viernes, 27 de noviembre de 2009

¿PREGUNTAS O RESPUESTAS?

¿Cómo debe ser la predicación en la iglesia?


Este es un escrito rotundamente diferente a los que he publicado hasta el momento. Es diferente por dos razones: 1) voy a contar algo bastante personal, lo cuál nunca estaba en mi mente al publicar mis reflexiones en Internet; y 2) este escrito no va a tener una conclusión, sino que va a terminar con más preguntas que respuestas.


Soy una persona con una autoestima frágil. Es algo con lo que lucho. Como sucede con todas las luchas, hay días fáciles y días difíciles; momentos en los que crees haber vencido e instantes en los que te sientes totalmente derrotado. Mi problema real es que fundamento mi autoestima es mi logros, lo cuál se convierte en un arma de doble filo: si las cosas salen bien, entonces estoy bien; si las cosas salen mal, ya se imaginarán.

No pretendo generar lástima ni mucho menos, sólo que esta breve reseña de una de mis luchas me da pie para explicar lo que viene a continuación.

Hace unas semanas me dijeron que debía predicar en un culto dominical de mi iglesia. Me asignaron la enseñanza del capítulo 5 del libro de Nehemías. Hoy no quiero hablar de mis observaciones del texto—ya subiré mis reflexiones en su momento—, más bien quiero tocar un tema que se desprendió tras hablar con algunas personas sobre la predica.

Como parte de la enseñanza toqué el tema de la concepción bíblica del hombre como ser integral. Eso, seguramente, chocó con la idea que tienen muchos sobre el hecho que somos tripartitos: cuerpo, alma y espíritu. Ese es un concepto que proviene de la filosofía griega, pero la idea judeocristiana (es decir, la que está plasmada en las Escrituras) es la del ser humano como “alma viviente”[1].

Pero ese no es el tema de este escrito.

El punto es que utilicé este tema como fundamento para hablar de la invitación que nos hace Nehemías a repensar nuestra perspectiva política y social. La concepción bíblica del ser humano implica que su fe debe afectar toda su existencia, dado que somos seres integrales. Por eso, nuestra fe debe afectar cómo actuamos en la sociedad y cómo nos debemos pronunciar en cuanto a los temas de política.

Pero ese tampoco es el tema de este escrito.

Recibí elogios y críticas sobre la enseñanza. Algunos me dijeron que les había hecho ver su fe desde un punto de vista diferente y que eso los ponía a pensar. Otros me dijeron, con justa razón, que el tema no había sido explicado con todo el detalle que merece y que no estaban de acuerdo del todo con mi planteamiento. Sin embargo, fue el comentario de un hombre el que me llevó a escribir todo esto.

Ahora sí vamos hacia el tema de este escrito.

Él me hizo notar que mi tipo de enseñanza tiende a ser controversial. Incluso me hizo recordar que un día yo había dicho, en otra predicación, que la enseñanza debía ser el comienzo de una discusión y no el final de la misma. Es decir, la predicación debía dejarnos pensando con preguntas de fondo en la mente.

Él me dijo que no sabía qué tan bueno era ese sistema. Cito sus palabras:

“Miguel, tú tienes que pensar en las personas a las cuáles les estás predicando. Si ese fuera el estilo de enseñanza de la iglesia desde el principio, está bien; pero en esta iglesia las predicas no funcionan así. Aquí la gente es caprichosa y llevada de su parecer. No vienen a la iglesia para salir con preguntas, sino para que se les enseñe. Muchos, inclusive, pueden irse de la iglesia al no recibir una formación que los lleve a conclusiones. Ellos necesitan ser alimentados, no tanto salir con preguntas para investigar”.

Esta crítica tocó profundamente mi frágil autoestima. No sabía si lo que había predicado estaba bien o estaba mal. Ahora era él quien me dejaba con preguntas en la cabeza.

¿Hasta qué punto debemos acomodar nuestra predicación a la gente?

¿Debe ser la predicación el inicio de un diálogo o el cierre de una discusión (que nadie generó, sino que nosotros mismos inventamos)?

¿La gente debe venir a la iglesia a escuchar conclusiones o a salir con preguntas?

¿Cuál es el punto de equilibrio?

¿Será que la iglesia, por más vieja que sea, puede cambiar sus conceptos o la predicación solo debe respaldarlos?

¿Encajaría la enseñanza de Jesús en nuestras iglesias?

¿Las dudas son buenas o malas?

¿Puede un cristiano verdadero tener dudas, preguntas, interrogantes sin contestar?


En últimas, ¿será que deberían volver a invitar a una persona como yo a predicar?



[1] Esa es la idea que descansa en el término hebreo nepesh hayyah, el cuál aparece para describir al ser humano en Génesis 2. El hombre, por lo tanto, no tiene un alma; es un alma. Esto es, grosso modo, el fundamento de la concepción holística del ser humano.

viernes, 20 de noviembre de 2009

La Belleza De Las Fallas Eléctricas

“…y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe; quien por el gozo que tenía por delante sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios.”


Hebreos 12:1-2


Los colombianos tenemos una costumbre durante las fiestas de fin de año: salir a ver “los alumbrados” o “las luces”. Es, sencillamente, la iluminación que se pone en la ciudad o pueblo para conmemorar esas fechas. En los últimos años se ha proliferado la tradición de vestir las calles de los pueblos y ciudades con el color de miles de bombillos eléctricos. Sin importar su tamaño o color, las bombillas se unen para formar una armonía de alegría y mucha luz.

Pues bien, en uno de esos paseos a ver “los alumbrados” me percaté de algo grande y hermoso: ¡vi un árbol de navidad de al menos 12 metros de altura! Pero eso no era todo. Estaba rodeado de pequeñas bombillitas que lo envolvían con luces todos los colores y, para completar el espectáculo, justo en la punta había una enorme bombilla eléctrica en forma de estrella que cerraba de forma perfecta un recorrido francamente espectacular.

Cuando estaba admirando esa estrella, que casi tocaba el cielo, ocurrió algo que me asombró aún más: ¡La luz eléctrica dejó de funcionar en ese momento! Todas las bombillas, grandes o pequeñas (incluyendo la estrella), se apagaron. Todo el espectáculo se había terminado. Hace un instante estaba contemplando una bombilla gigante en forma de estrella y ahora estoy contemplando el infinito.

Sin embargo, ese fue el momento más bello de la noche.

Durante un momento lo único que vi fue el firmamento. Era una noche oscura y sin una nube en el cielo. Y eso fue lo que me hizo ver lo más fascinante: millones de estrellas inundaban el espacio; la oscura noche estaba adornada por un número incontable de astros blancos. Antes estaba viendo una bombilla eléctrica en forma de estrella, ¡ahora contemplaba millones de estrellas verdaderas! Iluminaban el firmamento aunque la luz eléctrica hubiera fallado.

Me había perdido ese espectáculo porque las luces eléctricas me impedían ver el cielo. Lo que estaba cerca no me dejaba ver más allá. Me deslumbré con lo que estaba cerca; ignoré la belleza de lo que estaba lejos.


Estoy seguro que eso nos ha pasado a todos alguna vez.

Nos concentramos tanto en lo que vemos, sea bueno o malo, que no podemos ver más lejos. Nos enfocamos tanto en las situaciones que están ante nosotros, y eso nos limita la visión completa. La perspectiva se reduce cuando nos deslumbramos con lo que está ante nosotros. Una graduación, la ruptura de un noviazgo, la compra de un carro, el nacimiento de un bebé, un viaje; todas son cosas que nos deslumbran. Una son buenas, otras son malas; pero todas tienen algo en común: nos deslumbran. Nos hacen creer, aunque sea por un momento, que eso es todo lo que existe.

Sin embargo, el autor de Hebreos nos invitó a mirar más lejos. Nos dijo que debíamos poner nuestros ojos más allá; nos llamó a ver a alguien más que nosotros mismos: nos dijo que viéramos a Jesús.


Espero que la próxima vez que haya algo que me deslumbre, yo tenga la sensatez de mirar más allá: anhelo mirarlo a él.

No me quiero volver a perder el espectáculo de una noche inundada de estrellas por estar pendientes de simples bombillas eléctricas.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Piedras, Jabalinas Y Un Poco De Metal (Segunda Parte)

David se encuentra frente a Goliat. Antes que comience el enfrentamiento, Goliat se burla de la situación. ¡¿Cómo es que un muchacho con rostro de modelo de pasarela viene a enfrentarse en una batalla a muerte?! Y no sólo eso, sino que ¡ni siquiera tiene la decencia de venir vestido para la ocasión! ¿Así es como el pueblo israelita pretende ganar?

David, entonces, le ofrece a Goliat un discurso que encierra dos puntos fundamentales de la fe judía: (1) Dios actúa en la historia y (2) lo hace de maneras inesperadas o que van, incluso, en contra de la lógica humana.

Tras esto, el filisteo avanza para acabar con David. Pero, en un acto de habilidad, el muchacho israelita toma una piedra, la coloca en su honda y la dispara justo a la frente del filisteo.

El gigante se desploma muerto.

Dios volvió a actuar en la historia, aún cuando las apuestas estaban en contra de los suyos.

Y es por esta vía donde podemos encontrar la relevancia de esta historia para nuestra agitada vida en el siglo XXI. No se trata simplemente de decir que todos tenemos un gigante al cuál vencer. Tal vez sea cierto, pero este no es el texto para hablar de ello. Se trata, más bien, de dos realidades fundamentales que trascienden los tiempos y las culturas.

(1) Dios actúa en la historia.

Cuando David escucha las blasfemias del filisteo, decide que él va a silenciar al gigante de una vez por todas. Su confianza descansa en que ha podido matar a los predadores que vienen a acabar con el rebaño de ovejas que está protegiendo. Sabe que estos triunfos se han dado porque el Señor Dios lo ha cuidado a él. David reconoce que sus victorias descansan en la realidad de un Dios que actúa en la historia. David confía en un Dios que ha actuado en su historia.

“Pero, David—podría objetar alguien—, las reglas aquí son diferentes. Que Dios te haya librado de unos animales no quiere decir que te vas a salvar en una lucha militar”.

Es entonces cuando David mostraría que estamos viendo el asunto al contrario. Es natural pensar que la confianza en Dios va a ser real al atestiguar algo apoteósico. Si David hubiera matado a Goliat, entonces podría tener la confianza para matar a un león. ¡Pero David dice exactamente lo contrario! Porque así nos recuerda que son esos cientos de cosas “pequeñas” las que en realidad nos ayudan a ver la magnitud de la bondad de Dios.

Piénsalo así: ¿Qué es más sorprendente: que el Dios de todo el Universo derribe a un gigante en la mitad de la guerra o que te proteja en un apartado punto del desierto? Ambas son sorprendentes, verdaderamente. Pero la lógica de David nos muestra que confía precisamente en Dios porque ha cuidado de él en lo más íntimo, en lo más “pequeño”. David ha conocido en su historia que el Dios que abre el mar en dos, también cuida del hijo más pequeño de una familia numerosa.

Así, David nos muestra una nueva dimensión de la fe: aquella que se fundamenta en la historia.

Tendemos a alabar a Dios por lo que puede hacer o hará—y eso no está mal—, pero lo que hace David es recordar lo que Dios ha hecho. Nuestra seguridad del futuro debe descansar, precisamente, en el hecho que Dios no nos ha olvidado. La fe, por lo tanto, no es una espera vacía de un futuro incierto, sino una confianza sincera en un Dios que ha demostrado ser fiel. Por eso, un pilar fundamental de nuestra fe debe ser la realidad de un Dios que ha actuado en la historia, en nuestra historia.

(2) Dios actúa de maneras inesperadas.

No siempre la historia va a decir que cayó fuego del cielo; en este caso nos cuenta de un muchacho que venció a un gigante con una piedra. A veces, por esperar lo primero, pensamos que Dios no actúa en lo segundo. Consideramos que todo milagro debe ser impresionante, pero así nos podemos perder la obra del Señor en lo sencillo. Aún así, todos somos testigos de ese tipo de milagros.

Los soldados israelitas habían pasado tiempo en el campo de batalla antes que llegara David. Ellos habían visto la superioridad de los filisteos. Sabían que las jabalinas de madera jamás podrían vencer las espadas metálicas. Ellos esperaban que la salida para un conflicto militar se diera por un medio militar. Cuando se pasa mucho tiempo en la guerra, se llega a pensar que la única forma de ganar es teniendo la ventaja militar. Por eso le recriminan a David. Sin embargo, este muchacho les recuerda algo:

Habían aprendido cómo funcionaba la guerra, pero habían olvidado cómo actuaba Dios.

Habían perdido de vista lo esencial. El temor los devolvió a una visión limitada de la situación. Lo único que veían era a Goliat. Había olvidado que Dios salva por encima de las estrategias militares.

Pero llegó David.

Y les demostró que esa realidad seguía vigente.

Siempre se puede olvidar que Dios salva sin necesidad de armas de corto o largo alcance.

Probablemente, la situación de unos israelitas temerosos refleje una tendencia muy humana.

Nos acostumbrarnos a lo que vemos. Nuestro universo, generalmente, pasa a ser una constante ley de causa y efecto: si hacemos esto, entonces resultará aquello. Pasa en la guerra, en el amor, en el trabajo, en el ministerio o en cualquier área de la vida. Los problemas vienen cuando ese orden, de alguna manera, se altera.

Los israelitas vieron a Goliat, pero sabían que no le podían vencer. En el universo de la causa y el efecto es evidente que iban a perder. Sólo se puede vencer a un filisteo vestido de metal con más metal. Como mínimo, cualquiera esperaría ver surgir un militar diestro en el manejo de la espada para que fulmine al gigante.

Sin embargo, David derrotó a Goliat con una piedra... y sin metal que lo recubriera.