jueves, 16 de noviembre de 2017

¡PERÚ VUELVE A UN MUNDIAL!


Honestamente, no tenía muy presente el horario; fue más una coincidencia que un plan organizado el poder ver el juego definitivo que llevaría a Perú o a Nueva Zelanda al mundial. Ver un partido sin la presión de que esté jugando tu equipo es un beneficio sicológico importante porque disfrutas, no lo sufres. Sin embargo, como suramericano, estaba hinchando por la selección peruana.
Ya era justo que regresaran a un mundial.
36 años es demasiado tiempo.
Como el partido había quedado empatado sin goles en la ida, todo se definía en esos últimos 90 minutos. Pensamos que la serie sería fácil para los peruanos, pero no fue así. Los minutos empezaban a impregnar de angustia el estadio, sumado al hecho que los neozelandeses se envalentonaron y buscaron cambiar el curso de lo supuesto.
Pero llegó el gol de Perú. Bueno, terminaron por ser dos. La seguridad de una clasificación inminente se apoderó del estadio y dio paso al ansioso deseo por escuchar el pitido final. Los minutos se hacían eternos. La larga sequía llegaba a su fin. Vi en el rostro de los jugadores el orgullo del deber cumplido y la emoción que produce ver un sueño hacerse realidad. Ninguno había nacido cuando su país estuvo por última vez participando en una copa del mundo. Ahora ellos, quién lo iba a pensar, escribían su nombre en las páginas de su historia deportiva.
Una desbordante alegría inundó el estadio Nacional de Lima cuando se decretó el fin del partido. Las lágrimas, las sonrisas, los gritos, los abrazos y los cantos se fusionaron en una armonía de celebración confusamente hermosa. Las cámaras mostraron cómo padres abrazaban a sus pequeños hijos, quienes no entendían a profundidad lo que acababa de ocurrir. Su tiempo de espera fue tan corto como su edad. La magnitud del evento es tal que el Ministerio de Trabajo del Perú decretó que habría día cívico para facilitad la natural celebración.
¿Por qué el fútbol es tan poderoso?
¿Qué hace que 22 personas corriendo detrás de un balón con el propósito de meterlo en el arco contrario genere semejante espectro de expresiones?
¿Por qué lloramos, reímos, nos desesperamos y le hablamos a un televisor por un deporte?
Por el poder de las metáforas.
No se trata tanto de un juego, sino de todo lo que este revela acerca de la naturaleza humana. Allí convergen el amor y el odio, la alegría y la rabia, la ilusión y la decepción, lo mejor y lo peor de lo que somos como personas. Desata en nosotros múltiples emociones por la extraordinaria fuerza de la identificación. Todos sabemos lo que significa luchar por alcanzar un sueño que ha sido esquivo, en algunos casos, por décadas enteras. A nuestra manera, conocemos el sabor de arrancarle una victoria al intransigente mundo de las estadísticas. Nos alegramos con Perú, porque también hemos sentido (o querido sentir) lo mismo.
No celebramos tanto que un equipo haya tenido un triunfo en su disciplina deportiva; celebramos abrazados en el terreno de las coincidencias de nuestra humanidad. Tanto los dolores como las alegrías tienen la paradójica facultad de unirnos. Tienen la facultad de sobrepasar las fronteras, decolorar las banderas, atenuar los acentos y regresarnos al hecho esencial de lo que somos como personas. No nos alegramos solamente porque un balón haya entrado a un arco dos veces, nos alegramos por un país entero que vuelve a desempolvar la alegría que, por motivos de fuerza mayor, se había quedado represada en el desván de los recuerdos.
Gritemos entonces con una felicidad desbordante que ¡Perú vuelve a un mundial!

©MiguelPulido

viernes, 10 de noviembre de 2017

WINTER IS COMING



Viste las imágenes. Algunas se percibían hermosas, otras parecían un preludio apocalíptico. Los que la experimentaron la describen de formas diversas, que van desde el asombro hasta el terror. En Bogotá, todos fuimos sorprendidos por las proporciones cataclísmicas de la impresionante granizada que se dio hace algunos días.
Nunca había visto algo igual.
¿Granizadas? Muchas. ¿Fuertes? Varias. ¿Como esta? Ninguna.
Y el invierno ha seguido. Uno no termina por acostumbrarse al bipolar clima de la capital, que te lleva a extremos en cuestión de unas pocas horas, pero hablando con varias personas me he dado cuenta que esta época tiene características que no habíamos visto antes. Era normal que en el invierno lloviera granizo de vez en cuando, pero nunca en el volumen que se vio hace días ni con la frecuencia casi diaria que ahora tenemos.
No soy aficionado a Juego de Tronos, pero sé que la frase “Winter is coming” (el invierno se acerca) se convierte en un marcador fundamental de la trama. Algo épico, trascendente, demoledor, aterrador y único se espera cuando el invierno llegue. Más que una estación del año se refiere casi a un momento donde la historia llega a una cumbre dramática que no tiene marcha atrás. Después de que el invierno llegue, nada será igual.
Amigos biólogos me dicen que estas temperaturas extremas son el reflejo del cambio climático, que es una forma elegante de referirse al daño irreversible que le hemos causado al planeta. Nuestra forma de tratarlo ha sido tal que alteramos su funcionamiento normal, trastornando algo tan esencial como el clima. No se trata simplemente de tener más calor o más frío, sino que especies enteras van a tener que adaptarse o esperar una muerte segura. La fauna que habita en los polos está al borde de la extinción por semejantes situaciones. Algunos estudios sostienen que si seguimos en esta misma ruta, existe una alta posibilidad de que haya nevadas en países tropicales en menos de dos décadas. ¿Pueden imaginar semejante aberración?
Nos acercamos frenéticamente hacia el invierno.
En nuestro caso, no sólo está viniendo, sino que nosotros lo trajimos.
Ojalá la sorpresa que nos causa un espectáculo natural nunca antes visto no nos deslumbre, al punto de olvidar que si nunca lo habíamos visto quizás es porque nunca deberíamos haberlo hecho. Como administradores de la Tierra, hemos sido muy malos: despilfarramos los recursos que nos otorga. Tratamos este planeta como si hubiera uno de reserva, ¡pero no es así!
Tenemos la tendencia a ver esta situación como un caballo irremediablemente desbocado, de tal manera que lo único que podemos hacer es observar o quejarnos o criticar a las grandes corporaciones o regañar a las súper potencias o entablar peleas interminables en las redes sociales. Pero quizás exista la posibilidad de poner nuestro granito de arena. Es difícil, lo sé, pero no quimérico. Al comparar la minúscula diferencia que podemos hacer al reciclar, caminar, ahorrar agua o usar mejor la energía con el daño a gran escala que hacen las industrias, nos podemos frustrar. Sin embargo, ¿qué pasaría 5, 100, 1.000 o 1.000.000 de personas pensaran distinto? Su pequeña contribución se uniría a otras pequeñas contribuciones y formarían una gran contribución. Queremos cambiar a todo el mundo, pero lo que en realidad tenemos que hacer es lo que nos corresponde con el pedacito de mundo que tenemos a cargo.
Por eso escribí esto. Quizás no altere el curso de la historia ni sea el post más popular o muchos lo consideren un tema trillado.
Pero también existe la posibilidad que alguien escuche.
Y por ahí puede empezar la diferencia.


©MiguelPulido

miércoles, 11 de octubre de 2017

FALCAO Y JEREMÍAS 29:11


“Porque yo sé los planes que tengo para ustedes—afirma el Señor—planes de bienestar y no de calamidad, para darles un futuro y una esperanza”.
Jeremías 29:11

Frente a los micrófonos de múltiples medios, Falcao respondía con impensada sobriedad las indagaciones periodísticas tras haber clasificado nuevamente a un mundial de fútbol. Me llamó profundamente la atención la pregunta de cierre. Ahí, en plena cancha, el lugar que le había dado tantas alegrías y tristezas, penas y glorias, el periodista le pidió que enviara un mensaje a la gente: que podemos lograr todo lo que nos proponemos. Mientras el hombre hablaba, el delantero colombiano negaba vehementemente con la cabeza, y tan pronto como llegó su turno de tomar la palabra expresó en voz alta la convicción de su corazón: “no, no, no, todo es gracias a Dios”.
No él, Dios. Cuando los lentes del mundo se posaban sobre él, él redirigió la atención hacia los cielos. Con una humildad sincera, no fingida, dejó que la gloria pasara de largo para que se direccionara hacia el Único que es digno de ella.
El nombre de Jesús exalta en el estadio nacional de Lima.
Predicación en su máxima expresión.
En medio de la prudencia que lo caracteriza, Falcao recordó que esta experiencia de victoria llegaba después de dos años de un oscuro túnel en su vida, donde el dolor, el desánimo y la desesperanza hicieron presencia constante en su corazón. Por eso usó la palabra restauración en su discurso. Todos sabíamos de qué estaba hablando. De una u otra manera, sentíamos que este era el momento de desagravio por la cruel broma que le había hecho el destino en el 2014.
Instintivamente, llegó a mi mente el texto que cité arriba. Son palabras que constantemente se mencionan en los medios cristianos. Podríamos decir, sin lugar a dudas, que está dentro de los versículos favoritos en las Escrituras. Sus palabras son ciertamente hermosas. La promesa que encierra es profundamente esperanzadora.
Sin embargo, hay un problema.
Suponemos que es una especie de cheque en blanco para que podamos cobrar por una vida de bienestar incesante, de bendiciones constantes y de alegrías permanentes. Algunos lo usan como una especie de amuleto cuando el mal asoma su mirada, olvidando que estas palabras se dirigieron a un público muy específico: personas que estaban desterradas en Babilonia (v.1).
Nadie que ha sido forzado a salir de su tierra sentiría que es una forma de bienestar. ¿Cómo es que Dios habla de planes que no incluyen la calamidad cuando están en medio de semejante tragedia nacional? ¿Acaso se le olvidaron sus planes?
Para responder esa pregunta, pensamos en la respuesta de Falcao. Él también había probado la calamidad, la tragedia, la tristeza. Por dos años de su vida, los planes de bienestar no se sintieron tan reales ni tan verdaderos. Las crisis tienen la facultad de distorsionar el horizonte. Con frecuencia, cuando estamos en medio del dolor, pensamos que no hay la opción de un mañana diferente.
Ahí, en la cancha de fútbol, Falcao nos mostró el inimaginable poder de la retrospectiva. Hoy que estamos viendo que el bienestar lo visita, no podemos olvidar que es un bien que está más allá del mal. Suponemos que la promesa de Dios es la de una vida sin mal, pero se trata de un bien que supera la maldad. Hay victorias que están más allá de la derrota. Los planes de bienestar no ignoran a Babilonia, sino que son un regreso a Jerusalén.
Si estás en crisis, no olvides que hay una promesa de bienestar.
Si estás en bienestar, no olvides que, gracias a Dios, superaste la crisis.

©MiguelPulido