jueves, 15 de junio de 2017

TRIEJA: UN PROBLEMA DE DEFINICIÓN


Me enteré de la noticia al principio de la semana: en Medellín se llevó a cabo una unión marital constituida por tres personas. A falta de términos que pudieran definir lo que ocurre en esta situación se inventaron la palabra “trieja”, que sería el equivalente a una pareja de tres. Los integrantes de esta sociedad conyugal son todos hombres homosexuales quienes están de acuerdo con el hecho que puedan tener, como lo denomina la revista Semana, esta experiencia de poliamor[1], es decir, una clase de amor que tiene ramificaciones impredecibles, que está abierto a incluir la cantidad de personas que determine el enamoradizo corazón de los integrantes.
Hay muchas personas que han hablado desde la perspectiva moral y la fuerza que tiene el movimiento LGBTI, al punto que redefine conceptos como “matrimonio” sin que nadie le diga nada. Respeto esos puntos de vista y recomiendo leerlos con atención. Pero mi propósito es que pensemos en un problema fundamental que tiene esta concepción matrimonial: estoy hablando de la definición.
Como cristiano, considero que el matrimonio es la unión exclusiva entre un hombre y una mujer. Aparte de ser heterosexual, uno de los puntos centrales de la relación de pareja radica en que es una clase de amor que no se comparte con otras personas.
El problema de nuestro entorno es que ha pensado que toda clase de amor es equivalente o que siempre que se menciona la palabra se justifica toda acción en su nombre. Basta con revisar nuestra propia práctica para darnos cuenta que no es lo mismo amar a los padres que amar los hijos, como tampoco es lo mismo amar un trabajo que amar a las personas necesitadas, como tampoco es lo mismo amar a una mascota que amar a mi pareja…
La palabra es la misma.
La experiencia es distinta.
Parte de las características centrales del amor matrimonial es la exclusividad. Frente al altar uno le promete a otro ser humano que va a serle fiel, pase lo que pase y para toda la vida. Eso significa que la relación entre ellos va a ser más importante que cualquier circunstancia, y la forma de demostrarlo es impidiendo que intrusos vengan a dañar la belleza de lo que estamos construyendo nosotros y nadie más en la historia humana va a construir. La hermosura del amor matrimonial es que le estoy diciendo a la otra persona que ella es suficiente. No necesito de otros para ser feliz.
Por eso es que en estas relaciones no puede existir tal cosa como el poliamor. Uno puede ponerle “amor” a lo que sea, pero no por eso significa que sea verdadero amor. Porque el amor no se comparte con nadie más, no acepta el prefijo poli. El amor matrimonial se debilita cuando se expande; cuando se encoge para albergar únicamente a dos personas, es más fuerte.
Por eso la poligamia es tóxica.
Irónico que aquellos que se consideran progresistas terminen acudiendo a una práctica tan retrógrada, dañina y antinatural como el matrimonio múltiple. Todas las veces que se menciona en la Biblia se hace evidente lo desgraciadas que son las personas que hacen parte de estas relaciones. Porque parte de la plenitud humana descansa en el hecho de saber que somos suficientes para alguien, que sin requerir a nadie más se encuentra el significado verdadero del amor.
En realidad, lo que esta trieja está promulgando no es más amor, es menos. Porque si alguien percibe y se le demuestra con actos como estos que no vale lo suficiente como para llenar plenamente el corazón de otro se sentirá menos, no más.

©MiguelPulido




[1] Cuando leen la nota completa se dan cuenta que está lejos de ser una descripción objetiva y centrada, ya que se utilizan una cantidad inaudita de términos calificativos que le restan cualidad de reportaje periodístico a lo que describe. Es una nota de defensa de este híbrido legal–no hablemos solamente desde la perspectiva moral–que ni siquiera cuestiona la validez judicial de esta unión, aunque en Colombia la poligamia sea ilegal. Véase: http://www.semana.com/nacion/articulo/medellin-pareja-de-tres-formaliza-su-union-trieja-ante-notario/528324#

jueves, 8 de junio de 2017

¿A TI, QUÉ?



"Cada vez que pensemos que nuestra vida religiosa nos está haciendo sentir que somos buenos—y sobre todo que somos mejores que los demás—creo que podemos estar seguros que es el diablo, y no Dios, quien está obrando en nosotros".
C.S. Lewis

La escena es conocida. Descrita en el epílogo del Evangelio de Juan, nos muestra la conversación que Jesús tiene con Pedro después de la resurrección. La restauración baña este encuentro en el que este discípulo se le recuerda el valor, la profundidad y la simpleza de su llamado en una sola palabra que sale de los labios de su Maestro: ¡Sígueme!
Todavía con la resaca de este encuentro con la gracia, Pedro mira a su alrededor para darse cuenta que hay más discípulos con él. Específicamente, fija sus ojos en Juan. Ese jovencito cercano al corazón de Jesús le genera curiosidad. Ya Pedro tenía claro su llamado y la ruta a seguir, pero decide preguntarle a Jesús por lo que pasaría con Juan.
La respuesta de Jesús fue esta:
“Si yo quiero que él se quede hasta que yo venga, ¿a ti, qué? Tú, sígueme”[1].

Tal como lo lees. Jesús—la encarnación de la gracia, de la compasión, de la bondad, de la misericordia, de la ternura, aquel que tenía una personalidad magnética para los más necesitados—básicamente le dijo a su discípulo “¿a ti qué te importa?”.
¿No es esta una escena fantástica?
Porque refleja la fuerte tendencia humana de vivir una espiritualidad comparativa. Estamos frente a la constante tentación de andar mirando el jardín del vecino, bien sea para sentirnos superiores a los otros o para ser convenientemente condescendientes con nuestros fracasos. Sin embargo, el cristianismo no ve en la comparación ninguna virtud, sino un hábito que necesita ser exterminado del alma. Por eso es que juzgar o condenar a otros no es el papel de ningún seguidor de Cristo. Señalar a los demás no está ni remotamente cerca dentro de las responsabilidades de ser discípulos.
De la vida que somos responsables es la nuestra.
No somos dueños del peregrinaje de nadie más.
La razón por la que nos molesta tanto que los seguidores de Cristo inviertan tiempo en juzgar, condenar o señalar el camino de otros (cristianos o no) es que ese comportamiento es contrario a la vocación sagrada que recibieron de su Maestro. Seguir a Jesús ya es lo suficientemente complejo y hermoso, doloroso y revitalizante, confuso y certero, que no necesitamos invertir nuestras energías en andar pendientes de lo que hacen o no hacen los demás. Juzgar es una manera sutil de desperdiciar la fuerza. Condenar es un comportamiento contrario al carácter de Cristo. Señalar es un verbo que no debiera aparecer en el comportamiento cristiano.
La misericordia y la gracia crecen en nuestro corazón cuando genuinamente recorremos el camino que nos corresponde, porque descubrimos que hay momentos de dolor, de dificultad, de dudas, que somos seres falibles, limitados y pecadores. ¿Quién podría enorgullecerse cuando es consciente de lo mucho que ha fracasado y de lo mucho que se le ha perdonado? Un discípulo de Cristo está preocupado por seguir a su Maestro, y eso abre su corazón a ser más como él es.
Mi conclusión es que quizás la tendencia a juzgar y condenar a otros sea un mecanismo de defensa frente al dolor que significa lidiar con nuestra propia basura. Hay tantas cosas por modificar en nuestra vida—y eso implica sufrimiento—que preferimos liberar los cargos de consciencia al compararnos selectivamente con los demás. Es fácil juzgar a otros sólo porque pecan distinto a ti. Ocultamos nuestro rostro detrás de la careta de juez.
Nos hace bien recordar que cuando sentimos el impulso de compararnos, Jesús sigue diciendo “¿a ti, qué?”.
El trono del Juez ya está ocupado…
Y no somos nosotros los que estamos en él.

©MiguelPulido



[1] Juan 21:22