miércoles, 22 de marzo de 2017

ADIÓS, LUNITA


El 14 de febrero de este año quedará marcado en el calendario del corazón. Mientras los enamorados celebraban, nosotros despedíamos a Lunita, nuestra perrita, que perdió su vida tras un inesperado accidente. Sabía que en algún momento iba a escribir algo al respecto, pero no quise apresurarme. El paso del tiempo te regala perspectiva. Si escribía en esa misma semana, los sentimientos estarían en plena ebullición; pero si dejaba pasar meses enteros, quizás lo llegara a considerar trivial. Sin embargo, a un mes de ocurrido ese fatídico evento, quiero recordarla desde el escenario de alegría, no solo del lamento.
Luna fue mi primera mascota.
Estoy de acuerdo con la mayoría de expertos, quienes sostienen que una forma sutil de maltrato animal es el humanizarlos. Tratarlos como personas es violentar su naturaleza. Pero descubrí que tener un animal en casa tiene la asombrosa facultad de hacerte más humano. Los perros no son personas, pero pueden transformar tu persona.
El cariño y fidelidad que manifiestan tienen una clase de pureza que no suele encontrarse en las relaciones humanas, que con frecuencia están manchadas por el orgullo, el egoísmo, la envidia o el resentimiento. Con Luna nunca hubo recriminaciones. Teníamos una rutina, pero nunca se quejó de ella. Cada salida al parque era un motivo de alegría; cada regreso a casa era una oportunidad para manifestar cariño; cada plato de comida lo devoraba como si fuera el último. Poseía la irreprochable capacidad de mostrar lo sagrado de la cotidianidad.
Aunque tenía 6 años, se comportaba como una cachorrita. Cada perro que se topaba era un potencial compañero de juegos, un nuevo amigo. Su espíritu inocente permanecía intacto a pesar del implacable paso del tiempo. Su cola siempre se movía con fuerza, llevada por el ímpetu de las alegrías simples que constantemente la visitaban.
No recuerdo ninguna antipatía de su parte. Cada vez que llegaba alguien a visitarnos, Lunita los hacía sentir bienvenidos. No eran extraños. Se ganaba el cariño de todos como si fuera lo más natural que existe. Hasta personas que les tenían miedo a los perros, me contaron que lo perdieron cuando la conocieron. No podía ser de otra manera: parecía blindada a la rabia, a la furia, a otra clase de sentimientos que no fueran los positivos.
Era un pedacito de Cielo.
La extraño.
A veces, cuando me levanto, miro instintivamente hacia al suelo, con la tonta ilusión de que encontraré ese precioso saquito de pelos dorados recostado al lado de mi cama. Pero no es así. Ya no la volveré a ver. Me gustaría que mi rutina de salir al parque, lanzarle la bola y verla correr libre se repitiera, aunque fuera una sola vez más. Quisiera devolver el tiempo, para que viniera a poner su curioso hocico en el computador, fisgoneando lo que escribo y pretendiendo saber en qué estaba trabajando en esta ocasión.
No puedo evitar que las lágrimas se me acumulen cuando pienso en ella. Jamás imaginé que un animal tuviera la capacidad de convertirse en parte de la vida. Pero Lunita encontró, a su manera, la forma de ocupar un lugar en nuestra alma. Ahora es parte mis memorias. De las bonitas. De las que quedan escritas con tintes de belleza en el corazón. De las que no cambiaría por nada.
No sé si existe un lugar para los animales después de morir, pero no importa. Durante su vida, Lunita me mostró algo de cómo soñó Dios nuestra relación con la Creación cuando nos hizo. Sin pecado, sin maldad, sin cuentas pendientes. Me enseñó una fotografía del paraíso.
Eso es más que suficiente.
Adiós, Lunita.

©MiguelPulido


martes, 14 de marzo de 2017

PRECIOSA PERSECUCIÓN


Seguir a Jesús fue una decisión riesgosa. Profesar que este nazareno era el Mesías implicaba cárcel, persecución y, eventualmente, muerte. Política y religiosamente el cristianismo era una amenaza por destruir.
En incesante pugna, Pedro y los apóstoles fueron capturados por el Consejo, que estaba constituido por personas de alta influencia social, política y religiosa en aquella región. Como si fueran pillos, los encarcelaron y lastimaron físicamente.
La persecución nació a la par del cristianismo.
¿Qué más esperaríamos, si a quien seguían lo crucificaron?
No es de extrañar que el término mártir (que en griego significa testigo) esté asociado con la tortura, el dolor y la muerte.
Sin embargo, ninguno de los discípulos dio un paso atrás. Su testimonio firme y sus palabras ciertas no temblaron frente a las fauces del sufrimiento. De hecho, esta es una de las últimas frases de Hechos 5:
Los apóstoles salieron del Consejo, llenos de gozo por haber sido considerados dignos de sufrir afrentas por causa del Nombre.
(Hechos 5:41)
Gozo.
No es la primera palabra que viene a la mente cuando señalan, persiguen o lastiman por nuestras creencias. Quizás pensaríamos en quejas, denuncias, reclamos, pero no en alegría en medio de una persecución que, valga recalcarlo, no se limitaba a las palabras, denuncias televisivas ni palabras de desaprobación en redes sociales. Estas personas estaban arriesgando su vida. Literalmente.
Su gozo provenía del hecho que estaban siendo señalados por predicar al Mesías, el Enviado del Cielo para rescatar a la humanidad de su exilio voluntario de casa. Ellos predicaban salvación, restauración, una nueva manera de asumir la realidad a partir de la muerte y la resurrección de Jesús. Estaban convencidos que Jesús era el Señor, no César. Todo rey, todo poder, toda autoridad, tarde o temprano, doblaría su rodilla ante el Nombre que está por encima de todos. Si predicar ese mensaje era motivo de persecución, no importaba. El señalamiento social no le restaba ni un gramo de belleza al evangelio que predicaban.
Para los discípulos, la persecución era preciosa.
Porque mostraba que su tesoro no podía ser consumido jamás.
Provengo de esta tradición que nunca le ha temido a la persecución. Miles de personas a lo largo de la historia han intentado acabar con la predicación del Evangelio por medio de torturas, asesinatos, señalamientos, calumnias, y no lo han logrado. Mis hermanos del siglo I murieron abrazados en la arena del circo romano. Hoy, mis hermanos en el Medio Oriente son torturados y vilmente asesinados por el estado islámico. Pertenezco a un movimiento cuya vida es Cristo, que ve en el sufrimiento por esta causa un motivo de alegría, de gozo profundo que recuerda que las puertas del mismo Infierno no podrán detener la reconciliación de Dios con los seres humanos.
Es un error de proporciones históricas comenzar a denunciar la persecución, acuñando términos como “cristianofobia”. ¡Como si no hubiera ocurrido desde siempre! La valentía de este movimiento se manifestó, a lo largo de los siglos, desde el amor tranquilo, de la fidelidad callada, del servicio silencioso. Nunca la comodidad ni la seguridad fueron un argumento de los discípulos de Cristo.
Estaban dispuestos a morir por Jesús.
Y con gozo.
Por eso cabe preguntar si las personas que tanto denuncian y se quejan de la persecución en realidad están predicando a Cristo. Si están predicando otras cosas (moralismo, política, religiosidad, etc.), claro que tendrán miedo. Si la comodidad, buen nombre y seguridad son el propósito, por supuesto es natural denuncia los señalamientos. Si el tesoro no es eterno, habrá preocupación por lo temporal.
Pero si predican a Jesús, deberían tener gozo por ser perseguidos.

©MiguelPulido

miércoles, 8 de marzo de 2017

SOMETIMIENTO: UNA PALABRA A FAVOR DE LA IGUALDAD


Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor
(Efesios 5:22, NVI)
Oigo los refunfuños de desaprobación. Veo las cejas levantadas, reclamando una defensa pronta de esta perspectiva. Algunos están tecleando una respuesta frente a un concepto tan retrógrado, tóxico y dañino como el sometimiento… citado precisamente el día de la mujer.
Denme un momento.
Esta carta de Pablo fue escrita en griego, no español. Es decir, lo que tenemos arriba es una traducción, que en este caso es inadecuada. El original dice esto:
Mujeres, a sus maridos como al Señor.
¿Notan que falta algo?
¡No hay ningún verbo!
Se puede prescindir de un verbo, siempre y cuando esté aclarado anteriormente. El versículo 21 de Efesios 5 dice esto:
Sométanse unos a otros, por reverencia a Cristo.
El verbo es someter. Por eso la mayoría de versiones en español lo agregan en el versículo 22, pero dando la sensación que se está hablando específica y únicamente a las mujeres. Sin embargo, en el original encontramos la idea de “unos a otros”. No se refiere solamente a las mujeres, ¡sino a todos! Tanto hombres como mujeres somos convocados al sometimiento.
Es un error gigantesco desligar el versículo 22 del 21, porque hace suponer que el sometimiento es una cuestión de imposición y de debilidad. Pero el sometimiento no es un mandato de género, es una invitación a una elección del alma. El otro, sin importar su género, raza, posición social o procedencia, es alguien digno de respeto, estima y valor. La palabra original es upotasso, que significa “ponerse por debajo”. Somos llamados a ponernos debajo de los demás, a servirles, a manifestarles la dignidad que tienen con nuestras acciones. Tal y como Jesús lo hizo...
Él, Dios Creador del Universo, se puso a nuestro servicio. En la última cena con sus discípulos, les lavó los pies. A cada uno. Pies polvorientos y malolientes fueron limpiados por el Señor de la Creación. Ese era el trabajo de un esclavo, no un rey. Los discípulos tenían que haberle lavado los pies a su Maestro, no al contrario. Pero fue en ese acto voluntario de sometimiento que Jesús demostró lo valiosos y dignos que eran sus discípulos para él.
Toda persona es digna de respeto.
La cruz, manifestación suprema del sometimiento de Cristo a la humanidad, recuerda que Dios valora a todo ser humano. Jesús no murió por un género, murió por cada persona, tanto hombres como mujeres.
Eres alguien por el que vale la pena morir.
Mujer, vale la pena dar la vida por ti.
Sé que el concepto de sometimiento ha sido usado malintencionadamente, pero hoy quisiera rescatar un poco de su belleza. La persona que tiene la capacidad de ponerse debajo de otro voluntariamente, en realidad es la más fuerte, la más valiente, la más libre. Porque tiene tal seguridad de su dignidad que es capaz de otorgarla a otros por medio de acciones concretas de amor. El sometimiento no se impone, se escoge.
Las relaciones que más nos inspiran son aquellas que están basadas en el sometimiento mutuo. Uno al otro se sirven voluntariamente, sin restricciones, sin reclamos, sin cuentas pendientes. Lo hacen por amor. Y están seguros, porque saben que pueden confiar en el otro. Su sometimiento no es un motivo de resentimiento, sino de gozo recíproco. Se respetan, se aman, generan un círculo de cuidado equitativo que no les hace pensar quién gana o quién pierde. En donde hay verdadero sometimiento no importa quién está en control de quién, porque el control ni siquiera importa.
Por eso el sometimiento es una palabra a favor de la igualdad.


©MiguelPulido