jueves, 17 de diciembre de 2009

Una Repugnante Primera Navidad

Cirenio es gobernador de Siria. Roma está en su apogeo militar. Augusto César es emperador de todo el mundo conocido. Parece que la máquina de conquista romana no tiene ningún punto débil; quien se ha atrevido a sublevarse ha recibido las crudas consecuencias de su osadía. Y, en este punto, César decide hacer un censo. Ordena que todo habitante del imperio se dirija a su lugar de origen para ser empadronado.


Cirenio es gobernador de Siria. Roma está en su apogeo militar. César ha decidido hacer un censo, lo cuál hace que todo habitante vaya a su lugar de origen para ser empadronado. Entonces, en un remoto punto del imperio llamado Judea, José se dirige hacia Belén para cumplir lo estipulado por el emperador. Sin embargo, su travesía cuenta con un ingrediente especial: está viajando junto a su desposada, quien está embarazada.


Cirenio es gobernador de Siria. Roma está en su apogeo militar. José y su mujer, llamada María, llegan a Belén. Lucas, el historiador y evangelista, nos cuenta que, estando ellos allí, María cumplió su período de gestación y dio a luz. El problema es que el mesón no tiene espacio para nadie más; la ocupación está en su límite. No hay lugar ni siquiera para esta familia y su recién nacido.

¿Qué puede hacer, entonces, una pareja que ha tenido su primogénito en estas condiciones?

Ir a un pesebre… ¡¿Un pesebre?!

¡Eso es repugnante!

Piénsalo detenidamente.

Que nadie haya tenido ni siquiera una pizca de misericordia para darle un espacio diferente a una madre primeriza que ha dado recientemente a luz, ¡eso es repugnante! Que todo un pueblo haya cerrado sus puertas a una familia con un infante recién nacido, ¡eso es repugnante! Que el único lugar abierto para un chiquillo que ha visto por primera vez la luz (y, como todos, requiere ciertos cuidados especiales) sea un pesebre, ¡eso es repugnante!

Nuestra idea moderna de un pesebre—influenciada por el estúpido romanticismo del mundo comercial—, no nos permite imaginarnos ese lugar como algo repugnante. Pero ¡un pesebre es un pesebre hoy y en el primer siglo! Fue y es la casa del ganado. Y (aunque todavía no conozco vacas, ovejas o caballos palestinos), por lo general, los animales que allí residen no son muy aseados. Tampoco son cuidadosos con dejar sus desechos en el lugar indicado. De hecho, esos desechos son los que dotan esos espacios de su olor característico, el cuál no es para nada agradable. Un pesebre no es fantástico, ¡es repugnante!

¡Un pesebre no es el lugar ideal para un niño recién nacido!


Cirenio es gobernador de Siria. Roma está en su apogeo militar. Mientras Belén está abarrotada de gente gracias al censo del César, un grupo de pastores está haciendo su trabajo nocturno de vigilancia en algún punto de los prados de Judea. Pero esa noche tiene algo único: un ángel se aparece a estos pastores y les anuncia el nacimiento de Cristo el Señor. Además, les indica que lo encontrarán envuelto en pañales y acostado en un pesebre, sitio con el que seguramente estaban familiarizados. Y, como si todo lo que les ha ocurrido hasta el momento fuera poco, observan algo aún más sorprendente: una multitud de seres celestiales aparecen ante sus ojos alabando a Dios:

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!

(Lucas 2:14)

Tras esta impresionante visión, los pastores se dirigen hacia el pesebre. Allí encontraron a María, José y al niño Jesús acostado en la casa del ganado; Cristo reclinado en el mismo lugar donde los animales encontraban refugio: un pesebre.


¡Qué extrañas paradojas estallaron cuando el Señor se encarnó para nacer entre los mortales!

Lo divino se hizo vulnerable. El Dios de brazos abiertos encontró todas las puertas cerradas. El Eterno usó pañales. El Rey del Universo recibió a unos cuidadores de ovejas como sus primeros visitantes. La Gloria de Dios encontró su morada entre la repugnante indiferencia humana que lo llevó a un lugar repugnante. Lugar que, sin importar su inapropiada condición, recibió al Señor como su huésped especial.

Así fue la primera Navidad: insólita, chocante, repugnante.

Eso es lo implica la encarnación: negación, humildad; la manifestación de un Dios que se hizo pequeño.

Es la realidad que tendemos a olvidar con mucha facilidad.

Razón tenía Pablo al decir que Jesús se despojó[1] de su propia naturaleza al hacerse semejante a nosotros (Filipenses 2:7). Porque la encarnación encierra en su centro un misterio de amor. Un misterio que no nos revela a Dios desde su grandeza, sino desde su pequeñez. Un misterio que nos muestra la miseria humana y la humildad divina. Un misterio que descubre el inagotable amor de Dios por el hombre. Un misterio que, como todo misterio, es imposible de contener en la finita mente humana.

Perdemos un punto esencial del carácter de la encarnación divina cuando omitimos lo repugnante que resultó el nacimiento de Jesús: una repugnante primera navidad. Recordar este punto tan chocante nos lleva a ver a ese Dios que se hizo pequeño, simple, humano. El Dios que se reveló, precisamente, en su pequeñez. Y que lo hizo por una razón: ama el rostro que aparece en tu espejo cada mañana.


Cirenio es gobernador de Siria. Roma está en su apogeo militar…

Y en Belén, la ciudad de David, nació Cristo el Señor. Un pesebre fue su primera cuna. Suena repugnante, pero en realidad es glorioso.



[1] El verbo griego kenoo (traducido como “despojar”) ha sido un asunto de discusión por mucho tiempo entre los teólogos. Básicamente, la pregunta que dirige la discusión es: ¿qué fue lo que perdió Dios en y con la encarnación?

lunes, 14 de diciembre de 2009

Los Niños Y 'La Regla de Oro'

La semana pasada estuvimos en una actividad especial con los niños de la iglesia a la que asisto (por eso no subí nada al blog, ya que estaba muy ocupado). Hicimos varias actividades bastante divertidas: preparamos pizza, practicamos jiujitsu, vimos películas, fuimos al planetario, entre otras muchas cosas. Y fue estando con esos niños que pude reflexionar sobre la radicalidad de una de las propuestas de Jesús.

Estábamos en el bus que nos iba a llevar a uno de nuestros destinos, cuando ocurrió lo inesperado (o, hablando de niños, ¿lo siempre esperado?): un pequeño niño comenzó a ofender a otra chica de su edad. Él está en esa edad en la que las niñas son los objetivos militares de cualquier movimiento masculino…y viceversa. Los niños odian a las niñas y las niñas odian a los niños. Juran solemnemente que jamás tendrán un noviazgo y, mucho menos, se casarán. ¿Recuerdas esa edad? Seguramente se te dibujó una sonrisa en el rostro al hacerlo.

Sus ofensas no eran punzantes ni agudas— como las de los adultos—, pero no por eso dejaron de ser hirientes para la pobre víctima. Aunque los insultos sonaban tan ‘inocentes’ como “huevo podrido”, “silla de buseta”, y cosas por el estilo, la niña estaba verdaderamente molesta. Y estalló. Llevó su queja ante el encargado, o sea, yo.

Así que, como era de esperarse, me enfrenté a un complejo dilema:

¿Dejaba todo como estaba (total, era una cosa de niños) o tomaba parte en el asunto y le decía al inquieto chiquillo que respetara a la niña?

Entonces, en un acto de valentía, decidí encarar al niño. Lo insté a respetar a la niña. Y le recordé, como suele hacerlo cualquier adulto en un momento como estos, la famosa ‘regla de oro’ que enseñó Jesús: “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”.

El niño se retractó y pidió perdón.


Fin del conflicto.


Sin embargo, tras pensar y recordar un poco, me di cuenta que la propuesta de Jesús no había sido “no hagas a los demás lo que no quieres que hagan a ti”. De hecho, fue completamente al contrario. Jesús no lo dijo en sentido negativo, sino en sentido positivo: “Has a los demás lo que quieres que te hagan a ti” (Mateo 7:12). No se trata solamente de no hacer el mal; se trata de ser generadores del bien.

Es diferente. Es más complejo. Es la radicalidad de la propuesta de Jesús.

Puedes pensar que esta diferencia no es la gran cosa, pero la verdad es que así estamos predicando un principio que discrepa con la enseñanza de Cristo. Eso, de hecho, fue lo que Jesús tanto criticaba de los religiosos y legalistas de la época: acomodaban los principios bíblicos a su antojo. Porque el legalismo es una suerte de monstruo que ocupa uno de dos extremos, según su propio beneficio. Por un lado, reglamenta detalladamente algunas responsabilidades. Por otro lado, es convenientemente laxo con otras responsabilidades.

Esa fue la crítica de Jesús a los fariseos. Porque el legalismo y el espíritu religioso esconde tras sus fauces una doble moralidad:

Una doble moralidad que pone las reglas por encima de las personas.

Una doble moralidad que a veces va más lejos, a veces se queda corta; es torpe para encontrar un equilibrio.

Una doble moralidad que condena a alguien por recibir la sanidad un sábado y, de la misma manera, crucifica al que amenaza las bases de su reino de opresión selectiva.

Una doble moralidad que en su fondo esconde la incapacidad humana de cumplir con las demandas propias de la santidad de Dios.

Una doble moralidad que es la fachada perfecta para evitar relacionarse con un Dios santo y lleno de gracia.

Una doble moralidad que, como lo expresó Jesús, “¡cuela el mosquito y se traga el camello!” (Mateo 23:24[1]).


Una doble moralidad que, al verla en otros, descubre mi propia tendencia hacia el legalismo.


Uno de los grandes problemas del legalismo, desde mi punto de vista, es que tiene la capacidad de ocultarse detrás de una cortina de términos espirituales o piadosos. Es natural enseñarle a un niño que no le haga a otros lo que no quiere que le hagan. Suena “cristiano”. Pero no es bíblico. De hecho, en la mente de Jesús, al declarar la famosa ‘regla de oro’ era, precisamente, que sus seguidores no fueran sencillamente reactivos al sistema. Jesús quería que sus seguidores fueran generadores del bien. En esta ocasión, el legalismo se había quedado corto.

Porque es más fácil reaccionar al mal que generar el bien.

Probablemente, ese ha sido el problema fundamental para que el cristianismo sea tan irrelevante en nuestro entorno. Nuestra voz no se escucha, ya que sólo reaccionamos (a veces de manera poco inteligente) ante las propuestas del entorno. No propusimos, por ejemplo, programas a favor de la vida, sino sólo hasta que el aborto se convirtió en una opción legal.

No reaccionar al mal con el mal puede resultar fácil. Es una cuestión de resistencia.

El reto de Jesús, sin embargo, es más complejo. Es la oportunidad de hacer el bien por nuestros semejantes. Es el privilegio de promover la bondad en un entorno hostil. Es el honor de ser generadores de una revolución de gracia.


Es la invitación a seguir el camino del Único que nos ha demostrado el alto precio que se debe pagar por vivir ‘la regla de oro’ a cabalidad.



[1] Si se quiere estudiar la crítica de Jesús, en forma sucinta, al doble moralismo que encerraba el legalismo farisaico, recomiendo la lectura detenida del capítulo 23 del evangelio de Mateo.

jueves, 3 de diciembre de 2009

NECESITAMOS DE LOS NECESITADOS

Dedicado a mi amigo Gabriel Ramírez, quien me hizo entender que

el evangelio debe afectar mi visión y acción frente a la pobreza


El comunismo es bueno…en teoría.

En países “comunistas” la desigualdad es abismal: políticos comen caviar en palacios, mientras la gente come la ración de pan asignada por la imposición del sistema. El comunismo cae en lo que critica: genera una gigantesca brecha económica y social.

¿Ser capitalista o comunista?

Mejor sigo siendo un discípulo de Jesús.

Así las cosas, evaluar el entorno social y político es mi deber como seguidor del evangelio. La cruz no es políticamente neutra[1]: nos recuerda la igualdad de los seres humanos; es un mensaje político que subvierte las propuestas actuales.

Si la agenda de Jesús se basa en una cosmovisión judía, se fundamenta en el Antiguo Testamento. Por eso, vamos a considerar el capítulo 5 de Nehemías, que toca un problema político-social de la humanidad: la pobreza.

El capítulo comienza mostrándonos el clamor del pueblo.

El término ‘clamor’ (tsa’aq) encierra la idea de un grito desesperado en la aflicción. Cuando el pueblo está siendo oprimido, entonces tsa’aq. Cuando Israel estaba en Egipto siendo esclavo, clamó a Dios y él les respondió liberándolos. Los subyugados fueron rescatados, porque el Señor escucha el tsa’aq de los afligidos.

Pero la realidad en Nehemías es otra.

Israel volvió del exilio. Trata, paso a paso, de rehacer su vida. Está reconstruyendo las murallas de Jerusalén bajo las órdenes de Nehemías. Sin embargo, la historia no se tarda en presentar algunos enemigos que quieren acabar con la obra y esperanzas israelitas[2]. Este capítulo habla de un impedimento para seguir el proceso de reconstrucción:

Los pobres de Israel están siendo afligidos por los mandatarios. Venden sus bienes para pagar los impuestos, y—como si fuera poco—algunos entregan sus hijos como esclavos.

Entonces, el pueblo tsa’aq.

Lo que nos recuerda el libro de Éxodo[3].

¿El problema? Israel ahora toma el papel de Egipto. Oprime y es oprimido. El pueblo se está oprimiendo a sí mismo. ¡Israel se convirtió en el Egipto de Israel!

Tal vez no hacen trabajos forzados para cumplir los caprichos del faraón, pero venden sus posesiones para pagar los tributos impuestos por sus compatriotas. Y eso es una amenaza para un pueblo que quiere resurgir. La opresión a los necesitados derrumba al pueblo con más ímpetu que un atentado de los vecinos. ¡Israel se está desmoronando desde adentro!

El sometimiento no se hace con látigos, sino con dinero. Es políticamente más correcto, no menos dañino.

¿Qué hacer ante esa situación?

tsa’aq.

Elevar un clamor.

Los pobres presentan su clamor ante Nehemías. A él le disgusta la opresión. Y esto lo lleva a actuar: decide impartir justicia en medio de un pueblo que anhela seguir viviendo. Encara la injusticia: le reclama a los nobles que dejen la usura y liberen al pueblo del yugo opresor.

Nehemías denuncia la opresión como falta de temor a Dios (v. 9). Porque Dios se identifica con el tsa’aq del necesitado, con el dolor del afligido. Por eso, el subvalorarlos es irrespetar a Dios. Temer a Dios se manifiesta en el trato hacia el necesitado. Por eso, Nehemías habla con los nobles y los exhorta a reconsiderar su posición. Además, los invita a devolver lo recibido como dividendo de la usura.

Ahora los nobles cambiaron de dirección: juran devolver el dinero mal habido. Deciden dejar su comodidad para bendecir a los necesitados. Sus promesas no se quedaron sólo en palabras, sino que los llevaron a la acción: devolvieron el dinero y no siguieron afligiendo al pueblo.

Entonces, sólo entonces, el ímpetu de las tormentas externas pudo ser resistido porque el pueblo se fortaleció al preocuparse por los suyos.


Hermoso.


Pero, ¿cómo se relaciona ésta historia con un seguidor de Jesús hoy?

¿Podemos los cristianos protestar por la opresión que percibimos en el entorno?

Romanos 13 nos llama a obedecer las autoridades y orar por ellas, ya que son puestas por Dios. ¿Los cristianos debemos guardar silencio por temor y respeto a la autoridad? Si la autoridad es divinamente respaldada, ¿qué hacer cuando se equivoca[4]?

Miro la vida de Jesús y Pablo. Ellos respetaron la autoridad, pero no por eso sus posiciones fueron “políticamente correctas”. Por algo los mataron, ¿no? Es más, al ellos saber lo que implica delante de Dios el ejercer bien la autoridad, protestan cuando ésta hace las cosas incorrectamente; hacen oír su voz cuando los mandatarios están en el camino equivocado.

Eso es respetar las autoridades: hacerlos volver al camino de Dios cuando se han desviado.

Jesús y Pablo no fueron ningunos acomodados. Preferían dejar su comodidad para hacer pensar a la gente de la forma que Dios desea. Sabían que era mejor obedecer a Dios antes que a los hombres.

Y eso tiene mucho para nosotros.

Últimamente, hemos visto cómo el terrorismo se ha convertido en parte de nuestra realidad. El mundo está, al menos nominalmente, en contra de la violencia. Sin embargo, la propuesta para acabar la guerra es con más guerra; violencia con más violencia. Lo cual, paulatinamente, nos lleva hacia el incremento de la pobreza y la opresión[5].

Sacrificar mi posición, bienes u honorarios por ayudar a otro suena utópico. El Sermón del Monte parece sencillamente imaginario. Nehemías se escucha como una simple ilusión.


Queremos justicia sin sacrificio. Es más fácil, no más efectivo.


Tal vez la mejor protesta no sea salir a las calles con pancartas y arengas subversivas. Probablemente podemos empezar por nosotros mismos. ¿Qué tal si, desde nuestra posición, ayudamos a que los pobres dejen de sufrir las arremetidas de un sistema caníbal que acaba con todo a su paso? ¿Qué tal si le damos un pan al que lo necesita? ¿Qué tal si disponemos algo del sueldo para pensar en otros un momento y no sólo en nosotros?

La iglesia debe ser un respiro para los marginados, no un títere del sistema. La opresión nunca debería conjugar con nosotros. Los necesitados nos necesitan, y nosotros necesitamos volvernos a los necesitados.

Porque los necesitados nos recuerdan que Dios nos ama con todas nuestras miserias.


En últimas, necesitamos de los necesitados.





[1]¡No existe tal cosa! Declarar la abstención, por ejemplo, es en sí una decisión política.

[2]Esa historia la comenzamos en el capítulo 4 y queda en suspenso hasta el capítulo 6. Allí se nos habla de enemigos externos que quieren acabar con la reconstrucción de Jerusalén. En la mitad está el capítulo 5, el cuál habla de un problema interno. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Cómo se relacionan las partes?

[3] Para entender la conexión del clamor, véase especialmente los capítulos 2 y 3 del libro de Éxodo.

[4] Evidentemente, una cosa no quita la otra: que sean puestas por el Señor no quiere decir que son perfectas, ya que las posiciones de autoridad siguen siendo ocupadas por seres humanos.

[5] No es coincidencia que los países más pobres sean los que más han sufrido (o están sufriendo) en carne propia los horrores de la guerra.