos para superar una eventual crisis y tú estuvieras dentro del indeseado grupo de los “escogidos”?

¿O qué pasaría si alguien robara la producción de algodón que han generado durante un mes, de tal forma que la empresa no tiene nada que vender y, por lo tanto, no tiene dinero con el cual pagar la nómina de ese mes?

¿Qué pasaría con tu estabilidad?


Descubrí que nuestra estabilidad—lo que quiera que eso signifique—siempre implica dependencia.

Siempre somos dependientes.

Siempre hay cosa, personas, situaciones y realidades que no podemos controlar.

Siempre hay algo que no podemos manejar, algo que nos sobrepasa.

Si eres un ser humano, es una realidad que no puede eludir en ningún momento. Ni siquiera cuando gozas de algún grado de estabilidad. Porque incluso cuando nuestra vida es estable, somos dependientes. Dependemos de Dios. Dependemos de otros. Siempre dependemos.

Y esa es una verdad de la que no nos podemos liberar. Sencillamente, está ahí. No te la puedes quitar de encima. Lo quieras o no, está ligada a tu existencia. Si has vivido, vives y tienes planeado seguir viviendo, acostúmbrate. Porque, lo aceptes o no, eres un ser dependiente. Desde antes de nacer, ya dependías de alguien que te cuidara para que pudieras conocer la luz de este mundo. Y cuando naciste, dependiste de alguien que se ocupara de cuidarte, limpiarte y alimentarte. Y cuando estuviste enfermo, dependiste de alguien que supiera cómo tratar esa anomalía que te no te permitía vivir a cabalidad. Y cuando caíste, dependiste de alguien que te levantara. Y cuando ibas al colegio a aprender, dependiste de alguien que te enseñara lo que debías saber. Y cuando viajaste, dependiste de alguien que supiera manejar ese bus o pilotear aquel avión. Y cuando trabajaste, dependiste de alguien que te pagara. Y cuando no tuviste trabajo, dependiste de alguien que te ayudara en tu necesidad…

Humanidad. Dependencia. Son dos palabras que no se pueden separar.


En este tiempo descubrí que la dependencia humana es como la energía: no se crea, ni se destruye; sólo se transforma.

…Sólo se transforma.


Quizá la independencia es sólo una palabra, una ilusión; no una realidad.

Porque nadie puede decir que tiene todo bajo control.

Hay dimensiones en la vida que nos sobrepasan.


Así que, acostúmbrate y abre tu mente ante esta realidad. Aprende a ser agradecido en medio de la constante dependencia, propia de nuestra raza. Y que disfrutes el hecho de descubrir cómo la dependencia se está manifestando en este momento de tu vida.


Aprende a vivir, dependiente. Te lo recomienda otro dependiente.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Acostumbrarse a Dios


“En cambio, respecto a Israel, dice: Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo desobediente y rebelde”

(Romanos 10:21)


La historia de Israel es una historia fascinante. Si algún día se te ocurre echarle una mirada al AT, te darás cuenta de lo que estoy hablando. Es una historia con desafíos, luchas, dolores, victorias, tristezas, alegrías, frustraciones…bueno, es una historia como toda historia humana: compleja. Hay cosas que uno sencillamente no puede entender. Y no se trata de falta de estudio o de estupidez, sino que es parte de la naturaleza misma de nosotros los seres humanos: hay cosas que se nos escapan. Incluso si pensamos en nuestra propia historia nos vamos a dar cuenta que tenemos lagunas, dudas, preguntas sin respuesta.

¿Por qué lo o la conocí? ¿Qué hubiera pasado si no hubiera tomado esa decisión?

¿Por qué no escuché aquellos consejos?

¿Por qué me tuvo que pasar eso para darme cuenta de mi error? ¿Tenían que llegar las cosas a ese extremo?

Y puedes completar la lista como quieras.

El punto al que voy es que cuando miramos la historia del pueblo de Dios una de las preguntas que surge es: ¿Por qué desaprovecharon la oportunidad? Me refiero a la oportunidad que significa ser el pueblo de Dios y disfrutar de Su presencia de una manera única y especial. En otras palabras, uno ve a un Israel que experimentó a Dios, disfrutó de su presencia, conoció su perdón, degustó su misericordia…y aún así desaprovechó su oportunidad.

Israel le dio la espalda a Dios.

Una de las historias más impactantes del AT está en Éxodo 24. Allí se nos cuenta que Dios le puso a Moisés una cita en el monte Sinaí. Dios había hecho un pacto con Israel y quería ratificarlo poniendo por escrito lo que habían acordado. Éxodo 24 cuenta la historia del compromiso que Dios hizo con Israel. Éxodo 24 nos atestigua de un momento de la historia en el que el cielo y la tierra se encontraron en un lugar. Y esto, por supuesto, tiene ciertas implicaciones. No es algo que pasa todo el tiempo. No es común y corriente.

Porque el pecado impide que los seres humanos nos relacionemos normalmente con nuestro Creador.

El pecado y La Santidad no conjugan.

Sin embargo, La Santidad de Dios no le impidió acercarse a los pecadores[1].

Así que ese encuentro tiene ingredientes majestuosos y, a la vez, terroríficos. Hubo temblores, gente asustada, una gran nube cubriendo el monte, truenos sonando y, como si fuera poco, Moisés roció sangre sobre el pueblo, lo cual implica que hubo un sacrificio, una muerte. Por eso es un problema cuando nos acostumbramos a los términos: olvidamos sus implicaciones. Piensa en esto: para que el pueblo se pudiera acercar a Dios debía haber sangre de por medio. Alguien (o algo) tenía que dar su vida para que fuera posible una relación con Dios. La única manera como el Santo podía acercarse a los pecadores era con una muerte de por medio. La sangre de otro substituía la sangre propia. Es porque otro pagó que yo no tengo que pagar; es porque otro dio su vida que yo no tengo que dar mi vida; es porque la sangre de otro está siendo rociada que mi sangre no tiene que ser rociada; es porque otro murió que yo no tengo que morir.

Ese es el precio del pecado.

Impactante, ¿no es cierto?


Uno esperaría que un pueblo que ha tenido semejante experiencia nunca se aleje de Dios. ¿Cómo podría hacerlo? Después de ver a Dios en toda su majestad y poder, lo menos que uno puede hacer es rendirse. Una escena de semejantes proporciones debe marcar el corazón con una tinta indeleble. El arrepentimiento y el alejarse del pecado serían disciplinas constantes. Seguramente, uno no sería el mismo después de ese día.

Pero Pablo nos dice que Israel le dio la espalda a Dios.

¿Por qué?

Porque siempre es posible acostumbrarse a Dios.


Creo que todos alguna vez hemos tenido una experiencia que nos ha marcado profundamente. En algunos casos, son experiencias milagrosas, únicas, irrepetibles. En otros casos, son experiencias dolorosas, tristes, punzantes. El punto es que son experiencias que nos han marcado, ya sea positiva o negativamente. Todos alguna vez hemos dicho que nuestras vidas no serán iguales después de eso. Pero el tiempo pasa. Y, en ocasiones, la transformación se va borrando con el pasar del tiempo. La cotidianidad empolva la tinta del corazón. Y sólo hasta que volvemos a tener una experiencia que nos marca, entonces recordamos que nuestras vidas no serán iguales después de eso. Pero el tiempo pasa. Y, en ocasiones, la transformación…

¿Entiendes lo que quiero decir?

A veces la vida se nos convierte en un cúmulo de experiencias memorables. Punto.

Nos terminamos acostumbrando a aquello que una vez nos marcó.


Y eso también puede pasar con Dios.


La gran tentación que nos trae la cotidianidad y la posibilidad de relacionarnos con Dios abiertamente es que nos acostumbremos a él. Porque sí es posible dar a Dios por sentado. Nuestra relación con el Creador de todo cuanto existe se convierte en una fórmula matemática: si hago esto, entonces saldrá aquello. Y lo único que esperamos es volver a tener una experiencia en las faldas del monte para volver a empezar. Esperamos que sólo ese tipo de experiencias marquen nuestra vida. Consideramos que no podemos ser los mismos sólo si experimentamos algo trascendente. Pero ¿por qué no hacer de la cotidianidad algo trascendente? ¿Acaso no es trascendente poder relacionarte con tu Creador sin necesidad de morir?

Recuerda que Alguien hizo posible eso con su sangre: Jesús.


Así que no te acostumbres a lo no-acostumbrable. No dejes que la cotidianidad te robe la oportunidad de disfrutar del honor de encontrarte con Dios. No sucumbas ante la tentación de dar por sentado a Dios.


Por favor, no corras el riesgo de acostumbrarte de Dios.



[1] ¿Será que tenemos algo que aprender de allí?

viernes, 19 de noviembre de 2010

Cantar Con Las Manos


El Apocalipsis es un libro complejo. No es fácil interpretarlo o entenderlo. La cantidad de conexiones que establece con el Antiguo Testamento y el apabullante lenguaje simbólico que utiliza son solo dos ejemplos de su complejidad. Y, como si fuera poco, al enfrentarnos a él tenemos que limpiar mucho del polvo de las malas interpretaciones que se han hecho de este libro por años. Si no me crees, hagamos la prueba con la siguiente pregunta:

¿Crees que el Apocalipsis habla exclusivamente de eventos futuros?


Si tu respuesta fue afirmativa, me acabas de dar la razón. Porque esa forma de entenderlo supone que Juan (el autor del Apocalipsis) no tenía nada para decir a su contexto, sino que pensó que su libro tendría relevancia para cristianos posteriores. ¿Será que Juan pensó: “esto que voy a escribir le va a servir bastante a unas personas que van a existir en unos dos mil años”? Eso es lo que suponen las personas que creen que Apocalipsis habla exclusivamente de eventos futuros.

Apocalipsis es mucho más complejo que eso.

No es libro que podemos domesticar con simplezas.


Sin embargo, una de las cosas más evidentes de Apocalipsis es la visión de Cristo exaltado. Las descripciones que Juan hace son gloriosas, inspiradoras y esperanzadoras. Mantiene una perspectiva de tensión, propia vida cristiana: vivimos entre la inauguración del Reino de Dios y la consumación total del mismo. Estamos entre un ya, pero todavía no[1]. En este momento degustamos una “probadita”; todavía no somos testigos de la manifestación final de la restauración de la Creación.

Dentro de sus descripciones, Juan incluye una que siempre me ha llamado poderosamente la atención. El texto bíblico dice así:

Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación.

(Ap. 5:9)

Y justo después:

Y a toda cosa creada que está en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el dominio por los siglos de los siglos.

(Ap. 5:13)

¡Qué imágenes tan sobrecogedoras!

¿No te parece?

¡Todo el mundo, toda la creación, todo ser viviente, todo humano, todo lo que existe adorará a una a su Creador!

El plan original de Dios va a ser restaurado. Lo que se echó a perder con el pecado por fin será restaurado. Eso es esperanzador. Porque implica que Dios no ha renunciado a su plan original. La Creación será restaurada, no aniquilada. Este lugar al que llamamos hogar es valioso; la Creación sigue siendo buena en gran manera. El pecado no pudo opacar la bondad divina. El triunfo final será del Creador.

La Biblia termina como comenzó.

La creación estará en perfecta relación con su Creador.

Me encanta imaginarme ese momento. Me imagino a todo ser viviente adorando a Dios. Las indomables bestias del África doblegarán su poder ante el Buen Creador. Los frondosos árboles de la Amazonía se inclinarán (si se me permite la expresión) ante Dios. Los imponentes montes Pirineos quedarán opacados ante la gloria del Cordero. Y allí, justo allí, estaremos todos los seres humanos—provenientes de cada rincón del planeta—adorando al Señor, cada quien en su propia lengua. ¡¿Te imaginas cómo será eso?! Judíos y árabes, colombianos y filipinos, sudafricanos y canadienses, ingleses y japoneses: todos adoraremos a Dios en nuestro propio idioma.

Será un concierto de lenguas.


El fin de semana pasado tuve el privilegio de estar predicando en un retiro de jóvenes. Fue una experiencia maravillosa. Por una extraña razón que desconozco, cuando voy a este tipo de eventos termino recibiendo más de lo que puedo dar; aunque se supone que son ellos quienes van a recibir. Es la eterna paradoja de los que tenemos el privilegio de enseñar de vez en cuando: aprendemos más de lo que enseñamos. Y esta ocasión no fue la excepción.

Resulta que en el retiro había un jovencito sordomudo que se llamaba Juan. Mi primer contacto con él fue básicamente informal. Me lo encontré a la entrada de la mi habitación y lo saludé, pero, obviamente, él no me dijo nada; sólo me señaló la puerta del cuarto, luego me señaló a mí y luego se fue. Un primer contacto bastante raro, la verdad. Y como para esas alturas yo no tenía ni idea que él era sordomudo, entonces quedé más extrañado aún. Así que fui a donde la persona a cargo del retiro y le conté lo que me había pasado. Fue entonces cuando ella me dijo que Juan era sordomudo. Y seguramente debió ver mi cara de preocupación, ya que inmediatamente agregó: “pero puedes estar tranquilo, porque aquí tenemos una intérprete”.

Era la primera vez que tenía una experiencia de este tipo.

Cuando tuvimos el primer momento de alabanza me dediqué a mirar a Juan y a su intérprete. Noté que él llevaba el “bum, bum” del ritmo con su pie y, al mismo tiempo, hacía las señas que indicaba la intérprete con sus manos. Era muy coordinado. Movía sus manos con una destreza sorprendente.

Juan cantaba con sus manos.

Lo acepto: algunas lágrimas se escaparon de mis ojos.


Porque Juan me hizo ver una nueva dimensión de la esperanza que transmite el texto en Apocalipsis. Yo había pensado que la adoración de la gente de “toda lengua” no incluía a aquellos cuya lengua son las señas. No había pensado que también se podía oír la alabanza en el silencio.


Juan me enseñó que era posible.


Y me hizo pensar en que algún día estaré junto a él adorando a nuestro buen Dios…obviamente, cada uno lo hará en su propio lenguaje.


Yo hablaré y cantaré con la voz; él lo hará con las manos.



[1] Es lo que los teólogos han denominado la “tensión escatológica”. Si quieren aprender más en detalle sobre el tema recomiendo la lectura de los libros del Doctor N.T. Wright. Bueno, de hecho considero la lectura de cualquier cosa que encuentren de él. No se pierdan el privilegio de disfrutar de una profundidad como la que él emana en sus escritos.