miércoles, 26 de abril de 2017

CARTA A UN JOVEN EN EL MUNDO DE LA "BALLENA AZUL"


Hola,
Te escribo esta carta porque sé que estás impulsado por la curiosidad, el morbo, los medios de la comunicación, la presión social o, aún peor, la de tu interior. Te entiendo. Vives en una época donde la información es más de la que podemos procesar, haciendo que el mundo sea más pequeño de lo que alguna vez imaginamos. Quizás pienses que tu destreza con el internet y los aparatos tecnológicos es común, pero en realidad es algo brillante. Lo aprendes natural. Este es tu hábitat.
Por eso no creo que sirva de mucho decirte que te alejes o que no hagas esto o aquello. Sé que si tus papás colocan componentes de protección en los equipos electrónicos, te puedes idear la forma de sobrepasarlos. No estoy invitándote a que lo hagas, sólo que creo que la honestidad es un buen lugar para comenzar. Mi idea es que tu mayor mecanismo de protección no descansa en todo lo que no puedes hacer, sino en lo que en realidad eres y puedes hacer.
Todo comienza en el corazón.
Ya sabes que existe el famoso “juego” de La Ballena Azul, que te invita a cumplir una serie de retos, los cuales te llevan hasta tu misma muerte. Un grupo de personas malvadas, a las que en realidad no les importas en lo más mínimo, que ni siquiera han escuchado tu voz o te han visto el rostro, encontraron en esta macabra idea una manera de causar dolor. No se trata de ti; se trata de ellos. Quieren inflar su maldito ego haciéndole daño a jóvenes preciosos pero vulnerables que están en una búsqueda desesperada de sentido.
Ese es el poder y también la mayor debilidad de este “juego”: te hace creer que tienes que cumplir algo, que vales por lo que haces, por lo que logras, por lo que muestras.
Pero tú no tienes nada que demostrar.
Vales mucho más que un like en un estado en Facebook, un corazón en una fotografía de Instagram o un RT en Twitter. Tu historia es valiosa porque es tuya, no importa cuántos la vean o la validen en las redes sociales. Eres un milagro único en la trayectoria de la experiencia humana. Tu belleza, tu talento, tu valor y tu valentía no radica en cumplir unas tareas aleatorias inventadas por unos sicópatas.
Con más frecuencia de la que quisieras, lo sé, te sientes insuficiente, que no das la talla. Vives en un entorno que cada vez más te exige un nivel de perfección imposible de cumplir. Debes ser atractivo, inteligente, buen amigo, buen hijo, buen estudiante, tener proyecciones claras, tener una buena salud, entre otras. Es difícil hacer malabares con tantas variables sin que alguna de ellas se caiga. Y por eso te crees la mentira de que vales por lo que logras.
Sin embargo, Dios no te creó para que fuera útil.
Dios te creó para ser amado.
Cuando sabes que hay Alguien que no requiere que le demuestres nada para dártelo todo, tu corazón está en paz. No vas a necesitar acudir a La Ballena Azul, porque El Creador del Universo ya demostró que tú eres suficientemente valioso como para darlo todo por ti. No tienes que jugar con tu vida cuando sabes que Él ya dio la suya por ti. Tu valor es eterno, porque Dios te ha amado desde siempre.
Todo se trata del mensaje que creas. Ese es el mejor mecanismo de protección. Tu valor no lo determinan 50 retos, lo determinó la cruz.
Nunca olvides que eres un tesoro.
No se necesita una Ballena Azul para demostrarlo.


©MiguelPulido  

viernes, 21 de abril de 2017

MÁS QUE SU PASTOR, FUI SU ESTUDIANTE


La Semana Santa trajo consigo un reto interesante en mi caminar ministerial: organizamos un viaje misionero a la costa caribe colombiana, para servir con una iglesia amiga en comunidades necesitadas. Quince personas decidimos asumir y embarcarnos en este desafío.
La expectativa y la prevención frente a lo desconocido puede generar una tensión difícil de superar. Hay personas que llegan a enfermarse o se desgastan en conflictos interpersonales en situaciones así. Sin embargo, cuando te encuentras con rostros cálidos y una acogida sinceramente amable, como la que tuvimos, se abona el terreno para emprender el trabajo con todo el aliento. Parecía como si los jóvenes que nos recibieron en sus hogares nos conocieran de toda la vida. Eran nuestros hermanos, sólo que nos habíamos tardado en conocerlos.
Porque, aunque no nos corra el mismo tipo de sangre por las venas, nos une la misma sangre que corrió en la cruz por nosotros.
La familia es un regalo más grande que la información genética.
Estos vínculos de amistad hicieron que el trabajo fuera natural y efectivo. Los chicos que pastoreo tenían su deseo de aprender a flor de piel; estaban dispuestos a hacer todo lo posible por llevar esperanza a contextos hostiles. Pintaron postes, cavaron zanjas para colocar llantas, dibujaron murales, cantaron canciones, hicieron coreografías (unos mejor que otros, por supuesto), contaron sus historias, oraron por las personas, aprendieron y enseñaron actividades lúdicas, jugaron con niños…pequeños granos de arena en la construcción de un mundo diferente.
Basta con mirar las noticias o pasearte por los barrios marginales o sencillamente mirar a tu alrededor, para darte cuenta que el mundo parece estarse desmoronando. No sé si te ocurre como a mí, pero nunca antes había vivido en medio de un clima político y social tan tenso. Estamos al borde de una cantidad de guerras civiles en varios países y de un conflicto internacional de proporciones inimaginables. Así que uno podría preguntar, ¿de qué vale pintar los postes de una cancha de fútbol y poner unas llantas de colores para que la delimiten en un rincón olvidado de Colombia?
¿Cómo es que actos tan pequeños se pueden comparar con las grandes crisis mundiales?
¿Realmente sirve de algo?
El último día que estuvimos en la restauración del parque que les menciono, la profesora me dijo que no alcanzábamos a imaginarnos lo significativo que fue para ellos esa obra. Ahora los niños podrían jugar en un lugar seguro, bonito, arreglado. Al ver a todos estos jóvenes desconocidos trabajar por su bienestar, la comunidad entera se inspiró, tomó una nueva bocanada de aire y vio que la sonrisa de un niño puede ser la mejor de las recompensas. Un pequeño que se divierte es feliz.
A veces, queremos cambiar el mundo. Pero, reconozcámoslo, es imposible. Estos jóvenes, aun así, me enseñaron que no debo frustrarme por ello. Porque el valor de la vida no está en cambiar a todo el mundo, sino en transformarle el mundo si quiera a una persona.
Eso puede ser todo lo que se necesita.
Cada vida es importante, cada sonrisa es valiosa, cada ser humano es único, por lo tanto, todo acto de bondad puede trastornar la trayectoria que sigue nuestra sociedad. Nunca sabremos los alcances eternos que pueda tener un simple brochazo de pintura. Quizás algún niño preferirá jugar unos minutos más en esa cancha arreglada que perder su tiempo en los brazos del vicio, y eso hará una diferencia. En su mundo y en el de otros.
Tanto los jóvenes que pastoreo como los que nos recibieron en Barranquilla fueron mis maestros.
Me siento orgulloso de haber sido su estudiante.


 ©MiguelPulido

jueves, 6 de abril de 2017

MOCOA: DIOS EXISTE Y NO ES UN GENOCIDA


Entiendo que una tragedia como la de Mocoa causa profundo dolor. Las familias que están experimentándola no merecen más que nuestra identificación, apoyo y compañía en la travesía de buscar un mañana diferente. Son estos momentos los que demuestran el valor de la solidaridad humana para traer esperanza a los escenarios más oscuros.
Sin embargo, en el portal popular Las2Orillas el señor César Ospino publicó una nota bajo el título “Mocoa: Dios no existe y si existe es un genocida”[1]. Una afirmación de semejante proporción y con tal cantidad de visitas merece, desde mi punto de vista, una respuesta, una contraparte, especialmente si sus argumentos y aseveraciones carecen de un verdadero peso. Obviamente, el dolor tiene una dimensión emocional que ningún razonamiento puede aliviar, pero mi propósito es mostrar los problemas presentados en la argumentación de Ospino, lo cual, eventualmente, puede brindarnos una perspectiva diferente.
En términos concretos, la tesis del autor, tras una muy somera interpretación del significado de la disciplina teológica llamada teodicea y una pobre investigación del estado del arte, es que Dios permite o crea el mal, de tal manera que él no existe o es malvado.
Según las afirmaciones de las teorías de la selección natural, se manifiesta la subsistencia del más fuerte. Aquellas especies que puedan adaptarse para sobrevivir son las que siguen adelante en la historia. La cadena alimenticia es una evidencia de esta lucha por la preservación propia. No obstante, no sería lógico llegar a un aula universitaria y decir: “yo no creo en la selección natural; no existe, porque es cruel”. Seguramente, el profesor manifestaría que no importa la supuesta maldad para comprobar la existencia de esta realidad. Es un salto lógico sin sentido. La selección natural no dejará existir, desde el punto de vista biológico, aún si yo la considero cruel o no. Los juicios de valor no afectan su existencia, al contrario, la demuestran. ¿Cómo podría considerar malo o bueno algo inexistente?
Dentro de la especie humana, sin embargo, se da un fenómeno absolutamente extraordinario: contrario a la dirección común de la supervivencia del más fuerte, nosotros tenemos la tendencia a proteger a los más débiles. No los vemos como cargas o como retrasos en nuestro camino al progreso. Calificamos como “buena” toda iniciativa que pretenda proteger a los más vulnerables de nuestra especie. ¿De dónde sacamos esa idea? Una persona cínica podría señalar las catástrofes humanas y decir que son metodologías de depuración natural, pero la resistiríamos con toda nuestra fuerza.
Porque poseemos conciencia.
Esta característica nos invita a pensar sobre la libertad como una parte esencial de la experiencia humana. No somos simplemente un manojo de instintos irresistibles. Para un león no es “bueno o malo” comer venados, porque simplemente se está guiando por su necesidad de subsistencia. En cambio, nosotros elegimos. Y al tomar decisiones, escogemos entre lo bueno y lo malo.
Ospino sostiene que la manera cristiana de explicar el mal es por medio del Diablo. Está equivocado. En el relato bíblico encontramos que el ser humano escogió la maldad, no fue impuesta por un ser externo. Dios nos creó con la capacidad de elegir, y para que eso fuera posible tenía que haber dos opciones distintas, porque de lo contrario no se podría ejercer la libertad. ¿Qué pasaría si cada vez que Ospino quisiera escribir una palabra en contra de Dios sus dedos no respondieran o su procesador de texto se negara a trabajar o sus funciones cerebrales dejaran de ejecutarse hasta que sus pensamientos fueran solamente a favor de la divinidad? ¡No sería libre!
La bondad del Dios que predica el cristianismo se manifiesta, precisamente, en que nos dio capacidad de elegir…incluso algo diferente a él o a su voluntad.
Toda decisión tiene una consecuencia, buena o mala, individual o colectiva, inmediata o lenta. Por lo tanto, una parte esencial de la libertad es la responsabilidad, la cual se revela en asumir los resultados de las elecciones que hacemos. Pero vivimos en una sociedad adolescente, obsesionada con la libertad irresponsable, que demanda que le respeten lo que desea hacer pero tan pronto como llegan las consecuencias indeseables de sus actos, le traspasa la culpa a otros.
Ha sido demostrado y documentado por investigadores y periodistas que la tragedia ocurrida en Mocoa se hubiera podido evitar[2]. La ambición de unos y la necesidad de otros generaron un coctel trágico del que somos ahora testigos. La tala indiscriminada de árboles, las viviendas construidas demasiado cerca de ríos, la explotación de la tierra, todos factores que surgen de elecciones humanas. No, definir a los culpables no resta ni un miligramo al dolor que se carga en el alma, pero pone las cosas en perspectiva. Porque, en realidad, esta tragedia no es un juicio divino ni una evidencia de la ausencia de Dios ni una demostración de su carácter genocida, sino que es la manifestación de las ramificaciones infinitas que tiene la libertad humana. Hemos escogido el mal, y eso siempre trae consecuencias. No podemos exigir libertad y quejarnos porque se nos dé.
Normalmente, cuando llegan estas tragedias le preguntamos a Dios ¿por qué permites el sufrimiento? Toda experiencia dolorosa, como este desastre provocado por malas decisiones y por la ambición humana, muestra que la pregunta en realidad es al contrario. Dios es quien nos está preguntando ¿por qué permites el sufrimiento?
Tenemos una responsabilidad con nuestros hermanos que sufren. La prevención no debería ser una opción en la lista de tareas pendientes. Esta es una oportunidad para darles una pizca de esperanza a todos aquellos que hoy sufren las consecuencias de los actos de otros. Seamos el resplandor de una mañana diferente, y resistámonos a seguir tomando decisiones irresponsables que lastimen la vida de personas vulnerables. Esta situación, lejos de ser una supuesta demostración de la inexistencia de Dios, es una invitación a que tomemos en serio nuestra libertad y elijamos el bien.
Escojamos darles a nuestros hermanos en Mocoa el bienestar que les fue arrebatado.

©MiguelPulido