jueves, 17 de diciembre de 2009

Una Repugnante Primera Navidad

Cirenio es gobernador de Siria. Roma está en su apogeo militar. Augusto César es emperador de todo el mundo conocido. Parece que la máquina de conquista romana no tiene ningún punto débil; quien se ha atrevido a sublevarse ha recibido las crudas consecuencias de su osadía. Y, en este punto, César decide hacer un censo. Ordena que todo habitante del imperio se dirija a su lugar de origen para ser empadronado.


Cirenio es gobernador de Siria. Roma está en su apogeo militar. César ha decidido hacer un censo, lo cuál hace que todo habitante vaya a su lugar de origen para ser empadronado. Entonces, en un remoto punto del imperio llamado Judea, José se dirige hacia Belén para cumplir lo estipulado por el emperador. Sin embargo, su travesía cuenta con un ingrediente especial: está viajando junto a su desposada, quien está embarazada.


Cirenio es gobernador de Siria. Roma está en su apogeo militar. José y su mujer, llamada María, llegan a Belén. Lucas, el historiador y evangelista, nos cuenta que, estando ellos allí, María cumplió su período de gestación y dio a luz. El problema es que el mesón no tiene espacio para nadie más; la ocupación está en su límite. No hay lugar ni siquiera para esta familia y su recién nacido.

¿Qué puede hacer, entonces, una pareja que ha tenido su primogénito en estas condiciones?

Ir a un pesebre… ¡¿Un pesebre?!

¡Eso es repugnante!

Piénsalo detenidamente.

Que nadie haya tenido ni siquiera una pizca de misericordia para darle un espacio diferente a una madre primeriza que ha dado recientemente a luz, ¡eso es repugnante! Que todo un pueblo haya cerrado sus puertas a una familia con un infante recién nacido, ¡eso es repugnante! Que el único lugar abierto para un chiquillo que ha visto por primera vez la luz (y, como todos, requiere ciertos cuidados especiales) sea un pesebre, ¡eso es repugnante!

Nuestra idea moderna de un pesebre—influenciada por el estúpido romanticismo del mundo comercial—, no nos permite imaginarnos ese lugar como algo repugnante. Pero ¡un pesebre es un pesebre hoy y en el primer siglo! Fue y es la casa del ganado. Y (aunque todavía no conozco vacas, ovejas o caballos palestinos), por lo general, los animales que allí residen no son muy aseados. Tampoco son cuidadosos con dejar sus desechos en el lugar indicado. De hecho, esos desechos son los que dotan esos espacios de su olor característico, el cuál no es para nada agradable. Un pesebre no es fantástico, ¡es repugnante!

¡Un pesebre no es el lugar ideal para un niño recién nacido!


Cirenio es gobernador de Siria. Roma está en su apogeo militar. Mientras Belén está abarrotada de gente gracias al censo del César, un grupo de pastores está haciendo su trabajo nocturno de vigilancia en algún punto de los prados de Judea. Pero esa noche tiene algo único: un ángel se aparece a estos pastores y les anuncia el nacimiento de Cristo el Señor. Además, les indica que lo encontrarán envuelto en pañales y acostado en un pesebre, sitio con el que seguramente estaban familiarizados. Y, como si todo lo que les ha ocurrido hasta el momento fuera poco, observan algo aún más sorprendente: una multitud de seres celestiales aparecen ante sus ojos alabando a Dios:

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!

(Lucas 2:14)

Tras esta impresionante visión, los pastores se dirigen hacia el pesebre. Allí encontraron a María, José y al niño Jesús acostado en la casa del ganado; Cristo reclinado en el mismo lugar donde los animales encontraban refugio: un pesebre.


¡Qué extrañas paradojas estallaron cuando el Señor se encarnó para nacer entre los mortales!

Lo divino se hizo vulnerable. El Dios de brazos abiertos encontró todas las puertas cerradas. El Eterno usó pañales. El Rey del Universo recibió a unos cuidadores de ovejas como sus primeros visitantes. La Gloria de Dios encontró su morada entre la repugnante indiferencia humana que lo llevó a un lugar repugnante. Lugar que, sin importar su inapropiada condición, recibió al Señor como su huésped especial.

Así fue la primera Navidad: insólita, chocante, repugnante.

Eso es lo implica la encarnación: negación, humildad; la manifestación de un Dios que se hizo pequeño.

Es la realidad que tendemos a olvidar con mucha facilidad.

Razón tenía Pablo al decir que Jesús se despojó[1] de su propia naturaleza al hacerse semejante a nosotros (Filipenses 2:7). Porque la encarnación encierra en su centro un misterio de amor. Un misterio que no nos revela a Dios desde su grandeza, sino desde su pequeñez. Un misterio que nos muestra la miseria humana y la humildad divina. Un misterio que descubre el inagotable amor de Dios por el hombre. Un misterio que, como todo misterio, es imposible de contener en la finita mente humana.

Perdemos un punto esencial del carácter de la encarnación divina cuando omitimos lo repugnante que resultó el nacimiento de Jesús: una repugnante primera navidad. Recordar este punto tan chocante nos lleva a ver a ese Dios que se hizo pequeño, simple, humano. El Dios que se reveló, precisamente, en su pequeñez. Y que lo hizo por una razón: ama el rostro que aparece en tu espejo cada mañana.


Cirenio es gobernador de Siria. Roma está en su apogeo militar…

Y en Belén, la ciudad de David, nació Cristo el Señor. Un pesebre fue su primera cuna. Suena repugnante, pero en realidad es glorioso.



[1] El verbo griego kenoo (traducido como “despojar”) ha sido un asunto de discusión por mucho tiempo entre los teólogos. Básicamente, la pregunta que dirige la discusión es: ¿qué fue lo que perdió Dios en y con la encarnación?

lunes, 14 de diciembre de 2009

Los Niños Y 'La Regla de Oro'

La semana pasada estuvimos en una actividad especial con los niños de la iglesia a la que asisto (por eso no subí nada al blog, ya que estaba muy ocupado). Hicimos varias actividades bastante divertidas: preparamos pizza, practicamos jiujitsu, vimos películas, fuimos al planetario, entre otras muchas cosas. Y fue estando con esos niños que pude reflexionar sobre la radicalidad de una de las propuestas de Jesús.

Estábamos en el bus que nos iba a llevar a uno de nuestros destinos, cuando ocurrió lo inesperado (o, hablando de niños, ¿lo siempre esperado?): un pequeño niño comenzó a ofender a otra chica de su edad. Él está en esa edad en la que las niñas son los objetivos militares de cualquier movimiento masculino…y viceversa. Los niños odian a las niñas y las niñas odian a los niños. Juran solemnemente que jamás tendrán un noviazgo y, mucho menos, se casarán. ¿Recuerdas esa edad? Seguramente se te dibujó una sonrisa en el rostro al hacerlo.

Sus ofensas no eran punzantes ni agudas— como las de los adultos—, pero no por eso dejaron de ser hirientes para la pobre víctima. Aunque los insultos sonaban tan ‘inocentes’ como “huevo podrido”, “silla de buseta”, y cosas por el estilo, la niña estaba verdaderamente molesta. Y estalló. Llevó su queja ante el encargado, o sea, yo.

Así que, como era de esperarse, me enfrenté a un complejo dilema:

¿Dejaba todo como estaba (total, era una cosa de niños) o tomaba parte en el asunto y le decía al inquieto chiquillo que respetara a la niña?

Entonces, en un acto de valentía, decidí encarar al niño. Lo insté a respetar a la niña. Y le recordé, como suele hacerlo cualquier adulto en un momento como estos, la famosa ‘regla de oro’ que enseñó Jesús: “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”.

El niño se retractó y pidió perdón.


Fin del conflicto.


Sin embargo, tras pensar y recordar un poco, me di cuenta que la propuesta de Jesús no había sido “no hagas a los demás lo que no quieres que hagan a ti”. De hecho, fue completamente al contrario. Jesús no lo dijo en sentido negativo, sino en sentido positivo: “Has a los demás lo que quieres que te hagan a ti” (Mateo 7:12). No se trata solamente de no hacer el mal; se trata de ser generadores del bien.

Es diferente. Es más complejo. Es la radicalidad de la propuesta de Jesús.

Puedes pensar que esta diferencia no es la gran cosa, pero la verdad es que así estamos predicando un principio que discrepa con la enseñanza de Cristo. Eso, de hecho, fue lo que Jesús tanto criticaba de los religiosos y legalistas de la época: acomodaban los principios bíblicos a su antojo. Porque el legalismo es una suerte de monstruo que ocupa uno de dos extremos, según su propio beneficio. Por un lado, reglamenta detalladamente algunas responsabilidades. Por otro lado, es convenientemente laxo con otras responsabilidades.

Esa fue la crítica de Jesús a los fariseos. Porque el legalismo y el espíritu religioso esconde tras sus fauces una doble moralidad:

Una doble moralidad que pone las reglas por encima de las personas.

Una doble moralidad que a veces va más lejos, a veces se queda corta; es torpe para encontrar un equilibrio.

Una doble moralidad que condena a alguien por recibir la sanidad un sábado y, de la misma manera, crucifica al que amenaza las bases de su reino de opresión selectiva.

Una doble moralidad que en su fondo esconde la incapacidad humana de cumplir con las demandas propias de la santidad de Dios.

Una doble moralidad que es la fachada perfecta para evitar relacionarse con un Dios santo y lleno de gracia.

Una doble moralidad que, como lo expresó Jesús, “¡cuela el mosquito y se traga el camello!” (Mateo 23:24[1]).


Una doble moralidad que, al verla en otros, descubre mi propia tendencia hacia el legalismo.


Uno de los grandes problemas del legalismo, desde mi punto de vista, es que tiene la capacidad de ocultarse detrás de una cortina de términos espirituales o piadosos. Es natural enseñarle a un niño que no le haga a otros lo que no quiere que le hagan. Suena “cristiano”. Pero no es bíblico. De hecho, en la mente de Jesús, al declarar la famosa ‘regla de oro’ era, precisamente, que sus seguidores no fueran sencillamente reactivos al sistema. Jesús quería que sus seguidores fueran generadores del bien. En esta ocasión, el legalismo se había quedado corto.

Porque es más fácil reaccionar al mal que generar el bien.

Probablemente, ese ha sido el problema fundamental para que el cristianismo sea tan irrelevante en nuestro entorno. Nuestra voz no se escucha, ya que sólo reaccionamos (a veces de manera poco inteligente) ante las propuestas del entorno. No propusimos, por ejemplo, programas a favor de la vida, sino sólo hasta que el aborto se convirtió en una opción legal.

No reaccionar al mal con el mal puede resultar fácil. Es una cuestión de resistencia.

El reto de Jesús, sin embargo, es más complejo. Es la oportunidad de hacer el bien por nuestros semejantes. Es el privilegio de promover la bondad en un entorno hostil. Es el honor de ser generadores de una revolución de gracia.


Es la invitación a seguir el camino del Único que nos ha demostrado el alto precio que se debe pagar por vivir ‘la regla de oro’ a cabalidad.



[1] Si se quiere estudiar la crítica de Jesús, en forma sucinta, al doble moralismo que encerraba el legalismo farisaico, recomiendo la lectura detenida del capítulo 23 del evangelio de Mateo.

jueves, 3 de diciembre de 2009

NECESITAMOS DE LOS NECESITADOS

Dedicado a mi amigo Gabriel Ramírez, quien me hizo entender que

el evangelio debe afectar mi visión y acción frente a la pobreza


El comunismo es bueno…en teoría.

En países “comunistas” la desigualdad es abismal: políticos comen caviar en palacios, mientras la gente come la ración de pan asignada por la imposición del sistema. El comunismo cae en lo que critica: genera una gigantesca brecha económica y social.

¿Ser capitalista o comunista?

Mejor sigo siendo un discípulo de Jesús.

Así las cosas, evaluar el entorno social y político es mi deber como seguidor del evangelio. La cruz no es políticamente neutra[1]: nos recuerda la igualdad de los seres humanos; es un mensaje político que subvierte las propuestas actuales.

Si la agenda de Jesús se basa en una cosmovisión judía, se fundamenta en el Antiguo Testamento. Por eso, vamos a considerar el capítulo 5 de Nehemías, que toca un problema político-social de la humanidad: la pobreza.

El capítulo comienza mostrándonos el clamor del pueblo.

El término ‘clamor’ (tsa’aq) encierra la idea de un grito desesperado en la aflicción. Cuando el pueblo está siendo oprimido, entonces tsa’aq. Cuando Israel estaba en Egipto siendo esclavo, clamó a Dios y él les respondió liberándolos. Los subyugados fueron rescatados, porque el Señor escucha el tsa’aq de los afligidos.

Pero la realidad en Nehemías es otra.

Israel volvió del exilio. Trata, paso a paso, de rehacer su vida. Está reconstruyendo las murallas de Jerusalén bajo las órdenes de Nehemías. Sin embargo, la historia no se tarda en presentar algunos enemigos que quieren acabar con la obra y esperanzas israelitas[2]. Este capítulo habla de un impedimento para seguir el proceso de reconstrucción:

Los pobres de Israel están siendo afligidos por los mandatarios. Venden sus bienes para pagar los impuestos, y—como si fuera poco—algunos entregan sus hijos como esclavos.

Entonces, el pueblo tsa’aq.

Lo que nos recuerda el libro de Éxodo[3].

¿El problema? Israel ahora toma el papel de Egipto. Oprime y es oprimido. El pueblo se está oprimiendo a sí mismo. ¡Israel se convirtió en el Egipto de Israel!

Tal vez no hacen trabajos forzados para cumplir los caprichos del faraón, pero venden sus posesiones para pagar los tributos impuestos por sus compatriotas. Y eso es una amenaza para un pueblo que quiere resurgir. La opresión a los necesitados derrumba al pueblo con más ímpetu que un atentado de los vecinos. ¡Israel se está desmoronando desde adentro!

El sometimiento no se hace con látigos, sino con dinero. Es políticamente más correcto, no menos dañino.

¿Qué hacer ante esa situación?

tsa’aq.

Elevar un clamor.

Los pobres presentan su clamor ante Nehemías. A él le disgusta la opresión. Y esto lo lleva a actuar: decide impartir justicia en medio de un pueblo que anhela seguir viviendo. Encara la injusticia: le reclama a los nobles que dejen la usura y liberen al pueblo del yugo opresor.

Nehemías denuncia la opresión como falta de temor a Dios (v. 9). Porque Dios se identifica con el tsa’aq del necesitado, con el dolor del afligido. Por eso, el subvalorarlos es irrespetar a Dios. Temer a Dios se manifiesta en el trato hacia el necesitado. Por eso, Nehemías habla con los nobles y los exhorta a reconsiderar su posición. Además, los invita a devolver lo recibido como dividendo de la usura.

Ahora los nobles cambiaron de dirección: juran devolver el dinero mal habido. Deciden dejar su comodidad para bendecir a los necesitados. Sus promesas no se quedaron sólo en palabras, sino que los llevaron a la acción: devolvieron el dinero y no siguieron afligiendo al pueblo.

Entonces, sólo entonces, el ímpetu de las tormentas externas pudo ser resistido porque el pueblo se fortaleció al preocuparse por los suyos.


Hermoso.


Pero, ¿cómo se relaciona ésta historia con un seguidor de Jesús hoy?

¿Podemos los cristianos protestar por la opresión que percibimos en el entorno?

Romanos 13 nos llama a obedecer las autoridades y orar por ellas, ya que son puestas por Dios. ¿Los cristianos debemos guardar silencio por temor y respeto a la autoridad? Si la autoridad es divinamente respaldada, ¿qué hacer cuando se equivoca[4]?

Miro la vida de Jesús y Pablo. Ellos respetaron la autoridad, pero no por eso sus posiciones fueron “políticamente correctas”. Por algo los mataron, ¿no? Es más, al ellos saber lo que implica delante de Dios el ejercer bien la autoridad, protestan cuando ésta hace las cosas incorrectamente; hacen oír su voz cuando los mandatarios están en el camino equivocado.

Eso es respetar las autoridades: hacerlos volver al camino de Dios cuando se han desviado.

Jesús y Pablo no fueron ningunos acomodados. Preferían dejar su comodidad para hacer pensar a la gente de la forma que Dios desea. Sabían que era mejor obedecer a Dios antes que a los hombres.

Y eso tiene mucho para nosotros.

Últimamente, hemos visto cómo el terrorismo se ha convertido en parte de nuestra realidad. El mundo está, al menos nominalmente, en contra de la violencia. Sin embargo, la propuesta para acabar la guerra es con más guerra; violencia con más violencia. Lo cual, paulatinamente, nos lleva hacia el incremento de la pobreza y la opresión[5].

Sacrificar mi posición, bienes u honorarios por ayudar a otro suena utópico. El Sermón del Monte parece sencillamente imaginario. Nehemías se escucha como una simple ilusión.


Queremos justicia sin sacrificio. Es más fácil, no más efectivo.


Tal vez la mejor protesta no sea salir a las calles con pancartas y arengas subversivas. Probablemente podemos empezar por nosotros mismos. ¿Qué tal si, desde nuestra posición, ayudamos a que los pobres dejen de sufrir las arremetidas de un sistema caníbal que acaba con todo a su paso? ¿Qué tal si le damos un pan al que lo necesita? ¿Qué tal si disponemos algo del sueldo para pensar en otros un momento y no sólo en nosotros?

La iglesia debe ser un respiro para los marginados, no un títere del sistema. La opresión nunca debería conjugar con nosotros. Los necesitados nos necesitan, y nosotros necesitamos volvernos a los necesitados.

Porque los necesitados nos recuerdan que Dios nos ama con todas nuestras miserias.


En últimas, necesitamos de los necesitados.





[1]¡No existe tal cosa! Declarar la abstención, por ejemplo, es en sí una decisión política.

[2]Esa historia la comenzamos en el capítulo 4 y queda en suspenso hasta el capítulo 6. Allí se nos habla de enemigos externos que quieren acabar con la reconstrucción de Jerusalén. En la mitad está el capítulo 5, el cuál habla de un problema interno. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? ¿Cómo se relacionan las partes?

[3] Para entender la conexión del clamor, véase especialmente los capítulos 2 y 3 del libro de Éxodo.

[4] Evidentemente, una cosa no quita la otra: que sean puestas por el Señor no quiere decir que son perfectas, ya que las posiciones de autoridad siguen siendo ocupadas por seres humanos.

[5] No es coincidencia que los países más pobres sean los que más han sufrido (o están sufriendo) en carne propia los horrores de la guerra.

viernes, 27 de noviembre de 2009

¿PREGUNTAS O RESPUESTAS?

¿Cómo debe ser la predicación en la iglesia?


Este es un escrito rotundamente diferente a los que he publicado hasta el momento. Es diferente por dos razones: 1) voy a contar algo bastante personal, lo cuál nunca estaba en mi mente al publicar mis reflexiones en Internet; y 2) este escrito no va a tener una conclusión, sino que va a terminar con más preguntas que respuestas.


Soy una persona con una autoestima frágil. Es algo con lo que lucho. Como sucede con todas las luchas, hay días fáciles y días difíciles; momentos en los que crees haber vencido e instantes en los que te sientes totalmente derrotado. Mi problema real es que fundamento mi autoestima es mi logros, lo cuál se convierte en un arma de doble filo: si las cosas salen bien, entonces estoy bien; si las cosas salen mal, ya se imaginarán.

No pretendo generar lástima ni mucho menos, sólo que esta breve reseña de una de mis luchas me da pie para explicar lo que viene a continuación.

Hace unas semanas me dijeron que debía predicar en un culto dominical de mi iglesia. Me asignaron la enseñanza del capítulo 5 del libro de Nehemías. Hoy no quiero hablar de mis observaciones del texto—ya subiré mis reflexiones en su momento—, más bien quiero tocar un tema que se desprendió tras hablar con algunas personas sobre la predica.

Como parte de la enseñanza toqué el tema de la concepción bíblica del hombre como ser integral. Eso, seguramente, chocó con la idea que tienen muchos sobre el hecho que somos tripartitos: cuerpo, alma y espíritu. Ese es un concepto que proviene de la filosofía griega, pero la idea judeocristiana (es decir, la que está plasmada en las Escrituras) es la del ser humano como “alma viviente”[1].

Pero ese no es el tema de este escrito.

El punto es que utilicé este tema como fundamento para hablar de la invitación que nos hace Nehemías a repensar nuestra perspectiva política y social. La concepción bíblica del ser humano implica que su fe debe afectar toda su existencia, dado que somos seres integrales. Por eso, nuestra fe debe afectar cómo actuamos en la sociedad y cómo nos debemos pronunciar en cuanto a los temas de política.

Pero ese tampoco es el tema de este escrito.

Recibí elogios y críticas sobre la enseñanza. Algunos me dijeron que les había hecho ver su fe desde un punto de vista diferente y que eso los ponía a pensar. Otros me dijeron, con justa razón, que el tema no había sido explicado con todo el detalle que merece y que no estaban de acuerdo del todo con mi planteamiento. Sin embargo, fue el comentario de un hombre el que me llevó a escribir todo esto.

Ahora sí vamos hacia el tema de este escrito.

Él me hizo notar que mi tipo de enseñanza tiende a ser controversial. Incluso me hizo recordar que un día yo había dicho, en otra predicación, que la enseñanza debía ser el comienzo de una discusión y no el final de la misma. Es decir, la predicación debía dejarnos pensando con preguntas de fondo en la mente.

Él me dijo que no sabía qué tan bueno era ese sistema. Cito sus palabras:

“Miguel, tú tienes que pensar en las personas a las cuáles les estás predicando. Si ese fuera el estilo de enseñanza de la iglesia desde el principio, está bien; pero en esta iglesia las predicas no funcionan así. Aquí la gente es caprichosa y llevada de su parecer. No vienen a la iglesia para salir con preguntas, sino para que se les enseñe. Muchos, inclusive, pueden irse de la iglesia al no recibir una formación que los lleve a conclusiones. Ellos necesitan ser alimentados, no tanto salir con preguntas para investigar”.

Esta crítica tocó profundamente mi frágil autoestima. No sabía si lo que había predicado estaba bien o estaba mal. Ahora era él quien me dejaba con preguntas en la cabeza.

¿Hasta qué punto debemos acomodar nuestra predicación a la gente?

¿Debe ser la predicación el inicio de un diálogo o el cierre de una discusión (que nadie generó, sino que nosotros mismos inventamos)?

¿La gente debe venir a la iglesia a escuchar conclusiones o a salir con preguntas?

¿Cuál es el punto de equilibrio?

¿Será que la iglesia, por más vieja que sea, puede cambiar sus conceptos o la predicación solo debe respaldarlos?

¿Encajaría la enseñanza de Jesús en nuestras iglesias?

¿Las dudas son buenas o malas?

¿Puede un cristiano verdadero tener dudas, preguntas, interrogantes sin contestar?


En últimas, ¿será que deberían volver a invitar a una persona como yo a predicar?



[1] Esa es la idea que descansa en el término hebreo nepesh hayyah, el cuál aparece para describir al ser humano en Génesis 2. El hombre, por lo tanto, no tiene un alma; es un alma. Esto es, grosso modo, el fundamento de la concepción holística del ser humano.

viernes, 20 de noviembre de 2009

La Belleza De Las Fallas Eléctricas

“…y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe; quien por el gozo que tenía por delante sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios.”


Hebreos 12:1-2


Los colombianos tenemos una costumbre durante las fiestas de fin de año: salir a ver “los alumbrados” o “las luces”. Es, sencillamente, la iluminación que se pone en la ciudad o pueblo para conmemorar esas fechas. En los últimos años se ha proliferado la tradición de vestir las calles de los pueblos y ciudades con el color de miles de bombillos eléctricos. Sin importar su tamaño o color, las bombillas se unen para formar una armonía de alegría y mucha luz.

Pues bien, en uno de esos paseos a ver “los alumbrados” me percaté de algo grande y hermoso: ¡vi un árbol de navidad de al menos 12 metros de altura! Pero eso no era todo. Estaba rodeado de pequeñas bombillitas que lo envolvían con luces todos los colores y, para completar el espectáculo, justo en la punta había una enorme bombilla eléctrica en forma de estrella que cerraba de forma perfecta un recorrido francamente espectacular.

Cuando estaba admirando esa estrella, que casi tocaba el cielo, ocurrió algo que me asombró aún más: ¡La luz eléctrica dejó de funcionar en ese momento! Todas las bombillas, grandes o pequeñas (incluyendo la estrella), se apagaron. Todo el espectáculo se había terminado. Hace un instante estaba contemplando una bombilla gigante en forma de estrella y ahora estoy contemplando el infinito.

Sin embargo, ese fue el momento más bello de la noche.

Durante un momento lo único que vi fue el firmamento. Era una noche oscura y sin una nube en el cielo. Y eso fue lo que me hizo ver lo más fascinante: millones de estrellas inundaban el espacio; la oscura noche estaba adornada por un número incontable de astros blancos. Antes estaba viendo una bombilla eléctrica en forma de estrella, ¡ahora contemplaba millones de estrellas verdaderas! Iluminaban el firmamento aunque la luz eléctrica hubiera fallado.

Me había perdido ese espectáculo porque las luces eléctricas me impedían ver el cielo. Lo que estaba cerca no me dejaba ver más allá. Me deslumbré con lo que estaba cerca; ignoré la belleza de lo que estaba lejos.


Estoy seguro que eso nos ha pasado a todos alguna vez.

Nos concentramos tanto en lo que vemos, sea bueno o malo, que no podemos ver más lejos. Nos enfocamos tanto en las situaciones que están ante nosotros, y eso nos limita la visión completa. La perspectiva se reduce cuando nos deslumbramos con lo que está ante nosotros. Una graduación, la ruptura de un noviazgo, la compra de un carro, el nacimiento de un bebé, un viaje; todas son cosas que nos deslumbran. Una son buenas, otras son malas; pero todas tienen algo en común: nos deslumbran. Nos hacen creer, aunque sea por un momento, que eso es todo lo que existe.

Sin embargo, el autor de Hebreos nos invitó a mirar más lejos. Nos dijo que debíamos poner nuestros ojos más allá; nos llamó a ver a alguien más que nosotros mismos: nos dijo que viéramos a Jesús.


Espero que la próxima vez que haya algo que me deslumbre, yo tenga la sensatez de mirar más allá: anhelo mirarlo a él.

No me quiero volver a perder el espectáculo de una noche inundada de estrellas por estar pendientes de simples bombillas eléctricas.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Piedras, Jabalinas Y Un Poco De Metal (Segunda Parte)

David se encuentra frente a Goliat. Antes que comience el enfrentamiento, Goliat se burla de la situación. ¡¿Cómo es que un muchacho con rostro de modelo de pasarela viene a enfrentarse en una batalla a muerte?! Y no sólo eso, sino que ¡ni siquiera tiene la decencia de venir vestido para la ocasión! ¿Así es como el pueblo israelita pretende ganar?

David, entonces, le ofrece a Goliat un discurso que encierra dos puntos fundamentales de la fe judía: (1) Dios actúa en la historia y (2) lo hace de maneras inesperadas o que van, incluso, en contra de la lógica humana.

Tras esto, el filisteo avanza para acabar con David. Pero, en un acto de habilidad, el muchacho israelita toma una piedra, la coloca en su honda y la dispara justo a la frente del filisteo.

El gigante se desploma muerto.

Dios volvió a actuar en la historia, aún cuando las apuestas estaban en contra de los suyos.

Y es por esta vía donde podemos encontrar la relevancia de esta historia para nuestra agitada vida en el siglo XXI. No se trata simplemente de decir que todos tenemos un gigante al cuál vencer. Tal vez sea cierto, pero este no es el texto para hablar de ello. Se trata, más bien, de dos realidades fundamentales que trascienden los tiempos y las culturas.

(1) Dios actúa en la historia.

Cuando David escucha las blasfemias del filisteo, decide que él va a silenciar al gigante de una vez por todas. Su confianza descansa en que ha podido matar a los predadores que vienen a acabar con el rebaño de ovejas que está protegiendo. Sabe que estos triunfos se han dado porque el Señor Dios lo ha cuidado a él. David reconoce que sus victorias descansan en la realidad de un Dios que actúa en la historia. David confía en un Dios que ha actuado en su historia.

“Pero, David—podría objetar alguien—, las reglas aquí son diferentes. Que Dios te haya librado de unos animales no quiere decir que te vas a salvar en una lucha militar”.

Es entonces cuando David mostraría que estamos viendo el asunto al contrario. Es natural pensar que la confianza en Dios va a ser real al atestiguar algo apoteósico. Si David hubiera matado a Goliat, entonces podría tener la confianza para matar a un león. ¡Pero David dice exactamente lo contrario! Porque así nos recuerda que son esos cientos de cosas “pequeñas” las que en realidad nos ayudan a ver la magnitud de la bondad de Dios.

Piénsalo así: ¿Qué es más sorprendente: que el Dios de todo el Universo derribe a un gigante en la mitad de la guerra o que te proteja en un apartado punto del desierto? Ambas son sorprendentes, verdaderamente. Pero la lógica de David nos muestra que confía precisamente en Dios porque ha cuidado de él en lo más íntimo, en lo más “pequeño”. David ha conocido en su historia que el Dios que abre el mar en dos, también cuida del hijo más pequeño de una familia numerosa.

Así, David nos muestra una nueva dimensión de la fe: aquella que se fundamenta en la historia.

Tendemos a alabar a Dios por lo que puede hacer o hará—y eso no está mal—, pero lo que hace David es recordar lo que Dios ha hecho. Nuestra seguridad del futuro debe descansar, precisamente, en el hecho que Dios no nos ha olvidado. La fe, por lo tanto, no es una espera vacía de un futuro incierto, sino una confianza sincera en un Dios que ha demostrado ser fiel. Por eso, un pilar fundamental de nuestra fe debe ser la realidad de un Dios que ha actuado en la historia, en nuestra historia.

(2) Dios actúa de maneras inesperadas.

No siempre la historia va a decir que cayó fuego del cielo; en este caso nos cuenta de un muchacho que venció a un gigante con una piedra. A veces, por esperar lo primero, pensamos que Dios no actúa en lo segundo. Consideramos que todo milagro debe ser impresionante, pero así nos podemos perder la obra del Señor en lo sencillo. Aún así, todos somos testigos de ese tipo de milagros.

Los soldados israelitas habían pasado tiempo en el campo de batalla antes que llegara David. Ellos habían visto la superioridad de los filisteos. Sabían que las jabalinas de madera jamás podrían vencer las espadas metálicas. Ellos esperaban que la salida para un conflicto militar se diera por un medio militar. Cuando se pasa mucho tiempo en la guerra, se llega a pensar que la única forma de ganar es teniendo la ventaja militar. Por eso le recriminan a David. Sin embargo, este muchacho les recuerda algo:

Habían aprendido cómo funcionaba la guerra, pero habían olvidado cómo actuaba Dios.

Habían perdido de vista lo esencial. El temor los devolvió a una visión limitada de la situación. Lo único que veían era a Goliat. Había olvidado que Dios salva por encima de las estrategias militares.

Pero llegó David.

Y les demostró que esa realidad seguía vigente.

Siempre se puede olvidar que Dios salva sin necesidad de armas de corto o largo alcance.

Probablemente, la situación de unos israelitas temerosos refleje una tendencia muy humana.

Nos acostumbrarnos a lo que vemos. Nuestro universo, generalmente, pasa a ser una constante ley de causa y efecto: si hacemos esto, entonces resultará aquello. Pasa en la guerra, en el amor, en el trabajo, en el ministerio o en cualquier área de la vida. Los problemas vienen cuando ese orden, de alguna manera, se altera.

Los israelitas vieron a Goliat, pero sabían que no le podían vencer. En el universo de la causa y el efecto es evidente que iban a perder. Sólo se puede vencer a un filisteo vestido de metal con más metal. Como mínimo, cualquiera esperaría ver surgir un militar diestro en el manejo de la espada para que fulmine al gigante.

Sin embargo, David derrotó a Goliat con una piedra... y sin metal que lo recubriera.

sábado, 31 de octubre de 2009

Piedras, Jabalinas Y Un Poco De Metal (Primera Parte)

Todos conocemos la historia de David y Goliat. Aún si no te consideras cristiano, seguramente sabes lo que ocurrió: un jovencito israelita derrotó a un gigantesco guerrero filisteo con una honda, una piedra, una buena puntería y una cucharada de ayuda divina. Esa historia, de hecho, se ha convertido en una metáfora cuando observamos una lucha desigual. Por ejemplo, cuando los campeones olímpicos de baloncesto se enfrentan contra un grupo de novatos universitarios que representan a su país, dado que no hay más candidatos para escoger, estamos ante una lucha entre David y Goliat.

Tenemos que aceptar que casi siempre sabemos cómo se va a aplicar este texto bíblico. Por lo general, cuando se lee el capítulo 17 del primer libro de Samuel, quien esté dando el mensaje va a tener un título o una conclusión que va a sonar como esto:

“Dios nos invita a que enfrentemos a nuestros gigantes (léase: problemas, debilidades, dificultades, luchas, entre otros). ¿Cuál es tu ‘Goliat’?”

Eso suena muy motivador. Sin embargo, pasamos por alto un asunto muy importante: ¡la historia de David y Goliat fue real, no una metáfora! David se enfrento, de hecho, en un combate a muerte. Goliat era un gigante real que estaba dispuesto a fulminar a quien se atreviera a enfrentarlo.

Perdemos un punto esencial de la Escritura cuando convertimos lo real en metafórico y lo metafórico lo volvemos real. Lo más triste, es que cometemos ese error fácilmente. Y de allí, pienso yo, se desprenden distorsiones del evangelio y de la enseñanza bíblica, llámense como se llamen.

Una mala lectura bíblica produce una mala interpretación bíblica. Una mala interpretación bíblica produce una mala aplicación de la verdad bíblica. Una mala aplicación de la verdad bíblica produce cristianos sin fundamentos bíblicos serios. Un cristiano sin fundamentos bíblicos serios va a leer la Biblia como mejor le parece. Y un cristiano que lee la Biblia como mejor le parece, va a hacer una mala lectura bíblica. Lo cuál lleva a una mala interpretación bíblica…

El ciclo no tiene fin.

Hasta que decidamos volver a mirar a David y a Goliat como lo que es: una historia, no una metáfora. Así nos daremos cuenta que la historia bíblica no se limita a inspirarnos en una suerte de ejercicio de superación personal. Tal vez hay más.

La historia nos cuenta que los filisteos reunieron sus ejércitos para enfrentar a los israelitas. Cada ejército acampaba en una montaña, de tal forma que un valle los separaba. Sin embargo, cada mañana un guerrero llamado Goliat, salía a amenazar y a retar a los israelitas. Les proponía que enviaran a algún guerrero de sus tropas que representara el pueblo en un combate de uno contra uno. Esa lucha terminaría con la guerra de una forma sencilla y contundente: el representante que gane puede tomar al pueblo perdedor como esclavo. Así, si Goliat ganaba, los israelitas serían esclavos de los filisteos; si el retador vencía al guerrero filisteo, entonces los enemigos de Israel pasarían a ser esclavos.

La oferta suena interesante, teniendo en cuenta que sería una lucha de dos guerreros entrenados. ¿No es así?

Bueno…no es tan simple.

Según los registros históricos, los filisteos habían descubierto y trabajado el metal mucho antes que los israelitas[1]. En pocas palabras, mientras los israelitas estaban peleando con palos, jabalinas y escudos de madera, los filisteos tenían una dotación militar de espadas, flechas con puntas de metal y armaduras metálicas. De hecho, se ha llegado a considerar que, a estas alturas de la historia, el único en Israel que tenía armadura era el rey[2]. Esto último es obvio si pensamos que la tecnología militar ha sido y siempre será costosa. Tener una armadura de metal es a un israelita, lo que es a un ciudadano común de un país subdesarrollado tener un misil termonuclear en el jardín de su casa.

Súmale a esa desventaja el hecho que Goliat era un tipo que ‘tenía una estatura de casi tres metros’[3]. Y, como para oscurecer más el panorama, ¡tenía una armadura que le protegía hasta el apellido!

Luchar con Goliat, más que un acto valiente, parecía revelar una clara tendencia suicida.

Los israelitas morían de miedo en el campamento.

Un día, como todos los días, Goliat salió a amenazar y a retar al ejército de Saúl. Sin embargo, ese día en el horizonte apareció un muchacho trigueño, buen mozo, que olía oveja y traía un poco de suministros para el jefe del batallón. Llegó al campamento para ver y oír algo que le disgustó: a su pueblo atemorizado por las declaraciones blasfemas de un gigantón filisteo.

Este muchacho instigó a su pueblo a luchar esa batalla. Sin embargo, escuchó la recriminación del temor. Escuchó a un pueblo que sabía muy bien cómo era la guerra.

Y, según David, ese era el problema:

Habían aprendido cómo funcionaba la guerra, pero habían olvidado cómo actuaba Dios.

David, entonces, le recordó al pueblo su propia historia. Les dijo que él también había luchado y batallado; no contra gigantes cubiertos de metal, pero sí contra osos y leones hambrientos. Cada batalla la ha ganado por la destreza que le ha sido dada. Por eso, le propone al rey que lo deje representar al pueblo en la lucha contra Goliat.

Saúl, entonces, se enfrenta a una decisión difícil: ¿enviar a un muchacho cuya única experiencia es defender ovejas a que luche contra un sanguinario guerrero filisteo?

Si David perdía, todos serían esclavos.

Entonces, Saúl se arriesga y envía a este muchacho a enfrentar al gigante.

Y todos sabemos cómo termina la historia.

¿Será que podemos aprender algo de ella sin volverla, una vez más, una metáfora?

Continuará…



[1] Para un comentario más detallado sobre éste y otros asuntos respecto al pueblo filisteo para esa época, véase. HINDSON, Edward. The Philistines and The Old Testament. Grand Rapids: Baker Book House. 1971. p. 109-116

[2] Ibíd.

[3] 1 Samuel 17:4.